Tributo a los rescatadores del Prado

por Jesús Ruiz Mantilla

La pinacoteca madrileña conserva hoy lo que lleva dentro, de Las meninas a La carga de los mamelucos, entre otras cosas, por la acción de un comité internacional compuesto por representantes de nueve museos de todo el mundo que, alentados desde París por José María Sert, lograron que una colección que había emprendido una fuga nómada al principio del conflicto quedase a salvo en la Sociedad de Naciones de Ginebra.
En enero de 2010, en un homenaje con representantes de aquellos museos  –Louvre, National Gallery, Tate, Wallace Collection de Londres, Museo de Arte e Historia de Ginebra, Rijkmuseum de Ámsterdam, Metropolitan de Nueva York, Museos Reales de Bellas Artes de Bruselas y Museos Nacionales Franceses–, el presidente del gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, les impuso la Orden de las Artes y las Letras, otorgada en el Consejo de Ministros. Después se inauguró la exposición Arte salvado en plena calle y por la tarde dio comienzo el congreso internacional Patrimonio, guerra civil y posguerra, dirigido por Arturo Colorado, experto de la Universidad Complutense, y organizado por la Sociedad Española de Conmemoraciones Culturales (SECC).
Fue un éxodo con final incierto. Un viaje sin rumbo fijo que terminó con la misión cumplida: salvar de los bombardeos y el saqueo las obras maestras, entre las que había 525 cuadros, 180 dibujos y las joyas del Tesoro del Delfín. El Gobierno de la República encargó en un principio la misión de sacar todo de allí a María Teresa León, esposa de Rafael Alberti. “Pero si hay un protagonista de principio a fin en toda esta historia ése es Timoteo Pérez Rubio, responsable de la Junta del Tesoro Artístico”, comenta Colorado. Su labor desde el principio fue la que acabó implicando al comité: “Ellos vinieron a avalar internacionalmente el trabajo que realizaron en España los responsables de la Junta y que produjo el milagro de que hoy conservemos estas obras maestras”, afirma Miguel Zugaza, director del Prado.
Las obras no podían ser guardadas en los sótanos del museo ni en los del Banco de España porque se había demostrado que la humedad las dañaba. La determinación del Gobierno fue fundamental. “Se hizo muy bien. Hay que actuar con la cabeza fría en esas circunstancias”, asegura Judith Ara, coordinadora de conservación del Prado. El propio Manuel Azaña se ocupaba personalmente y tenía las obras bajo custodia. Él mismo dijo a Juan Negrín: “El Museo del Prado es más importante para España que la Monarquía y la República juntas”.
Los tesoros viajaron primero hacia Valencia. De ahí a Barcelona y de la capital catalana a Figueres. “Allí se guardaron en tres lugares: el castillo de Perelada, el de San Fernando y en la mina de Talco”, relata Colorado, que ha investigado el tema en su libro Éxodo y exilio del arte (Cátedra). Apenas sufrieron daños. “Tan sólo Los fusilamientos del 2 de mayo, que fue rasgado por un balcón a su paso por un pueblo. Son sus heridas de guerra”, declara Zugaza.
Pero no siempre el compromiso internacional fue decisivo. De hecho, María Teresa León ataca duramente a los responsables de pinacotecas europeas por desentenderse al principio de la guerra. “Es en 1939 cuando se produce el cambio. Fueron los responsables de los museos a título personal y poniendo dinero de sus bolsillos los que finalmente negociaron con el Gobierno de la República en retirada la necesidad de trasladar las obras a Ginebra. Eso les da todavía mucho más mérito”, asegura Colorado.
El 3 de febrero de 1939 se firmó el acuerdo. Había que conseguir camiones. Los franceses no los proporcionaban. “No sé cómo, el Gobierno se hizo con ellos dentro de España, desalojando soldados y ciudadanos en retirada en circunstancias dramáticas”, relata Colorado. Durante cuatro días seguidos, los 71 vehículos partieron hacia Perpiñán, donde se cargarían en un tren hasta Ginebra para pasar a custodia de la Sociedad de Naciones. Quedaron depositadas allí con la condición de no ser devueltas hasta que terminara el conflicto.
La acción marca un precedente histórico. “El del concepto de Patrimonio de la Humanidad. Es la primera vez que representantes de varios países se ponen en marcha coordinadamente para salvar algo que consideran un bien universal”, aduce Colorado. “Fue fundamental para el resto de conflictos bélicos”, agrega Zugaza. “Los métodos fueron novedosos y sirvieron después para legislar en ese sentido”, cree Judith Ara.

Pero todo tiene sus sombras. El acuerdo finalmente no se respetó. “No, porque el Gobierno de Franco reclamó las obras en marzo y le fueron entregadas en 28 de ese mes, días antes del final”, comenta Colorado. Varios cuadros no salieron hasta meses más tarde. Los nacionales acordaron con el cantón de Ginebra que podían realizar una exposición. Se hizo entre junio y agosto aunque la mayoría de las obras fue regresando hacia Madrid. Fue un éxito: 400.000 personas visitaron la muestra y Hitler quiso hacer con ellas una similar en Berlín. Pero cuando se recuperó el tesoro no hubo cuentas a pagar. “Sert escribió insistentemente al Gobierno de Franco para que se abonaran los gastos de traslado al menos al comité. Para él era una deuda moral”, según Colorado.
Pero Franco, que consideraba a ese comité de salvación colaboracionista con los republicanos, no hizo ni caso. El 7 de septiembre regresaron las obras a Madrid. Las conducía un tren que de noche llevaba las luces apagadas para no ser atacado. Se salvaron así de otro conflicto. Justo una semana antes, el primero de septiembre, había comenzado la II Guerra Mundial.

Fuente: Agencias

Publicado en  on Febrero 2, 2010 at 11:32 pm Dejar un comentario

Haití: el mal y la desdicha

por José María Pérez Gay

La mañana del primero de noviembre de 1755, la ciudad de Lisboa despertó en un domingo lleno de sol, una temperatura de 23 grados y se registraban vientos ligeros de norte a sur. En su Historia universal dos terremotos que tem havido no mundo, de que ha noticia desde su creaçao o seculo presente (1758), Joaquim José Moreira de Mendonça escribió una crónica minuciosa del terremoto. “Aquel día, a las 9:20 de la mañana, los habitantes de Lisboa paseaban por sus calles y curioseaban en los mercados. Las iglesias se encontraban repletas de fieles que asistían a la celebración del día de todos los santos. De pronto la tierra comenzó a temblar con una fuerte oscilación, algo parecido a la de una barca sobre el mar. Primero de norte a sur, después de este a oeste, para volver a la dirección anterior”.
El movimiento sísmico fue trepidatorio y, al mismo tiempo, oscilatorio. Según nuestros geólogos contemporáneos, el terremoto se prolongó más seis minutos, tuvo una intensidad de 9 grados en la escala de Richter y el epicentro en el océano Atlántico a unos 200 kilómetros al oeste-sudoeste del Cabo de San Vicente. Una multitud de grietas profundas se abrieron en el suelo, de las cuales emanaban gases de azufre. Lisboa tenía 290 mil habitantes; sus víctimas se calculan en 90 mil muertos. A los dos minutos del terremoto todas las casas y edificios se habían derrumbado. Una muchedumbre llegó al río Tajo y, en ese momento, el mar se retiró unos 20 kilómetros, para después erguirse en una inmensa ola, un tsunami, que sepultó a Lisboa. “El terror de la población fue indescriptible”, escribe Moreira de Mendonça, “desde los primeros momentos miles de personas quedaron sepultadas entre los escombros de sus casas y en los templos donde oraban”.
En Prismas (1947), Theodor W. Adorno afirmaba que el terremoto de Lisboa fue más que suficiente para curar a Voltaire de la “teodicea” de Leibniz. “A mitad del siglo XX –continúa Adorno– el terremoto de 1755 se ha presentado a veces como un suceso análogo al holocausto judío, en el sentido de una catástrofe tan enorme que tuvo un impacto transformador en la cultura y la filosofía occidentales. Lisboa se convirtió en la imagen del Juicio Final, y quizá en el tribunal que, a su vez, enjuiciaba el racionalismo optimista imperante del Siglo de las Luces.
Aquel terremoto señala un momento decisivo para el pensamiento occidental. El desastre de Lisboa aceleró el fin del optimismo característico del Siglo de las Luces, convirtiéndose en un signo premonitor de una nueva forma de pensar, sentir y obrar. En 1756 Immanuel Kant publica el Königberger Nachrichten, tres artículos que aparecen en enero, marzo y abril del mismo año: Sobre las causas de los terremotos en ocasión de la catástrofe que tuvo lugar al final del año; Historia y natural descripción de los fenómenos más notables del terremoto que han sacudido a finales de 1755 a gran parte del planeta; y Otras consideraciones sobre terremotos registrados hace algún tiempo:
“El segundo error del optimismo es que los males y desdichas –escribe Kant– que se perciben en el mundo se justifican sólo desde el supuesto de la existencia de Dios, y que así debe creer que hay un ser infinitamente bueno y perfecto antes de que se pueda asegurar que este mundo, que se ha denominado su mundo, sea bueno y regular, en vez de que baste toda la concordancia del orden del mundo, que pueda ser conocida en y por sí mismo como la mejor prueba de la existencia de Dios y de la dependencia de Él de la totalidad de las cosas”.
En julio de 1966, el profesor Wilhelm Weischedel intentaba en la Universidad Libre de Berlín explicarnos el texto de Gottfried Wilhelm von Leibniz: Los ensayos de teodicea sobre la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal (1697). Todos sus esfuerzos fueron inútiles, muy pocos de sus alumnos entendieron algo. Al parecer el término “teodicea” apareció por primera vez en las páginas de Leibniz. El ensayo, destinado a justificar la existencia simultánea del mal y la bondad de Dios, recibió el nombre de teodicea cuya etimología significa: “justificación de Dios”.
Bajo la catastrófica impresión del terremoto de Lisboa, Voltaire escribió en una hoja volante: “Todo está bien”, dicen ustedes, “todo es absolutamente necesario. ¿Qué? ¿El mundo sin el abismo en llamas del infierno? Lisboa desapareció en un torbellino en llamas. Esa catástrofe nos muestra que las cosas no están bien (….) Los animales, los seres humanos y la naturaleza se encuentran en una guerra incesante. Uno debe admitirlo: el mal existe en la Tierra. No sabemos por qué. Una pregunta: ¿El que creó el bien, también creó al mismo tiempo el mal? No vivimos en el mejor sino en el peor de los mundos posibles”. Después del terremoto de Lisboa, Voltaire reclamaba una conciencia despojada de ilusiones que aprendiese a vivir sin confianza en el mundo. Estamos solos y no hay ningún ser superior que tenga algún plan de salvación de nosotros. No hay providencia que piense en nosotros. Desde la perspectiva de Voltaire, era recomendable retirar el crédito al mundo. Y sin embargo, la afirmación, la autoafirmación elemental de la vida es y sigue siendo poderosa no sin cierta desmesura.

Tonton-Macoutes
¿Alguien recuerda hoy quién era el doctor Roger Lafontan? (1949–) Lafontan significó otro terremoto en Haití, una suerte de rencarnación del mal volteriano, que dejó a su paso –un cálculo aproximado– 120 mil víctimas. El doctor Roger Lafontan, el jefe de los Tonton-Macoutes, un genocida que mató y asesinó a diestra y siniestra, cobró esa cantidad de víctimas durante el gobierno de Jean-Claude Duvalier alias Bébé Doc. (1971-1986). En 1957, al llegar Papa Doc al poder, nombró como comandante en jefe de la milicia al temido bokor (brujo) de Gonaïves, a Zacharie Delva, comenzando al mismo tiempo a reivindicar el vudú como “religión oficial”. Su guardia personal, una especie de “policía esotérica”, los Tonton Macoutes, cuyo nombre oficial era el de “Voluntarios para la Seguridad Nacional”.
Llama la atención que después de los estudios que Paul Mann y su equipo que presentaron en 2006 una evaluación de riesgo en la falla de “Enriquillo”, y otra vez en la 18ª Conferencia Geológica del Caribe en marzo de 2008. Luego de medir la gran tensión, el equipo recomendó “de alta prioridad” los estudios históricos de movimientos sísmicos, como el de la falla, que fue totalmente bloqueada y había registrado algunos terremotos en los pasados 40 años. Un artículo publicado en el diario Le Matin de Haití en septiembre de 2008 mostraba los comentarios citados por el geólogo Charles Patrick de que había un alto riesgo de mayor actividad sísmica en Puerto Príncipe.

El terremoto de Haití de 2010 ha sido registrado el 12 de enero de 2010, a las 16:53:09 hora local (21:53:09 UTC) con epicentro a 15 kilómetros de Puerto Príncipe, la capital de Haití. Según el Servicio Geológico de Estados Unidos, el sismo habría tenido una magnitud de 7.0 grados y se habría generado a una profundidad de 10 kilómetros. También se ha registrado una serie de réplicas, siendo las más fuertes las de 5.9, 5.5 y 5.1 grados. La NOAA descartó el peligro de tsunami en la zona. Este terremoto ha sido el más fuerte registrado en la zona desde el acontecido en 1770.

Los efectos causados sobre el país más pobre de América han sido devastadores. Se calcula que ha producido más de 75 mil muertos y 250 mil heridos, quedando sin hogar más de un millón de personas. Es calificada como una de las catástrofes humanitarias más graves de la historia.La isla La Española, que comparten Haití y la República Dominicana, es sismológicamente activa y ha experimentado terremotos significativos y devastadores en el pasado.
Un sismo la estremeció en 1751 cuando estaba bajo control francés y otro sismo en 1770 de 7.5 grados en la escala de Richter devastó Puerto Príncipe por completo. De acuerdo con el historiador francés Moreau de San-Méry (1750-1819), “mientras que ningún edificio sufrió daños en Puerto Príncipe durante el terremoto del 18 octubre de 1751, la ciudad entera colapsó durante el terremoto del 3 de junio de 1770”.
La ciudad de Cap-Haïtien, así como otras del norte de Haití y la República Dominicana, fueron destruidas por el terremoto del 7 de mayo de 1842.

En 1887 y 1904 se produjeron dos terremotos, uno por año, en el norte del país, causando «daños mayores». En 1946, un terremoto de magnitud 8.0 se registró en la República Dominicana, afectando también a Haití. Este sismo produjo un tsunami que mató a mil 790 personas.
Un estudio de prevención de terremotos realizado en 1992 por C. DeMets y M. Wiggins-Grandison estableció como conclusión la posibilidad que la falla de Enriquillo pudiera estar al final de su ciclo sísmico y pronosticó un escenario, en el peor de los casos, de un terremoto de magnitud 7.2, similar en magnitud al terremoto de Jamaica de 1692.
Conocí a Gerard Pierre Charles en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM el año de 1980. Gerard, sin duda el intelectual y el político más brillante de Haití, me decía a principios del año 2004 que Jean Bertrand Aristide, presidente de Haití (2001-2004), no era sino uno más de los sacerdotes católicos corruptos y, en el fondo, un gran simulador. “Es imposible gobernar –dijo Pierre-Charles– en un océano de miseria y descomposición, donde el colapso del Estado es un hecho y las instituciones desaparecieron hace mucho tiempo. La pobreza es el fermento de la muerte.

Aristide se preparó y presentó sus exámenes, en 1966, en el seminario que poseía la orden de San Francisco de Sales en Cabo Haitiano, donde comenzó a prepararse para el sacerdocio. En 1975 comenzó a trabajar con los miembros de la corriente eclesiástica conocida como Ti Lego, quienes simpatizaban con la teología de la liberación y trabajaban a favor de los pobres. Tras un año y medio de noviciado en la República Dominicana, se matriculó en sociología en la Universidad Estatal de Puerto Príncipe, y al paso de los años, Aristide se convirtió en uno más de los dictadores de Haití.
Mientras tanto son ya 150 mil el número de muertos –una de las grandes tragedias de todos los tiempos. El terremoto de Puerto Príncipe destruyó un país que debe seguir importando las cuatro quintas partes de sus alimentos; tres cuartas partes de su población carecen de agua potable; el desempleo asciende a 70 por ciento de la fuerza de trabajo. El 80 por ciento de los haitianos viven en la pobreza absoluta. Vocy Assad, el vocero del actual presidente René Préval, aseguraba hace unos días: “Nuestra policía no puede enfrentar el caos y el infierno del terremoto, sólo tenemos 2 mil policías y sólo 58 por ciento se dedican a imponer el orden. Queremos asegurar las calles con el apoyo de la ONU y con las fuerzas militares que nos prometió la secretaria de Estado de Barack Obama, la señora Hillary Clinton.
Gerard Pierre Charles me comentaba en esa ocasión que Haití había perdido la oportunidad histórica de ser un Puerto Rico por la gran cantidad de población negra que conservaba. Sin embargo, el movimiento que deseaba la independencia era aún muy fuerte, lo que faltaba sería la organización política.
“En Haití tenemos una experiencia comunitaria, sumamente interesante, gratificante y enriquecedora. En efecto, al llegar a Haití en 1986 encontré que el país estaba en pleno cambio, sentí que no se trataba nada más de un cambio de gobierno –afirmaba Pierre Charles–, que eran ríos profundos que durante los primeros años de la dictadura estaban callados y que de repente emergían con mucha fuerza, el pueblo y sus reivindicaciones, los campesinos, la juventud, las mujeres, los sectores religiosos y muchos actores sociales, con reivindicaciones postergadas durante mucho tiempo que emergían en el escenario con su voz propia reclamando muchas cosas y decididos a luchar para que se cumpliera lo que reclamaban. En una ocasión había escrito que el Caribe es el microcosmos de la humanidad oprimida y, en el corazón del Caribe está Haití, donde los fenómenos de opresión se dan con mucha violencia históricamente, no hay que olvidar que Haití fue la primera tierra de la conquista y la colonización, cuando llegaron los españoles la conquista empezó a manifestarse con esta violencia extrema y empezó la resistencia de los indios, se puede decir que los primeros indígenas que murieron luchando para salvaguardar su autenticidad lo hicieron en el territorio de Haití, que después se llamó La Española y de ahí en adelante se volvió muy célebre, llamó la atención de las potencias coloniales, después de España vino Francia.
Efectivamente, la colonización francesa en Haití tuvo características especiales, se puede decir que es el primer territorio donde el capitalismo emergente implanta una economía azucarera de producción para el mercado mundial, donde la esclavitud se pone al servicio del capitalismo naciente y las condiciones de la explotación son la violencia racista y la opresión, por la necesidad que hay en el mercado mundial de productos tropicales.
En el periodo previo a la Revolución Francesa, Haití producía más para Francia que toda la América española para España; es un dato que sorprende. Haití ha sido una colonia de explotación, de producción capitalista que ha utilizado la mano de obra esclava. Por eso la independencia se hace en esas condiciones de violencia y por eso también en el siglo XIX Haití está lleno de dificultades, porque al ser el primer país independiente, le ponen un cordón sanitario las potencias coloniales, no comercian con él, le ponen bloqueos, además de que es un desafío el que un país negro pretenda instaurar una república independiente. Todo eso hace que en un mundo dominado por el colonialismo y el racismo, la gran aventura humana que representó la independencia de Haití, suscitó muchas dificultades, de ahí surge en un crisol sumamente caliente de mucho sufrimientos, un país con rasgos muy peculiares.
Por el año 2004, la situación que algunos observadores políticos habían acreditado de insurrección popular armada fue un contundente fracaso. La rebelión que en su recorrido había incendiado cuarteles policiacos, instituciones del Estado y los hogares de miles de haitianos, había dejado hasta el momento más de 60 muertos y una centena de heridos en un país donde la mayoría de la población, cerca de 8 millones de habitantes, vive con menos de un dólar al día”.
El golpe de Estado de la naturaleza ha reducido al polvo todas las esperanzas y estrategias de Gerard Pierre Charles. Las secuelas del terror no son reducibles a conceptos y sólo podemos aludir a ellas más que con las imágenes de una narración o las fotografías. En enero de 2010, Haití se debate entre entre las bandas de jóvenes hambrientos que saquean las ruinas de Puerto Príncipe, y se dedican a la venta de niños huérfanos, una criminalidad masiva y violenta, la prostitución infantil, la epidemia incontrolable que reúne los miles de cadáveres en las calles. A principios de 2010, cada una de las aldeas de Haití es un agujero de desdicha y miseria, donde impera el mal; su futuro es, como siempre, una interrogación sombría.

Fuente: La Jornada

Publicado en  on Febrero 1, 2010 at 2:01 am Dejar un comentario

Indígenas viven situación de Avatar

La película de ciencia ficción Avatar podría describir la situación que sufren actualmente numerosas tribus indígenas, según denunció hoy la organización Survival International.
Avatar describe la lucha de una tribu por proteger su territorio ante la amenaza de un grupo de colonizadores que buscan arrasar su bosque para extraer un valioso mineral, una situación con la que se identifican numerosas tribus indígenas.
Un miembro de la tribu Penan, en la isla de Borneo (Malasia) , dijo a Survival que, al igual que los Na’vi, tribu que protagoniza la película de James Cameron, no pueden “vivir sin el bosque” porque el bosque “cuida a la tribu y la tribu le cuida a él” .

“Las compañías madereras están talando nuestros árboles y contaminando nuestros ríos y los animales que cazamos están muriendo, así que lloramos por nuestro bosque como lo hacen los Na’vi” , afirma el indígena de Borneo en el comunicado remitido hoy por la ONG.
Jumanda, de la tribu de los Bushman (San), describió una situación similar: “los Bushman o San fuimos los primeros habitantes del sur de África y, sin embargo, ahora nos niegan los derechos sobre nuestra tierra. ‘Avatar’ refleja lo que nos está pasando” .
Del mismo modo, Davi Kopenawa, conocido como el “Dalai Lama del Bosque” , denunció que su territorio está siendo “invadido” por la industria minera, lo que amenaza el equilibrio en el que su tribu, los Yanomami, convive con la tierra desde tiempos inmemoriales.
El director de Survival, Stephen Corry, sostuvo que “una de las mejores formas de proteger la naturaleza es sorprendentemente sencilla: basta con asegurar los derechos sobre su tierra de los pueblos indígenas”.
En la gala de entrega de los Globos de Oro, Cameron recordó que su película manda un mensaje: “todo está conectado, entre nosotros y con la Tierra” .

Fuente: EFE/cvtp

Publicado en  on at 1:49 am Dejar un comentario

Dona Chipre piezas al Museo Nacional de las Culturas

México.- Más de un centenar de piezas etnográficas e históricas de la República de Chipre, así como libros y discos compactos que dan cuenta de la cultura de este país fueron donadas al Museo Nacional de las Culturas (MNC), con el interés de que las nuevas salas del recinto, actualmente en reestructuración, cuenten con piezas representativas de esta nación que hasta el momento no figuraba en sus colecciones.
La donación enriquecerá particularmente la colección de Culturas de la Antigüedad de este recinto del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH-Conaculta), hasta ahora formada sólo con piezas provenientes de países árabes, el norte de África y Grecia.
Entre las piezas donadas destaca un mapa histórico del siglo XIX, que ilustra el tercer viaje de San Pablo por la isla de Chipre, uno de los puntos importantes en los recorridos del apóstol por la región, efectuados en las primeras décadas del siglo I para convertir a los pobladores al cristianismo. El documento aporta datos que remiten a esa etapa de la historia de la humanidad.
Otras piezas que se incluyen en esta donación, son cuatro réplicas de ídolos cruciformes, cuyos originales datan de 3000 – 2500 a. C., así como dos tallas en plata de San Jorge. De los objetos etnográficos resaltan cuatro trajes típicos de diferentes regiones de la isla, elaborados a la usanza antigua: dos de caballero y dos de dama, estos últimos procedentes de las ciudades de Phafos y Nicosia; así como dos carpetas bordadas.
El acto de donación de las piezas se llevó a cabo en el propio Museo Nacional de las Culturas, con la presencia del embajador de la República de Chipre, Vasilis Philippou, quien hizo la entrega a Leonel Durán y Luis Felipe Crespo, director y subdirector del recinto, respectivamente.
Vasilis Philippou destacó su interés por cumplir con la labor diplomática que le fue encomendada en México, y en este marco es que se entregó este acervo que ofrece una muestra de la cultura e historia de Chipre, al considerar de gran importancia que el Museo Nacional de las Culturas también exponga objetos representativos de la cultura chipriota.
El diplomático señaló que será una oportunidad para que el público mexicano descubra la historia, la escritura y la religión de esta nación. Así mismo, subrayó, es una muestra del interés por fortalecer las relaciones culturales entre ambos países.
En su oportunidad, y a nombre de Alfonso de Maria y Campos, director general del INAH, Leonel Durán agradeció el gesto de amistad por parte del embajador Philippou. “Esta donación viene a confirmar que el Museo Nacional de las Culturas juega un papel importante en las relaciones culturales de México con otros países, y genera un espíritu de comunicación, cooperación e intercambio entre las naciones”. Recordó que dentro del proceso de reestructuración del Museo Nacional de las Culturas se lleva a cabo una revisión completa, no sólo arquitectónica, sino también conceptual, que, entre otros aspectos, plantea representar a las civilizaciones del Mediterráneo de una manera integrada, lo que no sucedía en la museografía anterior.
Durán recordó que el acervo del MNC está compuesto por 17 mil objetos, lo que lo coloca como uno de los más amplios, en lo que se refiere a colecciones etnográficas de culturas del mundo en México, y que se ha integrado durante años gracias a la relación con otros países.
Otras piezas que integran la colección de Chipre donada al MNC son la reproducción de una ánfora con decoración de pájaro, del periodo 850 – 700 a. C., representativa de las piezas de la Grecia clásica; un icono de Cristo y la Virgen; una flauta, un pequeño tazón de cerámica con figuras de mujeres y un símbolo arqueológico grabado en plata.
La colección también incluye varios libros sobre la historia y religión de Chipre, una revista de poemas y tres discos compactos.

Fuente:INAH

Publicado en  on Enero 16, 2010 at 9:59 pm Dejar un comentario

Chipre siempre ha sido Europa

por Colette Almanza Caudillo


El presente libro
da cuenta de que Chipre a lo largo del tiempo siempre ha estado tocado y, por lo tanto, ha interactuado de manera directa con distintos grupos culturales europeos. La obra consta de un conjunto de 7 artículos que exponen la posición geográfica global de la isla a través de la historia y arqueología antigua, moderna y  contemporánea de Chipre y su actuación en la actual Comunidad Europea. El primero de ellos se enfoca primordialmente de la Prehistoria a la Era Helenística, en la que el autor Pavlos Flourentzos nos acerca a la arqueología temprana de Chipre, a la época en la que adquirió su importante carácter griego.

Por su parte continúa con la historia Demetrios Michaelides, quien habla de la influencia romana, en que simplemente Chipre fue agregada al imperio Romano infiltrando poco a poco y de manera muy natural aspectos de la forma de vida, cultura y tradiciones en la cultura Chipriota.
El tercer artículo se refiere a La Chipre de Luisignan y su relación con el resto de Europa escrito por Angel Nicolau-Konnari, momento en el cual la isla pertenecía  políticamente a Europa y nos entremete en su estratégica participación en el movimiento de las Cruzadas. Por su parte, Guido Lusignan y su descendencia representaron un importante avance económico y político para la isla, generando afinidades culturales principalmente con Francia, cuyos resultados se ven plasmados en un abundante incremento en la actividad económica e intelectual de la época.
El cuarto artículo de Chris Schabel habla sobre la relación  entre Chipre e Italia en la Edad Media, caracterizada por haber iniciado sus vínculos políticos desde el siglo V, posteriormente como aliados navales contra los turcos, muy buenos socios comerciales y su influencia intelectual fomentada principalmente desde la Universidad de Padua y por el Renacimiento italiano.
El posterior dominio de los británicos lo explica Stavros Panteli durante una segunda invasión de éstos hacia la isla, convirtiéndose entonces en una responsabilidad más para los Ingleses al convertirse en una colonia oficial hasta su independencia en 1960.
Marie-Louise Winbladh cuenta la Expedición arqueológica sueca en Chipre cuya finalidad fue realizar excavaciones para establecer una cronología cultural en la arqueología chipriota; se realizaron investigaciones en 25 sitios a lo largo de la isla, de donde se obtuvo una colección de 18,000 objetos.
Finalmente la participación de Chipre en la Unión Europea, de Joseph S. Joseph, radica en el nombramiento como miembro el 1 de Mayo de 2004, concluyendo así una extensa trayectoria de interacción cultural entre distintos grupos, todos ellos europeos y  Chipre.
Por lo tanto, resulta una excelente publicación que resume y argumenta de manera convincente la tradición europea que vive en el pueblo chipriota.

CYPRUS HAS ALWAYS BEEN EUROPE. Ed. Zavallis Litho Ltd. Nicosia. 2006

Publicado en  on at 9:32 pm Dejar un comentario

Chipre, una larga historia

La historia de Chipre es una de las más antiguas del mundo. Desde los tiempos más remotos su significación histórica ha sobrepasado su pequeño tamaño (9,251 km2). Su posición estratégica en el cruce de Europa, Asia y África –en la esquina noreste del Mediterráneo, a 300 km al norte de Egipto, 90 km al oeste de Siria, a 60 km al sur de Turquía y a 360 km al sureste de Grecia– y sus considerables recursos de cobre y madera, hicieron de la isla una deseable adquisición territorial. A pesar de ello, Chipre ha desarrollado y mantenido por siglos su propia cultura.
Las primeras señales de civilización encontradas en investigaciones y excavaciones arqueológicas se remontan a 11 000 años, en el noveno milenio a.C.  Sin embargo, el descubrimiento del cobre en Chipre en el tercer milenio a. C.  trajo riqueza a la isla y atrajo el comercio de sus vecinos. Aproximadamente en el año 1200 a.C. inició un proceso que tuvo gran impacto en la identidad nacional de la isla. Posteriormente, con la llegada y el establecimiento de los griegos micénicos y los aqueos entre los siglos XIII y XI a.C., se introdujo la lengua y la cultura griegas, las cuales se han preservado por los griegos chipriotas hasta estos días. Chipre entonces tenía diez ciudades-reino, el culto a Afrodita floreció, y los fenicios se asentaron en Kition en el siglo IX a.C.
El siglo posterior fue un periodo de gran prosperidad pero, mientras se fue incrementando, Chipre fue presa de varios conquistadores. Los reinos chipriotas fueron gobernados por una sucesión de culturas extranjeras: tras los asirios llegaron los egipcios y después los persas. El rey Evágoras de Salamina unificó a Chipre e hizo de la isla uno de los centros políticos y culturales más importantes del mundo griego.
A finales del siglo IV a.C. Chipre fue parte del reino de Alejandro Magno. Tras las rivalidades entre los generales de Alejandro Magno por la sucesión, la isla formó parte del estado Helénico de Ptolomeo de Egipto y después del mundo griego alejandrino. Los ptolomeos abolieron las ciudades-reino y unificaron a Chipre convirtiéndose la ciudad de Pafos en su capital.

El periodo Helenístico terminó en el año 30 a.C., entonces Chipre se volvió parte del Imperio Romano. Durante las misiones de los apóstoles Pablo y Barnabas, el procónsul Sergius Paulus se convirtió al cristianismo, y Chipre se volvió el primer país gobernado por un cristiano.
Después de la separación del Imperio romano, en el año 330 d.C. Chipre formó parte del Imperio Romano Oriental, posteriormente llamado Imperio Bizantino, el cual tuvo como religión oficial el cristianismo, situación que duró hasta el siglo XII de nuestra era. Sin embargo, después de una invasión árabe en 647, la isla fue durante tres siglos constantemente atacada por árabes y piratas hasta el año de 965, cuando el emperador Nicephoros Phocas expulsó a los árabes de Asia Menor y Chipre.
Tras una disputa entre Isaac Comneus, gobernador bizantino y después emperador autoproclamado de Chipre, y el Rey Ricardo Corazón de León, la isla pasó a ser propiedad del rey francés. Un año más tarde, Ricardo vendió la isla por 100 000 dinares a los Caballeros Templarios, quienes la vendieron al mismo precio a Guy de Lusignan, rey depuesto de Jerusalén. Chipre fue gobernado bajo el sistema feudal. La Iglesia Católica oficialmente reemplazó a la Griega Ortodoxa, la cual, bajo severa opresión, trató de sobrevivir. La ciudad de Famagusta fue entonces una de las más ricas en el Oriente Cercano. La era de la dinastía Lusignana finalizó cuando la reina Caterina Cornaro cedió Chipre a Venecia en 1489, quien vio en Chipre el último bastión contra los otomanos en el este mediterráneo.
En 1570 las tropas otomanas atacaron Chipre, capturaron Nicosia, masacraron a veinte mil personas y montaron sitio en Famagusta durante un año. Después de una valiente defensa por el comandante veneciano Marco Antonio Bragadino, Famagusta cayó en manos de Lala Mustafá Pashá, primer gobernador otomano de Chipre.  Inicialmente le fue otorgada cierta autonomía a la Iglesia Griega Ortodoxa, el sistema feudal fue abolido y se les permitió a los siervos liberados comprar sus propias tierras; sin embargo, les fueron aplicados altos impuestos. En muchas instancias, los griegos y turcos chipriotas lucharon juntos contra la opresión del gobierno otomano, ya que en su debilitamiento, éste se había vuelto más corrupto. A pesar de los tres siglos de dominio otomano, la minoría musulmana había adquirido la identidad chipriota. Hoy día sus descendientes, junto con los de los entonces musulmanes conversos (en su mayoría de origen latino), forman la mayor parte de la comunidad turca chipriota.
Bajo la Convención de Chipre de 1878, los turcos otomanos cedieron la administración de la isla a Gran Bretaña a cambio de que se garantizara la protección del Imperio Otomano contra una posible agresión rusa. Tras la coalición del Imperio Otomano con Alemania durante la Primera Guerra Mundial, Gran Bretaña anexó a Chipre bajo su gobierno en 1914. En 1923 bajo el Tratado de Lausana, Turquía cedió todos los derechos de Chipre, por lo que en 1925 fue declarada colonia de la corona británica. En 1940 hubo un enlistamiento masivo de voluntarios chipriotas a las fuerzas armadas británicas durante la Segunda Guerra Mundial. Las esperanzas que se tenían sobre la autodeterminación en el período de la posguerra fueron frustradas por los británicos, que consideraban a la isla vitalmente estratégica, especialmente después de la debacle de Suez en 1956. Aplicando la política de “divide y vencerás”, Gran Bretaña reavivó el interés de Turquía sobre Chipre. Ankara no aprobaría una isla griega tan cerca de su frontera sur. Por ello, Gran Bretaña usó a los turcos chipriotas, que constituían el 18 por ciento de la población, como contrapeso en su lucha contra los griegos chipriotas y deliberadamente involucraron a Turquía, que por primera vez empezó a pensar en la idea de dividir la isla.
En 1955 los griegos chipriotas iniciaron la lucha por la liberación contra el poder de la colonia británica, la cual terminó en 1959 con los acuerdos de Zurich-Londres, negociados y firmados por Gran Bretaña, Grecia y Turquía como representantes de los griegos y turcos chipriotas. De esta forma la isla ganó su independencia en 1960. Los acuerdos establecieron y garantizaron dicha independencia y soberanía, y la Constitución proveyó el gobierno democrático del Estado y el bienestar del pueblo chipriota.
Sin embargo, cabe resaltar que las comunidades griegas y turcas de Chipre no tuvieron un papel fundamental en su planeación como nación ni en la planeación de la Constitución para al nuevo Estado. Ambos, los acuerdos y la constitución de la naciente república fueron impuestas sobre el pueblo de Chipre. De hecho, nunca les fue dada la oportunidad de votar por estos documentos a las personas que más pudieron haber sido afectadas por estos ellos. Como resultado, el destino de la nueva república fue puesto en peligro; ya que ciertas provisiones en los acuerdos y en la Constitución, en vez de promover la paz y respeto por la soberanía de la nueva república, promovieron el conflicto doméstico y la intervención extranjera. La constitución por sí misma enfatizó las diferencias entre los griegos y turcos chipriotas, frustrando la integración y promoviendo las tendencias divisorias entre las dos comunidades.
Los griegos chipriotas estaban decididos a fortalecer la unidad del Estado, pero el  liderazgo turco chipriota, a causa de las fuertes presiones de Turquía, buscó la segregación étnica y la separación geográfica. Esto condujo a un breve periodo de enfrentamientos intercomunitarios entre 1963 y 1967, además de ataques aéreos y atentados de invasión por Turquía. Los turcos chipriotas dejaron de participar en el gobierno, la legislatura y el servicio civil. Las Naciones Unidas patrocinaron diálogos intercomunitarios sostenidos entre 1968 y 1974 para alcanzar algún acuerdo. Pero en julio de 1974 la junta militar que gobernaba Grecia montó un golpe para derrocar al gobierno democráticamente electo de Chipre. El 20 de julio, Turquía, usando el golpe como pretexto, invadió Chipre, supuestamente para restaurar el orden constitucional. En lugar de ello, tomó casi el 36.2% del territorio de la isla en el norte, un acto universalmente condenado como un grave atentado a la ley internacional y a la Carta de las Naciones Unidas.
La invasión y la ocupación tuvieron consecuencias desastrosas.  Alrededor de 200, 000 griegos chipriotas que vivían en el norte —casi un cuarto de la población de Chipre—, fueron expulsados por la fuerza del territorio ocupado, donde constituían el 80% de la población. Estas personas todavía están privadas del derecho de regresar a sus hogares y propiedades. Los otros 20,000 griegochipriotas que permanecían en las áreas ocupadas fueron gradualmente forzados a abandonar sus hogares por medio de la intimidación y la conculcación de sus derechos humanos. Hoy día se encuentran alrededor de 500 personas que permanecieron en este territorio (griegos chipriotas y maronitas). Alrededor de quince mil griegos chipriotas, civiles y militares, desaparecieron durante y después de la invasión; muchos fueron arrestados y otros habían sido vistos en prisiones en Turquía y Chipre antes de su desaparición. Turquía también ha promovido algunos cambios demográficos en el territorio ocupado a través de la implantación de colonizadores de Anatolia. Desde la invasión, 160,000 turcos de Turquía han sido ilegalmente llevados a las áreas ocupadas. Esto ha afectado negativamente las condiciones de vida de los turcos chipriotas. La pobreza y el desempleo han forzado a más de cincuenta y cinco mil personas a emigrar. Actualmente se estima que los turcos chipriotas sólo conforman un 11% de la población nativa. Cuarenta y tres mil soldados turcos, equipados con armas de avanzada tecnología y apoyados por la fuerza aérea y naval turca, todavía están en las áreas ocupadas. De acuerdo con un Informe del Secretario General de la ONU (diciembre de 1995), las áreas ocupadas son “unas de las más densamente militarizadas del mundo.”
A pesar de que el esfuerzo de las Naciones Unidas no ha tenido éxito en resolver el problema, los griegos chipriotas no creen que ha sido el final del camino. El problema de Chipre tiene como punto de partida la intervención y ocupación extranjera, ya que las relaciones entre las dos comunidades durante siglos habían sido pacíficas y amigables. Para llegar a una solución viable a este problema y superar la prueba del tiempo, ésta debe ser justa, además de ser percibida como tal por la gente que tenga que vivir con ello. Tal solución, por lo tanto, debe ser democrática, justa, factible, financieramente viable, y compatible con los principios de la Unión Europea, las leyes y normas democráticas, la Convención de Derechos Humanos y las resoluciones clave de las Naciones Unidas. Además, se debe involucrar el compromiso de otros actores importantes que por razones históricas han sido parte del problema y deben convertirse en parte de la solución.

Fuente: Cyprus Diary 2010, Press & Information Office
Traducción de Laura Quiroz Castillo. Editado por el Correo.

Publicado en  on Enero 15, 2010 at 9:41 pm Dejar un comentario

La conquista de la Malinche, de Luis Barjau

por Mariano Flores Castro

Que La conquista de la Malinche es un libro de historia, nadie lo dude. Pero el enunciado es corto de alcance porque esta obra ofrece mucho más a sus lectores, tanto legos como letrados. Y es que el texto de Barjau trasciende la idea básica según la cual la materia de la historia es el conocimiento del pasado como un episodio más o menos extenso de la inevitable metáfora que todos nos formamos respecto al tiempo, un flujo constante, una corriente ininterrumpida de instantes, sucesos, invenciones, descubrimientos, engendros. Un trabajo como La conquista de la Malinche se inscribe en la tradición histórico-literaria que va desde escritores como Jenofonte, Ennio, Virgilio, Bernal Díaz del Castillo,  el autor anónimo de Tlatelolco hasta Pierre Chaunu y Steven Runciman, autor de La caída de Constantinopla (1453), que versa sobre la conquista de Bizancio a manos de los turcos otomanos. En estos autores –y muchos otros que no es posible mencionar en este breve espacio– admiramos no sólo la pasión de contar interesantes hechos ocurridos en el pasado sino la misteriosa presencia de significados que poco o nada tienen que ver con el inevitable desgaste producido por el transcurso del tiempo. ¿De dónde proviene esa inmanencia? ¿Hacia dónde se dirige? El libro de Barjau no especula sobre ello, pero sí crea ecos en los tímpanos del lector donde se demuestra que la Malinche vive y forma parte de lo que Carl Jung llamaba “arquetipos” de un mito del origen ya para siempre imborrable en el imaginario colectivo de los mexicanos. Sólo que este libro no merca con las baratijas de una historia oficial hecha para consolidar la escurridiza identidad nacional, cuando la unidad de la patria era precaria, casi inviable y tortuosamente reclamada por conservadores y liberales, incluida, por supuesto, la ideología (mentalidad) de un catolicismo atento a su papel rector y providencialista. Pero, volviendo a la discusión que suscita el libro de Luis Barjau, habría que aderezarla con la siguiente reflexión de R.G. Collinwood:

“Sólo el presente es real: el pasado y el futuro son ideales y nada más que ideales. Es necesario insistir en ello, por causa de nuestra costumbre de ‘espacializar’ el tiempo, o figurárnoslo en términos de espacio, lo que nos lleva a imaginar que el pasado y el futuro existen de una manera análoga…”

Pero la parcela de verdad que nos regala el oxfordiano filósofo de la historia resulta ser el polo opuesto de lo que Barjau demuestra a lo largo de más de 300 páginas vigorosas y colmadas de orientaciones interesantes sobre la pregunta ¿quiénes somos como nación? Se trata de una revisión minuciosa de lo que se sabe, lo que se asume y lo que se ignora en torno al inquietante personaje que fue y sigue siendo la Malinche, con su espacialidad ubicua en la mente de los mexicanos.
Apunta Barjau:

“La retorcida imagen de La Malinche fue la cuña del mismo árbol usada para que apretara una versión desmedida, subliminal, de una historia equivocada pero que hemos tenido que asumir a lo largo de los siglos. Con ella se articuló la sorda convicción de la traición como elemento primordial narrativo de nuestro pasado.” (p.15)

El DRAE propone, entre otras, las siguientes definiciones para la palabra traición:
( Del latín traditio-onis ) .
1.  f.   Falta que  se comete aquebrantando la fidelidad  o lealtad que se debe guardar o tener.
2. f. Der.  Delito  cometido por civil o militar que atenta contra la seguridad de la  patria.

¿Cuál habría sido la traición de la Malinche? La respuesta puede ser tan simple o tan compleja como se quiera. En la primera acepción propuesta por el Diccionario se habla de una “falta” originada por alguien que ha violentado la fidelidad (o lealtad) que se debe guardar o tener. ¿A qué?, no se especifica, porque si así fuese, el filólogo en turno se enredaría hasta el infinito en una madeja de significados derivados de creencias, ideologías, supersticiones, religiones, congregaciones, costumbres sociales, organizaciones políticas, etc., imposibles de ser contenidas en una sola y llana definición como esa. No obstante, todos entendemos el significado del silencio o abstención estratégica que se produce después de las palabras “que se debe guardar o tener…”
Unos cuantos ejemplos bastarían: a los ancianos, a los padres, a los jefes, a las damas, a los niños, al “prójimo”. Según algunos, la civilización entera depende del respeto que se tenga a ciertos preceptos, mandatos y conjuntos de normas de convivencia que deben acatarse sin discusión. Pero ¿qué pasa cuando dos culturas confrontan sus sistemas axiológicos, sus modos y vías de vivir y de pensar, de comer, de celebrar, de enterrar o cremar a sus muertos (de comérselos a veces), entre otras numerosas diferencias? Y si a ello añadimos las características culturales de las distintas regiones que componen a esas dos culturas o civilizaciones (por ejemplo en España: Cataluña, el País Vasco, Sevilla; o en el México antiguo: Teotihuacán, Chichén Itzá, las culturas del Golfo, Paquimé), entonces la cuestión se complica aún más. Ha sido tan desmedida y vanidosa la creencia de que Occidente es el rector de los más avanzados sistemas éticos y morales, estéticos y jurídicos, que hoy en día resulta difícil argumentar en contra de tal dislate, y ése es precisamente uno de los orígenes menos estudiados de casos como el de la Malinche, “la muy traidora indígena” que habría dado la espalda a la patria mexicana.
Sin embargo, la patria mexicana no existía cuando ella optó por aliarse a los atacantes de sus enemigos acérrimos, que eran los mexicas (mejor: la Triple Alianza). No había consolidación nacional ni sistema de valores unificado; no había pacto ni proyecto cultural común a todas las comunidades que ocupaban Mesoamérica. En menos palabras: no había México, y Barjau se encarga de limpiar de abrojos el territorio de la fantasía sesgada según la cual la Malinche habría sido la madre de todas las traiciones de este país desdichado desde entonces, servil desde entonces, obsecuente y torpe en la lucha por sobrevivir entre águilas y serpientes. Pero claro, el error sobre la supuesta vileza originaria de los mexicanos fue cultivada por los conservadores que trajeron a Maximiliano a gobernar un puñado de pueblos ingobernables como no fuera por sí mismos y a veces ni por ellos. Sería interesante revisar el nacimiento y desarrollo de las facciones políticas actuales —incluidos, desde luego, los masones— para verificar filias y  fobias respecto de las extranjerías que habrían afectado nuestro devenir.
El libro de Barjau abre ventanas para ventilar la historia de las guerras de conquista española en América y para que por ahí salgan los miasmas de Buffon, las telarañas de López de Gómara, del despistado Oviedo, los polvos acumulados durante siglos por Hegel, los esqueletos guardados en el clóset por necios como Cornelio de Paw, los ratones atorados en las cañerías de Europa, las lloronas locas y los lagartijos engominados que la Señorita Academia consiente a falta de mejores candidatos a la repetición y al tedio de cuño eurocentrista y/o pro yanki. Por ello, considero que con este libro Barjau logra dialogar con autores como Antonello Gerbi (La disputa del Nuovo Mondo. Storia di una polemica, 1750-1900), con Edmundo O’Gorman (La invención de América) y Enrique Florescano (Quetzalcóatl y los mitos fundadores de Mesoamérica) , con Luis Villoro y Roberto Moreno de los Arcos, para mí los más brillantes historiadores que hemos leído sobre lo mexicano en el siglo XX y lo que va del XXI, sin olvidar a pensadores universales que tocaron temas afines o complementarios, como los hermanos González Casanova (Henrique y Pablo), Octavio Paz, Fernando Benítez y Javier Garciadiego.
Pero la ventaja que aparta a Barjau de los otros astros de la historiografía mexicana (por cierto, León-Portilla también se cocina aparte) es la fluidez con que nuestro autor maneja la vertiente metafísica del tema, “la fatalidad telúrica” según la cual los grandes verdugos del mundo prehispánico local acabarían siendo victimados. ¿Por quién? Lo sabemos de sobra. ¿Quetzalcóatl transfigurado en un ultramarino abarrotero o con armadura medioeval de soldado? Asombra la fiereza ineficaz con que los de acá defienden el potente reino tenochca, súbitamente debilitado por algo intangible y esotérico. Es como si los antiguos egipcios se dejaran vencer por los ejércitos de los césares romanos por el solo augurio de un ciego que se proclamase clarividente. Magia, religión y destino son elementos soterrados en lo profundo de la historia humana.
En su célebre Imagen azteca en el pensamiento occidental Benjamin Keen se adentró en la leyenda negra de los mexicas, creando un gran fichero comentado sobre los peores denuestos a la fundacional cultura de nuestros tatarabuelos. Pero dedica escasas líneas, a veces un tanto rameras, a la Malinche. Barjau, en cambio, lleva la discusión a un nivel en que todos podemos participar: la compañera de cama de Hernán y madre de Martín Cortés funda el feminismo (avant la lètre) en México, se convierte en la comandanta de los ejércitos que apoyan a Cortés y, con la invaluable ayuda de Gerónimo de Aguilar, unifica lingüísticamente el revoltijo multicultural que era el territorio después llamado Nueva España y finalmente México.

“Porque en la realidad del siglo XVI Malintzin no traicionaba a nadie puesto que en Mesoamérica no existían ni país ni noción de él ni conciencia racial ni noción de ésta, que no puede surgir sino de la confrontación de razas a lo largo del tiempo y de los conflictos entre pueblos rivales y distintos entre sí” [p.248]—escribe Barjau. Es a ella, a Malintzin, a quien debemos no sólo las primeras fases del mestizaje —como bien señaló antes Juan Miralles— sino también el primer alzamiento contra el absolutismo azteca, contra su cruel soberbia, su siniestra y juguetona mortandad florida, su hubris orgullosa. Y, last but not least, la Malinche encarna una respuesta fáctica a la leyenda negra según la cual los indígenas de este lado del océano serían débiles, holgazanes, impotentes, sodomitas, sexualmente infradotados, estúpidos y pequeños en comparación con los genomas europeos. En muchos episodios de la confrontación bélica es ella la que lleva la voz cantante, la que da las órdenes de ataque o retirada de los aliados, la que anima a sus huestes y cura a los heridos; en su valentía hay ecos de Alejandro Magno en India, del cartaginés Aníbal y sus elefantes en los Alpes, de Julio César en las Galias… Barjau da prueba de ello cuando constata que “Marina había aprendido el lenguaje militar, sobre todo las órdenes con redobles de tambor y las instrucciones del corneta para transmitirlas a los escuadrones de cempoaltecas” (p.83).

Si el historiador busca la verdad sobre todas las cosas, Barjau abraza esa divisa en honor a la etnohistoria, pero no sólo porque esquive los acomodos fantasiosos de la versión generalmente aceptada, sino por su aguda re-visión de las fuentes históricas, desde la Real ejecutoria de S. M. sobre tierras y reservas de pechos y paga, pertenecientes a los caciques de Axapusco, de la jurisdicción de Otumba, de 1526, hasta La novela del México colonial, preparada por Antonio Castro Leal (1977), y Moros y Cristianos (2003) de Marlene Albert-Llorca y José Antonio González Alcantud, pasando por los ya clásicos y fatigados volúmenes que incluyen al menos cinco obras anteriores del propio Barjau, para no abrumar al lector mencionando todos los códices, diccionarios, cartas y cientos de documentos alusivos al tema. Agréguese a todo ello el despliegue de un estilo terso y riguroso, y el resultado es un extraordinario libro que hace el recuento de antecedentes fundamentales de nuestro mestizaje y nacionalidad; no olvidemos que doña Marina es la primera persona indígena que aprende la lengua castellana, es decir, el vehículo en que se trasladan las estructuras mentales, los paradigmas, las reglas de una cultura a otra, todo un tema que daría para dos o tres volúmenes adicionales al reseñado hasta aquí.

Por último, creo que la editorial Planeta (MR ediciones) se merece un reconocimiento por haber apostado, junto con el CONACULTA y el INAH, por una obra que despierta a sus lectores hacia una realidad menos retórica, pero sin duda más rica en cuanto a la sustancia misma de la emoción que contiene y reparte a manos llenas.

México, D.F., enero de 2010.

Publicado en  on at 7:38 pm Dejar un comentario

Homenaje a Eusebio Dávalos Hurtado, hombre de instituciones

por Leonel Durán Solís


Como sabemos
, el Dr. Eusebio Dávalos Hurtado nace en 1909 en la ciudad de México en una época en la que a sus habitantes todavía no se les llama “chilangos”, y es una bella ciudad aún apacible, si bien México y el mundo están en las vísperas de grandes transformaciones, y en nuestro país circulan dos libros trascendentes: Los grandes problemas nacionales de Andrés Molina Enríquez (investigador del Museo Nacional), y el libro que revolucionará a los mexicanos: La sucesión presidencial de Francisco I. Madero.
En el aviso de los 59 años de su fecunda vida sucedieron grandes acontecimientos en México y en todo el planeta que dieron originen a extensas y profundas transformaciones en todos los ámbitos de lo que llamamos la vida, sobre todo en las mentalidades, las miradas hacia las sociedades, los estados nacionales y en el diseño de grandes proyectos alimentados por las utopías, de los cuales es testigo y actor don Eusebio Dávalos Hurtado en su corto periodo de vida.
No es necesario hacer referencia a los numerosos acontecimientos por los que en esos años atravesó nuestro país. Uno de los más relevantes es el que se llevó a cabo a partir de 1921 al crearse la Secretaría de Educación Pública cuyo aliento de renovación fecundó a todos los sectores de nuestra sociedad en todos los niveles. En esta etapa México es un país que está rehaciéndose: los hombres que provienen del siglo XIX sientan las bases de las transformaciones institucionales para todo el siglo XX.

Recordemos que en 1933 el joven Eusebio Dávalos ingresa a la Escuela Nacional de Medicina Homeopática, que México está en la cima de su revolución social  y de un nacionalismo que se manifiesta de múltiples formas. Es la etapa en que se gradúa como Médico Homeópata Cirujano y Partero. Tiene 28 años de edad. No obstante, su vocación de médico y su pensamiento científico lo conducen a ingresar a la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas para estudiar la disciplina de antropología física, estudios que continúan al fundarse  la Escuela Nacional de Antropología e Historia en el Instituto Nacional de Antropología e Historia, donde se gradúa como antropólogo físico en 1944,  a los 34 años de edad. Más aún, su afán de conocimiento lo lleva a París en  1945–1946, al Museo del Hombre, para trabajar bajo la dirección del prestigiado antropólogo y creador del mencionado museo Paul Rivet. Decisión afortunada que nos va a beneficiar a todos en años posteriores.
Don Eusebio Dávalos Hurtado es un hombre de instituciones. En ese sentido, dos son las más importantes en su vida: durante 24 años se  relaciona de diversas maneras con ésa magna institución que es el Instituto Politécnico Nacional, en la que fue  estudiante, médico, catedrático, subdirector y director de la tan afamada Escuela de Medicina y Homeopatía.

La otra gran y extraordinaria institución es el Instituto Nacional de Antropología e Historia, a la cual también va a ligarse durante 24 años. Como es sabido, la organización del Instituto Politécnico Nacional (IPN) es el resultado del gran movimiento social, la Revolución Mexicana, de la profunda renovación dirigida por Lázaro Cárdenas en un nuevo proyecto de reconstrucción del país. El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) también es producto de un pensamiento social y acciones semejantes, pero sus raíces históricas son más profundas propiciadas desde 1825, con el primer presidente de la República del México independiente, General Guadalupe Victoria, que funda el Museo Nacional de nuestro país, bajo la sobresaliente visión de Lucas Alamán; también es cierto que la aspiración por conocer los antecedentes de nuestro origen como nación se nutren o tienen antecedentes coloniales particularmente del siglo XVIII, se fortalecen en la segunda mitad del Siglo XIX y se acrecientan en el siglo XX.  El INAH es producto de una historia más que centenaria.
A su regreso de Francia se desarrolla la culminación de la trayectoria del Dr. Dávalos como antropólogo y creador de instituciones. Es nombrado Secretario de la ENAH, posteriormente director del Museo Nacional de Antropología y sus últimos 14 años de vida director general del Instituto Nacional de Antropología e Historia. Creo que ha sido el director de mayor duración de nuestro instituto, de una manera excepcional. Respecto a esta alta responsabilidad hay que hacer referencia a sus múltiples actividades y esfuerzos para modernizar y hacer avanzar al INAH y llevarlo a los niveles de una institución verdaderamente nacional. En estos años son numerosas sus participaciones en congresos, conferencias, comisiones, consejos técnicos y aún en consejos de otras dependencias como el INI y el Patronato de Artes e Industrias Populares, así como a su pertenencia a numerosas sociedades científicas de México y el extranjero.
¿Cómo explicar la trascendencia de los hechos llevados a cabo por él durante su compleja gestión como director general? Desde luego destacan sus cualidades como organizador, su perseverancia, tenacidad, porfía y empeño para alcanzar las metas. Ello fue posible porque sabía que él era depositario de una sólida herencia histórica institucional de hombres esclarecidos que lo precedieron, y bajo esa perspectiva supo rodearse de personas afines de diferentes disciplinas académicas y administrativas; con ellas construyó el equipo humano necesario, sólido y convencido que trabajaba en consonancia en un proyecto de nación en el que la antropología en sus diferentes disciplinas y la historia se convirtieran en variables importantes y comprometidas en el proyecto de país al que todos aspiraban. Y creo que lo lograron y son un buen ejemplo para preguntarnos si también nosotros estamos en el mismo sendero.
De su obra trascendente quisiera resaltar el impulso extraordinario que esos hombres y mujeres encabezados por Eusebio Dávalos dieron a los museos del INAH. Desde luego, el más conocido es el referido al Museo Nacional de Antropología, a los museos regionales en distintos estados de la República y a la fundación del Museo Nacional de las Culturas, en el edificio del antiguo Museo Nacional en la calle de Moneda, y qué mejor para hablarnos del origen del Museo Nacional de las Culturas que las palabras de la Dra. Beatriz Barba Ahuatzin. Me refiero al “Encuentro y Diálogo de Museógrafos Mexicanos: Alfonso Soto Soria, Mario Vázquez, Íker Larrauri y Jorge Angulo”, que organizamos en  2005, en el que la Dra. Barba presentó una ponencia de la cual extraigo algunos párrafos . En ellos la doctora emérita nos comentó que:

“La Secretaría de Educación Pública convino con la Secretaria de Hacienda en cederle el local de Moneda No. 13  a cambio del dinero suficiente para construir un nuevo Museo de Antropología en el Bosque de Chapultepec. También, que antes de la inauguración, en 1964, el Dr. Eusebio Dávalos platicó con Julio César Olivé y le dijo que sería una lástima que este edificio tan bello, tan lleno de historia y de suculentos detalles arquitectónicos se viera colmado de máquinas de escribir, ventanillas improvisadas, oficinas separadas con materiales poco pertinentes, restos de papelería y todas las cosas que caracterizan a las oficinas públicas, lo que le haría perder su señorío y su paz interior, además de que ya había adquirido vocación de museo, pues la gente seguía llegando a ver el Calendario Azteca y las maravillas que se contemplaban desde la entrada y que ya no estaban ahí. Los mexicanos conocíamos poco el resto del mundo y el INAH sintió la necesidad de mostrarles, en forma sistemática y científica, otros pueblos, otras costumbres y otras razas; en fin, las diferentes maneras de ser hombre. El doctor Dávalos creía que se podía emplear la gran casona de Moneda 13 para un Museo del Hombre al estilo del Trocadero de París. Antes, había hablado con el maestro Wigberto Jiménez Moreno, y le propuso hacer un museo del mundo latino: Roma, su expansión; España, toda su historia, y la América Latina. Eso no le gustó al Doctor Dávalos y por ello llamó a Olivé para insistir en la presentación de todas las culturas del hombre: la evolución, grupos cazadores y recolectores, las primeras altas culturas, los pueblos del mundo y nuestros primitivos contemporáneos. Parecía puramente un sueño, porque no había objetos ni dinero; la Secretaría de Educación Pública ya no daría más, después del gasto enorme que había hecho en Chapultepec, en Tepotzotlán, en el Museo de Arte Moderno y en otras fastuosas instituciones culturales de esa época. Por sus instrucciones nuestro muy estimado compañero Mario Vázquez nos entregó los materiales internacionales sobrantes, los que juntamos con otros que ya había, y empezamos nuestra labor, mucho más angustiosa que romántica. La maestra Amalia Cardós, jefa de la bodega del viejo museo, nos entregó solemnemente objetos japoneses, algunas piezas peruanas y las dos grandes y maravillosas salas de Indios de Norteamérica y Oceanía, que se tenían gracias a la labor del doctor Daniel F. Rubín de la Borbolla y del maestro Miguel Covarrubias. Hernán Navarrete, un veracruzano amante de las artes populares extranjeras, nos donó una fantástica colección de arte africano donde predominaban las máscaras. El museo del Castillo nos entregó piezas de porcelana china de dinastías tardías y acuarelas dañadas. Poquito aquí y de allá, obsequios, préstamos y así se fue juntando un acervo más o menos interesante para montar unas cuatro o cinco salas. Hacer de todo ello un Museo del Hombre al estilo de París, era pedir que un pajar se convirtiera en la tesorería de un reino. Sin embargo, esa metáfora acabó siendo posible gracias a una gran cantidad de personas e instituciones que apoyaron con trabajo, objetos, estímulo y recomendaciones.  Esas fueron las primeras semanas de trabajo del Museo de las Culturas; sus primeras intenciones; los meses de octubre y noviembre de 1964. No teníamos nada, el edificio era de Hacienda.
Para definir la estrategia nos reunimos Julio César Olivé, Barbro Dahlgren, Jorge Canseco, Francisco González Rul, Yólotl González y yo, como responsables de los guiones científicos; los hermanos José y Constantino Lameiras, Jorge Angulo y de vez en cuando Eduardo Pareyón, como encargados de la museografía; todos los trabajadores manuales que no se fueron a Chapultepec, se convirtieron en pintores, dibujantes y carpinteros. Esa fue la figura primigenia del Museo Nacional de las Culturas; ese fue  el perfil de los primeros días.
Se nos avisó que el licenciado Justo Sierra III, de la Secretaría de Hacienda,  nos visitaría para que le enseñáramos los locales que habríamos de entregar. Las instrucciones que recibimos eran de ocupar  todas las vitrinas y dar la impresión de que el museo ya estaba montado, pues se pensaba que era muy comprometido para Hacienda desmantelar una institución que aumentaba el acervo cultural al servicio del pueblo.
No había mandones ni mandados, todos nos pusimos batas de trabajo y durante tres o cuatro días, con sus noches, barrimos, enceramos pisos, retocamos la vitrinas abandonadas y las llenamos con los materiales que fueran, con los que se vieran bien, con los que dieran la impresión de tener sentido: un penacho masai de león junto a un escudo japonés de samurai, porque los dos eran emblemas de guerra. Un kimono junto a tres vasijas nazcas porque hablaban de actividades femeninas. Un plato y un florero Ching junto a un penacho de guacamaya brasileño porque nos permitía hablar del colorido cultural. Tres máscaras africanas junto a la bruja de Bali para evocar el temor a los espíritus de la selva. Era un hermoso museo de nada. Cuando lo vimos casi deseábamos que así se quedara.
El licenciado Justo Sierra llegó a las 10 de la mañana y pidió que le enseñáramos los espacios, pero al ir abriendo las puertas se encontraba con las salas montadas, limpias, muy aceptables, a las cuales sólo les faltaban cédulas. Pensábamos que sonreiría, que haría bromas y que nos pondría una fecha de entrega, pero por el contrario, se enojó mucho y nos dijo con voz indignada que éramos “culturalmente alevosos porque no podía desmontar un museo, no lo haría nunca por la tradición de su familia”. Nos recordó que su abuelo, en la época porfiriana, había procurado el desarrollo de los museos en toda la República y él no haría lo contrario.  Era un hombre alto, de pelo blanquísimo, de aire digno, modales finos, robusto y sanguíneo. Todo él se dio media vuelta y salió dando grandes zancadas mostrando su profundo enojo. En el portón se encontró con el doctor Dávalos y también con voz fuerte le dijo: “Ya vi que no me van a entregar lo prometido, puso usted a dos fanáticos intransigentes al frente de todo esto y no lo puedo deshacer, pero por lo menos me dará usted la parte que ocupaba la Sala Maya y que no han tenido tiempo de arreglar”, y se hundió en Palacio por la puerta más cercana, haciendo manifiesto su enojo a cada paso. El doctor Dávalos se volvió a nosotros y nos preguntó que había pasado y contestamos: “Solamente le enseñamos el nuevo Museo del Hombre.”
El Museo de las Culturas no tuvo una museografía proyectada inicialmente, sólo pudimos utilizar las vitrinas que había dejado el Museo Nacional de Antropología al cambiarse a Chapultepec. El nuevo Secretario de la SEP, el Lic. Agustín Yáñez y el Subsecretario Mauricio Magdaleno vieron con muy buenos ojos la idea del Dr. Dávalos y nos apoyaron con las limitaciones de todo los principios sexenales. A partir de enero de 1965 se empezaron propiamente los proyectos de salas y actividades con los que se inauguró el Museo de las Culturas el 5 de diciembre.”

En este evento de Encuentro y Diálogo de Museógrafos Mexicanos, la Dra. Beatriz Barba agradeció —y nosotros nos sumamos a ese agradecimiento— a toda esa enorme pléyade de gente maravillosa que nos acompañó mañana, tarde y noche hasta sacar adelante una institución que sólo contaba inicialmente con los sueños de un director del Instituto Nacional de Antropología e Historia y un grupo de soñadores.
Para mí, hay tres hechos fundamentales relacionados con el Museo Nacional de las Culturas: la visión de Eusebio Dávalos Hurtado, el obstinado esfuerzo  de los trabajadores del museo y sus diferentes directores —entre los cuales se encuentra la etnóloga Julieta Gil Elorduy  aquí presente— y el empeño del actual director general del INAH Alfonso de Maria y Campos, que está llevando a cabo la renovación del recinto para convertirlo en un museo del siglo XXI. Y en el que su renovación arquitectónica y museográfica deberá ser acompañada de un nuevo concepto del Museo Nacional de las Culturas como pórtico a la diversidad cultural del mundo, desde el pasado hasta el presente, que estimule la tolerancia, el respeto y el diálogo creativo entre los pueblos. Es una institución única en Latinoamérica y México por su vocación universal y el patrimonio de sus colecciones. Es un museo que aspira a ser un centro irradiador de ideas sobre lo extraordinario del género humano y las características que hacen a una cultura diferente y a la vez análoga a nosotros. Un museo que busca estimular la fascinación, la curiosidad y el pensamiento de sus visitantes que al poder compararse con otras formas de vivir y de pensar, convergen en un sentimiento de vínculo con el resto de la humanidad.
Las palabras que he pronunciado para ustedes constituyen el homenaje de la comunidad del Museo Nacional de las Culturas al Dr. Eusebio Dávalos Hurtado, gran personaje de nuestra historia, que quedaría incompleto si no mencionara yo los nombres de Concepción Murillo Alvirez, su esposa, y el de sus hijas: Eréndira, Maya, Cecilia, Luz del Carmen y Josefina, a quienes saludo con mi mayor afecto.

Publicado en  on Diciembre 25, 2009 at 5:52 pm Dejar un comentario

Sting contra el desplazamiento de 40 mil indígenas brasileños

Sting se ha reunido con dirigentes indígenas brasileños para denunciar los daños que ocasionará la construcción de una enorme represa hidroeléctrica sobre un río de la Amazonia donde viven poblaciones aborígenes. El cantante, reconocido activista por los derechos indígenas, pidió que los pobladores de la región del río Xingu sean escuchados antes de construir el proyecto hidroeléctrico Belo Monte, que sería la tercera mayor planta de su tipo en el mundo. “Éste es un asunto brasileño, pero de todos los brasileños”, expresó el domingo en una conferencia de prensa en São Paulo, junto a los dirigentes indígenas de la etnia caiapó Raoni y Megaron Txucarramae. El proyecto obliga a desplazar el 80% de las aguas del río y a trasladar a 40.000 habitantes de la zona. “Hay razones económicas para que sea construida y hay razones ambientales para que no sea construida”, señaló el ex vocalista de The Police. El proyecto, pendiente de licencia, ha sido cuestionado por pobladores del río Xingu y expertos que consideran que tendrá consecuencias ambientales y sociales demasiado altas para justificar la inversión millonaria que requiere.

Fuente: Agencias

Publicado en  on Diciembre 15, 2009 at 10:29 pm Dejar un comentario

El arte de los “otros”

por Fietta Jarque

La Historia del Arte se escribió durante siglos considerando exclusivamente lo producido por la cultura occidental. Los autores de dos libros, que proponen una perspectiva más universal, hablan entre ellos sobre la necesidad de revisar los cánones y aprender a mirar las obras sin prejuicios. (más…)

Publicado en  on at 5:21 pm Dejar un comentario