En esto creo, un apunte de Claudio Magris

El primer libro que leí, el primer encuentro con la palabra que contiene e inventa la realidad, y por lo tanto destinado a permanecer para siempre como El Libro, es una novela de aventuras para niños, Los misterios de la Selva Negra, de Salgari. Aprendí a leer con Salgari, con las hazañas de sus héroes, hombres y animales, que están ligadas a quien las escucha, ignorante de la trama e indiferente hacia el autor; ignorante, de hecho, sin darse cuenta, de que hay un autor y una trama, convencido de que las historias son narradas por sí mismas y que los hombres, escritores o no, sólo deben repetirlas y transmitirlas.

Siempre he pensado que la literatura, de alguna manera, en esencia, es una historia anónima oral. Tanto mejor sería si los autores no existieran o si, al menos, no se identificaran –“si estuvieran siempre muertos”, como me dijo una vez una alumna en el Grado Biagio Marin–, o forzados a la clandestinidad y lo desconocido.

De aquella fantasía adolescente e improbable de Salgari aprendí a amar la realidad, el sentido de unidad de la vida, y nació mi familiaridad con la variedad de pueblos, civilizaciones, costumbres… Experiencias diversas que son manifestaciones diferentes de un ser humano universal.
Creo que esta fiebre identitaria, que conduce a una continua obsesión por identificar todas las naciones y todos los idiomas y todos los grupos étnicos (y que sin duda son un valor sagrado cuando la lleva a cabo un Estado), es un delirio, porque también puede arrastrar a la guerra y a las persecuciones.

Una minoría amenazada, cuando se convierte en Estado, también se convierte en mayoría, y entonces comienza a amenazar a la minoría dentro de ella. Esto es lo que ocurrió en Kosovo, donde en cierto momento pasaron de ser los serbios una amenaza para los albaneses, a serla los propios albaneses para los serbios. Es grotesco el que muchos estados se formen, aun a costa de sangre y, al mismo tiempo, sueñen con ser parte de un Estado más grande aún. En este sentido, la independencia estatal de Kosovo es un fenómeno negativo.

Creo que va a pasar mucho tiempo antes de que tengamos una Europa verdaderamente unida: hay muchos contratiempos, muchos problemas y desavenencias, pero también algunos progresos. Una verdadera Unión Europea, un auténtico estado europeo, es nuestro único futuro posible, porque ahora los problemas ya no son nacionales, sino, de hecho, de todo el continente.

Si hoy no hay un gobierno democrático en Irán, es por culpa de Occidente. Distinguiría entre la ignorancia de la grandísima cultura iraní (y los aspectos completamente equivocados de su demonización) y las críticas justas a aspectos de la cultura política y del sistema político en el poder que son inaceptables (como la diferencia de derechos entre el hombre y la mujer). Pero, por otra parte, Occidente critica a Irán por no ser un Estado democrático, cuando en Irán ya había un gobierno democrático –encabezado por Mossadegh, que simplemente quería que el petróleo iraní fuera en parte para el país- y fue derrocado por Occidente.
Se escribe por muchas cosas, pero yo escribo principalmente para luchar contra el olvido, en señal de protesta.

Escribiendo, a veces se tiene la sensación de perderse y, otras, las de encontrarse. Para mí escribir es, a menudo, contar historias verdaderas de lugares reales, porque las historias verdaderas y las personas que las han vivido me interesan más, muchísimo más, que las de mi imaginación. Creo que escribir es “transcribir” cualquier cosa que sea más grande que nosotros. Me siento más cómodo con el género narrativo y, en particular, con el monólogo, que de alguna manera está más cerca del teatro.

Me gusta mucho viajar en tren pero está claro que el automóvil, como decía Miguel Delibes, es el medio idóneo para los trayectos cortos, fundamentalmente para los mini-viajes; que son los que suelo narrar en mis libros, como en Microcosmos (Anagrama). Sin embargo, manteniendo este punto de vista, el ideal es el viaje a pie.

Mi relación diaria con la tecnología es por desgracia casi inexistente. Tengo que recurrir a la ayuda de los demás. Pero no hay en esto coquetería alguna: odio a quienes claman contra la tecnología como si fuera algo falso, como si la pluma con la que escribo fuera más auténtica y natural y estuviera más cerca de Dios que un ordenador.

Acepto, como una debilidad mía, como un tic propio, mis dificultades en el mundo digital; pero no tiene mayor significado, más allá de ser una mera característica personal.
Fuente: Esquire Nº 49
Claudio Magris: escritor, profesor, premio Príncipe de Asturias
Trieste (Italia), 71

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Archivado bajo Cultura, Ideas, Libros

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