Bernal no es un fantasma

Pablo Escalante Gonzalbo

Dos cronistas de la Nueva España conocieron a Bernal Díaz del Castillo en Guatemala y supieron de su obra en proceso, Alonso de Zorita y fray Juan de Torquemada (antes de ordenarse y residir en el valle de México). No hay motivo para dudar de la palabra de ninguno de los dos. Otros, como Muñoz Camargo y Antonio de Herrera, no lo conocieron personalmente pero vieron el manuscrito. El autor de la Historia verdadera dice llamarse Bernal Díaz y haber nacido en Medina del Campo; Duverger indica que no podemos comprobar tal nacimiento, pero es que no hay libros parroquiales de ese periodo. Lo que sí se conserva es un documento de embarque de un Bernal Díaz, originario de Medina del Campo, que habría zarpado rumbo a América en 1514. Y no es poca cosa. El año coincide con la fecha en la que Bernal afirma haber empezado sus servicios a la Corona, en la expedición de Pedrarias Dávila, si bien es cierto que hay una discrepancia de meses que nos impide saber cómo pudo sumarse a la hueste de Pedrarias.

Bernal Díaz del Castillo

Bernal Díaz del Castillo

Hay un trasunto de un documento de 1522 en el que Cortés concede a Bernal una encomienda. Siempre se puede dudar de los trasuntos, así lo hace Duverger. Esta copia de la merced figura en un expediente que documenta los afanes infructuosos de Bernal por obtener algunos beneficios de las autoridades novohispanas. Muchos conquistadores con méritos se vieron obligados a apelar al rey para reivindicar servicios que las autoridades locales no les reconocían.
 Está bien documentada la presencia de Bernal Díaz en Guatemala a partir de 1544. Matrimonio, hijos, bienes, participación en el Cabildo, etcétera. En 1563 Bernal Díaz fue testigo a favor de una hija de Pedro de Alvarado; según el escribano, Bernal habló de “muchas cosas que este testigo tiene escritas en un memorial de las guerras, como a persona que a todo ello estuvo presente”. En lenguaje de la época, se entiende que el memorial lo ha escrito él, en opinión de Duverger quiere decir que lo tenía pero que no era de su autoría. En sendas cartas, el hijo y la esposa de Díaz del Castillo se referirán unos años después a la crónica y confirmarán que su autor era Bernal. Duverger llama mentirosos a los tres.
 Es verdad que hay dudas sobre el grado de participación de Bernal en las empresas de conquista, sobre la manera en que logró retener tanta información precisa, pero también es cierto que la persona de Bernal está mejor documentada que la de otros conquistadores y que hay varias referencias externas a su obra. Duverger extrema todas las dudas, aderezándolas con ironías y con el uso agotador de los signos de admiración, para construir un argumentum ad nauseam.
Duverger tiene un prejuicio sobre la dificultad de que los libros lleguen a América y se difundan pronto, y eso le lleva a dudar, por ejemplo, de que Bernal pudiera haber conocido la historia de Gómara. La verdad es otra, los americanos tienen muchos libros y muy pronto. Valdría la pena recordar, por ejemplo, que mil 500 ejemplares de la primera edición del Quijote, de 1605, fueron embarcados para América tan pronto como salieron de la imprenta. En España sólo quedaron unos 200 ejemplares.
Duverger supone e ironiza que “nuestro conquistador guatemalteco” no pudo tener la cultura literaria que la Historia verdadera refleja. Creo que se equivoca. Españoles e indios tenían y leían libros y a menudo eran más cultos que nosotros en temas clásicos e históricos. Antonio de Guevara era lectura muy del medio de los cabildos, al que Bernal perteneció, y Tito Livio era una de las primeras lecturas para cualquiera que supiera un poquito de gramática. Lo que Bernal Díaz del Castillo sabe de Troya, de Alejandro Magno, de César, del rey Arturo o de Carlo Magno bien puede proceder de un libro muy popular en la época, conocido como Los nueve de la fama, compendio histórico y libro de caballerías a la vez. Si algo puede demostrarse en cuanto a las fuentes que modelan el relato de Bernal, es justamente la presencia de varios libros de caballerías. Nada hay de sorprendente en que Bernal los conociera.
Duverger afirma “Los libros en el siglo XVI son productos escasos y caros”. El examen de los tirajes y las ediciones, de las bibliotecas, los embarques, los testamentos de la época, podría llevarnos a la exclamación inversa. Qué sorprendente abundancia y difusión de los libros por el mundo: los indios de Tlaxcala leyendo a Andrea Alciato, los del valle de México traduciendo a Esopo y los de la Mixteca incluyendo invariablemente libros en sus testamentos.
Se pueden poner en duda varios aspectos de la personalidad histórica y de la obra de Bernal, incluso se puede considerar su autoría de la Historia verdadera como una hipótesis, pero es sin duda la hipótesis mejor documentada y más firme. A cambio, Duverger nos propone otra opción; veamos la cantidad de supuestos y valoremos la economía de la nueva hipótesis.
Que a Cortés le pareció que sería bueno tener una versión de la historia de la conquista que fuese menos vulnerable a la censura. Entre 1543 y 1546, en España, Cortés le contó a López de Gómara la historia que éste publicaría unos años después. Y por las noches, en ese mismo periodo, le contó a su pariente, Diego Altamirano, otra versión, más extensa, desde otro punto de vista. Inventó un narrador anónimo y un estilo distinto al de sus Cartas de relación. Así surgió la Historia verdadera. Su hijo Martín la llevó a Nueva España para publicarla en apoyo a la “restauración cortesiana” que debía ocurrir tras la conjura. Ante el fracaso de ésta, alguien se llevó la crónica a Guatemala, para esconderla. Permaneció guardada un tiempo hasta que la vio Bernal Díaz y decidió apropiársela. Su hijo Juan le hizo retoques (todavía vivo su padre), agregando el nombre de Bernal en 16 párrafos distintos, más el relato de los años transcurridos después de la muerte de Cortés, conservando el mismo estilo del resto de la obra. Luego, Bernal y su familia enviaron a España y defendieron aquella obra como propia. Etcétera.
Quien se ocupe en el futuro del tema tendrá que desmontar una a una las afirmaciones de Duverger, quitar los signos de admiración y ponderar qué hipótesis son más viables.
El título del libro parece desmesurado, en cualquier caso debió haberse escrito “Crónica para la eternidad”, aunque con decir “para la posteridad” hubiera bastado.

* Pablo Escalante Gonzalbo. Investigador de la UNAM, especialista en la transformación de la cultura indígena durante el siglo XVI, y en la liturgia y el arte sincréticos de dicho periodo. Autor de Los códices mesoamericanos antes y después de la conquista y coordinador de Historia de la vida cotidiana en México, vol. I.

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