En pos de las manzanas doradas

por Mariano Flores Castro

En este ensayo me propongo revIsar brevemente el mito (o mejor: la leyenda) de las manzanas de oro, tanto en su versión mitográfica como en su más reducida y vistosa expresión plástica. Sin pretensión de exhaustividad, busco algunas claves en el ciclo heroico de Herakles para poder después adentrarme en breves comentarios sobre tres pinturas europeas del siglo XVI que de manera inequívoca –si bien no netamente explícita– se refieren a las manzanas doradas y a sus significados simbólicos. En mi revisión del ciclo de Herakles no he creído excesivo aventurar una tesis que considero original en más de un sentido, aunque no pude encontrarle apoyos en ninguna de las fuentes consultadas y, menos aún, entre los mitógrafos modernos. El lector juzgará por sí mismo la validez de lo que en muchos sentidos es sólo un juego conjerural al que ninguna generación puede renunciar sin grave daño de su propia y legítima visión del mundo.
He dejado para el último segmento la parte más importante del ensayo pensando que si la hubiera atomizado a lo largo del mismo, la fuerza e intensidad de los asuntos allí comentados opacarían la ya en sí modesta interpretación que acá propongo. Por lo demás, las líneas que siguen pueden verse también como un temario cuyo desarrollo ulterior y detallado pertenece a un mundo erudito del que prefiero seguir siendo solo un aventurado observador. Una de las ventajas es que puedo acercarme a estos jardines sin el ánimo de convenir los árboles en libros.
Hay un desacuerdo explicable entre los mitógrafos respecto al sitio en que se desarrolla el penúltimo trabajo de Hércules. El Jardín de las Hespérides –símbolo, entre otras cosas, de la fecundidad en el seno de una eterna primavera– puede estar ubicado ya al oeste de Libia, ora al pie del Monte Atlas o bien en el país de los Hiperbóreos —que algunos sitúan en Irlanda— pero en todo caso en el Occidente. Más importante es saber que uno de los árboles de ese jardín o huerto produce manzanas de oro y que éstas son los frutos de la inmortalidad, regalo de bodas que Gea hiciera a Zeus y Hera en ocasión de sus esponsales. Para obtenerlas, el héroe tiene que matar al custodio: el dragón (o serpiente) Lagon, que yergue cien cabezas y es políglota; además, debe sustituir temporalmente a Atlas en la colosal tarea de sostener el cosmos sobre sus hombros.
Si una manzana común es cortada transversalmente, aparece una estrella de cinco puntas en el centro de cada mitad. Un corte similar en una manzana del Jardín de los dioses revelaría una estrella refulgente que de manera simultánea nos lleva a pensar en la “divina proporción” o sección áurea, en la astrología (Hércules es discípulo de Atlante, para algunos el primer astrónomo u observador del cosmos) y en el árbol del Bien y del Mal, en otra tradición celosamente guardada por la serpiente, que prefigura al demonio.
Que la inmortalidad está en las estrellas y no en el mundo es una antigua intuición que Pitágoras, y más tarde Platón, retomaron y llevaron al nivel del arte y a la metafísica. En el caso de Hércules, la inmortalidad obtenida al apoderarse de las manzanas de oro está ligada a las acciones previas de matar al dragón, aprender astronomía y (por qué no) seducir a las Ninfas del Ocaso (el oeste, por supuesto), conocidas como las Hespérides. Adán y Eva, en tradición más (re)conocida, tras ser inducidos por la serpiente a comer el fruto prohibido (que no hay por qué dudar que fuese de oro también) tendrán que “ganar el pan con el sudor de su frente”, es decir: trabajar tras el conocimiento de la lujuria. ¿Se trata acaso de las metamorfosis de la manzana a través del choque de diversas culturas?
Egle, Eritis y Hesperia son, junto con el dragón, las vigilantes del árbol que da las manzanas de oro. En camino a su apoteosis, Hércules consigue tres de esas manzanas del huerto que, como quedó establecido, se halla en el Extremo Occidente, en donde aparece Héspero, la estrella vespertina (entre nosotros Tlahuizcalpantecuhtli). Los autores helenísticos asimilan a Héspero con el astro Fósforo, llamado Lucifer por los romanos.
Robert Graves afirma que “Hércules aparece por primera vez en la leyenda como un rey sagrado pastoral, y tal vez porque los pastores reciben con regocijo el nacimiento de corderos mellizos, él también es mellizo (…) Sus símbolos son la bellota, la paloma silvestre, el muérdago o loranthus y la serpiente. Todos son símbolos sexuales. La paloma estaba consagrada a la diosa del amor de Grecia (Afrodita) y Siria (Astarté); la serpiente era el más antiguo de los animales totémicos fálicos; la bellota acopada representaba al glans penis en griego y en latín; el muérdago era una panacea y sus nombres viscus (latino) e ixias (griego) se relacionan con vis e ischus (fuerza) probablemente a causa de la viscosidad espermática de sus bayas, y el esperma es uno de los vehículos de la vida. Por consiguiente, Hércules es el director de todos los ritos orgiásticos y tiene doce compañeros arqueros, incluyendo su mellizo armado con lanza, que es su tanista o delegado.” Apretando varias leyendas se concluye que este primer Hércules muere sacrificado en un altar de piedra en cuyo centro hay un roble cortado en forma de T.  Lo atan a él con mimbres formando “el lazo quíntuple, que sujeta las muñecas, el cuello y tos tobillos”. Esto se relaciona también con la flor de loto, de cinco puntas, que simboliza la copa de oro que el Sol utiliza para volver de uno de sus trabajos.* Luego le sacan los intestinos y los ojos, lo castran, lo empalan con una estaca de muérdago y finalmente, tras despedazarlo, recogen su sangre en un recipiente y la rocían a todos los participantes del rito, con lo que adquieren vigor y fecundidad. Agrega Graves: “Los doce (¿apóstoles?) que intervienen en la fiesta bailan en figura de ocho alrededor de las fogatas, cantando extáticamente y arrancando la carne con los dientes. Los restos ensangrentados son quemados en la fogata, con excepción de los órganos genitales y la cabeza. Colocan éstos en una embarcación de madera de aliso y los llevan flotando por un río hasta un islote, si bien a veces curan la cabeza con humo y la conservan para usos oraculares. El tanista le sucede y reina durante el resto del año y, al final de éste, lo mata sacrificialmente un nuevo Hércules.”
En cuanto a los doce seguidores de Hércules, su sacrificio eucarístico y su asimilación a ciertos rasgos de Cristo, la explicación es que la figura de este héroe es elaborada en Persia, Egipto, Libia y aún en las lejanas islas británicas, abarcando así una geografía que rebasa con mucho al ámbito estrictamente griego.
Si pasamos ahora al ciclo heroico clásico, recordaremos que Hércules es un niño milagroso nacido de una lluvia de oro o de la unión de su madre con Zeus; mata en su cuna a una serpiente (o dos) y provoca el nacimiento de la Vía Láctea. Esto último es lo que nos importa por lo pronto. Por el Dictionnaire de la Mythologie grecque et romaine (P.U.F., París, 1951, 6a. edición, 1979), sabemos que la lascivia de Zeus lo llevó a disfrazarse de Anfitrión para seducir a su esposa Alcmena, aprovechando que el mortal había salido a luchar contra los telebros.
Así engendró el dios al héroe, al que quiso inmortal, en una noche alargada por órdenes suyas.** Hera, celosa y pudibunda, como respuesta provoca un retraso en el nacimiento de Hércules, lo que permite que su primo Euristeo, sietemesino, heredara el reino en su lugar. Mas, para ser inmortal, el héroe tenía que beber la leche del seno de Hera, a la sazón y por razones obvias, su peor enemiga. Sólo al hallar dormida a la diosa logró Hermes acercar al portentoso crío a su pecho. Al sentir la succión y el mordisqueo del héroe, Hera se despertó, lo arrojó lejos de sí, pero ya era demasiado tarde. La leche que fluyó de su seno dejó en el cielo la Vía Láctea. Aunque hay otras versiones, esta puede apuntalar la tesis de que Hércules obtiene en el Jardín de las Hespérides las “estrellas” que Hera, su madre putativa, le quiso negar. Las estrellas están dentro de las manzanas (que tienen forma de senos) y éstas son doradas porque simbolizan la inmortalidad y la pureza que tanta falta le hacen al héroe para alcanzar la apoteosis. A ello hay que agregar que el oro y el fuego son símbolos de la virilidad del león (Hércules tuvo, según algunos mitógrafos, setenta hijos).
En el famoso cuadro del Tintoreto, “El nacimiento de la Vía Láctea” (National Gallery, Londres) está representado el suceso divino. De acuerdo con iconógrafos contemporáneos el cuadro ha perdido la parte inferior, donde se narraría la continuación de la leyenda, esto es, cómo algunas gotas de leche cayeron sobre la tierra y suscitaron también el nacimiento de las flores.
Ahora bien, el manzano es un árbol florido en primavera, por lo tanto su fruto tiene asimismo origen en la leche de la diosa: leche de estrellas. El mito y la leyenda pueden tener una convergencia en la idea de que Hércules busca la legitimidad al mismo tiempo que la inmortalidad prevista para él por su padre Zeus (que en el cuadro del Tintoreto aparece con forma de águila apresando un rayo entre las garras). De esta manera, las manzanas doradas vienen a ser el conocimiento iniciático de los secretos divinos, la inmortalidad que pasa por el sacrificio, y la reconciliación, en el tiempo, con la madre desdeñosa.

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En el Olimpo, Hera y Hércules, efectivamente, vuelven a la cordialidad y ella se convierte en su madre inmortal después de un acto solemne en el que simula el nacimiento del héroe “como si saliera de su propio seno.***
Las manzanas doradas también fueron motivo de un comentario pictórico de Lucas Cranach, el viejo. Se trata del “Cupido se queja ante Venus”, también de la Galería Nacional de Londres. Venus aparece aquí sacudiendo las ramas del árbol prodigioso. El clima primaveral no obsta para que luzca un pesado collar y un sombrero de nórdica boga en cuya ala anchísima circunnavegan plumajes de avestruz o borlas de nívea piel.
A lo lejos, en la espesura del huerto, asoma una especie de alce venido a venado-cola-blanca (Odocoileus virginianus) que en compañía de un asno atestigua la escena en que Cupido le reclama a Venus porque, al sacudir el árbol, ha hecho que un panal le caiga encima. El ente alado trata de protegerse de las abejas kamikasi que lo atacan con el encono de quien ha perdido la casa y el sustento. Venus sonríe y parece recibir el panal. La ironía de Cranach: en vez de la incitante, promisoria, eterna, dulcísima y dorada manzana del amor sensual, le ha caído encima una pugnaz colmena que enfría los ánimos de Cupido.
Estamos ante una versión muy aligerada de la leyenda de las manzanas de oro. En efecto, esta visita de Venus y Cupido al Jardín de las Hespérides parece carecer de móvil o código precisos, si bien sabemos que el lucero vespertino (Venus) está consagrado a la diosa. Es posterior a la hazaña hercúlea, puesto que ni Lagon ni las Hespérides celan los frutos dorados. La alegoría ha quedado un tanto desdibujada, mas parece el sentido principal de su ethos. En todo caso, el cuadro no se sustrae del sistema argumental e iconográfico de las tradicionales manzanas, de sus alcances simbólicos liberados ya de toda exégesis para avanzar hacia aquello que la pintura ratifica o desecha en su aluvión expresivo.
También del siglo XVI, pero éste pintado por un manierista florentino, es el cuadro conocido como “El descubrimiento de la lujuria”. Angelo Bronzino, su autor, elabora una alegoría del amor y el tiempo muy imbuida de intelectualismo moralizante y sin embargo plena de sensualidad que alude a la amplitud de registros que el amor suele recorrer en su paso por la pasión carnal. En primer plano aparece Venus sentada sobre un almohadón color de rosa. A su costado Cupido, de rodillas y tan desnudo como ella salvo por su aljaba, la abraza y la besa con una mezcla de ternura y lujuria. Venus se ha apoderado de una de sus flechas, que sostiene en la mano derecha, mientras que en la otra tiene una manzana de oro reluciente. A sus pies hay una paloma y dos máscaras. A un paso detrás de la diosa, un “putti” que lleva cascabeles dorados en el tobillo, lanza un puñado de rosas a la embelesada pareja.
A espaldas del niño aparece la Mentira bajo la apariencia de una nena bonita; lleva un vestido verde que no alcanza a ocultar su cola de dragón, y tiene las manos invertidas: la izquierda, en el brazo derecho, ofrece un panal de miel, y la derecha, en el brazo izquierdo, guarda un aguijón ponzoñoso. Según Erwin Panofsky, “nos enfrentamos aquí con el símbolo más refinado de duplicidad perversa que haya encontrado nunca un artista.. Detrás de Cupido, los Celos, bajo la forma de una mujer que se mesa los cabellos con gesto paroxístico y finalmente, al fondo, aparece un viejo Crooos alado que desvela la escena ayudado por la Verdad: Veritas filia tempore (la Verdad es hija del tiempo).

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El cuadro del Bronzino, epítome del espíritu contrarreformista, nos presenta a la Lujuria con su cortejo de dulzuras y desilusiones. Pese a todo, la diosa es poseedora de una manzana de oro, y con ella, de cierta inmunidad en los lances de amores. Su expresión de plenitud es elocuente: tiene la inmortalidad y tiene la flecha que controla el estallido de las pasiones.
Mito e imagen son indisociables. Su “espiral telúrica” (Lezama Lima dixit) asciende paralelamente a una historia que se disuelve en configuraciones y transfiguraciones manipuladas por los individuos y, posteriormente, por los grupos sociales que le dan comunidad. Hércules y las manzanas de oro no son la excepción: como entes mitotrópicos invaden la estructura del discurso humano en sus vertientes verbal y visual. La maravillante supervivencia de lo que es sin ser cosa‘ alguna, muestra con claridad el potencial de las invenciones —al fin poéticas— que han dominado la cultura de occidente por encima de otras formas quizá más inquietas de la fertilidad social. Sin dejar de ser productos culturales, estos entes expresan una forma que se sustrae a la temporalidad orgullosa de lo tangible, de lo susceptible de transcripción literal y de todo aquello que tienda a reducir la pujanza creadora de los más diversos pueblos y naciones del mundo. Así entendida, la imaginación es un radio vivo que va de la circunferencia de la vida real en la Tierra al centro ígneo del que surge toda producción simbólica … y moral.

Fuente: Cortesía del autor

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