La reconquista, por César Moheno

por César Moheno

LAS PALABRAS SON INVOCACIONES, gracia, encantamientos. Nos someten a poderes mágicos. Son conjuros que traen hasta nosotros universos. Nacen, anuncian, brillan. Se abrasan, nos abrazan. Iluminan el mundo. Lo rescatan.
Así, con estos sentimientos, pienso yo, se reunieron María Roselia Jiménez, Adriana López, Enriqueta Lunez y Mikeas Sánchez con la anfitrionía de Aurora Oliva y Fernando Híjar, y decidieron afanarse para traer hasta nosotros en un disco El rescate del mundo, el libro de poemas de Rosario Castellanos editado en 1952, traducirlo, y leerlo para que lo escuchemos en sus lenguas “con palabras de mi madre colgadas en mi garganta”.
Dicen que dijo José Saramago alguna vez que los escritores hacen la literatura nacional y los traductores hacen la literatura universal. Nada más cierto aquí. De la local vivencia chiapaneca en las frases soñadas por Rosario Castellanos en versos que en sus hallazgos nos sorprenden, al escucharlas en tojolabal, tzeltal, tzotzil y zoque por primera vez, la dulzura del sonido nos regala la tierna suavidad de la música del bosque y de la selva y así, como ofrenda, las hace universales. “Abre la puerta y oye:/ alguien tiende los brazos y te llama./ Es el mundo que pide su rescate…” nos dice en una invocación la gran poeta en la Canción del Tentador con la que su libro abre.

Y a partir de aquí, María Roselia, Adriana, Enriqueta y Mikeas abren puertas y ventanas, retoman el antiguo proverbio castellano que Antonio Machado revivió en 1937 cuando casi en oración nos recordó “nadie es más que nadie”, y se tornan en escribas subversivas. Son mujeres. Toman en las manos el mundo y emprenden su tarea de redención, liberación, restitución y reconquista.
María Roselia Jiménez ha vivido con el recuerdo de Rosario Castellanos hablando de la belleza de un sapo. Le cambió la visión. Y ahora, años después, reinventó las palabras hasta encontrarles el alma y traerlas al país de los tojolabales. Le regala a los más jóvenes voces ya olvidadas en su idioma. Y a todos nos canta “para que aprenda el campo/ una nueva canción y el día tenga/ donde mojar los pies”.
Adriana López fue tocando los versos, los fue pasando por sus dedos, por su piel, dejando que golpearan sus recuerdos, escondidos. Los dejó descansar tirados en la sala, hasta que los recogió y los leyó delante de su madre para encontrar en el tzeltal las palabras que tuvieran los más hermosos tonos. Con la belleza de su sonrisa de Gioconda observaba a las hormigas, iba a fiesta y pedregales, rezaba en los altares, hablaba con las viejas de su pueblo, jugaba con tejones, y un buen día regresó a su mesa y no paró. Los versos de Rosario fluían en idioma tzeltal como un río de “fiera llamarada”.
Enriqueta Lunez escuchó pronto que en los versos de Rosario se delata el orgullo de la tierra raíz. La sabe mujer. Sabe que sus manos entienden de la emoción que se siente “al hilvanar cada hebra en el telar”. Con la misma claridad con la que aprecia la virtud de la luz en el río, traspone el misterio de las palabras y construye un camino hacia el tzotzil, sabiendo que su lengua forma parte de aquella “ceiba que disemina mi raza entre los vientos…” Sabe que es un camino de mujer, ese que canta “he venido a mirarte…/ alta, desnuda, única/ Poesía.”
Mikeas Sánchez toma fuerza para abrir la puerta y seducirnos con las palabras de la lengua zoque para invitarnos al gozo, al placer, a la alegría. Lo logra. Las lágrimas se exaltan, bailan. Acompañan a la piel que se expande. Toda la poesía de Rosario la convierte en oración a la “fuerza y la energía que todo lo gobierna”. Todas las palabras danzan en una fiesta de novedad antigua. Sí. Se abren las puertas y se vierten los cielos en “Gesto de la oración / o preludio del vuelo”.
A la casi exacta mitad del año que partía en dos el siglo XX una joven mujer de 25 años con ansia de poeta se presentaba ante un jurado académico que le otorgaría un grado de filosofía e iniciaba su disertación diciendo: ¿existe una cultura femenina? Hoy Rosario Castellanos conoce la respuesta. Cuatro mujeres indígenas de Chiapas afinan y retocan el azogue de su espejo. Le muestran el rostro de su alma en tojolabal, tzeltal, tzotzil y zoque. A ellas les canta la poeta “Tejedoras, mostradme/ mi destino”.
Llegan desde el siglo XVII y brotan hoy los versos de John Donne, rezan: “Toda la humanidad es de un solo autor y es un solo volumen… Dios está en todas las traducciones, y esa mano volverá a encuadernar nuestras hojas dispersas…” Cuatro siglos después, agavilladas en flor, María Roselia Jiménez, Adriana López, Enriqueta Lunez, Mikeas Sánchez y Rosario Castellanos son cinco mujeres que nos invitan, velas al viento, a rescatar el mundo inflamadas de su sabiduría. Su camino es sencillo; la reconquista, la restitución y la redención de las palabras.

Fuente: La Jornada. Twitter: cesar_moheno

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Archivado bajo Cultura, Diversidad cultural, Etnografía, Letras del mundo, Libros

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