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Mujeres a las que querían borrar de la historia

Por Jorge Morla

 

Clara Janés

Hace años, Clara Janés acudió a un encuentro con poetas árabes. Al encuentro acudió, también, una poeta musulmana, que no pudo participar más que como oyente. Del encuentro entre ambas surgió una fugaz amistad y un detalle luminoso: un libro que la poetisa prestó a Janés, en el que se hablaba de la sacerdotisa acadia Enheduanna. Enheduanna, que vivió hacia el año 2.500 antes de Cristo, encarna la primera voz poética con nombre propio de la humanidad. Esa mujer desconocida era, ni más ni menos, que el primer escritor de quien se tiene constancia. “Resulta que el primer escritor del que hay noticias es una mujer, pero eso es algo que nadie sabe” reflexiona ahora Janés. “Cuando lo descubrí me llevé una sorpresa tremenda. ¿A qué ese afán por borrar a las mujeres de la historia?”, lamenta.

Destellos de este tipo, impactos sobre mujeres cruciales cuya importancia ha sido tapada por la hegemonía masculina, la escritora los recopila ahora en Guardar la casa y cerrar la boca (Siruela), sentido homenaje a quienes le han obsesionado a lo largo de su vida “desde el primer trabajo que realicé en mi primer año en la universidad”, recuerda. “Sobre otra mujer a reivindicar, la provenzal Condesa de Día. Sacar a la luz a estas mujeres olvidadas ha sido un trabajo que he ido realizando durante muchos años”.

Desde las poetisas arábigo-andaluzas, trovadoras, escritoras del Punyab (el actual Pakistán), o místicas, hasta el propio género de la novela, donde también la mujer se anticipó al hombre cuando, sobre el año 1.000 la japonesa Murasaki Shikibu escribió ‘La historia de Genji’. Desde la española Oliva Sabuco, quien descubrió el líquido cefalorraquídeo, un hallazgo que su propio padre pretendió usurpar, hasta las numerosas órdenes de caballería exclusivas para las mujeres. “Todo han sido nombres que necesitaba sacar del olvido. Mujeres que deberían, y merecen, estar presentes en la historia”, explica la escritora.

También recorren el libro de Janés prisiones íntimas, como las de las reinas prisionera de sus damas. “A lo largo de las épocas las mujeres se han encontrado con condiciones muy hostiles. Por ejemplo, había reinas que no podían estar nunca solas salvo cuando estaban con el rey, e incluso tenían que bailar enmascaradas”, relata. Y ‘prisiones’ físicas que en realidad liberaban. “En la clausura del convento muchas mujeres hallaron la libertad. Tras los muros, muchas religiosas pudieron cultivarse, como santa Teresa de Jesús o sor Juana Inés de la Cruz”.

Guerreras, científicas, literatas. Mujeres, todas ellas, válidas pero silenciadas, que ahora Janés reivindica con un único fin: llevarle la contraria a esos versos de Fray Luis de León que bautizan al libro: “Porque así como la naturaleza hizo a las mujeres para que, encerradas, guardasen la casa, así las obligó a que cerrasen la boca”; y cambiarlos por la dedicatoria que la escritora firma a sus lectoras más jóvenes: “Para ti, estos ejemplos”.

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Fuente:Blogs El País: “Mujeres”

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Celebra el judaísmo la fiesta de los panes ázimos (pesaj)

Jerusalén.- Con pan ázimo y sin nada de levadura en sus alimentos durante siete días (ocho fuera de Israel), los judíos celebran a partir de esta noche la fiesta del Pesaj, la misma que Jesús conmemoró en la Ultima Cena con sus discípulos.

De gran trascendencia en la historia judía por el sentido tanto religioso como étnico que conlleva, se trata de una de las fiestas más antiguas conocidas, y está descrita en las escrituras sagradas en el libro del Éxodo.

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Imperio Otomano, lecciones sobre Libia

por Robert Frisk

Enver Pashá

Entre la furia del despertar árabe –para no mencionar nuestra propia crisis en torno a Libia, que se profundiza–, la vieja Constantinopla es una tónica, un recordatorio entre alminares y agua, palacios, museos, librerías, un viejo parlamento y un millar de pescaderías, que ésta fue en verdad la única capital unida que los árabes tuvieron jamás. Los sultanes llamaban a Beirut la joya de la corona de los otomanos, pero dos días de caminar las calles de la moderna Estambul –con decenas de miles de pasajeros abarrotando los viejos tranvías en la calle Independencia– me hicieron entender por primera vez lo minúsculo que era Líbano en el gran mapa otomano.
Tampoco se puede escapar de los otomanos. Allá en Taksim están las grandiosas embajadas antiguas británica y estadunidense; debajo de ellas, los grandes bancos de las potencias que se beneficiaron de las “capitulaciones”, y el hotel Gran Bretaña con sus extravagantes candelabros, que fue efímero hogar de Ataturk y Hemingway. De pronto me saca del ensueño una fotografía de 1917, de dos soldados turcos otomanos. Están en el desierto –¿Palestina, Siria, Arabia?– literalmente en harapos, con gorros como costales sobre las caras atormentadas y los pantalones colgando hechos jirones sobre las piernas. Resulta extraño ver uno de los primeros aviones de hélice detrás de ellos. ¿Serían ésos los adolescentes contra los que luchó Lawrence en la revuelta árabe, precursora del tifón que ahora engloba todo Medio Oriente?
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Entrevista con Kamila Shamsie

La frágil figura de una japonesa superviviente de la bomba atómica de Nagasaki (1945) entrelaza la historia de dos familias a lo largo de seis décadas, en un recorrido desde el epílogo de la Segunda Guerra Mundial hasta la India en vísperas de la partición, el pulso nuclear con el nuevo Estado de Pakistán y la guerra contra el terror que desencadenaron los ataques terroristas del 11-S. Más allá de la mera narración épica de pasiones y pérdidas, lealtades y traiciones, la escritora paquistaní Kamila Shamsie (Karachi, 1973) torna su novela Sombras quemadas (Salamandra y Edicions 62) en una reflexión sobre la identidad individual y el coste humano de las acciones emprendidas por gobiernos legítimos en nombre de la exclusiva defensa de la propia nación. Si la principal protagonista, Hiroko, es una mujer nipona con la huella de la radiación grabada en su cuerpo de forma perenne, el relato acabará conduciéndonos hasta la incomunicación de un reo sin nombre en una celda de Guantánamo.

“No se trata de una conexión entre Nagasaki y el 11-S, sino entre las dos ciudades después del drama.”

Integrante de un emergente grupo de jóvenes autores paquistaníes que escriben en lengua inglesa, Shamsie ha recabado un ramillete de premios de las letras en el Reino Unido y Pakistán desde su estreno literario con In The City by the Sea (1998).
Tanto esta obra como las tres que le sucedieron (Salt and Saffron, Kartography y Broken Verses) se circunscriben al conocido universo de su tierra natal, diseccionando las tensiones políticas, étnicas, sociales y en torno al enfoque de la religión musulmana.
“No imagino un día en el que no me sintiera paquistaní”, se autodefine esta mujer cosmopolita,miembro de una familia de editores y literatos, nacida y criada en Karachi antes de estudiar en Estados Unidos, vivir en Nueva York y finalmente recalar en Londres, su residencia de los últimos cuatro años. Con Sombras quemadas, finalista del Premio Orange en la categoría de ficción, Kamila Shamsie se atreve por primera vez a extender las alas geográficas de su imaginación literaria, aunque la cuestión paquistaní siga impregnando todas las costuras del libro.

PREGUNTA. ¿Qué le condujo a sumergirse en territorio desconocido y a elegir como protagonista a una japonesa?
RESPUESTA. Mi idea original era escribir sobre la amenaza de confrontación nuclear entre Pakistán y la India, y que mi personaje fuera paquistaní, aunque con una abuela japonesa que le permitiera conocer a nivel personal lo que la bomba puede hacer. Porque en mi país solo se habla de esa bomba como arma estratégica y nunca sobre sus efectos. En los días previos a un ensayo nuclear de Pakistán en los noventa, un grupo de japoneses supervivientes de la bomba atómica vinieron al país para suplicar al Gobierno que no lo llevara a cabo. Fue una historia pequeña en los medios de comunicación, pero para mí la idea de Japón seguía allí, inamovible, y finalmente me decidí a encararla en el libro. Además, siempre he escrito sobre ámbitos que conozco íntimamente y era tiempo de cambiar: no quiero ser vista como una autora que siempre escribe el mismo libro.

P. La amenaza nuclear aparece de forma recurrente en el libro a través de esa espalda de Hiroko, que lleva grabadas unas quemaduras en forma de pájaro de resultas de la explosión atómica. ¿De dónde surge esa imagen?
R. Todo el libro proviene de esa primera imagen, inspirada en la descripción que John Hersey hace en el libro Hiroshima (1946) de cómo la radiación imprimió los dibujos de los kimonos en la piel de las japonesas. De ahí nació mi personaje.

P. La historia arranca en el Nagasaki de 1945 y concluye en la era posterior al 11-S ¿Qué nexo establece entre esos dos paisajes de destrucción?

R. El Nagasaki de antes de la guerra era la única ciudad japonesa en contacto con Europa, cosmopolita, con una decena de diarios en lengua inglesa, matrimonios mixtos, un club internacional… Cuando estalló el conflicto, todos los extranjeros la abandonaron, pero los hijos de parejas mixtas que se quedaron pasaron a convertirse en sospechosos.
Eso me llevó a pensar en el Nueva York posterior al 11 de septiembre, donde muchos taxistas son paquistaníes y me explicaron los cambios de actitud de la gente antes y después de los atentados. Estas personas, a menudo en situación precaria, se sienten rechazadas y han vivido con el temor de ser detenidas o deportadas. No se trata de una conexión entreNagasaki y el 11-S, sino entre las dos ciudades después del drama.

P. La historia, la política, los intereses estratégicos de las potencias, acaban colocando a las dos familias protagonistas de su relato —una del Este, la otra occidental— en posiciones antagónicas. ¿No sería ese el retrato de la supuesta guerra de civilizaciones?
R. No puedo creer en la guerra de civilizaciones cuando mi propia vida lo contradice, como mujer nacida y criada en Pakistán, con una abuela alemana, que ha vivido en Nueva York y ahora en Londres. Sobre todo a lo largo de la última década, musulmanes y occidentales (aunque en realidad muchos musulmanes son occidentales) empiezan a considerarse incompatibles, incluso enemigos. Pero el islam y la democracia no son incompatibles, mire si no lo que está ocurriendo en Egipto o en Libia…

P. ¿Le preocupa la imagen que se proyecta de su propio país, los temores a una talibanización de Pakistán, la llamada guerra contra el terrorismo en sus propias fronteras? ¿Puede la literatura modificar esa percepción unidimensional?
R. La proyección de Pakistán en los medios solía reducirse a la confrontación con India y ahora a la guerra de Afganistán… aparte de las noticias sobre el cricket, por supuesto. Pakistán tiene músicos, artistas y escritores, no sólo produce terroristas. Los autores paquistaníes no podemos cambiar el mundo, pero sí retratar la vida real y a gente real.

P. Usted misma ha expresado en sus columnas del diario The Guardian el temor a un constreñimiento de los sectores liberales de la sociedad paquistaní, a raíz del asesinato en enero de un político contrario a las leyes que penan la blasfemia (Salman Taseer, gobernador de la provincia del Punjab) ¿Supone ese contexto una amenaza para los autores y creadores de Pakistán?
R. Estuve en Karachi hace dos semanas y la gente estaba más deprimida que nunca porque el autor de aquel asesinato había recibido el trato de héroe cuando fue llevado ante los tribunales. Pero me quedo con la idea formulada por Doris Lessing de que a lo largo de su vida había visto a Hitler, a Stalin, el régimen del apartheid… y sin embargo todo aquello ya ha desaparecido. En Pakistán tuvimos el equivalente a la actual revuelta en Oriente Próximo hace tres años, cuando la presión de los jueces y de los medios forzó la caída de Pervez Musharraf. Ahora tenemos un gobierno electo, aunque incompetente y corrupto. En cuanto a las tensiones religiosas,me pregunto si pueden conducir a las nuevas generaciones de escritores paquistaníes a no tocar según qué temas, porque el subconsciente está alerta de las amenazas y puede conducirte a la autocensura. Pero no conozco la respuesta. Yo no tengo ese dilema, vivo en Londres y escribo en inglés, por lo que sólo llego a un pequeño porcentaje de los lectores de Pakistán, aunque es muy poderoso e influyente.

P. La protagonista de su libro se integra sin dificultad en el entono de cada país en el que vive, pero al tiempo reniega de algo “tan insustancial y dañino como una nación”. ¿Comparte esa opinión de su criatura literaria?
R. Admiro a Hiroko, pero no comparto esa sentencia porque Pakistán me importa demasiado, inspira mis sentimientos más profundos, la crítica y el cariño. Siempre que regreso a Karachi siento “esta es mi historia”. Aunque mi noción de patriotismo no encaja con esa idea tan poderosa de la nación que te lleva a estar dispuesta a matar y morir por ella. Hiroko es como me gustaría que fuéramos todos: se adapta a las costumbres, aprende lenguas, pero no lo hace pensando en el concepto de nación sino de comunidad.

Fuente: Babelia/El País

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El Tratado de Tordesillas, el pastel del mundo dividido entre dos reinos

El Programa Memoria del Mundo de la UNESCO se creó en el año 1997 para preservar el patrimonio documental, auténtica memoria del mundo y espejo de la diversidad de lenguas, pueblos y culturas de nuestro planeta. La creación del programa obedeció a la constatación de la suma fragilidad de esa memoria y al hecho de que día tras día desaparecen elementos importantes del patrimonio documental que la componen.
El Tratado de Tordesillas de 7 de junio de 1494 lo constituyen las capitulaciones entre los Reyes Católicos y el Rey Juan II de Portugal por las que se establece una nueva línea de demarcación entre ambas coronas, a trazar de polo a polo, a 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde. La firma del Tratado se llevó a cabo tras difíciles negociaciones diplomáticas entre embajadores y procuradores de ambos reinos. Esta modificación de la línea de demarcación dividiendo el mundo entre España y Portugal supuso el comienzo de la historia de Brasil, ya que su extremo oriental queda dentro de la zona portuguesa.
Al ser un Tratado bilateral, existen dos originales, en versión castellana se conserva en el Arquivo Nacional da Torre do Tombo ( Lisboa) y en versión portuguesa en el Archivo General de Indias (Sevilla).
La inclusión del Tratado de Tordesillas en el Registro de la Memoria del Mundo supondrá promocionar  y difundir este valioso documento, constatar su importancia como memoria histórica y promover su conservación, así como sensibilizar al público sobre su protección.
El Programa Memoria del Mundo de la UNESCO se creó en el año 1997 para preservar el patrimonio documental, auténtica memoria del mundo y espejo de la diversidad de lenguas, pueblos y culturas de nuestro planeta. La creación del programa obedeció a la constatación de la suma fragilidad de esa memoria y al hecho de que día tras día desaparecen elementos importantes del patrimonio documental que la componen.

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Recuperan objetos del ajuar funerario de Tutankamón

por Jacinto Antón

En un lento y penoso goteo van apareciendo los objetos robados del Museo Egipcio de El Cairo durante el robo del pasado enero, en la confusión de los primeros pasos de la revolución en Egipto. Ahora han regresado a su hogar en el museo la estatuilla dorada del faraón cazando con arpón desde un bote, la trompeta de bronce y el elemento central de abanico sustraídos. La estatuilla era uno de los objetos emblemáticos del saqueo del Museo Egipcio. Los asaltantes la rompieron y en el suelo de las salas del tesoro de Tutankamón, como se pudo ver en imágenes captadas por la televisión, quedaron, entre cristales de las vitrinas, la barca en que se apoyaba la figura y los pies de ésta. La estatuilla, cercenada de su base por los ladrones para facilitar su transporte, presenta serios desperfectos, le falta un trozo de corona y parte de las piernas. Los técnicos del museo se emplearán a fondo para restaurarla.
 La trompeta en cambio está en excelentes condiciones —aunque no se sabe si alguien habrá aprovechado la ocasión para soplarla­; el instrumento no requiere restauración y podrá volver a exhibirse enseguida, según el director del museo, Tarek El-Awady. En cambio el trozo de abanico está hecho unos zorros: un lado se ha roto en 11 piezas; además, parte del objeto sigue perdido.
 Con las tres piezas de Tutankamón se ha recuperado uno de los ushebti —estatuilla funeraria— del conjunto sepulcral de Yuya y Tuya, otra de las colecciones del museo más perjudicadas por el asalto. La figurita se encuentra en buen estado y podrá también volver a ser expuesta de inmediato.
En una maleta, en el metro
Las cuatro piezas del antiguo Egipto aparecieron en una maleta hallada por casualidad en el metro de El Cairo por el arqueólogo Salah Mohamed mientras se dirigía al trabajo. Una más de las rocambolescas historias vinculadas a la recuperación de objetos del asalto al Museo Egipcio. El pasado febrero, un profesor de la Universidad Americana de El Cairo entregó la estatua robada de Akenatón con corona azul y base de alabastro que su sobrino, dijo, había encontrado cerca de un contenedor de basura en la plaza Tahir.
 Zahi Hawass, ministro de Antigüedades, aprovechó en una conferencia de prensa con motivo de la recuperación de los objetos para advertir a los que se llevaron piezas del museo que todas están registradas y nunca conseguirán venderlas. Añadió que los que devuelvan las piezas no serán castigados. “Sólo queremos recuperar las antigüedades”, recalcó.

Fuente: El País

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Seis ciudades antiguas de Mesoamérica

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