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Desde el poblamiento de América hasta los vuelos espaciales

Regreso a casa

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Con generalizado beneplácito y sonoros aplausos se ha recibido la noticia del regreso de Sergio Raúl Arroyo a la dirección general del Instituto Nacional de Antropología e Historia. Y el revuelo no es para menos, pues se trata de “alguien de casa”, poseedor de una sólida preparación académica, inquieto estudioso de la diversidad cultural internacional, dueño de un carácter nada dócil frente a ciertas frivolidades del poder y, por encima de todo, dispuesto a conciliar las modalidades de un liderazgo moderno con las legítimas aspiraciones de sus compañeros de trabajo en todos los niveles.
En el ambiente se perciben aires de renovación y bien ponderadas expectativas. Hasta ahí todo es promisorio, pero no faltan quienes alertan sobre el peligro de que México pudiera ser arrastrado por economías que basaron su pretendida infalibilidad en el dogma mágico-religioso de las leyes del mercado.
El patrimonio que estudia y difunde el INAH no puede someterse a una lógica enganchada a intereses marcadamente ajenos a nuestra identidad como nación. Con claridad lo ha dicho el propio etnólogo Arroyo: “…me parece que debemos ampliar nuestra visión de lo que es el mundo mexicano, no pensar exclusivamente en lo que está siendo redituable en el sentido turístico”.
Sergio Raúl regresa a casa tras un intervalo que para algunos observadores fue resultado de desacuerdos infranqueables que pusieron a prueba su insobornable espíritu crítico, su férrea integridad y templanza ejemplares. Por éstas y más razones, saludamos con genuino afecto al ser amigable y sencillo cuya seriedad en el ámbito laboral no se aviene con ninguna forma de autoritarismo, al eficaz funcionario que llega a su actual responsabilidad merced a un proyecto necesario, viable, y naturalmente benéfico para las presentes y futuras generaciones de ésta nuestra muy compleja urdimbre social, a la vez múltiple y única.

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Sir Arthur Evans, arqueólogo

El arqueólogo británico Sir Arthur John Evans nació el 8 de julio 1851, y murió el 11 de julio de 1941, y fue él quien excavó las ruinas de la antigua ciudad de Cnosos en Creta y la evidencia descubierta de una civilización sofisticada de la Edad de Bronce, a la que llamó minoica. Su trabajo fue uno de los logros más importantes de la arqueología occidental e impulsó considerablemente el estudio de la prehistoria de Europa y en particular del Mediterráneo oriental.
Distinguido académico, Evans fue director del Museo Ashmolean, de la Universidad de Oxford, de 1884 a 1908 y se convirtió en profesor extraordinario de arqueología prehistórica en Oxford en 1909. Su interés en las monedas antiguas y la escritura aparecida en los sellos de piedra de Creta lo atrajo a la isla por primera vez en 1894. Al año siguiente publicó pictogramas cretenses script y Prae-fenicia. Durante un discurso en 1896 sugirió que la civilización micénica de la Grecia continental tuvo sus orígenes en Creta. Tres años más tarde compró un pedazo de tierra que incluía el sitio de Cnosos, y tras excavar un año había desenterrado las ruinas del palacio que cubren 2.2 hectáreas. El tamaño y el esplendor de los resultados indicaron que Cnosos había sido una capital cultural ancestral. La compleja planta del palacio sugirió el laberinto asociado con el legendario rey Minos, lo que incitó a Evans para nombrar la civilización minoica.

Sosteniendo uno de sus hallazgos más conocidos.

En el transcurso de los siguientes 25 años Evans continuó sus investigaciones. Excavando por debajo de las ruinas de la Edad de Bronce, se encontró con los restos de una civilización neolítica, lo que ayuda a poner en perspectiva histórica Micenas. Su descubrimiento de artefactos egipcios que datan de períodos históricos conocidos le ayudaron a establecer los períodos de la civilización minoica. Estimaciones posteriores, sin embargo, difieren de las suyas.
Cnosos también produjo unas 3,000 tablillas de arcilla que contienen una de las formas de la escritura minoica, la Lineal B. Evans esperaba descifrar esto, tanto como las otras formas, la Lineal A y la pictórica. Fracasó en este intento, pero una conferencia que pronunció en 1936 inspiró a Michael Ventris a trabajar en ese sistema de escritura. (Ventris más tarde presentó pruebas de que la Lineal B era una forma de griego, y su propuesta fue ampliamente aceptada.) Evans se ocupa de las tres formas en Scripta Minoa (vol. 1, 1909,… Vol 2, editado por JL Myres, 1952) . El palacio de Minos, 4 vol. (1921-1936), fue su propio tratamiento definitivo de su obra. Evans recibió muchos honores por sus descubrimientos y fue nombrado caballero en 1911.

Fuente: Enciclopedia Británica/ Traducción Mariano Flores

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La historia detrás del primer museo del mundo

En 1925, el arqueólogo Leonard Woolley descubrió una curiosa colección de objetos mientras excavaba un palacio de Babilonia. Eran cosas de muchos tiempos y lugares diferentes, y sin embargo, estaban organizadas de forma clara y hasta correctamente etiquetadas. Woolley había descubierto el primer museo del mundo.
 Es fácil olvidar que los pueblos antiguos también estudiaban la historia –los babilonios que vivieron hace 2,500 años eran capaces de mirar retrospectivamente en los milenios anteriores de la experiencia humana. Eso es en parte lo que hace extraordinario el Museo de la princesa Ennigaldi. Su colección contenía maravillas y objetos tan antiguos para a ella como la caída del Imperio Romano lo es para nosotros. Pero también es un símbolo sombrío de una civilización agonizante consumida por su vasta historia propia.

El arqueólogo
El Museo Ennigaldi fue sólo uno de los muchos hallazgos notables hechos por Leonard Woolley, generalmente considerado como entre los primeros arqueólogos modernos. Nacido en Londres en 1880, Woolley estudió en Oxford antes de convertirse en asistente de guardián en la escuela del Museo Ashmolean. Fue allí donde Arthur Evans –el renombrado arqueólogo que estudió la civilización minoica en la isla griega de Creta– decidió que Woolley sería de más utilidad en el campo, y por eso Evans lo envió a Roma para empezar a excavar ahí.
Aunque Woolley tenía un añejo interés en las excavaciones, contaba con poca capacitación formal en lo que respecta a hacerlo técnicamente bien. Lo dejaron a su suerte como autodidacta, y así encontró sus propias técnicas e interpretaciones que influyeron en futuros arqueólogos. Justo antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, él exploró la antigua ciudad hitita de Carquemis junto con su joven colega T.E. Lawrence, quien hizo a un lado su historial como arqueólogo para asumir un papel más famoso como… bueno, como Lawrence de Arabia.

Woolley (der.) y Lawrence de Arabia

 Pero fue el trabajo de Woolley en la antigua ciudad mesopotámica de Ur lo que realmente consolidó y proyectó su legado histórico. A partir de 1922, Woolley excavó una gran porción de una ciudad-Estado antigua que había durado miles de años, desde la antigua civilización sumeria del 3,000 a.C. hasta el imperio Neo-Babilónico de 500 antes de Cristo. Uno de sus mayores descubrimientos –que se puede considerar el equivalente de la tumba del rey Tut, pero sumerio– fue el de la tumba de Shubad, una mujer de gran importancia en Sumer en el siglo 27, cuya tumba había permanecido inalterada durante 4,600 años.
Se trata de algo que desde el final de la existencia de Ur nos interesa en este caso particular. Y para eso, también podríamos ir directamente a las palabras del propio Leonard Woolley.

El descubrimiento
En su libro Ur de los Caldeos, Woolley hace el recuento histórico de sus excavaciones en un complejo del palacio de Ur. Este palacio en particular data del final de la larga historia de la ciudad-Estado, justo antes de la absorción de sus territorios por el Imperio Persa y el abandono de la ciudad alrededor de 500 a.C. Esta fue la época del Imperio Neo-Babilónico y Babilonia, mientras que (como era de esperar) era la capital de este imperio, la antigua ciudad de Ur seguía siendo importante por su ubicación estratégica cerca del Golfo Pérsico, y como un legado de lo que alguna vez fue una gran potencia.
 Como el propio Woolley lo explica en su libro, él y su equipo estaban seguros de estar excavando el último período de Ur, por lo que los artefactos encontrados, en particular la cámara, tenían para ellos muy poco sentido:
De repente, los trabajadores sacaron un gran óvalo con tapa de piedra negra cuyos lados estaban cubiertos con inscripciones en relieve; era una piedra que marcaba una frontera y registraba la posición y el esbozo de una propiedad de tierras, con una indicación de la manera en que legalmente había llegado a las manos del propietario y una maldición terrible dirigida a todo aquel que intentase eliminar aquel hito histórico o dañar o destruir el registro.
Esta piedra perteneció al período Kassita de alrededor de 1400 a.C. Casi tocándola, al lado había  un fragmento de estatua, parte del brazo de una figura humana donde aparecía una inscripción, y el fragmento había sido cuidadosamente recortado para darle un buen aspecto y preservar la escritura, y el nombre de la estatua era Dungi, el rey de Ur en el año 2,058 antes de Cristo. Luego apareció un cono cuya base de arcilla representaba a un rey de Larsa de alrededor de 1700 a.C., luego unas pocas tablillas de arcilla de aproximadamente el mismo período, y una gran piedra votiva –cabeza de maza– sin inscripciones, pero que bien puede haber sido más antigua en unos quinientos años.
 ¿Qué íbamos a pensar? Ahí había una media docena de diversos objetos encontrados en un impecable piso del siglo VI a.C., sin embargo, el más nuevo tenía setecientos años más que el pavimento y los primeros tal vez dieciséis siglos.
En este solo cuarto, Woolley había descubierto por lo menos 1,500 años de historia, todos mezclados, un poco como si alguien al azar encontrara una estatua romana y un trozo de mampostería medieval mientras hace la limpieza de su clóset. Dejados a su suerte, estos objetos nunca se hubieran hallado de esta manera. Alguien había estado tocándolos –pero nadie podría adivinar hacía cuánto tiempo y con qué propósito se había realizado dicha manipulación.

Hallazgo en Tell Asmar (cortesía de Gerardo P. Taber)

El Museo
Pronto se dio cuenta Woolley de que en realidad podría ser un antiguo museo, el equivalente del siglo VI a.C. del tipo de instituciones patrocinadoras de sus exploraciones. En efecto, una evidencia clave era la manera en que los artefactos estaban ordenados y dispuestos –mientras que desde una perspectiva temporal estaban todos mezclados, el que había reunido todos esos objetos hizo el trabajo  con muchísimo esmero y atención.
Lo concluyente fue el descubrimiento de la más antigua cédula de museo jamás conocida en el mundo. En su libro, Woolley narra cómo  encontró cilindros de arcilla en la cámara, cada uno con texto escrito en tres idiomas diferentes, incluido el idioma del antiguo sumerio y el más moderno (para el período) en lengua semítica tardía. Él cita una de estas descripciones, junto con una irónica evaluación de lo que ahí se decía:
“Estos”, dijo, “son copias de ladrillos encontrados en las ruinas de Ur, obra del rey Bur-Sin de Ur, que mientras buscaba el plano original [del templo] el gobernador de Ur encontró, y yo vi y escribí para la maravilla de futuros espectadores. “
Por desgracia, el escriba no era tan sabio como quería parecer, pues sus copias están tan llenas de errores que las hacen casi ininteligibles, pero sin duda hizo lo mejor que pudo, y es cierto que nos dio la explicación que queríamos. El salón era un museo de antigüedades locales …y entre la colección se encontró ese tambor de barro, la primera cédula de museo conocida, elaborada cien años antes y mantenida junto con  –es de suponer– los ladrillos originales, como un registro de las primeras excavaciones científicas en Ur.
Claro, Woolley no pensó mucho en la atención a los detalles del escriba. Pero le bastó su humildad para aceptar que fue sorprendido y en este caso fácilmente reconoció que la arqueología de Ur había estado prosperando durante unos 2,500 años antes que él hubiese puesto los pies allí. Y, aún más notable es que el museo más antiguo se anticipó a los primeros museos modernos por unos dos milenios.
El rey y el curador
Entonces, ¿quién fue el responsable de esta antigua maravilla llena de maravillas aún más antiguas? Ese honor le corresponde a la princesa Ennigaldi, la hija del rey Nabonido, el último monarca del Imperio Neo-Babilónico. Como era tradicional entre las hijas de los reyes de Mesopotamia, sus funciones principales eran de naturaleza religiosa, como sacerdotisas de la Diosa-luna Nanna y como administradoras de una escuela de jóvenes sacerdotisas. Alrededor de 530 a.C. Ennigaldi creó su museo. El hecho se acerca peligrosamente a todo lo que sabemos sobre la mujer detrás del primer museo del mundo.
Sabemos de cierto que el museo fue construido con el apoyo y el aliento de su padre el rey, él mismo entusiasta anticuario y coleccionista de artefactos antiguos. Es difícil saber de dónde le vino el interés en el pasado histórico, pero podría tener algo que ver con la información que él da y donde se describe a sí mismo de origen humilde y dice que si se sentó en el trono fue porque había destronado a su predecesor. Sin una rica historia regia y sin real alcurnia, es posible que Nabonido haya encontrado un sustituto en la antigua ciudad de Ur.
A tal fin, el rey emprendió lo que sería la contribución más duradera a la arqueología histórica, y que fue la restauración del gran zigurat de Ur. Si bien no estamos 100% seguros de para qué servía esta estructura masiva, es posible conjeturar que ese y otros zigurats fueron un tipo de templos –sabemos  que el zigurat sumerio original se había derrumbado en el tiempo en que Nabónido reinaba, y por lo tanto decidió restaurarlo para devolverlo a su antiguo esplendor. El descubrimiento de los restos de este segundo zigurat en el siglo XIX sería clave para la identificación de este sitio como la antigua ciudad de Ur, y a su vez la realización de las excavaciones de Leonard Woolley en la década de 1920.

El mundo que se muere
Puesto que no contamos con registros directos de Nabonido o Ennigaldi, sólo podemos conjeturar por qué decidieron crear el museo en Ur. Empero, en sus 1927 recuentos de sus resultados, Excavaciones en Ur: La Neo-Babilonia y el período persa, Leonard Woolley sospecha que fue el resultado natural de una era obsesionada con su pasado.
Que debe haber una colección es del todo congruente con la devoción del anticuario y en especial del gobernante Nabonido, cuya hija puede ser asociada con este edificio. Que el museo sea relacionado con la escuela no debe sorprender a nadie. A menudo las escuelas fueron organizadas en los templos, y por lo menos algunas de las enseñanzas eran ilustradas con los testimonios materiales de la antigüedad. En las escuelas de Larsa nos encontramos con que las copias de antiguas inscripciones históricas existentes en la ciudad eran objetos normales de estudio.
Como es tal vez propio de una ciudad que llega al final de más de dos mil años de historia, la Ur del reinado de Nabonido se vio inundada por un sentimiento de nostalgia abrumadora expresado en la fascinación por los tiempos pasados. Eso no es sorprendente por completo –incluso la escuela para sacerdotisas de la princesa Ennigaldi ya tenía 800 años cuando ella asumió el cargo, por lo que es aproximadamente tan antigua como Oxford y Cambridge lo son para nosotros ahora. Ur se había convertido en un gran museo que conmemoraba tiempos muy remotos.
De hecho, Ur fue sólo el ejemplo más extremo de todo un imperio dominado por la nostalgia. El Imperio Neo-Babilónico lanzó una mirada retrospectiva muy consciente del pasado, ya que representaba el primer período de soberanía después de siglos de dominación por parte de sus vecinos del norte. Lo podemos ver en las inscripciones imperiales, que se remontan a las expresiones de por lo menos 1,500 años atrás, y que de pronto empezaron a aparecer en diversas partes, así como selecciones de textos en lengua sumeria, muerta hacía mucho tiempo. Incluso el sistema de escritura fue alterado para que pareciera que se había hecho miles de años antes.
En ese contexto, la invención del museo en el año 530 a.C. no parece particularmente nuevo o revolucionario. En cambio, parece la evidencia de una civilización consumida por su propia historia y con miedo a entrar en el futuro. En retrospectiva, tenían buenas razones para temer, tomando en cuenta que sus vecinos en el este de Persia pronto conquistarían el imperio y Ur sería abandonada, víctima de una grave sequía y los caprichos del río Éufrates.
Y aun con todo aquel estancamiento cultural, la princesa Ennigaldi y su padre tuvieron una brillante idea que permanece vigente 25 siglos más tarde.

Fuente: http://www.uk.io9.com
Traducción de Mariano Flores Castro

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Expedición Malaspina I y II


En septiembre de 1788, Alejandro Malaspina, junto con su colega José de Bustamante y Guerra, proponen al gobierno español la organización de una expedición, que se llamó posteriormente expedición Malaspina. Fue una excursión político-científica alrededor del mundo, con el fin de visitar casi todas las posesiones españolas en América y Asia. Este viaje se dio a conocer por los promotores como “Viaje científico y político alrededor del mundo” (1788); durante la travesía fue conocido popular y públicamente como “Expedición vuelta al mundo”. A la llegada a la Corte en 1794, como no se regresó atravesando el Océano Índico y el cabo de Buena Esperanza como consecuencia de la sobrevenida guerra entre España y Francia, se la denominó “Expedición ultramarina iniciada el 30 de julio de 1789”; y cuando se publicaron por primera vez los trabajos de la expedición (en 1885) por el Teniente de navio Pedro Novo, fue dada a conocer como “Viaje político-científico alrededor del mundo por las corbetas Descubierta y Atrevida, al mando de los Capitanes de navío don Alejandro Malaspina y don José Bustamante y Guerra desde 1789 a 1794”; luego se ha dado en conocer como expedición Malaspina. En la actualidad, diversas instituciones españolas han puesto en marcha una gran expedición científica de circunnavegación que recibe el nombre de este marino en reconocimiento a su aportación: la expedición Malaspina (2010-2011).

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La Expedición Malaspina (2010-2011) –nombre en homenaje a la expedición del antiguo marino español– es un proyecto de investigación interdisciplinar que tiene como principales objetivos evaluar el impacto del cambio global en el océano y explorar su biodiversidad. Desde diciembre de 2010 hasta julio de 2011, más de 250 científicos a bordo de los buques de investigación oceanográfica Hespérides (A-33) y Sarmiento de Gamboa llevarán a cabo una expedición que aúna la investigación científica con la formación de jóvenes investigadores y el fomento de las ciencias marinas y la cultura científica en la sociedad. A su retorno, el Sarmiento de Gamboa alojará una universidad flotante destinada a la formación en oceanografía para estudiantes de maestría.

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Demonios extranjeros en el camino de la seda


ESPAÑOL
. El camino de la seda, que ligó la Roma imperial y China, fue una vez la carretera más grande en la tierra. A lo largo de ella viajaron los cargamentos preciosos de seda, oro, marfil, así como nuevas ideas revolucionarias. Sus ciudades a orillas de los oasis florecieron en centros prósperos en las artes y las enseñanzas del budismo. Pasado el tiempo, el camino de la seda comenzó a decaer. El tráfico se hizo más lento, los comerciantes se fueron, y finalmente sus ciudades desaparecieron bajo las arenas del desierto y serían olvidadas durante mil años. Pero las leyendas crecieron: hablaban de ciudades perdidas llenas de tesoros resguardados por demonios. En los primeros años del siglo XX, los exploradores extranjeros comenzaron a investigar estas leyendas, y muy pronto comenzó la carrera para obtener los tesoros artísticos del camino de seda. Enormes pinturas murales, esculturas y manuscritos inestimables fueron llevados, literalmente por toneladas, y se hallan hoy dispersos a través de los museos de una docena de países. Peter Hopkirk cuenta la historia de los hombres intrépidos que, con gran riesgo personal, condujeron estas incursiones arqueológicas de largo alcance, provocando la cólera imperecedera de los chinos. [Lo que en buen español se conoce como saqueo.]

INGLÉS. The Silk Road, which linked imperial Rome and distant China, was once the greatest thoroughfare on earth. Along it travelled precious cargoes of silk, gold, and ivory, as well as revolutionary new ideas. It’s oasis towns blossomed into thriving centres of Buddhist art and learning. In time it began to decline. The traffic slowed, the merchants left, and finally its towns vanished beneath the desert sands to be forgotten for a thousand years. But legends grew up of lost cities filled with treasurs and guarded by demons. In the early years of this century, foreign explorers began to investigate these legends, and very soon an international race began for the art treasures of the Silk Road. Huge wall paintings, sculptures, and priceless manuscripts were carried away, literally by the ton, and are today scattered through the museums of a dozen countries. Peter Hopkirk tells the story of the intrepid men who, at great personal risk, led these long-range archaeological raids, incurring the undying wrath of the Chinese.

Fuente: http://www.bookdepository.co.uk/

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Exploradores, aventureros y cartógrafos en la Biblioteca Digital Mundial

Nota del Editor:

Volvemos a publicar esta reseña porque consideramos que complementa los artículos sobre viajeros y exploradores de las últimas entradas de este blog. Véanse los artículos que abarcan desde el poblamiento de América, pasando por Marco Polo, Colón, Magallanes, Vasco da Gama, entre otros, hasta los viajes a la Luna, Marte y Saturno.

Exploradores, aventureros y cartógrafos en la Biblioteca Digital Mundial   Viajes a las tierras interiores de África: que contienen una descripción de las diversas naciones en un espacio de seiscientas millas río Gambia arriba Descripción: Francis Moore fue empleado y, posteriormente, agente comercial, para la Royal African Company. Moore vivió en el río Gambia desde noviembre de 1730 hasta mayo de 1735 y representaba los intereses comerciales de la empresa. Este trabajo consiste en el diario personal que Moore t … Read More

via Correo de las Culturas del Mundo

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Marco Polo


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En el año 1271 y con la bendición de Gregorio X, los Polo, incluido Marco, que a la sazón contaba diecisiete años, comenzaron su segundo viaje por tierras orientales. Atravesaron Israel, Armenia, llegaron a las regiones de la actual Georgia y luego al golfo Pérsico. Desde allí remontaron hacia el norte, cruzaron Persia y después se adentraron en las montañas de Asia Central, siguiendo el itinerario de la ruta de la seda. La travesía por la cordillera de Pamir los condujo a los dominios del Gran Kahn. Tras superar los desiertos que rodean Lob Nor* llegaron a Kancheu, la primera ciudad realmente china, donde establecieron contacto con una civilización que practicaba una religión casi desconocida para Occidente, el budismo; permanecieron en el lugar un año, durante el cual se dedicaron al comercio.

* El Lop Nor o lago Lop (también transcrito como Lop Nuur, Lop Nur, Lob-nor, Lo-pu po o Lago Taitema; en los Anales Han: P‘u-ch‘ang Hai, Lou-lan Hai o Yen-tse) es un grupo de pequeños, y hoy en día estacionales, lagos salados y marejales entre el desierto de Taklamakán y el desierto de Gobi, al sur de las montañas Kuruktag, en la esquina suroriental de la Región Autónoma Uigur de Sinkiang, al noroeste de la República Popular China (centrados alrededor de las coordenadas 40.4° N 90.8° E).

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