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La colección egipcia del Nicholson Museum

por Sabina Espejel Nonell

Corre el año 1899, la noche cae sobre los tejados de un recóndito pueblo de Inglaterra. Parece que será una noche tranquila como tantas otras. De pronto el silencio se ve interrumpido por unos gritos que piden auxilio. Un incendio amenaza con destruir una casa.
Ante la atenta mirada de vecinos y curiosos, un enérgico anciano sale por la puerta principal y desde el jardín observa con melancolía cómo el fuego devora sin piedad su pasado.
Hasta aquí podríamos decir que es una historia, como muchas otras, condenada al olvido. Y habría sido así, de no ser porque la casa reducida a cenizas pertenece a uno de los hombres más influyentes del Sydney colonial. Es la residencia del primer barón australiano: Sir Charles Nicholson of Luddenham.
El barón nació en Iburndale, Inglaterra,  en 1808 con el nombre de Isaac Ascough, fruto de una relación sin final feliz. Su madre, Barbara Ascough, jamás reveló el nombre del padre y murió al poco tiempo de nacer su hijo. Isaac, tras quedar huérfano, se fue a vivir con sus tíos y cambió su nombre por el de Charles Nicholson.
El tío de Charles, James Ascough,  se dedicaba al comercio marítimo, pero la mayor parte de su fortuna la había amasado fletando barcos para el transporte de convictos desde  Inglaterra hacia Australia. Una fortuna que utilizó para comprar grandes extensiones de tierra en las cercanías de Sydney, convirtiéndose en uno de los mayores terratenientes del momento.
Mientras tanto, Charles estudiaba medicina en la Universidad de Edimburgo y en 1834 se mudó a Sydney, con su tío, para ejercer como médico. Dos años después, su tío muere y le hereda la mayor parte de sus tierras, propiedades y ahorros.
Fue así como Charles se convirtió en uno de los hombres más ricos de Sydney. Abandonó la medicina para entrar en el mundo de la política y ocupó varios cargos, de entre los cuales podríamos destacar el haber sido nombrado Senador. Se conocen muchos otros momentos de su vida dignos de mención; sin embargo, para el tema que aquí nos ocupa sólo destacaremos uno: el haberse convertido en cofundador de la primera universidad australiana, la Universidad de Sydney.
Y es que Sir Nicholson, además de ser médico, político y comerciante era un hombre muy culto, interesado en la educación, la arqueología y la historia. Entre sus favoritas estaban las culturas antiguas del Mediterráneo.
Por ello, entre 1853 y 1856 organizó un viaje por Europa y Egipto. Durante ese viaje compró miles de piezas egipcias, etruscas, griegas y romanas que sirvieron para decorar su casa de Sydney durante algún tiempo.
Años más tarde donó  su  colección de objetos y libros a la Universidad de Syndey con el objetivo de dar a conocer al público australiano aquellas culturas que tanto admiraba. Fue así como en 1860 nació The Nicholson Museum, primer museo de antigüedades en Australia.
Poco después regresó a Inglaterra para no volver jamás. Sin embargo, siguió engrosando la colección de la universidad mandando piezas desde Inglaterra, la mayoría de época medieval, muchas de las cuales nunca han sido exhibidas ni estudiadas.

SIR CHARLES EN EGIPTO
Lamentablemente, es imposible reconstruir con certeza el viaje de Nicholson por Egipto puesto que sus diarios de viaje, sus memorias y todos sus documentos  se perdieron en aquel incendio de 1899.

Der. Capitel hatorico de procedencia desconocida.

Se ha planteado una hipótesis en función del origen de las piezas adquiridas. Por ejemplo, muchas son tebanas por lo que se supone que navegó Nilo arriba hasta la actual Luxor. También estuvo en Guiza y Sakara pues adquirió inscripciones procedentes de ambos yacimientos. Además, se entrevistó con Joseph Hekekeyan, quien excavaba en Menfis, y del cual obtuvo el único fragmento encontrado hasta ahora del templo de Atón que Akhenatón construyó en la zona. Aunque quizás, la pieza más bella es el busto del general Horemheb, futuro fundador de la dinastía XVIII, y quizás procedente de su tumba en Sakara.
Todos los objetos egipcios fueron enviados primero a Londres donde fueron estudiados por Joseph Bonomi y Samuel Birch, quienes publicaron, en 1858, la obra titulada “Catalogue of Egyptian Antiquities Collected by Sir Charles Nicholson”. Después del estudio, le devolvieron las piezas al barón.
En la actualidad, parte de la colección se exhibe en el Nicholson Museum, que está en el Quadrangle, un edificio que forma parte de la Universidad de Sydney. La entrada es gratuita y es una de las tantas visitas obligadas para todos aquellos interesados en las culturas antiguas.

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La Francia profunda: un breve reportaje

por Claudia Solís-Ogarrio

A Dédé y Liliane

Francia nunca deja de sorprender, nunca deja de conmovernos la  grandiosidad de su pensamiento  y cultura: siempre es un referente, un faro, un marcador, una piedra de toque. Sin embargo, la Francia profunda, más allá de sus castillos y casas burguesas, es reveladora de otros rostros singulares y diversos.  La historia de Francia, como nos dice Quentin Garnier,  un jóven organizador del Festival de Buxia de música vernácula de Voiron, “no es solamente la Francia de los Luises, ni la de los grandes nombres de la Revolución, la historia de l’Isle de France,  que nos enseñan de manera oficial en la escuela, es una historia centralista, pero Francia tiene muchas regiones y está hecha de muchas historias”.

Los Allobroges, los Cartujos de la Chartreuse y la Houille Blanche

La región Rhône-Alps, en el sureste del país galo, es uno de los lugares más fascinantes de Europa en los Alpes franceses. Lugar de Allobroges, una añejísima cultura que habitó en el 25 a.C la zona conocida como el Grésivaudan, entre las riberas del Isère, el Ródano, la Saona y  el maciso montañoso del Jura que comparten Francia y Suiza, es uno de los grupos cuyos testimonios arqueológicos nos confirman su importante avance en el desarrollo de la alfarería  y del cultivo de la vid, cuyas cepas, que se originaron en la época de Plinio el Sabio,  se siguen sembrando.

Enclavado en el massif de la Chartreuse, que le da su propio nombre, muy cerca de la ancestral Gracianópolis, hoy Grenoble, en lo alto de una imponente montaña, rodeado de pinos, arces, platanes y fresnos, bañado por una luz de claroscuros extraídos de la paleta de Delacroix,  se levanta  uno de los grandes monasterios franceses: el monasterio de la Grande  Chartreuse, de monjes cartujos, fundada por San Bruno en 1056,  quien llego a ser scoláster o rector de la Universidad catedralicia de Reims y también consejero del  papa Urbano II en Roma. Los eremitas cartujos, en este sobrecogedor lugar de indudable energía, en vida de soledad, quietud, oración, silencio y trabajo producen el licor de la Chartreuse.  En el aislamiento de este sobrecogedor recinto, donde no existe fisura alguna que nos permita ver el interior del inmueble, los monjes desde hace cuatrocientos años, guardan el secreto de la elaboración de este delicado digestivo de color ambarino o verdoso,  preparado con más de ciento treinta variedades de flores y plantas.  Esta bebida es una  de las más populares y apreciadas en las mesas de Francia y del mundo entero.

El hermano Jean-Jacques, uno de los dos monjes que conoce la receta secreta del licor Chartreuse.

Ubicado en  el valle del río Isère,  en la población de Lancey, hay un magnìfico museo de reciente inauguración en 2010, adosado al macizo montañoso de la Belledone. “La  Maison Bergès: Musée de la Houille Blanche”, que ocupa lo que fue la residencia familiar que habitó el ingeniero y mecenas Aristide Bergès, quien a mediados del siglo XIX inventó la hidroelectricidad. Este fue uno de los grandes avances tecnológicos de la época pues desplazó al carbón como fuente de energía. Este último mineral, de color negro, llamado  houille en francés, al ser sustituido por la hidroelectricidad, se le conoció como la houille blanche, o carbón blanco. Cécile Gouy-Gilbert, antropóloga francesa que vivió mucho años en México escribiendo su tesis sobre los Yaquis, conceptualizadora de la iniciativa museística, realizadora del discurso museográfico y directora del espacio comenta ”la investigación y conceptualización del recinto me llevó diez años. Estoy muy contenta con los resultados porque la figura y talla de Bergès como uno de los grandes genios de Francia, cobra su debida dimensión. Además  hay recursos muy novedosos, entre otros,  el uso de hologramas,  que nos permiten de manera muy creativa, resaltar las imágenes vivas del señor Bergès y su familia, quienes vivieron aquí. “

Pinceladas de l’Ardèche: el impuesto de la sal y los Montgolfier

Es uno de los pays del sureste que hechiza. Es difícil concebir en estos paisajes apacibles y meditativos en verano, el carácter volcánico que subyace en su  pueblo en  la lucha por sus derechos.  El  nativo Ardechois destaca por su reciedumbre y tesón.

Bañada por varios ríos de aguas tranquilas en verano,  hay en esta zona de colinas y montañas, no tan altas como los Alpes, pues son tierras que se aproximan a las riberas del Ródano,  varias ciudades y pueblecillos como Satillieu, Thorrenc y Le Vialot, por ejemplo, donde existen añejas casonas de piedras curtidas por los siglos,  testigos de revoluciones y conflictos internacionales.  Algunas  de ellas atesoran entre sus antiguos muros, históricos muebles como las importantes sillas de la sal, que contaban con una caja que servía de depósito para guardar este preciado producto.  Bajo las faldas amplias de las mujeres del  XVIII,  permanecía  oculto dicho receptáculo y así escapaban a la inspección de la temible y arbitraria autoridad. El famoso impuesto sobre la sal (de donde se deriva la palabra salario) fue uno de los detonantes de la Revolución de  1789. Asimismo, en esta  zona el Movimiento de Resistencia durante la ocupación alemana durante la Segunda Guerra Mundial  fue muy intenso.  En estas comarcas se luchó a brazo partido y hubo terribles hechos de violencia y saldos rojos que ponen de manifiesto la pasión del  Ardechois y el amor sobre su terruño, su raíz y la soberanía de su patria.

Hay en esta zona del sureste de Francia, lugares de veneración y peregrinaje, como el poblado de Saint Romain D’Ay,  donde hay un santuario a una virgen morena de origen mariano que data del siglo X:  Notre Dame d’Ay.  Se le rinde culto en una iglesia románica de 1050 d.C. edificada en un recodo donde el río d’Ay  forma una omega. Dicha letra griega, en el terreno místico, posee un gran significado de poderosa fuerza y energía espirituales.  Bajo la cúpula de una capilla rústica, los cantos y las plegarias poseen una acústica insólita. Para subir al campanario,  por una estrechísima escalera  de muy bajos techos,  al  tañir la campana,  ésta resuena con una musicalidad de tonos graves  muy musical cuyo eco se pierde sin lìmite entre las pendientes de las montañas y el valle al atardecer.

No se puede dejar pasar de lado la importancia de la ciudad de Annonay que fue un dinámico centro de curtido de piel.  Sin embargo, lo más relevante de esta urbe es haber sido cuna de dos célebres inventores:  Joseph y Etienne de Montgolfier. Dos hermanos provenientes de una aristocrática familia del siglo XVII, quienes inventaron el globo aéreo y cuya práctica al paso del tiempo,  ha adquirido una importancia recreativa y deportiva de gran importancia mundial.

Lugdunum, la seda  y el arte de los mosaicos

Lyon es la tercera ciudad más grande de Francia, después de París y Marsella, con una población de quinientos mil habitantes. Lyon siempre fue una metrópoli rica y pujante.  Destacó durante siglos por su  industria de la seda, que procedía originalmente de Italia,  convirtiéndose en la base de su economía a partir del siglo XV, surtiendo a la corte francesa que confeccionaban sus vestimentas y tapizaba sus muebles de castillos y palacios con exquisitas telas. La soierie lyonnaise fue muy famosa. Los tejedores de seda al paso de los años formaron un gremio que llegó a ser muy importante y poderoso en el XIX y principios del XX.

A Lyon en latín se la llamó Lugdunum. Capital de las Galias romanas, sobre las riberas del Ródano y la Saona, gozó de un gran comercio, y por ello siempre fue una urbe rica y pujante.  Lyon descansa sobre colinas y no muy lejos de  la misma, se encuentra uno de los sitios arqueológicos más interesantes junto al Ródano. Sobre un extensión de siete hectáreas, ocupando apenas una cuarta parte de uno de los barrios de la ciudad romana de Vienne, las excavaciones y descubrimientos  que vieron la luz en 1968 evidencian el grado de desarrollo de esta dinámica metrópoli  de comercio, artes y negocios que vio su esplendor del  I a.C al 50 d.C.  Columnatas de grandes edificios, mansiones con peristilos, avenidas, baños con drenaje, bodegas, tiendas, talleres de artesanos y oficinas, revelan la vida cotidiana de esta ciudad que teniendo al Ródano como medio de comunicación navegable, formó en esta región una de las urbes más pujantes del Imperio. Vale destacar dentro de la magnificencia de este sitio, los extraordinarios mosaicos que decoraron pisos y muros de los grandes edificios y que hoy se exhiben en un espléndido museo, el Musée Gallo-Romain en Saint–Romain-en-Gal/ Vienne, de diseño contemporáneo, inaugurado en 1996, obra de los arquitectos Philippe Chaix y Jean Paul Morel. Grecas en gamas de amarillo, palo de rosa y negro, y otros mosaicos multicolores representando escenas bucólicas con plantas y flores del lugar,  estampas de la vida cotidiana, personajes de dioses y  héroes diversos,  el museo es espectacular. Luminoso, con grandes espacios que permiten una circulación relajada, y una atinada museografía que no sólo resalta el esplendor de la pieza, sino que también explica claramente el origen y contexto de la misma, conservando entre otros el mandato y  el propósito de un museo, el recinto Gallo-Romain de Vienne, es uno de los espacios culturales de hoy más extraordinarios de Francia.

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Visiones de la India

La Colección Binney de pintura india del San Diego Museum of Art (EE.UU.) es una de las más importantes de arte surasiático de los siglos XII al XIX. A partir del próximo 28 de febrero, una selección de 105 piezas de sus pinturas, grabados y manuscritos, que se expone en Europa por primera vez, permitirá al visitante del Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid conocer la obra realizada por los artistas locales para soberanos y comerciantes persas, centroasiáticos y europeos que llegaron a la India durante esos siglos, y comprobar su extraordinaria capacidad para adaptarse y modificar su estilo tradicional sin perder el carácter inconfundiblemente indio.
El recorrido de la exposición se organiza en cuatro secciones, empezando por la producción autóctona india, que contrasta con la pintura que se hará para clientes extranjeros a partir del siglo XV; una sección dedicada a la iluminación de libros de poesía persa, y una tercera que muestra el nacimiento y desarrollo del nuevo estilo que surge de la confluencia de estas dos tradiciones, ya en el siglo XVI y bajo el dominio del Imperio Mogol; el último apartado reúne la pintura realizada para los comerciantes y funcionarios británicos vinculados a la Compañía de la India Oriental, una clientela que, como consecuencia de la Ilustración, se siente muy interesada por conocer el mundo natural y recurren al talento de los pintores de corte indios para que reproduzcan con todo detalle la flora, la fauna y la gente de la India.

Madrid. Visiones de la India. Pinturas de la Colección Binney del San Diego Museum of Art. Museo Thyssen-Bornemisza. Febrero 28 a mayo 20 de 2012.

Ilustración de la portada: Procedente del Harivamsha, India. Krishna parte por la mitad con su disco al demonio Naraka (detalle) c. 1585-1590. Acuarela opaca y oro sobre papel, montado como página de un álbum. 30,1 x 18,1 cm. Colección Edwin Binney III.

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Romanorum vita

Viajar en el tiempo, conocer cómo vivían los hombres y mujeres de otras épocas, y saber cuáles eran sus actividades y rituales, ha sido una fantasía recurrente en la historia de la humanidad. El Imperio Romano ha sido uno de los destinos preferidos de este tipo de viajes. Ahora, Romanorum Vita, una exposición de la Obra Social ”la Caixa”, invita a los cordobeses y a sus numerosos visitantes a pasear por una ciudad reconstruida a partir de descripciones literarias y testimonios arqueológicos de hace 2,000 años para descubrir que los romanos no están tan lejos de nosotros.

Esta muestra, realizada en colaboración con el Ayuntamiento de Córdoba, traslada a los visitantes a un paseo por una ciudad romana poco antes de la destrucción de Pompeya, en el año 79 d.C., en plena época imperial. La exposición transporta a sus calles en un día cualquiera: negocios, importancia del agua, olores, formas de expresión y religiosidad popular, entre otros; todo aquello que hervía alrededor de los grandes escenarios del senado, el foro, los teatros y el circo.

La vida cotidiana

Desde hace años, los arqueólogos e historiadores dedican especial atención a reconstruir la vida cotidiana de los pueblos antiguos. Hallazgos arqueológicos y textos literarios nos permiten saber con mucha exactitud cómo se organizaban las ciudades y cómo eran las persones que vivían en ellas. Pero incluso en el caso de las ciudades romanas más bien conservadas, como por ejemplo Pompeya, se hace difícil imaginar la actividad que se vivía en sus calles.

La muestra, de 400 metros cuadrados, da la bienvenida a los visitantes en una ciudad arquetípica del Imperio Romano y presenta un día cualquiera de esa ciudad, 24 horas en que descubrirán cómo era la vida en la calle y en el interior de una casa de una familia que podríamos considerar de clase media alta.

Bajo lo que conocemos como Imperio Romano se encuentra un conjunto de ciudades conectadas por vías terrestres y marítimas. Y un poder central: Roma. Cada ciudad dominaba un territorio y era, al mismo tiempo, mercado, núcleo administrativo y centro religioso. Contaban con extensas cuadrículas de calles bien pavimentadas, con alcantarillado y agua corriente. Como las actuales ciudades, las ciudades romanas también sufrían los efectos de la presión demográfica y la especulación del suelo, aspectos que se explican y pueden verse en Romanorum Vita.

Además, los visitantes descubren que, en las calles, artesanos y comerciantes desarrollaban todo tipo de actividades, y cómo estas se llenaban de gente. Paseando por una calle cualquiera o por delante del foro de una ciudad romana, los espectadores comprueban cómo eran las letrinas y el olor que desprendían. O cómo eran los comercios y que ya existía lo que podríamos considerar como el precedente de los locales de comida rápida.

Sumergirse en una ciudad

En la muestra se ha hecho un uso innovador de distintos elementos –desde la inclusión de ruidos y olores característicos de la época hasta la interacción entre el espacio escenográfico y un gran audiovisual– para lograr que los espectadores se sumerjan en la ciudad y descubran sus similitudes con la vida cotidiana actual. Uno de estos montajes audiovisuales se proyecta sobre la fachada de la domus, de 12 metros de ancho, y en él pueden verse los personajes clave de la ciudad romana gracias a un rodaje realizado con más de 30 figurantes.

Establecer paralelismos entre las ciudades romanas y las ciudades actuales es otro de los objetivos. En la ciudad romana, por ejemplo, la actividad no cesaba ni un instante, especialmente después de que un edicto de Julio César prohibiese la circulación de carros y animales durante el día para evitar accidentes. Así, de día las calles eran más seguras, pero el ruido nocturno aumentaba extraordinariamente. No era fácil dormir en una ciudad romana.

También se explica en la exposición cómo se establecían las relaciones sociales entre ciudadanos de distintas clases. En las ciudades romanas, ricos y pobres vivían mezclados. Todo el mundo compartía las incomodidades de una ciudad superpoblada.

Política y religión

La exposición detalla otros elementos importantes en la vida pública, como pueden ser la política y la religión. Las calles eran, en este sentido, espacios de convivencia y espacios religiosos. En las esquinas existían pequeños altares dedicados a las divinidades protectoras del barrio y sus vecinos. Cuando se acercaban las elecciones, las empresas de publicidad electoral daban a conocer a los candidatos: pintaban su nombre en las paredes, proclamaban sus virtudes y contrataban a personas para que pidiesen el voto a los ciudadanos.

Por último, los visitantes de Romanorum Vita pueden entrar a escondidas en una casa típica de la clase media alta romana, pasear por sus distintas estancias y descubrir su distribución, la decoración empleada, los vivos colores con que pintaban las paredes, etc.

Más que una exposición en la red

Romanorum Vita aprovecha los recursos de la red. En este sentido, se ha preparado una completa presencia en línea que, de forma paralela y complementaria, aporta una experiencia virtual enriquecedora a los visitantes.

También existe un catálogo digital y la explicación de cómo se ha realizado la exposición a partir de vídeos que muestran el rodaje con los actores, entre otros.

Por otra parte, se han creado varios contenidos didácticos para reforzar el carácter divulgativo de la muestra. Se ha puesto en marcha un blog destinado al público en general, pero también y muy especialmente para el público escolar y familiar, que incluye recomendaciones para antes y después de la visita, y que se actulizará a su paso por las distintas ciudades que visita la muestra. También se utilizan algunas de las posibilidades de las redes sociales para la dinamización de los contenidos y la difusión de la exposición, especialmente entre el público más joven.

Fuente: www://hoyesarte.com

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El gran museo del mundo

La Danae de Tiziano

¿Qué ocurre si a un gran museo internacional le añadimos otro gran museo? Seguramente, que obtendríamos el mejor y más importante museo del mundo. ¿Y qué centros serían los elegidos para realizar esa mezcla tan especial? Posiblemente, el Prado de Madrid y el Hermitage de San Petersburgo. ¿Es esta idea un sueño, un plan descabellado, una quimera inalcanzable del arte? Posiblemente, sí. Sin embargo, algunas veces las musas se alían, la inspiración llega a los despachos, surge un flechazo entre las colecciones reales españolas y las imperiales rusas y se produce el milagro: el Gran Museo del Mundo.
Esa frase que siempre ha sobrevolado nuestras mentes (“el Prado es el mejor museo del mundo”), pero que nunca nos hemos atrevido a pronunciar por respeto al Louvre, al Metropolitan, a la National Gallery, podrá ser utilizada sin miedo a equivocarnos durante los próximos meses. Y todo gracias a un histórico acuerdo entre los dos centros, que ha permitido traer los grandes tesoros del museo ruso a la pinacoteca madrileña en la exposición  El Hermitage en El Prado.
“Se trata de un proyecto épico”, afirmó Miguel Zugaza, director del Prado durante la presentación de la muestra. Seleccionar de los ingentes fondos del Hermitage las casi ciento ochenta obras que componen la exposición ha sido como “intentar resumir el Quijote en unas líneas”, pero se han traído “los versos más intensos y profundos” para ofrecer “una exposición de obras maestras”.
Por su parte, el director del Hermitage, Mijail Piotrovsky, reafirmó la importancia de esta muestra, Hay que recordar que durante la primavera pasada ya se pudo ver en San  Petersburgo El Prado en el Hermitage, y que se clausuró como la muestra más visitada en la historia del museo ruso.         “Este intercambio de exposiciones es más que una muestra de cuadros, es un acontecimiento cultural”, aseguró  Piotrovsky. “Todo lo que ven en la exposición es el Museo del  Hermitage”, concluyó.

Los grandes maestros de la historia del arte
Lo cierto es que los datos hablan por sí solos. A la valiosísima colección que alberga el Museo del Prado, se suman ahora obras de Picasso, Durero, Tiziano, Jan Brueghel el Viejo, Caravaggio, Rubens, Van Dyck, Chardin, Mengs, Monet, Renoir, Gaugin, Matisse, Rodin o Kandinsky. Los más importantes maestros de arte se dan cita en las salas de exposiciones temporales del edificio de los Jerónimos.
Los Reyes inauguraron esta exposición que podrá visitarse todos los días de la semana durante un periodo excepcional de cuatro meses y medio. Un recorrido que muestra la gran variedad y riqueza de las colecciones del  Hermitage, desde el siglo V a. C. hasta el siglo XX, pasando por sobresalientes piezas de arqueología, artes decorativas y magníficas obras de pintura, escultura y dibujo procedentes de sus fondos.
Ubicado en un conjunto de edificios palaciegos al lado del río Neva y, sobre todo, en el Palacio de Invierno que fue la residencia en el siglo XVIII de la Zarina Catalina la Grande, el  Hermitage es uno de los grandes museos del mundo. Sus colecciones abarcan el Egipto de los faraones, las culturas siberianas, el mundo grecorromano y llegan hasta el arte renacentista, la escultura neoclásica, y la pintura de Matisse y Picasso.

Historia del museo ruso
La exposición comienza con significativas piezas que dan cuenta de la propia historia del museo ruso. Los retratos de los emperadores Pedro I, Catalina II y Nicolás I, los cuadros de las espléndidas vistas de interiores del palacio y sus alrededores reciben al visitante. Esta visión de los orígenes del Hermitage, se completa con una selección de muebles y trajes de corte en otra sala posterior.
A continuación, la muestra nos enseña una cuidada selección de piezas de la primera colección arqueológica rusa, conocida como Colección Siberiana de Pedro I, formada con piezas procedentes de las primeras excavaciones científicas sobre las tribus nómadas escitas. Estos pueblos dejaron en la zona sur de Siberia suntuosos kurganes (túmulos con cámara funeraria, desde el siglo VII a.C. al siglo III a.C.). La colección de orfebrería griega del museo ruso también está representada en la exposición. Las piezas proceden de adquisiciones, regalos personales y donaciones, además de hallazgos en las excavaciones de la costa septentrional del mar Negro.
El  Hermitage posee extraordinarios fondos del arte de Europa occidental de los siglos XIII al XX, y también están representados en el Prado. Podemos ver pintura holandesa y flamenca, barroco italiano y español. El Greco, Ribera, Tiziano, Velázquez, Rembrandt son algunos de los pintores que podemos ver en este ámbito.

Orfebrería oriental y europea

En otra sala se reúne una selección de piezas procedentes de las colecciones de joyas y valiosas rarezas de los zares. La fascinación por Oriente que surgió en la Rusia del siglo XVIII se refleja en las magníficas manufacturas chinas de los siglos XVII y XVIII. Cajas y arquetas, bandejas y horquillas fueron producidos en filigrana, a veces realzada con piedras y esmaltes. También se pueden admirar piezas de la colección de joyas indias del siglo XVII, probablemente única en el mundo.
Además, el  Hermitage conserva obras maestras de la orfebrería alemana. Catalina II propició la etapa de esplendor de la orfebrería en San Petersburgo, donde la corte imperial y la aristocracia encargaban refinados artículos de lujo: relojes, candelabros, ramos de flores, anillos. En el siglo XIX, la orfebrería rusa alcanzó su momento culminante con las creaciones que el taller de Carl Fabergé realizó en San Petersburgo, y del que se puede ver un ejemplo en la muestra del Prado.
La presencia de arte de los siglos XIX y XX en los fondos del Hermitage se deben a la nacionalización, durante la Revolución Rusa de 1917, de las grandes colecciones imperiales, aristocráticas y privadas de Rusia. Importantes ejemplo de Impresionismo, cubismo o del arte abstracto están también en las salas de los Jerónimos.
Colofón
La muestra se cierra con Cuadrado negro (1932), de Kazimir Malevich, uno de los cuadros que más controversia han provocado a lo largo de la historia del arte.
La exposición, organizada por el Museo del Prado, el State Hermitage Museum y Acción Cultural Española, patrocinada por la Fundación BBVA, es una ocasión única de ver fuera de su sede estas piezas excepsionales de la historia del arte. La muestra, que supone el broche final a la celebración del año Dual España-Rusia 2011, es la más importante que se haya visto de estas características fuera de Rusia.

El Hermitage en el Prado
Museo Nacional del Prado
Del 8 de noviembre al 25 de marzo
Fuente: http://www.revistadearte.com/

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La historia detrás del primer museo del mundo

En 1925, el arqueólogo Leonard Woolley descubrió una curiosa colección de objetos mientras excavaba un palacio de Babilonia. Eran cosas de muchos tiempos y lugares diferentes, y sin embargo, estaban organizadas de forma clara y hasta correctamente etiquetadas. Woolley había descubierto el primer museo del mundo.
 Es fácil olvidar que los pueblos antiguos también estudiaban la historia –los babilonios que vivieron hace 2,500 años eran capaces de mirar retrospectivamente en los milenios anteriores de la experiencia humana. Eso es en parte lo que hace extraordinario el Museo de la princesa Ennigaldi. Su colección contenía maravillas y objetos tan antiguos para a ella como la caída del Imperio Romano lo es para nosotros. Pero también es un símbolo sombrío de una civilización agonizante consumida por su vasta historia propia.

El arqueólogo
El Museo Ennigaldi fue sólo uno de los muchos hallazgos notables hechos por Leonard Woolley, generalmente considerado como entre los primeros arqueólogos modernos. Nacido en Londres en 1880, Woolley estudió en Oxford antes de convertirse en asistente de guardián en la escuela del Museo Ashmolean. Fue allí donde Arthur Evans –el renombrado arqueólogo que estudió la civilización minoica en la isla griega de Creta– decidió que Woolley sería de más utilidad en el campo, y por eso Evans lo envió a Roma para empezar a excavar ahí.
Aunque Woolley tenía un añejo interés en las excavaciones, contaba con poca capacitación formal en lo que respecta a hacerlo técnicamente bien. Lo dejaron a su suerte como autodidacta, y así encontró sus propias técnicas e interpretaciones que influyeron en futuros arqueólogos. Justo antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, él exploró la antigua ciudad hitita de Carquemis junto con su joven colega T.E. Lawrence, quien hizo a un lado su historial como arqueólogo para asumir un papel más famoso como… bueno, como Lawrence de Arabia.

Woolley (der.) y Lawrence de Arabia

 Pero fue el trabajo de Woolley en la antigua ciudad mesopotámica de Ur lo que realmente consolidó y proyectó su legado histórico. A partir de 1922, Woolley excavó una gran porción de una ciudad-Estado antigua que había durado miles de años, desde la antigua civilización sumeria del 3,000 a.C. hasta el imperio Neo-Babilónico de 500 antes de Cristo. Uno de sus mayores descubrimientos –que se puede considerar el equivalente de la tumba del rey Tut, pero sumerio– fue el de la tumba de Shubad, una mujer de gran importancia en Sumer en el siglo 27, cuya tumba había permanecido inalterada durante 4,600 años.
Se trata de algo que desde el final de la existencia de Ur nos interesa en este caso particular. Y para eso, también podríamos ir directamente a las palabras del propio Leonard Woolley.

El descubrimiento
En su libro Ur de los Caldeos, Woolley hace el recuento histórico de sus excavaciones en un complejo del palacio de Ur. Este palacio en particular data del final de la larga historia de la ciudad-Estado, justo antes de la absorción de sus territorios por el Imperio Persa y el abandono de la ciudad alrededor de 500 a.C. Esta fue la época del Imperio Neo-Babilónico y Babilonia, mientras que (como era de esperar) era la capital de este imperio, la antigua ciudad de Ur seguía siendo importante por su ubicación estratégica cerca del Golfo Pérsico, y como un legado de lo que alguna vez fue una gran potencia.
 Como el propio Woolley lo explica en su libro, él y su equipo estaban seguros de estar excavando el último período de Ur, por lo que los artefactos encontrados, en particular la cámara, tenían para ellos muy poco sentido:
De repente, los trabajadores sacaron un gran óvalo con tapa de piedra negra cuyos lados estaban cubiertos con inscripciones en relieve; era una piedra que marcaba una frontera y registraba la posición y el esbozo de una propiedad de tierras, con una indicación de la manera en que legalmente había llegado a las manos del propietario y una maldición terrible dirigida a todo aquel que intentase eliminar aquel hito histórico o dañar o destruir el registro.
Esta piedra perteneció al período Kassita de alrededor de 1400 a.C. Casi tocándola, al lado había  un fragmento de estatua, parte del brazo de una figura humana donde aparecía una inscripción, y el fragmento había sido cuidadosamente recortado para darle un buen aspecto y preservar la escritura, y el nombre de la estatua era Dungi, el rey de Ur en el año 2,058 antes de Cristo. Luego apareció un cono cuya base de arcilla representaba a un rey de Larsa de alrededor de 1700 a.C., luego unas pocas tablillas de arcilla de aproximadamente el mismo período, y una gran piedra votiva –cabeza de maza– sin inscripciones, pero que bien puede haber sido más antigua en unos quinientos años.
 ¿Qué íbamos a pensar? Ahí había una media docena de diversos objetos encontrados en un impecable piso del siglo VI a.C., sin embargo, el más nuevo tenía setecientos años más que el pavimento y los primeros tal vez dieciséis siglos.
En este solo cuarto, Woolley había descubierto por lo menos 1,500 años de historia, todos mezclados, un poco como si alguien al azar encontrara una estatua romana y un trozo de mampostería medieval mientras hace la limpieza de su clóset. Dejados a su suerte, estos objetos nunca se hubieran hallado de esta manera. Alguien había estado tocándolos –pero nadie podría adivinar hacía cuánto tiempo y con qué propósito se había realizado dicha manipulación.

Hallazgo en Tell Asmar (cortesía de Gerardo P. Taber)

El Museo
Pronto se dio cuenta Woolley de que en realidad podría ser un antiguo museo, el equivalente del siglo VI a.C. del tipo de instituciones patrocinadoras de sus exploraciones. En efecto, una evidencia clave era la manera en que los artefactos estaban ordenados y dispuestos –mientras que desde una perspectiva temporal estaban todos mezclados, el que había reunido todos esos objetos hizo el trabajo  con muchísimo esmero y atención.
Lo concluyente fue el descubrimiento de la más antigua cédula de museo jamás conocida en el mundo. En su libro, Woolley narra cómo  encontró cilindros de arcilla en la cámara, cada uno con texto escrito en tres idiomas diferentes, incluido el idioma del antiguo sumerio y el más moderno (para el período) en lengua semítica tardía. Él cita una de estas descripciones, junto con una irónica evaluación de lo que ahí se decía:
“Estos”, dijo, “son copias de ladrillos encontrados en las ruinas de Ur, obra del rey Bur-Sin de Ur, que mientras buscaba el plano original [del templo] el gobernador de Ur encontró, y yo vi y escribí para la maravilla de futuros espectadores. “
Por desgracia, el escriba no era tan sabio como quería parecer, pues sus copias están tan llenas de errores que las hacen casi ininteligibles, pero sin duda hizo lo mejor que pudo, y es cierto que nos dio la explicación que queríamos. El salón era un museo de antigüedades locales …y entre la colección se encontró ese tambor de barro, la primera cédula de museo conocida, elaborada cien años antes y mantenida junto con  –es de suponer– los ladrillos originales, como un registro de las primeras excavaciones científicas en Ur.
Claro, Woolley no pensó mucho en la atención a los detalles del escriba. Pero le bastó su humildad para aceptar que fue sorprendido y en este caso fácilmente reconoció que la arqueología de Ur había estado prosperando durante unos 2,500 años antes que él hubiese puesto los pies allí. Y, aún más notable es que el museo más antiguo se anticipó a los primeros museos modernos por unos dos milenios.
El rey y el curador
Entonces, ¿quién fue el responsable de esta antigua maravilla llena de maravillas aún más antiguas? Ese honor le corresponde a la princesa Ennigaldi, la hija del rey Nabonido, el último monarca del Imperio Neo-Babilónico. Como era tradicional entre las hijas de los reyes de Mesopotamia, sus funciones principales eran de naturaleza religiosa, como sacerdotisas de la Diosa-luna Nanna y como administradoras de una escuela de jóvenes sacerdotisas. Alrededor de 530 a.C. Ennigaldi creó su museo. El hecho se acerca peligrosamente a todo lo que sabemos sobre la mujer detrás del primer museo del mundo.
Sabemos de cierto que el museo fue construido con el apoyo y el aliento de su padre el rey, él mismo entusiasta anticuario y coleccionista de artefactos antiguos. Es difícil saber de dónde le vino el interés en el pasado histórico, pero podría tener algo que ver con la información que él da y donde se describe a sí mismo de origen humilde y dice que si se sentó en el trono fue porque había destronado a su predecesor. Sin una rica historia regia y sin real alcurnia, es posible que Nabonido haya encontrado un sustituto en la antigua ciudad de Ur.
A tal fin, el rey emprendió lo que sería la contribución más duradera a la arqueología histórica, y que fue la restauración del gran zigurat de Ur. Si bien no estamos 100% seguros de para qué servía esta estructura masiva, es posible conjeturar que ese y otros zigurats fueron un tipo de templos –sabemos  que el zigurat sumerio original se había derrumbado en el tiempo en que Nabónido reinaba, y por lo tanto decidió restaurarlo para devolverlo a su antiguo esplendor. El descubrimiento de los restos de este segundo zigurat en el siglo XIX sería clave para la identificación de este sitio como la antigua ciudad de Ur, y a su vez la realización de las excavaciones de Leonard Woolley en la década de 1920.

El mundo que se muere
Puesto que no contamos con registros directos de Nabonido o Ennigaldi, sólo podemos conjeturar por qué decidieron crear el museo en Ur. Empero, en sus 1927 recuentos de sus resultados, Excavaciones en Ur: La Neo-Babilonia y el período persa, Leonard Woolley sospecha que fue el resultado natural de una era obsesionada con su pasado.
Que debe haber una colección es del todo congruente con la devoción del anticuario y en especial del gobernante Nabonido, cuya hija puede ser asociada con este edificio. Que el museo sea relacionado con la escuela no debe sorprender a nadie. A menudo las escuelas fueron organizadas en los templos, y por lo menos algunas de las enseñanzas eran ilustradas con los testimonios materiales de la antigüedad. En las escuelas de Larsa nos encontramos con que las copias de antiguas inscripciones históricas existentes en la ciudad eran objetos normales de estudio.
Como es tal vez propio de una ciudad que llega al final de más de dos mil años de historia, la Ur del reinado de Nabonido se vio inundada por un sentimiento de nostalgia abrumadora expresado en la fascinación por los tiempos pasados. Eso no es sorprendente por completo –incluso la escuela para sacerdotisas de la princesa Ennigaldi ya tenía 800 años cuando ella asumió el cargo, por lo que es aproximadamente tan antigua como Oxford y Cambridge lo son para nosotros ahora. Ur se había convertido en un gran museo que conmemoraba tiempos muy remotos.
De hecho, Ur fue sólo el ejemplo más extremo de todo un imperio dominado por la nostalgia. El Imperio Neo-Babilónico lanzó una mirada retrospectiva muy consciente del pasado, ya que representaba el primer período de soberanía después de siglos de dominación por parte de sus vecinos del norte. Lo podemos ver en las inscripciones imperiales, que se remontan a las expresiones de por lo menos 1,500 años atrás, y que de pronto empezaron a aparecer en diversas partes, así como selecciones de textos en lengua sumeria, muerta hacía mucho tiempo. Incluso el sistema de escritura fue alterado para que pareciera que se había hecho miles de años antes.
En ese contexto, la invención del museo en el año 530 a.C. no parece particularmente nuevo o revolucionario. En cambio, parece la evidencia de una civilización consumida por su propia historia y con miedo a entrar en el futuro. En retrospectiva, tenían buenas razones para temer, tomando en cuenta que sus vecinos en el este de Persia pronto conquistarían el imperio y Ur sería abandonada, víctima de una grave sequía y los caprichos del río Éufrates.
Y aun con todo aquel estancamiento cultural, la princesa Ennigaldi y su padre tuvieron una brillante idea que permanece vigente 25 siglos más tarde.

Fuente: http://www.uk.io9.com
Traducción de Mariano Flores Castro

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47 años del Museo Nacional de Antropología (México)

Considerado una joya de la arquitectura mexicana, el Museo Nacional de Antropología (MNA) llega a sus 47 años de actividades haciendo frente a los nuevos retos que implica la era tecnológica, con la digitalización de su acervo.
Actualmente, el recinto se ubica como uno de los más importantes museos de la Ciudad de México, y entre los 10 más visitados en el mundo, al lado de Louvre, Del Prado, Británico, entre otros.
En un comunicado, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) explicó que el proceso de digitalización busca crear una base de datos que funcione como material de consulta, estudio y conservación para público especializado y usuarios del museo, a través de Internet.
El proyecto está divido en tres etapas, de las cuales la primera, consistente en digitalizar la colecciones del museo, ya concluyó.
En la segunda fase, que concluirá en abril de 2012, se registrarán las salas Preclásico del Altiplano Central, Teotihuacán, Los Toltecas y su época, y Culturas de Oaxaca.
Mientras que para abril de 2013 se tiene planeado terminar el registro de las piezas en exhibición, de las salas de las Culturas de la Costa del Golfo, Culturas del Norte de México y Culturas del Occidente de México. Además, contempla la digitalización de las colecciones del acervo arqueológico en depósito, que concluirá en cinco años.

Museo Nacional de Antropología, patio central.

El MNA fue inaugurado el 17 de septiembre de 1964, aunque el origen se remonta a 1825, cuando por decreto presidencial se abre el Museo Nacional Mexicano con sede en la Real y Pontificia Universidad de México.
Para 1866 se trasladó a la calle de Moneda con el nombre de Museo Público de Historia Natural, Arqueología e Historia. Pero a principios de 1909, cuando dejó de albergar colecciones de historia natural, fue rebautizado como Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía.
El MNA fue construido en 1964, en tan sólo 19 meses; la magna obra también contempló la manera en que sus espacios debían albergar y exhibir la magnifica colección de arte indígena de la nación, logrando crear uno de los más destacados ejemplos museísticos a nivel internacional. La iniciativa de su creación fue de Zita Basich, directora del Departamento de Códices del Museo, quien invitó al entonces presidente de México, Adolfo López Mateos, al arquitecto Pedro Ramírez Vázquez y a Jaime Torres Bodet a hacer un recorrido por el antiguo edificio y así poner de manifiesto la necesidad de la creación de un recinto ex profeso para los tesoros arqueológicos custodiados ahí.
Fue Torres Bodet quien lo concibió como una extensión de las aulas, íntimamente vinculado a los programas de la Secretaría de Educación Pública.
En 1939, el museo adoptó su nombre actual, al integrarse al Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y con la creación del Museo Nacional de Historia, en el Castillo de Chapultepec. Anualmente el MNA recibe a más de dos millones de visitantes nacionales y extranjeros.

Fuente: La Jornada

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