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Museo del Prado, versión para iPad

Con motivo del Día del Libro, que se celebró el pasado martes 23 de abril, el Museo del Prado lanza la ´Guía del Prado para iPad´, la primera aplicación oficial del Museo, una nueva herramienta para profundizar en su colección permanente.
La nueva app está disponible en cinco idiomas, español, inglés, francés, italiano y portugués, y permite compartir el acceso del ‘corazón’ de la Colección a todo el público interesado a través de 400 obras con imágenes y textos sintéticos redactados por un equipo de especialistas coordinado por el Museo.

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En abril de 2008, el Prado presentó La Guía del Prado en edición impresa, de la que ya ha puesto en circulación más de 240,000 ejemplares. En abril de 2013 se convierte en el primer museo que actualiza su guía completa en este soporte app.

El corazón del Prado
La obras aparecen presentadas de forma cronológica en una clasificación por escuelas internacionales: española, italiana, flamenca, holandesa, francesa, alemana y británica, a las que se añaden dos capítulos dedicados a obras sobre papel, escultura y artes decorativas. Esta selección refleja las diferencias que existen entre las escuelas y los artistas representados en el Museo, donde ocupa un lugar esencial Velázquez y los pilares de las colecciones: Goya, El Greco, Tiziano, El Bosco y Rubens.
Además, una selección de 50 obras maestras incluyen imágenes de gran tamaño que permiten navegar en ellas, y un acercamiento a la obra superior incluso al que se consigue en la visita en el Museo. Y como valor añadido, las imágenes de las traseras de los trípticos y dípticos, como el Jardín de las delicias, la Adoración de los Magos o el Carro de heno del Bosco, no visibles en las salas de exposición.
Otro valor añadido se encuentra en los cinco recorridos temáticos del Museo que se ofrecen: ’50 obras maestras’, ‘Velázquez’, ‘Pintura veneciana’, ‘Princesas’ y ‘Animales del Prado’. Estas propuestas permiten situar las obras en el Museo, preparar una visita, enriquecer el conocimiento de la colección con una visita temática o descubrir una forma entretenida de acercar el Prado a los niños a través de temas como los animales o las princesas.
El acceso al contenido se puede realizar por el índice de colecciones y por el de artistas. Cuenta con la posibilidad de guardar y seleccionar las obras o los artículos que al lector le parezcan más relevantes en la sección de ‘Favoritos’, así como la de compartir los contenidos en las redes sociales a través de enlaces directos desde las fichas de las obras.
* En el Appstore, la app se ofrece con un precio de 139 pesos mexicanos.
Fuente: http://www.hoyesarte.com

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El Rijksmuseum, restaurado

Más de 50 mil personas ya habían comprado sus tickets, como si de un concierto de Madonna se tratara. Y es que el sábado 13 de abril, remodelado por un equipo español, abrió de nuevo sus puertas la cámara de los tesoros de Holanda: el Rijksmuseum.

Rijksmuseum Atrium, 2012
Las primeras reacciones son de entusiasmo. Ahora el “Rijks”, como lo llaman cariñosamente los ciudadanos de Ámsterdam, volverá a medirse con las grandes pinacotecas mundiales como el Louvre de París, el Prado de Madrid o el Metropolitan de Nueva York.
Diez años estuvo en obras el museo más importante de ese país europeo. Hubo una cadena de tropiezos y titulares negativos, la remodelación duró seis años más de lo esperado y costó un tercio más de lo previsto, hasta el total de aproximadamente 375 millones de euros (490 millones de dólares).
Pero todo eso quedó olvidado cuando el sábado volvió a abrir sus puertas al completo este templo del arte. Sobre la plaza que da acceso al museo se colocó una alfombra naranja, con lo que la “Museumplein” vuelve a ser el centro cultural de Holanda y un imán para turistas de todo el mundo.
El Stedelijk Museum de Arte Moderno reabrió en septiembre, tras un largo lavado de cara. Y su vecino, el Museo Van Gogh, seguirá el 2 de mayo. Con él acabará una década tortuosa de obras y sin museos que lleven la batuta.
El rey de la plaza, frente al Concertgebouw (sala de conciertos), es el Rijksmuseum.  Lo diseñó en 1885 el arquitecto Pierre Cuypers como puerta de la ciudad: a través de dos torres, los ciudadanos de Ámsterdam dejaban atrás el viejo cinturón de canales de hace 400 años para introducirse en los barrios modernos. Pero sobre todo, Cuypers creó una catedral para Rembrandt.
Y ese fue siempre el problema. Esta obra maestra del arquitecto católico horrorizaba a los calvinistas holandeses. En el siglo XX fue adaptado incontables veces al gusto sobrio y las necesidades de la época: los murales se pintaron de blanco, el terrazo italiano se cambió por linóleo y los patios interiores se llenaron de pequeños gabinetes. Hasta que el Rijksmuseum se convirtió en un oscuro laberinto.
“Hemos lavado la cara al edificio”, explica el arquitecto Antonio Ortiz. Y es que el dúo español Cruz y Ortiz no sólo ha recuperado el antiguo esplendor del edificio de Cuyper, sino que con modernas ampliaciones, un nuevo pabellón asiático, un imponente hall de entrada y las últimas instalaciones técnicas lo ha dotado de plena modernidad.
Los patios interiores vuelven a estar abiertos y unidos unos con otros. Y bajo un enorme techo de cristal surge la elegante sala de acceso, por la que se espera que pasen hasta dos millones de visitantes al año.
En la primera planta se aprecia otra vez el viejo brillo de Cuyper: delicados ornamentos florales en las columnas, altos ventanales emplomados, un nuevo suelo de terrazo y murales con escenas de la historia holandesa. Y sobre ellos se eleva la exquisita bóveda, como en una catedral gótica.
Desde allí se accede al verdadero santuario: la galería de honor.
Esta mayestática sala, con elevados arcos ojivales, resulta impresionante. A la izquierda y a la derecha, sobre paredes grises, se suceden los maestros holandeses del siglo XVII: Vermeer, Frans Hals, Jan Steen. Y al final de la galería, el broche de oro al que Cuyper dedicó el museo: “La ronda de noche” de Rembrandt.
La obra maestra del pintor barroco es el único cuadro que regresa a su lugar original. En total, el Rijksmuseum expone en 80 salas 8 mil piezas de su colección, que ronda el millón de ejemplares. En conjunto, narran los 800 años de historia de Holanda.
También es nuevo el diseño de la exposición: los lienzos se muestran a menudo junto a objetos históricos en vitrinas casi invisibles. Así, junto a los cuadros sobre la caza de ballenas se ven pequeños gorros de lana de los trabajadores. El Rijksmuseum debe aunarlo todo, explica su director Wim Pijbes: “Los visitantes deben abrazar la belleza y vivir la conciencia del tiempo.”
Fuente: Dpa/La Jornada en Internet

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Sir Arthur Evans, arqueólogo

El arqueólogo británico Sir Arthur John Evans nació el 8 de julio 1851, y murió el 11 de julio de 1941, y fue él quien excavó las ruinas de la antigua ciudad de Cnosos en Creta y la evidencia descubierta de una civilización sofisticada de la Edad de Bronce, a la que llamó minoica. Su trabajo fue uno de los logros más importantes de la arqueología occidental e impulsó considerablemente el estudio de la prehistoria de Europa y en particular del Mediterráneo oriental.
Distinguido académico, Evans fue director del Museo Ashmolean, de la Universidad de Oxford, de 1884 a 1908 y se convirtió en profesor extraordinario de arqueología prehistórica en Oxford en 1909. Su interés en las monedas antiguas y la escritura aparecida en los sellos de piedra de Creta lo atrajo a la isla por primera vez en 1894. Al año siguiente publicó pictogramas cretenses script y Prae-fenicia. Durante un discurso en 1896 sugirió que la civilización micénica de la Grecia continental tuvo sus orígenes en Creta. Tres años más tarde compró un pedazo de tierra que incluía el sitio de Cnosos, y tras excavar un año había desenterrado las ruinas del palacio que cubren 2.2 hectáreas. El tamaño y el esplendor de los resultados indicaron que Cnosos había sido una capital cultural ancestral. La compleja planta del palacio sugirió el laberinto asociado con el legendario rey Minos, lo que incitó a Evans para nombrar la civilización minoica.

Sosteniendo uno de sus hallazgos más conocidos.

En el transcurso de los siguientes 25 años Evans continuó sus investigaciones. Excavando por debajo de las ruinas de la Edad de Bronce, se encontró con los restos de una civilización neolítica, lo que ayuda a poner en perspectiva histórica Micenas. Su descubrimiento de artefactos egipcios que datan de períodos históricos conocidos le ayudaron a establecer los períodos de la civilización minoica. Estimaciones posteriores, sin embargo, difieren de las suyas.
Cnosos también produjo unas 3,000 tablillas de arcilla que contienen una de las formas de la escritura minoica, la Lineal B. Evans esperaba descifrar esto, tanto como las otras formas, la Lineal A y la pictórica. Fracasó en este intento, pero una conferencia que pronunció en 1936 inspiró a Michael Ventris a trabajar en ese sistema de escritura. (Ventris más tarde presentó pruebas de que la Lineal B era una forma de griego, y su propuesta fue ampliamente aceptada.) Evans se ocupa de las tres formas en Scripta Minoa (vol. 1, 1909,… Vol 2, editado por JL Myres, 1952) . El palacio de Minos, 4 vol. (1921-1936), fue su propio tratamiento definitivo de su obra. Evans recibió muchos honores por sus descubrimientos y fue nombrado caballero en 1911.

Fuente: Enciclopedia Británica/ Traducción Mariano Flores

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Museo Arquelógico de Albacete, España

Localización de la Provincia de Albacete respe...

Localización de la Provincia de Albacete respecto a España (Photo credit: Wikipedia)

COLECCIONES

Las colecciones arqueológicas comenzaron a formarse en el siglo XIX, cuando la Comisión Provincial de Monumentos de Albacete creó un primer museo. Fueron acrecentadas a lo largo del siglo XX gracias a una intensa labor de excavaciones y prospecciones. Hoy constituyen la parte más importante del Museo en número de piezas. La actividad fue orientada en un primer momento al conocimiento de los yacimientos de la Edad del Bronce. Pero enseguida se dirigió la atención hacia los yacimientos ibéricos, la necrópolis de Hoya de Santa Ana, cuyas excavaciones se iniciaron en 1941, la del Llano de la Consolación, en 1952, y una década después en el santuario del Cerro de los Santos (1962). Hasta noviembre de 1962 las colecciones fueron enriquecidas con la recogida de muchos hallazgos casuales entre los que destacan la esfinge ibérica de Haches (Bogarra), con los materiales procedentes de las excavaciones citadas, además con las intervenciones en dos yacimientos romanos de Ontur: el Pajar de los Zorros y la necrópolis de Las Eras, de donde proceden las muñecas articuladas de hueso y ámbar del museo. A la vez que se recuperaban piezas se comenzó a formar el archivo de arqueología albacetense no solamente a través de los registros del Museo, sino también mediante la recogida de todo tipo de noticias a través de correspondencia y de los Cuadernos de campo.

Muñecas romanas

Las colecciones arqueológicas siguieron un ritmo de incremento gracias a nuevos hallazgos y a excavaciones. Entre los primeros, el conjunto de la Huerta del Pato de Munera vinculado con los campos de urnas y, como piezas sobresalientes, las esculturas ibéricas de Capuchinos (Caudete), y el torso de caballo ibérico de La Losa (Casas de Juan Núñez) una de las más sobresalientes representaciones de la estatuaria prerromana peninsular.


Entre las segundas, las excavaciones realizadas en la villa romana de Balazote y la de la Casa de los Guardas (Tarazona de la Mancha), la recuperación de tres tesoros numismáticos: las monedas de la Casa Sindical de Albacete, de época de los Austrias; y los tesoros de piezas de oro de los Borbones procedentes de Madrigueras y Villamalea. Desde 1972 la arqueología albacetense comenzó a expandirse. Además del Museo como institución, las universidades españolas, impulsoras de los estudios de arqueología, diseñaron diversas actuaciones de investigación en la provincia de Albacete. Así su mapa arqueológico comenzó a completarse tanto en la extensión geográfica de los hallazgos como en su adscripción cultural y cronológica. Fueron descubiertos nuevos lugares con arte rupestre en Nerpio y las pinturas paleolíticas de la Cueva del Niño (Ayna). Fueron excavados dos importantes yacimientos ibéricos: la necrópolis de Pozo Moro que, finalmente, ingresó en el Museo Arqueológico Nacional, y el poblado de El Amarejo. Volvieron las investigaciones al Cerro de los Santos, se excavó la necrópolis del Camino de la Cruz, y comenzó a vislumbrarse el horizonte cultural de la Edad del Bronce en tierras albacetenses a través de la excavación de la Morra del Quintanar en Munera.


COLECCIONES DE PROTOHISTORIA: LOS YACIMIENTOS IBÉRICOS

Desde mediados del siglo XIX la arqueología ibérica de la provincia de Albacete comenzó a ser relevante por el descubrimiento y las excavaciones realizadas en el Cerro de los Santos (Montealegre del Castillo), por el hallazgo de la Bicha de Balazote, así como por otras esculturas adquiridas a finales del siglo XIX para el Museo del Louvre.
Esa riqueza cultural y patrimonial se incrementó a lo largo del siglo XX. Hoy la colección de escultura ibérica del Museo de Albacete constituye una de sus mayores riquezas, destacando piezas como La esfinge de Haches (Bogarra), los jinetes de Los Villares de Hoya Gonzalo, el caballo de La Losa, el conjunto de Capuchinos (Caudete), así como la estatuaria del Cerro de los Santos. La colección posee lotes de cerámicas griegas procedentes de las necrópolis ibéricas de la zona, entre las que destacan la lecane de El Salobral con la representación de Dionisios y las mujeres casaderas, las armas ibéricas, las cerámicas entre las que destacan las decoradas de El Tolmo de Minateda (Hellín), o terracotas como el askos en forma de paloma de El Amarejo (Bonete), constituyen una parte notoria de las piezas de arqueología ibérica.


Cabe mencionar asimismo que este museo cuenta con valiosas colecciones de época romana procedentes de hallazgos casuales y, sobre todo, de las excavaciones realizadas en la villa romana de Balazote entre 1970 y 1975 y la antigua Illunum (El Tolmo de Minateda, Hellín) desde 1988. De ciudades como Illunum, Libisosa (Lezuza) e Illici (Elche de la Sierra) se exhiben algunas piezas, otras procedentes de necrópolis o de lugares como establecimientos agrícolas.

Fuente: http://www.patrimoniohistoricoclm.es/museo-de-albacete/el-museo/

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La colección egipcia del Nicholson Museum

por Sabina Espejel Nonell

Corre el año 1899, la noche cae sobre los tejados de un recóndito pueblo de Inglaterra. Parece que será una noche tranquila como tantas otras. De pronto el silencio se ve interrumpido por unos gritos que piden auxilio. Un incendio amenaza con destruir una casa.
Ante la atenta mirada de vecinos y curiosos, un enérgico anciano sale por la puerta principal y desde el jardín observa con melancolía cómo el fuego devora sin piedad su pasado.
Hasta aquí podríamos decir que es una historia, como muchas otras, condenada al olvido. Y habría sido así, de no ser porque la casa reducida a cenizas pertenece a uno de los hombres más influyentes del Sydney colonial. Es la residencia del primer barón australiano: Sir Charles Nicholson of Luddenham.
El barón nació en Iburndale, Inglaterra,  en 1808 con el nombre de Isaac Ascough, fruto de una relación sin final feliz. Su madre, Barbara Ascough, jamás reveló el nombre del padre y murió al poco tiempo de nacer su hijo. Isaac, tras quedar huérfano, se fue a vivir con sus tíos y cambió su nombre por el de Charles Nicholson.
El tío de Charles, James Ascough,  se dedicaba al comercio marítimo, pero la mayor parte de su fortuna la había amasado fletando barcos para el transporte de convictos desde  Inglaterra hacia Australia. Una fortuna que utilizó para comprar grandes extensiones de tierra en las cercanías de Sydney, convirtiéndose en uno de los mayores terratenientes del momento.
Mientras tanto, Charles estudiaba medicina en la Universidad de Edimburgo y en 1834 se mudó a Sydney, con su tío, para ejercer como médico. Dos años después, su tío muere y le hereda la mayor parte de sus tierras, propiedades y ahorros.
Fue así como Charles se convirtió en uno de los hombres más ricos de Sydney. Abandonó la medicina para entrar en el mundo de la política y ocupó varios cargos, de entre los cuales podríamos destacar el haber sido nombrado Senador. Se conocen muchos otros momentos de su vida dignos de mención; sin embargo, para el tema que aquí nos ocupa sólo destacaremos uno: el haberse convertido en cofundador de la primera universidad australiana, la Universidad de Sydney.
Y es que Sir Nicholson, además de ser médico, político y comerciante era un hombre muy culto, interesado en la educación, la arqueología y la historia. Entre sus favoritas estaban las culturas antiguas del Mediterráneo.
Por ello, entre 1853 y 1856 organizó un viaje por Europa y Egipto. Durante ese viaje compró miles de piezas egipcias, etruscas, griegas y romanas que sirvieron para decorar su casa de Sydney durante algún tiempo.
Años más tarde donó  su  colección de objetos y libros a la Universidad de Syndey con el objetivo de dar a conocer al público australiano aquellas culturas que tanto admiraba. Fue así como en 1860 nació The Nicholson Museum, primer museo de antigüedades en Australia.
Poco después regresó a Inglaterra para no volver jamás. Sin embargo, siguió engrosando la colección de la universidad mandando piezas desde Inglaterra, la mayoría de época medieval, muchas de las cuales nunca han sido exhibidas ni estudiadas.

SIR CHARLES EN EGIPTO
Lamentablemente, es imposible reconstruir con certeza el viaje de Nicholson por Egipto puesto que sus diarios de viaje, sus memorias y todos sus documentos  se perdieron en aquel incendio de 1899.

Der. Capitel hatorico de procedencia desconocida.

Se ha planteado una hipótesis en función del origen de las piezas adquiridas. Por ejemplo, muchas son tebanas por lo que se supone que navegó Nilo arriba hasta la actual Luxor. También estuvo en Guiza y Sakara pues adquirió inscripciones procedentes de ambos yacimientos. Además, se entrevistó con Joseph Hekekeyan, quien excavaba en Menfis, y del cual obtuvo el único fragmento encontrado hasta ahora del templo de Atón que Akhenatón construyó en la zona. Aunque quizás, la pieza más bella es el busto del general Horemheb, futuro fundador de la dinastía XVIII, y quizás procedente de su tumba en Sakara.
Todos los objetos egipcios fueron enviados primero a Londres donde fueron estudiados por Joseph Bonomi y Samuel Birch, quienes publicaron, en 1858, la obra titulada “Catalogue of Egyptian Antiquities Collected by Sir Charles Nicholson”. Después del estudio, le devolvieron las piezas al barón.
En la actualidad, parte de la colección se exhibe en el Nicholson Museum, que está en el Quadrangle, un edificio que forma parte de la Universidad de Sydney. La entrada es gratuita y es una de las tantas visitas obligadas para todos aquellos interesados en las culturas antiguas.

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El gran museo del mundo

La Danae de Tiziano

¿Qué ocurre si a un gran museo internacional le añadimos otro gran museo? Seguramente, que obtendríamos el mejor y más importante museo del mundo. ¿Y qué centros serían los elegidos para realizar esa mezcla tan especial? Posiblemente, el Prado de Madrid y el Hermitage de San Petersburgo. ¿Es esta idea un sueño, un plan descabellado, una quimera inalcanzable del arte? Posiblemente, sí. Sin embargo, algunas veces las musas se alían, la inspiración llega a los despachos, surge un flechazo entre las colecciones reales españolas y las imperiales rusas y se produce el milagro: el Gran Museo del Mundo.
Esa frase que siempre ha sobrevolado nuestras mentes (“el Prado es el mejor museo del mundo”), pero que nunca nos hemos atrevido a pronunciar por respeto al Louvre, al Metropolitan, a la National Gallery, podrá ser utilizada sin miedo a equivocarnos durante los próximos meses. Y todo gracias a un histórico acuerdo entre los dos centros, que ha permitido traer los grandes tesoros del museo ruso a la pinacoteca madrileña en la exposición  El Hermitage en El Prado.
“Se trata de un proyecto épico”, afirmó Miguel Zugaza, director del Prado durante la presentación de la muestra. Seleccionar de los ingentes fondos del Hermitage las casi ciento ochenta obras que componen la exposición ha sido como “intentar resumir el Quijote en unas líneas”, pero se han traído “los versos más intensos y profundos” para ofrecer “una exposición de obras maestras”.
Por su parte, el director del Hermitage, Mijail Piotrovsky, reafirmó la importancia de esta muestra, Hay que recordar que durante la primavera pasada ya se pudo ver en San  Petersburgo El Prado en el Hermitage, y que se clausuró como la muestra más visitada en la historia del museo ruso.         “Este intercambio de exposiciones es más que una muestra de cuadros, es un acontecimiento cultural”, aseguró  Piotrovsky. “Todo lo que ven en la exposición es el Museo del  Hermitage”, concluyó.

Los grandes maestros de la historia del arte
Lo cierto es que los datos hablan por sí solos. A la valiosísima colección que alberga el Museo del Prado, se suman ahora obras de Picasso, Durero, Tiziano, Jan Brueghel el Viejo, Caravaggio, Rubens, Van Dyck, Chardin, Mengs, Monet, Renoir, Gaugin, Matisse, Rodin o Kandinsky. Los más importantes maestros de arte se dan cita en las salas de exposiciones temporales del edificio de los Jerónimos.
Los Reyes inauguraron esta exposición que podrá visitarse todos los días de la semana durante un periodo excepcional de cuatro meses y medio. Un recorrido que muestra la gran variedad y riqueza de las colecciones del  Hermitage, desde el siglo V a. C. hasta el siglo XX, pasando por sobresalientes piezas de arqueología, artes decorativas y magníficas obras de pintura, escultura y dibujo procedentes de sus fondos.
Ubicado en un conjunto de edificios palaciegos al lado del río Neva y, sobre todo, en el Palacio de Invierno que fue la residencia en el siglo XVIII de la Zarina Catalina la Grande, el  Hermitage es uno de los grandes museos del mundo. Sus colecciones abarcan el Egipto de los faraones, las culturas siberianas, el mundo grecorromano y llegan hasta el arte renacentista, la escultura neoclásica, y la pintura de Matisse y Picasso.

Historia del museo ruso
La exposición comienza con significativas piezas que dan cuenta de la propia historia del museo ruso. Los retratos de los emperadores Pedro I, Catalina II y Nicolás I, los cuadros de las espléndidas vistas de interiores del palacio y sus alrededores reciben al visitante. Esta visión de los orígenes del Hermitage, se completa con una selección de muebles y trajes de corte en otra sala posterior.
A continuación, la muestra nos enseña una cuidada selección de piezas de la primera colección arqueológica rusa, conocida como Colección Siberiana de Pedro I, formada con piezas procedentes de las primeras excavaciones científicas sobre las tribus nómadas escitas. Estos pueblos dejaron en la zona sur de Siberia suntuosos kurganes (túmulos con cámara funeraria, desde el siglo VII a.C. al siglo III a.C.). La colección de orfebrería griega del museo ruso también está representada en la exposición. Las piezas proceden de adquisiciones, regalos personales y donaciones, además de hallazgos en las excavaciones de la costa septentrional del mar Negro.
El  Hermitage posee extraordinarios fondos del arte de Europa occidental de los siglos XIII al XX, y también están representados en el Prado. Podemos ver pintura holandesa y flamenca, barroco italiano y español. El Greco, Ribera, Tiziano, Velázquez, Rembrandt son algunos de los pintores que podemos ver en este ámbito.

Orfebrería oriental y europea

En otra sala se reúne una selección de piezas procedentes de las colecciones de joyas y valiosas rarezas de los zares. La fascinación por Oriente que surgió en la Rusia del siglo XVIII se refleja en las magníficas manufacturas chinas de los siglos XVII y XVIII. Cajas y arquetas, bandejas y horquillas fueron producidos en filigrana, a veces realzada con piedras y esmaltes. También se pueden admirar piezas de la colección de joyas indias del siglo XVII, probablemente única en el mundo.
Además, el  Hermitage conserva obras maestras de la orfebrería alemana. Catalina II propició la etapa de esplendor de la orfebrería en San Petersburgo, donde la corte imperial y la aristocracia encargaban refinados artículos de lujo: relojes, candelabros, ramos de flores, anillos. En el siglo XIX, la orfebrería rusa alcanzó su momento culminante con las creaciones que el taller de Carl Fabergé realizó en San Petersburgo, y del que se puede ver un ejemplo en la muestra del Prado.
La presencia de arte de los siglos XIX y XX en los fondos del Hermitage se deben a la nacionalización, durante la Revolución Rusa de 1917, de las grandes colecciones imperiales, aristocráticas y privadas de Rusia. Importantes ejemplo de Impresionismo, cubismo o del arte abstracto están también en las salas de los Jerónimos.
Colofón
La muestra se cierra con Cuadrado negro (1932), de Kazimir Malevich, uno de los cuadros que más controversia han provocado a lo largo de la historia del arte.
La exposición, organizada por el Museo del Prado, el State Hermitage Museum y Acción Cultural Española, patrocinada por la Fundación BBVA, es una ocasión única de ver fuera de su sede estas piezas excepsionales de la historia del arte. La muestra, que supone el broche final a la celebración del año Dual España-Rusia 2011, es la más importante que se haya visto de estas características fuera de Rusia.

El Hermitage en el Prado
Museo Nacional del Prado
Del 8 de noviembre al 25 de marzo
Fuente: http://www.revistadearte.com/

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La historia detrás del primer museo del mundo

En 1925, el arqueólogo Leonard Woolley descubrió una curiosa colección de objetos mientras excavaba un palacio de Babilonia. Eran cosas de muchos tiempos y lugares diferentes, y sin embargo, estaban organizadas de forma clara y hasta correctamente etiquetadas. Woolley había descubierto el primer museo del mundo.
 Es fácil olvidar que los pueblos antiguos también estudiaban la historia –los babilonios que vivieron hace 2,500 años eran capaces de mirar retrospectivamente en los milenios anteriores de la experiencia humana. Eso es en parte lo que hace extraordinario el Museo de la princesa Ennigaldi. Su colección contenía maravillas y objetos tan antiguos para a ella como la caída del Imperio Romano lo es para nosotros. Pero también es un símbolo sombrío de una civilización agonizante consumida por su vasta historia propia.

El arqueólogo
El Museo Ennigaldi fue sólo uno de los muchos hallazgos notables hechos por Leonard Woolley, generalmente considerado como entre los primeros arqueólogos modernos. Nacido en Londres en 1880, Woolley estudió en Oxford antes de convertirse en asistente de guardián en la escuela del Museo Ashmolean. Fue allí donde Arthur Evans –el renombrado arqueólogo que estudió la civilización minoica en la isla griega de Creta– decidió que Woolley sería de más utilidad en el campo, y por eso Evans lo envió a Roma para empezar a excavar ahí.
Aunque Woolley tenía un añejo interés en las excavaciones, contaba con poca capacitación formal en lo que respecta a hacerlo técnicamente bien. Lo dejaron a su suerte como autodidacta, y así encontró sus propias técnicas e interpretaciones que influyeron en futuros arqueólogos. Justo antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, él exploró la antigua ciudad hitita de Carquemis junto con su joven colega T.E. Lawrence, quien hizo a un lado su historial como arqueólogo para asumir un papel más famoso como… bueno, como Lawrence de Arabia.

Woolley (der.) y Lawrence de Arabia

 Pero fue el trabajo de Woolley en la antigua ciudad mesopotámica de Ur lo que realmente consolidó y proyectó su legado histórico. A partir de 1922, Woolley excavó una gran porción de una ciudad-Estado antigua que había durado miles de años, desde la antigua civilización sumeria del 3,000 a.C. hasta el imperio Neo-Babilónico de 500 antes de Cristo. Uno de sus mayores descubrimientos –que se puede considerar el equivalente de la tumba del rey Tut, pero sumerio– fue el de la tumba de Shubad, una mujer de gran importancia en Sumer en el siglo 27, cuya tumba había permanecido inalterada durante 4,600 años.
Se trata de algo que desde el final de la existencia de Ur nos interesa en este caso particular. Y para eso, también podríamos ir directamente a las palabras del propio Leonard Woolley.

El descubrimiento
En su libro Ur de los Caldeos, Woolley hace el recuento histórico de sus excavaciones en un complejo del palacio de Ur. Este palacio en particular data del final de la larga historia de la ciudad-Estado, justo antes de la absorción de sus territorios por el Imperio Persa y el abandono de la ciudad alrededor de 500 a.C. Esta fue la época del Imperio Neo-Babilónico y Babilonia, mientras que (como era de esperar) era la capital de este imperio, la antigua ciudad de Ur seguía siendo importante por su ubicación estratégica cerca del Golfo Pérsico, y como un legado de lo que alguna vez fue una gran potencia.
 Como el propio Woolley lo explica en su libro, él y su equipo estaban seguros de estar excavando el último período de Ur, por lo que los artefactos encontrados, en particular la cámara, tenían para ellos muy poco sentido:
De repente, los trabajadores sacaron un gran óvalo con tapa de piedra negra cuyos lados estaban cubiertos con inscripciones en relieve; era una piedra que marcaba una frontera y registraba la posición y el esbozo de una propiedad de tierras, con una indicación de la manera en que legalmente había llegado a las manos del propietario y una maldición terrible dirigida a todo aquel que intentase eliminar aquel hito histórico o dañar o destruir el registro.
Esta piedra perteneció al período Kassita de alrededor de 1400 a.C. Casi tocándola, al lado había  un fragmento de estatua, parte del brazo de una figura humana donde aparecía una inscripción, y el fragmento había sido cuidadosamente recortado para darle un buen aspecto y preservar la escritura, y el nombre de la estatua era Dungi, el rey de Ur en el año 2,058 antes de Cristo. Luego apareció un cono cuya base de arcilla representaba a un rey de Larsa de alrededor de 1700 a.C., luego unas pocas tablillas de arcilla de aproximadamente el mismo período, y una gran piedra votiva –cabeza de maza– sin inscripciones, pero que bien puede haber sido más antigua en unos quinientos años.
 ¿Qué íbamos a pensar? Ahí había una media docena de diversos objetos encontrados en un impecable piso del siglo VI a.C., sin embargo, el más nuevo tenía setecientos años más que el pavimento y los primeros tal vez dieciséis siglos.
En este solo cuarto, Woolley había descubierto por lo menos 1,500 años de historia, todos mezclados, un poco como si alguien al azar encontrara una estatua romana y un trozo de mampostería medieval mientras hace la limpieza de su clóset. Dejados a su suerte, estos objetos nunca se hubieran hallado de esta manera. Alguien había estado tocándolos –pero nadie podría adivinar hacía cuánto tiempo y con qué propósito se había realizado dicha manipulación.

Hallazgo en Tell Asmar (cortesía de Gerardo P. Taber)

El Museo
Pronto se dio cuenta Woolley de que en realidad podría ser un antiguo museo, el equivalente del siglo VI a.C. del tipo de instituciones patrocinadoras de sus exploraciones. En efecto, una evidencia clave era la manera en que los artefactos estaban ordenados y dispuestos –mientras que desde una perspectiva temporal estaban todos mezclados, el que había reunido todos esos objetos hizo el trabajo  con muchísimo esmero y atención.
Lo concluyente fue el descubrimiento de la más antigua cédula de museo jamás conocida en el mundo. En su libro, Woolley narra cómo  encontró cilindros de arcilla en la cámara, cada uno con texto escrito en tres idiomas diferentes, incluido el idioma del antiguo sumerio y el más moderno (para el período) en lengua semítica tardía. Él cita una de estas descripciones, junto con una irónica evaluación de lo que ahí se decía:
“Estos”, dijo, “son copias de ladrillos encontrados en las ruinas de Ur, obra del rey Bur-Sin de Ur, que mientras buscaba el plano original [del templo] el gobernador de Ur encontró, y yo vi y escribí para la maravilla de futuros espectadores. “
Por desgracia, el escriba no era tan sabio como quería parecer, pues sus copias están tan llenas de errores que las hacen casi ininteligibles, pero sin duda hizo lo mejor que pudo, y es cierto que nos dio la explicación que queríamos. El salón era un museo de antigüedades locales …y entre la colección se encontró ese tambor de barro, la primera cédula de museo conocida, elaborada cien años antes y mantenida junto con  –es de suponer– los ladrillos originales, como un registro de las primeras excavaciones científicas en Ur.
Claro, Woolley no pensó mucho en la atención a los detalles del escriba. Pero le bastó su humildad para aceptar que fue sorprendido y en este caso fácilmente reconoció que la arqueología de Ur había estado prosperando durante unos 2,500 años antes que él hubiese puesto los pies allí. Y, aún más notable es que el museo más antiguo se anticipó a los primeros museos modernos por unos dos milenios.
El rey y el curador
Entonces, ¿quién fue el responsable de esta antigua maravilla llena de maravillas aún más antiguas? Ese honor le corresponde a la princesa Ennigaldi, la hija del rey Nabonido, el último monarca del Imperio Neo-Babilónico. Como era tradicional entre las hijas de los reyes de Mesopotamia, sus funciones principales eran de naturaleza religiosa, como sacerdotisas de la Diosa-luna Nanna y como administradoras de una escuela de jóvenes sacerdotisas. Alrededor de 530 a.C. Ennigaldi creó su museo. El hecho se acerca peligrosamente a todo lo que sabemos sobre la mujer detrás del primer museo del mundo.
Sabemos de cierto que el museo fue construido con el apoyo y el aliento de su padre el rey, él mismo entusiasta anticuario y coleccionista de artefactos antiguos. Es difícil saber de dónde le vino el interés en el pasado histórico, pero podría tener algo que ver con la información que él da y donde se describe a sí mismo de origen humilde y dice que si se sentó en el trono fue porque había destronado a su predecesor. Sin una rica historia regia y sin real alcurnia, es posible que Nabonido haya encontrado un sustituto en la antigua ciudad de Ur.
A tal fin, el rey emprendió lo que sería la contribución más duradera a la arqueología histórica, y que fue la restauración del gran zigurat de Ur. Si bien no estamos 100% seguros de para qué servía esta estructura masiva, es posible conjeturar que ese y otros zigurats fueron un tipo de templos –sabemos  que el zigurat sumerio original se había derrumbado en el tiempo en que Nabónido reinaba, y por lo tanto decidió restaurarlo para devolverlo a su antiguo esplendor. El descubrimiento de los restos de este segundo zigurat en el siglo XIX sería clave para la identificación de este sitio como la antigua ciudad de Ur, y a su vez la realización de las excavaciones de Leonard Woolley en la década de 1920.

El mundo que se muere
Puesto que no contamos con registros directos de Nabonido o Ennigaldi, sólo podemos conjeturar por qué decidieron crear el museo en Ur. Empero, en sus 1927 recuentos de sus resultados, Excavaciones en Ur: La Neo-Babilonia y el período persa, Leonard Woolley sospecha que fue el resultado natural de una era obsesionada con su pasado.
Que debe haber una colección es del todo congruente con la devoción del anticuario y en especial del gobernante Nabonido, cuya hija puede ser asociada con este edificio. Que el museo sea relacionado con la escuela no debe sorprender a nadie. A menudo las escuelas fueron organizadas en los templos, y por lo menos algunas de las enseñanzas eran ilustradas con los testimonios materiales de la antigüedad. En las escuelas de Larsa nos encontramos con que las copias de antiguas inscripciones históricas existentes en la ciudad eran objetos normales de estudio.
Como es tal vez propio de una ciudad que llega al final de más de dos mil años de historia, la Ur del reinado de Nabonido se vio inundada por un sentimiento de nostalgia abrumadora expresado en la fascinación por los tiempos pasados. Eso no es sorprendente por completo –incluso la escuela para sacerdotisas de la princesa Ennigaldi ya tenía 800 años cuando ella asumió el cargo, por lo que es aproximadamente tan antigua como Oxford y Cambridge lo son para nosotros ahora. Ur se había convertido en un gran museo que conmemoraba tiempos muy remotos.
De hecho, Ur fue sólo el ejemplo más extremo de todo un imperio dominado por la nostalgia. El Imperio Neo-Babilónico lanzó una mirada retrospectiva muy consciente del pasado, ya que representaba el primer período de soberanía después de siglos de dominación por parte de sus vecinos del norte. Lo podemos ver en las inscripciones imperiales, que se remontan a las expresiones de por lo menos 1,500 años atrás, y que de pronto empezaron a aparecer en diversas partes, así como selecciones de textos en lengua sumeria, muerta hacía mucho tiempo. Incluso el sistema de escritura fue alterado para que pareciera que se había hecho miles de años antes.
En ese contexto, la invención del museo en el año 530 a.C. no parece particularmente nuevo o revolucionario. En cambio, parece la evidencia de una civilización consumida por su propia historia y con miedo a entrar en el futuro. En retrospectiva, tenían buenas razones para temer, tomando en cuenta que sus vecinos en el este de Persia pronto conquistarían el imperio y Ur sería abandonada, víctima de una grave sequía y los caprichos del río Éufrates.
Y aun con todo aquel estancamiento cultural, la princesa Ennigaldi y su padre tuvieron una brillante idea que permanece vigente 25 siglos más tarde.

Fuente: http://www.uk.io9.com
Traducción de Mariano Flores Castro

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