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El dragón y el unicornio

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Regreso a casa

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Con generalizado beneplácito y sonoros aplausos se ha recibido la noticia del regreso de Sergio Raúl Arroyo a la dirección general del Instituto Nacional de Antropología e Historia. Y el revuelo no es para menos, pues se trata de “alguien de casa”, poseedor de una sólida preparación académica, inquieto estudioso de la diversidad cultural internacional, dueño de un carácter nada dócil frente a ciertas frivolidades del poder y, por encima de todo, dispuesto a conciliar las modalidades de un liderazgo moderno con las legítimas aspiraciones de sus compañeros de trabajo en todos los niveles.
En el ambiente se perciben aires de renovación y bien ponderadas expectativas. Hasta ahí todo es promisorio, pero no faltan quienes alertan sobre el peligro de que México pudiera ser arrastrado por economías que basaron su pretendida infalibilidad en el dogma mágico-religioso de las leyes del mercado.
El patrimonio que estudia y difunde el INAH no puede someterse a una lógica enganchada a intereses marcadamente ajenos a nuestra identidad como nación. Con claridad lo ha dicho el propio etnólogo Arroyo: “…me parece que debemos ampliar nuestra visión de lo que es el mundo mexicano, no pensar exclusivamente en lo que está siendo redituable en el sentido turístico”.
Sergio Raúl regresa a casa tras un intervalo que para algunos observadores fue resultado de desacuerdos infranqueables que pusieron a prueba su insobornable espíritu crítico, su férrea integridad y templanza ejemplares. Por éstas y más razones, saludamos con genuino afecto al ser amigable y sencillo cuya seriedad en el ámbito laboral no se aviene con ninguna forma de autoritarismo, al eficaz funcionario que llega a su actual responsabilidad merced a un proyecto necesario, viable, y naturalmente benéfico para las presentes y futuras generaciones de ésta nuestra muy compleja urdimbre social, a la vez múltiple y única.

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La escritura Lineal B

por Héctor Ruiz

Uno de los desciframientos más espectaculares tras el gran hito de Champollion con los jeroglíficos egipcios fue probablemente el de la escritura lineal B. Esta historia reúne todos los ingredientes para escribir un emocionante relato de suspenso: unas ruinas de una civilización mitológica, una investigadora que murió cuando estaba a punto de obtener la clave del desciframiento, un joven arquitecto que también murió trágicamente poco después de lograr este hito, la carencia total de textos bilingües u otras ayudas para iniciar el desciframiento, y una gran dosis de intuición, perseverancia y rigor como principal método hacia el éxito. Entender las escrituras de la época de la gloriosa Troya y el ambicioso rey Agamenón era una recompensa que bien valía la pena.
“Lineal B” quizás no sea un nombre muy romántico para un tipo de escritura. Tampoco lo es el de su posible predecesora, la lineal A. Pero obviamente estos no serían los nombres que usarían para designarlas sus hablantes, los habitantes de la Grecia continental y la isla de Creta de las épocas minoica (3000-1600 a.C.) y micénica (1600-1100 a.C.).
La lineal B, concretamente, apareció hacia el 1600 a.C. como evolución de la lineal A, según coinciden muchos investigadores. De los 87 símbolos que la componen, 64 provendrían de la lineal A y el resto, 23, serían de creación propia. Se trata de una escritura silábica, donde cada símbolo representa dos sonidos, normalmente una consonante seguida de una vocal. También cuenta con algunos ideogramas que representaban palabras enteras muy utilizadas: hombre, mujer, oro, vaca, etc.

Muestra de la Lineal B

Un pasatiempo como cualquier otro
En 1936, un jovencito inglés de 14 años llamado Michael Ventris asistía entusiasmado a una conferencia del eminente arqueólogo Sir Arthur Evans, famoso por haber descubierto en 1900 en la isla de Creta la civilización que probablemente inspiró los mitos griegos del rey Minos y el laberinto del minotauro. Entre sus descubrimientos destacaba el palacio de Cnossos; precisamente sus laberínticos aposentos hicieron que lo identificara con el famoso palacio de Minos de las leyendas mitológicas y que bautizara todos los restos de aquella cultura como minoicos. Los hallazgos de Evans incluían una gran cantidad de tabletas de arcilla con unas extrañas inscripciones: por su antigüedad dedujo la existencia de dos tipos de escritura que denominó lineal A y lineal B (también encontró un tercer tipo de cariz jeroglífico). El arqueólogo confesó que hasta la fecha nadie había sido capaz de descifrarlas y esto fascinó al joven Ventris, muy aficionado a las lenguas clásicas. En aquel mismo momento, decidió que trataría de resolver el misterio. Y así, desde aquel mismo día, dedicó sus ratos libres a estudiar las herméticas escrituras que debían encerrar numerosas historias apasionantes sobre las raíces culturales de occidente.
En un principio, Ventris se dejó llevar comprensiblemente por las hipótesis de Arthur Evans, quien afirmaba autoritaria y rotundamente que la lengua de la cultura minoica no debía tener ninguna relación con el griego, pese a algunas pruebas que así lo sugerían. De esta manera, la primera intuición de Ventris fue que aquellas escrituras podrían tener alguna relación con el etrusco. A los 18 años publicaba su primer artículo siguiendo esta hipótesis. Pero pronto se dio cuenta de que cometía un error, y empezó a buscar otras lenguas clásicas que pudieran resultar afines.
Finalmente, en contra de la opinión de Evans y de la mayoría de los arqueólogos de la época, Ventris apostó por el griego: ¿podría ser que aquella escritura no hiciera otra cosa que esconder la lengua griega detrás de un sistema anterior a la invención del alfabeto griego clásico? Todos sus esfuerzos se dirigieron desde entonces en esa dirección. De hecho, en 1936 se habían encontrado más tabletas con inscripciones de lineal B en el mismo continente griego, cosa que contradecía las teorías de Evans, el cual creía que sólo sería utilizado en la isla de Creta, y hacía pensar en la posibilidad de que se tratara realmente de un protogriego.

El legado de una investigadora
En los Estados Unidos, una arqueóloga llamada Alice Kober había estado estudiando la lineal B al margen de las ideas autoritarias de Arthur Evans. Para tratar de descubrir la lógica escondida tras los símbolos, había construido tablas donde unía aquéllos que parecían tener una fuerte relación gramatical. Durante la tarea, había notado que un buen número de palabras tenían raíces y sufijos comunes. Esto la llevó a pensar que se trataba de una lengua con declinaciones, como el latín o el griego, con nombres que cambian su final según la función que hagan en la frase. Pero a veces encontraba símbolos en medio de las palabras que no parecían formar parte ni de la raíz ni del sufijo de las palabras. Dado que este efecto se observaba en otras lenguas conocidas, Kober pensó que probablemente se trataran de sílabas “puente”: sílabas cuyo inicio formaría parte de la raíz, y cuyo final, del sufijo. Así dedujo que la lineal B debía de ser una escritura silábica, cosa que parecía coherente con el hecho de que el número de caracteres no era lo suficiente pequeño como para ser fonética (un símbolo para cada sonido) ni lo suficiente grande como para ser logográfica (un símbolo para cada palabra). Cada carácter representaría, pues, una sílaba.
De este modo pudo determinar qué caracteres compartían los mismos sonidos iniciales y finales, y construyó una tabla ordenándolos. Por ejemplo, en aquellas palabras que tenían una misma raíz y diferentes caracteres puente, deducía que el primer sonido de la sílaba puente era el mismo. Las palabras, en cambio, que compartían el mismo sufijo, permitían conocer equivalencias del sonido final de diferentes caracteres puente. No obstante, no podía saber de qué sonidos concretos se trataba. Desgraciadamente, con la clave de todo el misterio casi en sus manos, Kober murió a causa de un cáncer en 1950, a los 43 años de edad. Sus trabajos servirían para que años después, un aficionado resolviera el rompecabezas que nadie había sido capaz de solucionar durante más de medio siglo.
Con los notables descubrimientos de Kober –y otros indicios que ya había establecido el mismo Arthur Evans, como que la lineal B contenía algunos ideogramas que representaban conceptos de forma explícita–, Ventris se puso a trabajar sin descanso. Si daba por buenas las hipótesis de Kober, hacía falta atribuir sonidos concretos a las sílabas que escondían aquellos caracteres.
Su intuición, esta vez muy acertada, fue la de pensar que algunas palabras debían de hacer referencia a topónimos, es decir, a nombres de ciudades, pueblos o accidentes geográficos.
Imaginó que las tabletas de arcilla encontradas en Creta debían de hacer referencia a lugares de aquella isla, y así empezó a comparar, de forma sistemática, minuciosa y paciente, una gran cantidad de palabras de la lineal B con los nombres griegos de varias ciudades de la isla.
Finalmente, el esfuerzo y la dedicación dieron sus frutos. Ventris encontró palabras que coincidían perfectamente con algunos topónimos y así acababa de descifrar los primeros caracteres de la hermética lineal B. La reacción en cadena entonces fue inevitable y Ventris demostró que, efectivamente, la lengua cifrada en aquella antigua escritura no era ni más ni menos que el griego.
El 1º de julio de 1952, en una entrevista para la radiodifusora BBC, Ventris daba a conocer al mundo sus descubrimientos. Unos días más tarde, John Chadwick, un gran especialista en lenguas clásicas, lo contrataba para completar aquel maravilloso hito.
Por desgracia, Ventris no pudo disfrutar demasiado tiempo de su éxito: en septiembre de 1956 sufría un accidente de coche y moría en el acto.
¿Pero qué decían las tabletas de arcilla?
Una vez traducidas, las tabletas revelaron un montón de información cotidiana: inventarios agrícolas, información burocrática, transacciones comerciales, movimientos militares, etc. Así, proporcionando información sobre el día a día de la vida de los antiguos griegos de la época micénica, no permitió conocer mejor su cultura y sociedad.
Pero la gran aportación de aquellas traducciones, que demostraban que la lengua que codificaba la lineal B era un griego arcaico, subyace en el hecho que se demostraba que los micénicos no eran invasores del norte, sino antecesores de los griegos; y que la lengua griega tiene una antigüedad de 3,600 años, constituyendo una de las lenguas vivas más antiguas de la humanidad.

Fuente: http://www.portaleureka.com/

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Todos los cielos, el cielo

  Fernando Bogado entrevista a Adolfo Colombres

¿Cómo han imaginado el más allá y la vida después de la vida las diferentes culturas a lo largo de la historia de la humanidad? ¿Cuántos paraísos hubo y habrá en la historia del hombre? En Imaginarios del Paraíso, el antropólogo y escritor Adolfo Colombres buscó las respuestas en documentos, imágenes, paisajes y bibliotecas. Apoyado en la literatura y lejos de un tono académico, ofrece una visita guiada por todos los cielos que hay más allá del cielo cristiano, del Hades griego al trasmundo bélico escandinavo, de los exuberantes edenes orientales al sexual paraíso guaraní, y también las ciudades utópicas que el hombre todavía sigue buscando en esta vida.

Morir es un privilegio de la humanidad. Al menos, así lo han entendido diversos teólogos o filósofos a lo largo de su historia (y no sólo pensamos aquí en el afamado ser-para-la-muerte de Heidegger). Sobre esta idea de la muerte, de su conciencia a lo largo de la vida, los antropólogos e historiadores también ubican la presencia de un fuerte imaginario que va a permitir distinguir los antecedentes evolutivos previos al hombre del hombre propiamente dicho: la idea humana, demasiado humana, de que con una vida no alcanza, de que hay algo más, un trasmundo, una sobrevida, una existencia, como mínimo, un poco menos cruel que la experimentada de este lado de la tumba. Junto al homenaje a los muertos, entonces, aparece la idea del Paraíso, lugar que tiene diferentes nombres para cada una de las culturas, que ofrece diversos placeres –o, incluso, males–, pero que puede considerarse como otra característica privativa de la humanidad (y, al menos, un poco más simpática que la anterior). Adolfo Colombres, escritor y antropólogo argentino, autor tanto de novelas como de diversas obras concentradas en investigaciones lingüísticas, literarias y, en rasgos generales, simbólicas, acaba de publicar Imaginarios del Paraíso: ensayos de interpretación, texto que se ocupa de revisar las diferentes construcciones paradisíacas de varias comunidades –desde los cristianos a los bantúes, de los incas a los guaraníes– en un libro accesible a lectores tanto especializados como no (digamos: sin farragosas notas al pie ni multitud de nombres propios como referencia).

En Imaginarios del Paraíso, la primera gran oposición que se señala es la que se hace entre lo sagrado y lo humano. ¿Cómo relaciona este primer gran corte con la construcción de los diversos imaginarios escatológicos?

–Para mí el sentido de lo sagrado pasa por la afirmación y significación plena de la vida terrenal, no por su negación, y algunas religiones –sobre todo, la cristiana– se han comportado como depredadoras de esta dimensión, al separar lo humano de lo sagrado. Veo a lo sagrado como la mayor creación de lo humano, una zona donde se concentran los significados más profundos de las culturas y las personas. Una zona antropológica y filosófica, saturada de ser, creada por los hombres y no por los dioses. Lo que las culturas sueñan para después de la muerte refleja su grandeza y miseria, como una prueba de fuego.

El libro tiene una forma que se aleja del análisis duro para aprovecharse de la plasticidad del ensayo y ofrecer una prosa onírica y literaria. ¿Por qué recurrir a este estilo nada academicista?

–Como en esencia me siento sólo un escritor, o más en concreto un narrador, quise hacer un libro no académico, que se pudiera leer como un texto literario, o como ensayos de interpretación de las múltiples concepciones del paraíso que abordo. Quiero decir con ello que alguien puede dar otra interpretación, desde un lado diferente. Diría que desde la adolescencia empezaron a fascinarme los temas del tiempo, la eternidad, y el paraíso, y que sigo con ellos, pues estoy escribiendo una novela que se llama justamente La eternidad y empezando a trabajar en un ensayo que titularé La poética de lo sagrado, entendiendo que se trata de algo fundamental para recuperar y potenciar los sentidos del mundo en esta era del vacío. En cuanto a la investigación y escritura, debió consumirme más de tres años, aunque siempre trabajo los ensayos en forma paralela a una novela. Esta representa para mí el placer de la escritura, y el ensayo el deber de la escritura. Aunque confieso que este libro, por tener bastante de literario, me entusiasmó. No hubiera podido escribirlo sin haberme sumergido en la Biblioteca Nacional de Francia y otras importantes bibliotecas de París, donde abundan materiales sobre África y Asia, aquí escasos.

¿Qué entiende por “imaginario”?

–Aquí, como en otros de mis libros, trato de no enredarme con las escuelas antropológicas ni filosóficas europeas, sino de tomar de ellas sólo aspectos que me interesan, y a menudo para invertirlos o resemantizarlos, como parte de una tarea de descolonizar el saber. La experiencia europea tiene poco de universal, pero universalizó sus gestas, valores y puntos de vista mediante el colonialismo, sin molestarse en confrontar sus teorías con las de otras culturas. Lo que me interesa es la línea de la antropología simbólica, desarrollada en Francia primero por Marcel Griaule, Michel Leiris y Genéviève Calame-Griaule, la hija de Marcel. También por Gaston Bachelard, en quien se apoya Gilbert Durand para fundar la Escuela del Imaginario. Si bien ésta reivindica por un lado el pensamiento simbólico, menospreciado por Parménides, Platón y casi toda la filosofía griega, en su empeño de defenderlo ante el frío racionalismo de la Sorbona apela a estructuras y mecanismos racionales que contradicen su intención. Por lo tanto, no me inscribo tampoco en esa escuela. Para mí el imaginario es todo lo que alberga la mente humana y que se pone diariamente en escena. Algo que arranca de los mitos y alcanza en sus vasos capilares las pequeñas costumbres que repetimos sin cesar. Este magma está formado por imágenes y relatos con cierta coherencia, pues no se privilegia el elemento aislado, sino el que se integra en un sistema complejo y está tocado por el aura de lo maravilloso o de lo mágico. No olvidemos que el mito, al igual que la religión y el arte, nos enseñan a maravillarnos del mundo, hasta el punto de que podríamos definir a la cultura como el arte de complicar la vida, de dificultar lo que la naturaleza presenta como fácil.

¿Cómo trabajó la oposición entre el cielo ascético del cristianismo y la idea de un trasmundo repleto de criaturas y actividades de los pueblos indígenas americanos?
–Grecia tuvo una concepción sensual de la vida en el más allá, como lo demuestran las pinturas de las tumbas, al igual que los etruscos. Los romanos heredaron de los griegos el gusto por los jardines y los placeres, pero su arte se puso al servicio del poder, y luego del Concilio de Efeso, en el año 431, el cristianismo lo irá despojando de toda huella de paganismo para aceitar la maquinaria guerrera que precisaba su proceso de asimilación forzosa. En el V Congreso Mundial de Cultura, que se hizo en La Habana, acusé a lo que llamo el Imperio Romano-Cristiano de haber sido el mayor destructor de la diversidad cultural que hubo en la historia humana, al establecer un modelo que aún hoy sigue depredando los universos simbólicos diferentes, con un salvacionismo patético que se siente el único poseedor de la Verdad, y que sólo habla de renuncias, de ascetismo. El pensamiento europeo, e incluso el marxismo, están teñidos por esta ascesis redentorista. Los mitos americanos, por otro lado, dejan bien en claro que en el cielo no hay nada que valga la pena. Son mitologías que se basan en la horizontalidad fraternal, no en la valoración de la dimensión vertical del espacio. Los dioses viven por lo general en el monte y en los cerros, y las coreografías de sus danzas no muestran deseo alguno de elevación, sino la pose de quien pisa la tierra con firmeza.

En el libro aparecen varios nombres de escritores: Dante, Melville, Conrad, Stevenson, Darcy Ribeiro… ¿Qué relación establece entre la literatura y el Paraíso, entre el arte y lo escatológico?

–La literatura y el arte, en cuanto fundadores de sentido, navegan en la zona sagrada, donde se concentran los significados, y no pueden dejar allí de encontrarse con esta dimensión escatológica, donde reside el último sentido, el deseo de eternizar algo de nosotros o ciertos valores. Es decir, alguna forma de inmortalidad. Desde un punto de vista más universal, lo verdaderamente trágico no es la muerte de un héroe, sino el final del mundo que lo hizo y por el que luchó, y que dio sentido a su existencia y formato a su heroísmo. Quizás el solo hecho de escribir, de pintar, de componer música, no sea más que una apelación a la inmortalidad, no tanto para que nos recuerden cuando ya seamos ceniza, sino para dejar las huellas de lo que amamos y defendemos hoy a quienes vendrán después. Lo que importa a la postre son las imágenes con que nos vamos, las que dejamos. Pero un imaginario no se hace con cualquier imagen, como las que abundan en la televisión, sino con esas que pueden resumir toda una vida, dar cuenta de un mundo particular. Y que bastan para evocarlo. Parado a orillas del Paraná, frente a una pequeña isla, Rafael Alberti decía que la eternidad bien pudiera ser tan sólo un río (ese río), un caballo solitario (el que pastaba en esa isla) y el zureo de una paloma perdida (que escuchaba en ese momento). No hace falta mucho para entrever las luces del Paraíso. La luz, por suerte, aún no ha sido depredada, aunque no sea de todos o para todos.
Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-4656-2012-05-06.html

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Una nueva humanidad

En 2001, se hizo en Chiapas el Foro Social Mundial, que apuntó a una “nueva civilización humana”. Pero ahí el concepto estuvo mal apuntado. Lo que se quiso decir es una “nueva humanidad”, que resultaría del diálogo entre distintas civilizaciones. La pregunta que deberíamos hacer es cómo entramos en eso, si como una civilización o como un furgón de cola de Occidente. En este proceso, desde fines del siglo pasado comenzó a cobrar importancia el mundo indígena, que antes era concebido como el pasado, como la referencia inmóvil de una tradición que no se la veía cambiante sino congelada, frente a la que uno podía medir los avances de la modernidad de cuño Occidental. En gran medida fuimos más modernizados que constructores de nuestra modernidad, desde las propias bases. Poco después del levantamiento de Chiapas, vinieron todos los movimientos anticapitalistas en Seattle, Praga y Washington. Y esos foros se siguen dando, por ejemplo en Bolivia y Ecuador. Existe, entonces, lo que podríamos llamar una madurez de la especie humana. En este momento, América latina es lo más avanzado del mundo y una muestra de ello es el nuevo documento que sacó Evo Morales, llamado Los diez mandamientos para salvar al planeta, la humanidad y la vida. En él no se habla ni de los indígenas ni de América latina, sino del mundo entero. Es un documento que se basa en la filosofía india, por un lado, y en las estadísticas de las Naciones Unidas. No es un texto político porque su fin es apelar a la conciencia humana desde una base civilizatoria, que es americana, para que se dejen de joder con las guerras y pongan esos recursos para solucionar los problemas de hambre y salud.

Adolfo Colombres

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/

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Forum Social Temático

Datos precisos (en portugués).

Vínculo con toda la información

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Etnia Naxi, China. Los amantes de la luna y las estrellas.

Etnia Naxi China

Muchacha naxi, sudoeste de China

Este grupo, de la rama yi de la familia de lenguas tibeto-birmanas, habita en su mayoría en el distrito autónomo de la etnia naxi de Lijiang y los distritos autónomos de la etnia yi de Weixi y Ninglang, provincia de Yunnan, que son altiplanicies ubicadas a más de 2,600 metros sobre el nivel del mar.
Muchos siglos atrás, sus antepasados, conocidos como yuexiqiangs, una rama de los qiangs antiguos que vivían en la zona de Hehuang, provincia de Qinghai, bajaron al sur hasta lo que es hoy el distrito de Yanyuan, provincia de Sichuan, donde recibieron el nombre de “moshayis”. Hacia el siglo VIII, bajaron de nuevo hasta los ríos Jinsha y Yalong, en el norte de la provincia de Yunnan, para asentarse en el distrito de Lijiang. Más tarde, al fusionarse con los aborígenes, prosperaron y se convirtieron en la etnia naxi de hoy, uno de los 56 grupos étnicos de China.
Los naxis tienen otro nombre hermoso: “Amantes de la luna y las estrellas”.
Hasta hace poco, los pueblos naxi vivían en familias matriarcales donde el poder de la mujer predominaba sobre el del hombre y existían acuerdos flexibles para los asuntos amorosos. Como cabezas de familia, eran la principal fuerza de trabajo. El sistema del “azhu” (amigo) permitía a una pareja ser amantes sin establecer una residencia junta, cada uno permanecía viviendo en sus respectivos hogares y cualquier hijo nacido de la pareja pertenecía a la mujer que sería la responsable de criarlo, los niños vivían con sus madres sin ningún tipo de esfuerzo por reconocer la paternidad. Las mujeres heredaban todas las propiedades y las disputas eran juzgadas por las mujeres más ancianas.

Fuente: http://tetintao.wordpress.com

Etnias en China: 56

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agosto 1, 2012 · 10:47 PM