La escritura Lineal B

por Héctor Ruiz

Uno de los desciframientos más espectaculares tras el gran hito de Champollion con los jeroglíficos egipcios fue probablemente el de la escritura lineal B. Esta historia reúne todos los ingredientes para escribir un emocionante relato de suspenso: unas ruinas de una civilización mitológica, una investigadora que murió cuando estaba a punto de obtener la clave del desciframiento, un joven arquitecto que también murió trágicamente poco después de lograr este hito, la carencia total de textos bilingües u otras ayudas para iniciar el desciframiento, y una gran dosis de intuición, perseverancia y rigor como principal método hacia el éxito. Entender las escrituras de la época de la gloriosa Troya y el ambicioso rey Agamenón era una recompensa que bien valía la pena.
“Lineal B” quizás no sea un nombre muy romántico para un tipo de escritura. Tampoco lo es el de su posible predecesora, la lineal A. Pero obviamente estos no serían los nombres que usarían para designarlas sus hablantes, los habitantes de la Grecia continental y la isla de Creta de las épocas minoica (3000-1600 a.C.) y micénica (1600-1100 a.C.).
La lineal B, concretamente, apareció hacia el 1600 a.C. como evolución de la lineal A, según coinciden muchos investigadores. De los 87 símbolos que la componen, 64 provendrían de la lineal A y el resto, 23, serían de creación propia. Se trata de una escritura silábica, donde cada símbolo representa dos sonidos, normalmente una consonante seguida de una vocal. También cuenta con algunos ideogramas que representaban palabras enteras muy utilizadas: hombre, mujer, oro, vaca, etc.

Muestra de la Lineal B

Un pasatiempo como cualquier otro
En 1936, un jovencito inglés de 14 años llamado Michael Ventris asistía entusiasmado a una conferencia del eminente arqueólogo Sir Arthur Evans, famoso por haber descubierto en 1900 en la isla de Creta la civilización que probablemente inspiró los mitos griegos del rey Minos y el laberinto del minotauro. Entre sus descubrimientos destacaba el palacio de Cnossos; precisamente sus laberínticos aposentos hicieron que lo identificara con el famoso palacio de Minos de las leyendas mitológicas y que bautizara todos los restos de aquella cultura como minoicos. Los hallazgos de Evans incluían una gran cantidad de tabletas de arcilla con unas extrañas inscripciones: por su antigüedad dedujo la existencia de dos tipos de escritura que denominó lineal A y lineal B (también encontró un tercer tipo de cariz jeroglífico). El arqueólogo confesó que hasta la fecha nadie había sido capaz de descifrarlas y esto fascinó al joven Ventris, muy aficionado a las lenguas clásicas. En aquel mismo momento, decidió que trataría de resolver el misterio. Y así, desde aquel mismo día, dedicó sus ratos libres a estudiar las herméticas escrituras que debían encerrar numerosas historias apasionantes sobre las raíces culturales de occidente.
En un principio, Ventris se dejó llevar comprensiblemente por las hipótesis de Arthur Evans, quien afirmaba autoritaria y rotundamente que la lengua de la cultura minoica no debía tener ninguna relación con el griego, pese a algunas pruebas que así lo sugerían. De esta manera, la primera intuición de Ventris fue que aquellas escrituras podrían tener alguna relación con el etrusco. A los 18 años publicaba su primer artículo siguiendo esta hipótesis. Pero pronto se dio cuenta de que cometía un error, y empezó a buscar otras lenguas clásicas que pudieran resultar afines.
Finalmente, en contra de la opinión de Evans y de la mayoría de los arqueólogos de la época, Ventris apostó por el griego: ¿podría ser que aquella escritura no hiciera otra cosa que esconder la lengua griega detrás de un sistema anterior a la invención del alfabeto griego clásico? Todos sus esfuerzos se dirigieron desde entonces en esa dirección. De hecho, en 1936 se habían encontrado más tabletas con inscripciones de lineal B en el mismo continente griego, cosa que contradecía las teorías de Evans, el cual creía que sólo sería utilizado en la isla de Creta, y hacía pensar en la posibilidad de que se tratara realmente de un protogriego.

El legado de una investigadora
En los Estados Unidos, una arqueóloga llamada Alice Kober había estado estudiando la lineal B al margen de las ideas autoritarias de Arthur Evans. Para tratar de descubrir la lógica escondida tras los símbolos, había construido tablas donde unía aquéllos que parecían tener una fuerte relación gramatical. Durante la tarea, había notado que un buen número de palabras tenían raíces y sufijos comunes. Esto la llevó a pensar que se trataba de una lengua con declinaciones, como el latín o el griego, con nombres que cambian su final según la función que hagan en la frase. Pero a veces encontraba símbolos en medio de las palabras que no parecían formar parte ni de la raíz ni del sufijo de las palabras. Dado que este efecto se observaba en otras lenguas conocidas, Kober pensó que probablemente se trataran de sílabas “puente”: sílabas cuyo inicio formaría parte de la raíz, y cuyo final, del sufijo. Así dedujo que la lineal B debía de ser una escritura silábica, cosa que parecía coherente con el hecho de que el número de caracteres no era lo suficiente pequeño como para ser fonética (un símbolo para cada sonido) ni lo suficiente grande como para ser logográfica (un símbolo para cada palabra). Cada carácter representaría, pues, una sílaba.
De este modo pudo determinar qué caracteres compartían los mismos sonidos iniciales y finales, y construyó una tabla ordenándolos. Por ejemplo, en aquellas palabras que tenían una misma raíz y diferentes caracteres puente, deducía que el primer sonido de la sílaba puente era el mismo. Las palabras, en cambio, que compartían el mismo sufijo, permitían conocer equivalencias del sonido final de diferentes caracteres puente. No obstante, no podía saber de qué sonidos concretos se trataba. Desgraciadamente, con la clave de todo el misterio casi en sus manos, Kober murió a causa de un cáncer en 1950, a los 43 años de edad. Sus trabajos servirían para que años después, un aficionado resolviera el rompecabezas que nadie había sido capaz de solucionar durante más de medio siglo.
Con los notables descubrimientos de Kober –y otros indicios que ya había establecido el mismo Arthur Evans, como que la lineal B contenía algunos ideogramas que representaban conceptos de forma explícita–, Ventris se puso a trabajar sin descanso. Si daba por buenas las hipótesis de Kober, hacía falta atribuir sonidos concretos a las sílabas que escondían aquellos caracteres.
Su intuición, esta vez muy acertada, fue la de pensar que algunas palabras debían de hacer referencia a topónimos, es decir, a nombres de ciudades, pueblos o accidentes geográficos.
Imaginó que las tabletas de arcilla encontradas en Creta debían de hacer referencia a lugares de aquella isla, y así empezó a comparar, de forma sistemática, minuciosa y paciente, una gran cantidad de palabras de la lineal B con los nombres griegos de varias ciudades de la isla.
Finalmente, el esfuerzo y la dedicación dieron sus frutos. Ventris encontró palabras que coincidían perfectamente con algunos topónimos y así acababa de descifrar los primeros caracteres de la hermética lineal B. La reacción en cadena entonces fue inevitable y Ventris demostró que, efectivamente, la lengua cifrada en aquella antigua escritura no era ni más ni menos que el griego.
El 1º de julio de 1952, en una entrevista para la radiodifusora BBC, Ventris daba a conocer al mundo sus descubrimientos. Unos días más tarde, John Chadwick, un gran especialista en lenguas clásicas, lo contrataba para completar aquel maravilloso hito.
Por desgracia, Ventris no pudo disfrutar demasiado tiempo de su éxito: en septiembre de 1956 sufría un accidente de coche y moría en el acto.
¿Pero qué decían las tabletas de arcilla?
Una vez traducidas, las tabletas revelaron un montón de información cotidiana: inventarios agrícolas, información burocrática, transacciones comerciales, movimientos militares, etc. Así, proporcionando información sobre el día a día de la vida de los antiguos griegos de la época micénica, no permitió conocer mejor su cultura y sociedad.
Pero la gran aportación de aquellas traducciones, que demostraban que la lengua que codificaba la lineal B era un griego arcaico, subyace en el hecho que se demostraba que los micénicos no eran invasores del norte, sino antecesores de los griegos; y que la lengua griega tiene una antigüedad de 3,600 años, constituyendo una de las lenguas vivas más antiguas de la humanidad.

Fuente: http://www.portaleureka.com/

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Archivado bajo Antropología, Arqueología, Cultura, Tecnología y cultura

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