Wirikuta, el derecho a lo sagrado

Palabras del Antrop. Leonel Durán Solís
en el Foro “Wirikuta, el derecho a lo sagrado”,
el 18 de abril de 2012 en la sede
del Senado de la República, México, D.F.

Me honra participar en el foro “WIRIKUTA, EL DERECHO A LO SAGRADO”. Saludo en primer lugar a los representantes del Consejo Regional Wixarica por la Defensa de Wirikuta y a los representantes de las autoridades tradicionales del pueblo Wixarica. Hago extensivo este saludo amistoso al reconocido luchador social don Pablo Gómez, así como a las personas que colaboran en la organización y buen desarrollo de este importante evento, entre ellos el señor Iván Guzmán.
Quiero expresar algunos puntos de vista en un recinto que lleva el nombre de un poeta que se distinguió por su universalismo y profundo interés en la diversidad cultural del género humano. Y al invocar a Octavio Paz, creo que nos acompaña su visión desprejuiciada y abierta a las aportaciones de culturas lejanas pero no ajenas a quienes conocemos que dicha diversidad permea todo el pensamiento contemporáneo sobre la Otredad. Como escribió el gran periodista y escritor Riszard Kapuscinski para referirse a una doctrina de desigualdades:
    “Los mitos y las leyendas de muchos pueblos y tribus resuman la convicción de que sólo nosotros, los miembros de nuestro clan, de nuestra comunidad, somos seres humanos; todos los demás son, con mucho, infrahombres o cualquier otra cosa menos personas.”
[…] “No pasemos por alto el hecho de que, por lo general, la noción del otro se ha definido desde el punto de vista del blanco, del europeo”. Y así ha sido  históricamente. Tuvieron que pasar 500 años para que se formularan otras tesis como la del antropólogo Malinowski, según la cual […] “no existen culturas superiores e inferiores, sólo culturas diferentes”, tesis central de la antropología contemporánea.
    La otredad, el encuentro con el Otro, sí, ¿pero quién es el Otro? El nosotros es lo que nos identifica, lo que nos une como mexicanos, sin diferencias étnicas ni religiosas. Ahora bien, para ese nosotros los Otros han sido a menudo los estadounidenses. Pero, internamente no es raro encontrar que los otros son los grupos étnicos. ¿Por qué? Porque, como ha señalado Pablo González Casanova, existe el colonialismo interno a que son sujetos en aras de una economía ciega ante los valores materiales e intangibles de las culturas que con frecuencia son subyugadas por las empresas voraces y expoliadoras.
    Reconozco que los objetivos de este foro están claramente trazados y abordan con acuciosidad los temas por demás tratados como argumentos contra los designios de las empresas mineras y agroindustriales que atentan contra su cultura y centro sagrado de Wirikuta.
    ¿Cómo abordar desde la antropología el tema para el que hemos sido convocados? En este sentido es importante tener claridad en los conceptos que empleemos para ese propósito: cultura, diversidad cultural, patrimonio y política cultural.
    A lo largo de muchos años la noción de cultura se ha ampliado, y de categoría básica e instrumental de la antropología ha salido de los ámbitos académicos para extenderse a las sociedades mismas y a muchas de sus organizaciones. Se ha ampliado al punto que en la actualidad engloba a la noción de bellas artes, y más aún, ha ido desplazando al concepto de civilización. También, de muy diversas maneras, muestra su relación con el desarrollo social, el desarrollo económico y la democracia, y es un instrumento riguroso en el orden jurídico para la cooperación entre los pueblos y las naciones.
    Cada cultura es producto de desarrollos biológicos comunes a todo ser humano, que también es consecuencia de un conjunto de elementos: la espiritualidad, el arte, sistemas de pensamiento complejos, habilidades manuales, asentamientos, tecnologías para el dominio de la naturaleza y para la comunicación entre semejantes y “diferentes”, mitos y religiones, ritos funerarios y costumbres locales, ideologías, mentalidades, modos de producción e intercambio, pautas de socialización, mantenimiento de las memorias ancestrales, etc.
    La idea es que la diversidad cultural sea entendida como un valor, como un fenómeno deslumbrante, maravilloso y fascinante del género humano; un fenómeno digno de ser explorado, documentado, disfrutado.     
    Y como bien se señala en el libro Nuestra diversidad creativa, documento elaborado por la Comisión Mundial de Cultura y Desarrollo de la UNESCO (1997):

“Un país no se identifica necesariamente con una sola cultura. Muchos países, tal vez la mayoría, son multiculturales, multinacionales y multiétnicos, y cuentan con una multiplicidad de lenguas, religiones y estilos de vida. […] Los gobiernos no pueden determinar la cultura de un pueblo; en realidad, ellos están parcialmente determinados por la cultura. Lo que sí pueden hacer es influir positiva o negativamente sobre ella y, de esta manera, marcar las pautas del desarrollo.”

    El diálogo actual entre las culturas del mundo se aborda desde la comunidad local hasta la complejidad de las relaciones interregionales y la nacional, sobre la base de los universales de toda cultura. Por ejemplo, entre otros:
•    Valores de la palabra: es decir, de los lenguajes: idiomas, escrituras, los lenguajes simbólicos y estéticos de las artes y las literaturas.
•    Valores de la  memoria: el pensamiento histórico de toda persona y grupo humano, la historia de las civilizaciones de la antigüedad y de diversas culturas del mundo.
•    Valores de los conocimientos acumulados a lo largo de la historia de la humanidad, de las ciencias antiguas, las contemporáneas, las tecnologías y los valores de los conocimientos tradicionales.
•    Valores de los espacios culturales: geográficos, sociales, políticos, simbólicos y religiosos.
•    Valores de la diversidad cultural y de la biodiversidad.
•    Valores de las identidades sociales, las organizaciones sociales y políticas, de las relaciones interculturales en una perspectiva internacional.
•    Las relaciones de intercambios interculturales y otros.
    La base principal de reproducción de las culturas se da en un territorio heredado cuya biodiversidad hace posible la existencia de la cultura. El análisis del patrimonio cultural se puede hacer desde varios enfoques o perspectivas: el derecho y la legislación (nacional e internacional), las disciplinas de investigaciones especializadas, lo que es una muestra de su complejidad. Pero es la sociedad misma, a través de las clases sociales y el Estado, la que otorga los significados diferentes al patrimonio, y que varían de acuerdo a los contextos culturales específicos y épocas determinadas.
    El estudio del patrimonio tiene, por lo tanto, como parámetros necesarios la historia, la cultura, la sociedad, el Estado, los bienes que constituyen o pueden constituirse en patrimonio cultural y natural, reconocidos jurídica, social y políticamente, pues ellos son los datos o referentes necesarios que delimitan el campo de la acción cultural emanada de la sociedad misma en la que intervienen actores diversos: instituciones públicas, universidades, organizaciones sociales, etc. Este campo es el escenario donde se lleva a cabo toda política cultural, a la que la UNESCO define como “la manera en que se reconoce y favorece, mediante un conjunto de medidas, la organización y el desarrollo económico y social, el movimiento creador de cada miembro de la sociedad y de la sociedad entera”.
    De ello se deduce que la política cultural es asunto de todos, de cada individuo, y de cada grupo.
    Esta definición se relaciona con el derecho de todo ser humano a la cultura como fundamento de la vida en sociedad, de la democracia política y económica, y, asimismo, con los problemas de la identidad cultural de individuos, grupos o comunidades: la defensa de sus tradiciones, historia, valores morales, espirituales y étnicos, sin que esto signifique inmovilismo, ni negar el movimiento de los cambios. En este sentido, la política cultural es consecuencia de procesos sociales dinámicos y de la interacción de instituciones, grupos y pueblos. De aquí que toda política cultural deba desarrollarse con base en proyectos construidos socialmente a partir de los cuales se desprendan y ordenen las acciones de diversa índole, porque su realización necesita del compromiso del mayor número posible de miembros de la sociedad.
    Por ello se enfatiza que existe una relación necesaria entre la cultura, la política cultural, el patrimonio y la democracia, tal como se afirma en la Declaración de México, suscrita en 1982 en la Conferencia Mundial sobre las Políticas Culturales de la UNESCO: “La preservación y el aprecio del patrimonio cultural permite entonces a los pueblos defender su soberanía y, por consiguiente, afirmar y promover su identidad cultural”.
    Este acuerdo internacional sirve de marco de referencia para reflexionar sobre las políticas públicas en materia del patrimonio natural y cultural: una política que se sustenta en la recuperación del pasado, la valoración de su importancia en el presente y los proyectos para el futuro, que reconozca los valores creados, el idioma de cada grupo étnico, que recuperen los valores de su memoria histórica, asuma la dimensión cultural de la naturaleza y su biodiversidad; estime y resguarde los bienes patrimoniales heredados y los construidos en el presente, tanto en la cultura material como en la espiritual.

Valorar la cultura wixarica

La cultura de los wixarica es como la de todos los grupos humanos y a la vez única porque constituye un universo en sí misma. Está integrada por todos los wixarica: cada hombre, mujer, el niño y la niña y sus familias, por un territorio, su patrimonio natural y su patrimonio intangible. A partir de lo cual han construido una identidad con historia inmemorial y en su diálogo constante con el cosmos, el mundo material y el espiritual, con un idioma bello y eficaz para nombrar, adquirir y acumular conocimientos y su religión, que incluye un corpus de cantos, danzas, música, rituales, ceremonias que a menudo hallan su expresión en creaciones estéticas de gran valor universal.                 Todo ello conforma una parte sustantiva de su identidad, que no se opone a la integridad nacional, sino que la enriquece. La defensa de dicha identidad y su expresión patrimonial es un imperativo ético inseparable del respeto de la dignidad de la persona humana, que está en correspondencia con la Declaración Universal de los Derechos Humanos y la necesidad de respetarlos.
    Es necesario apoyar la inscripción de la cultura Wixarica en la Convención sobre el Patrimonio Cultural y Natural de la UNESCO. Sí, efectivamente. Pero en mi opinión, el centro de este problema es que se vincula al de la soberanía nacional frente a las compañías depredadoras extranjeras que tienen un comportamiento de orden internacional, puesto que su centro está en los capitales financieros que las apoyan. También es un problema de democracia porque sólo en la medida en que esa democracia sea una práctica real de relaciones entre los mexicanos, del Estado y sus instituciones todas, se podrán ampliar los espacios de participación, para escuchar las demandas y, en conjunto, construir las modalidades jurídicas –formales e informales–, más todas aquellas actividades que es necesario tener en cuenta para que este patrimonio sea protegido, no como una medida de conservación en una vitrina, sino como un patrimonio único por sus características naturales y ecológicas, que merece ser conservado y no devastado en aras de la avidez económica. Al mismo tiempo, frente a esas corporaciones sería necesario ampliar el conocimiento de la sociedad de y por los mexicanos. Pero éste es un problema de largo plazo en cuya solución tiene que existir un proyecto compartido a diferentes niveles, lo que podríamos llamar un proyecto de política nacional y de la democracia. Esto requiere un tratamiento multifactorial: en diferentes órdenes: ecología, biodiversidad, trabajo, empleo, y desarrollo, partidos políticos, organizaciones sociales, etc., wixarika o no. Se debe ver como un proyecto histórico, es decir de largo plazo, que parta del nivel de la educación para que todas las generaciones conozcan la situación concreta, en este caso la de los wixárika, la importancia de su entorno ecológico y por qué es un sitio sagrado. Sabemos que los sitios sagrados existen en todas las culturas y en todas las naciones del mundo entero y deben valorarse y respetarse.
No basta, por tanto, con inscribir la cultura wixarica y a wirikuta en un nuevo acuerdo internacional. No basta que se enuncie en el ámbito legislativo esta iniciativa, por necesaria que ésta sea. Para realmente alcanzar el objetivo de que el “territorio sagrado de wirikuta sea respetado y efectivamente reconocido, hay que anteponer los valores de la cultura a los valores del dinero y la rapacidad que los precede. Primero los grupos humanos y su contexto natural; después y sólo después los intereses económicos trasnacionales. Para ello es indispensable contar con la voluntad política, a todos los niveles, que dé impulso a acciones concretas y no sólo a una retórica demagógica y expuesta a construir y mantener servidumbres que degradan la soberanía bajo solapadas formas vigentes de colonialismo. Véase si no la airada reacción de la ultraderecha española ante un acto de soberanía argentina, con su lenguaje amenazante, asumiendo que España toda se asimila a una empresa económica. Y cito a Argentina porque recientemente ese país hermano detuvo las pretensiones de otra compañía canadiense depredadora que intentaba expoliar sus metales.

Para ampliar la información, consulte
http://wixarika.mediapark.net/sp/index.html

 

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