Encuentro con el Otro

por Julia Sáez-Angulo

Todo comenzó en la juventud de Kapuscinski cuando recorría su viejo país desvencijado en los años 50 con un libro de Heródoto bajo el brazo. El autor clásico marcó su formación, su mente, su escritura, su vida y su forma de trabajar y escribir. El libro, La Historia de Heródoto se lo regaló su redactora en jefe y nunca hubo un obsequio tan acertado para un creador.
Entre las obras más conocidas de Kapuscinski (Pinsk, 1932–Varsovia, 2007) se encuentran El emperador, El Sha (sobre la revolución islámica) La guerra del fútbol (sobre América Latina), El Imperio (sobre la Unión Soviética), Ébano (sobre África), Los cínicos no sirven para este oficio, Un día más con vida (sobre la guerra civil angoleña), El mundo de hoy o “Lapidarium IV”. Todas ellas las escribió al tiempo que desempeñaba su labor como corresponsal cuando era un joven de provincias que trataba de vestir a la moda.
Encuentro con el otro aborda el entendimiento de los seres humanos y profundiza en el sentido de “el otro”, como individuo que se contrapone a otros individuos y que a la vez hunde sus raíces en la diversidad de sexo, generación, nacionalidad y religión. El libro viene a ser un largo reportaje de encuentros por los distintos puntos del planeta y los conocimientos que le han aportado.
En definitiva es un canto al hombre, a su diversidad y variedad en el tiempo y el espacio, con sus desdichas o alegrías, con sus reflexiones y su compartir verbal y material ante el otro. Panta rei dirían los griegos. “Todo se mueve”, nada es estático en la vida y las relaciones de los hombres, de ahí la emoción y la tensión de la vida que se nutre de distintas posiciones, situaciones, edades, sentimientos y pensamientos.
Kapuscinski es un gran observador de la realidad y sabe plasmarla con inteligencia y estilo. Todo lo experimentado lo recogió en seis conferencias que dan cuenta de la diversidad del mundo y del valor de las relaciones humanas. El libro Encuentro con el otro tiene el valor de planteamiento y resumen del escritor polaco como las lecciones de Italo Calvino en torno al milenio.
Kapuscinski ha sido testigo de grandes cambios en el mundo, ha recorrido numerosos países y continentes. Su visión de África, Oriente Medio o América Latina es impagable. Al mismo tiempo, como buen polaco, fue un patriota y la bandera de su país cubrió el ataúd durante el funeral de cuerpo presente que ofició el cardenal primado Joseph Glep a la muerte del escritor.

Como un homenaje póstumo a la destacada figura intelectual del escritor y periodista polaco, el Correo de las Culturas del Mundo presenta un conjunto de fragmentos seleccionados de entre las cuatro conferencias dictadas por él entre 1990 y 2005 y que son:

  • «El encuentro con el Otro como reto del siglo XXI», acto de investidura de doctor honoris causa por la Universidad Ramon Llull, Barcelona, 17 de junio de 2005.
  • «Conferencias vienesas (I, II y III)», Institut für die Wiesenschaften vom Menschen, Viena, del 1º al 3 de diciembre de 2004.
  • «El otro en la aldea global», inauguración del curso académico 2003-2004 en la Escuela Superior de Europa Józef Tischner, Cracovia, 30 de septiembre de 2003.
  • «Mi otro», Simposio Internacional de Escritores, Graz, 12 de octubre de 1990.

Resulta difícil justificar la guerra; opino que la pierden todos porque pone de manifiesto el fracaso del ser humano al revelar su incapacidad de entenderse con los Otros, de meterse en su piel; y porque pone en tela de juicio su bondad y su inteligencia. Cuando el encuentro con los Otros tiene como desenlace la guerra, invariablemente acaba en tragedia, en un baño de sangre.

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A la idea que llevó al hombre a levantar murallas altísimas y cavar profundos fosos con el fin de aislarse de otra gente se la ha «bautizado», ya en nuestra época, con el nombre de apartheid. Con perjuicio para la verdad y la exactitud, dicha noción ha sido adscrita al hoy inexistente régimen blanco de Sudáfrica. Lo cierto es que se había practicado el apartheid desde tiempos inmemoriales. Simplificando mucho, se trata de una doctrina cuyos partidarios discurren del siguiente modo: «Todo el mundo puede vivir como le dé la gana, sólo que bien lejos de mí si esa gente no pertenece a mi etnia, a mi religión y a mi cultura.» Pero ¡ojalá tan sólo se tratase de eso! La realidad es que nos hallamos ante una doctrina de desigualdad del género humano, premeditada y programática. Los mitos y las leyendas de muchos pueblos y tribus rezuman la convicción de que sólo nosotros —los miembros de nuestro clan, de nuestra comunidad­— somos seres humanos; todos los demás son, como mucho, infrahombres o cualquier cosa menos personas. Lo que mejor expresa esta actitud es una doctrina de la China antigua: el no chino era considerado excremento del diablo o, en el mejor de los casos, pobre desgraciado que había tenido la mala suerte de no haber nacido chino. En consecuencia, ese Otro era representado como perro, rata o reptil. El apartheid fue y sigue siendo una doctrina de odio, desprecio y repugnancia hacia el extraño, hacia el Otro.

No pasemos por alto el hecho de que, por lo general, la noción del Otro se ha definido desde el punto de vista del blanco, del europeo. Pero cuando, hoy en día, camino por un poblado etíope levantado en medio de las montañas, corre tras de mí un grupo de niños deshechos en risas y regocijo; me señalan con el dedo y exclaman: ¡Ferenchi! ¡Ferenchi!, lo que significa, precisamente, «otro», «extraño». Es un pequeño ejemplo de la actual desjerarquización del mundo y de sus culturas. Es cierto que el Otro a mí se me antoja diferente, pero igual de diferente me ve él, y para él yo soy el Otro.
En este sentido, todos vamos en el mismo carro. Todos los habitantes de nuestro planeta somos Otros ante otros Otros: yo ante ellos, ellos ante mí.

Llama la atención el hecho de que, cuando la Europa natal de Malinowski es escenario de la Primera Guerra Mundial, el joven antropólogo se concentra en el estudio de la cultura de intercambio. Investiga los contactos entre los habitantes de las islas Trobriand y sus ritos comunes, investigaciones que plasmará en su magnífica obra Los argonautas del Pacífico occidental y a partir de las cuales formulará esa tesis tan importante como, lamentablemente, poco observada y que reza: «Para poder juzgar, hay que estar allí.» También formula la tesis, sumamente atrevida para la época, de que no existen culturas superiores e inferiores; sólo hay culturas diferentes que, cada una a su manera, satisfacen las necesidades y las expectativas de sus partícipes. Para Malinowski, la persona perteneciente a otra raza y a otra cultura es una persona cuyo comportamiento —como el comportamiento de cualquiera de nosotros— encierra y rezuma dignidad, respeto por unos valores establecidos, por una tradición y unas costumbres.

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Hoy nuestro planeta, habitado durante siglos por un puñado de hombres libres e ingentes masas de hombres esclavizados, se va llenando de naciones y comunidades cuyo sentimiento de su propio valor e importancia no cesa de crecer, como tampoco cesa de aumentar su número. Este proceso a menudo transcurre en medio de inmensas dificultades, de conflictos y tragedias que arrojan estremecedores saldos de víctimas.

Etnias africanas

[…] En el fondo, toda la literatura universal está dedicada al Otro: desde los Upanishads pasando por el I Ching y por Chuang Tzu; desde Homero y Hesíodo pasando por el Gilgamesh y el Antiguo Testamento; desde el Popol Vuh hasta la Torá y el Corán. ¿Y los grandes viajeros de la Edad Media que partían con rumbo a los confines del planeta para encontrar al Otro, tales como Giovanni Carpine e Ibn Batuta, Marco Polo, Ibn Jaldún y Chen Chun? En algunas mentes jóvenes, aquellas lecturas despertaban el deseo de llegar a los lugares más recónditos del mundo a fin de encontrar y conocer al Otro. Se trataba de la típica ilusión espacial: la convicción de que lo lejano era diferente, y cuanto más remoto, más diferente todavía.

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En su deseo de conocerlos en su estado puro, inasequible a las influencias ajenas, algunos antropólogos (que más tarde recibirán el nombre de funcionalistas) parten hacia los lugares más remotos de nuestro planeta, tales como los islotes del Pacífico o las zonas más recónditas del África, para estudiar y registrar in situ cómo funcionan comunidades de Otros en su natural entorno cultural. A resultas de ello aparece una serie de obras —a menudo de gran valor literario además de científico— que abre los ojos del europeo a la multiplicidad, riqueza y coherencia, tanto lógica como funcional, de unas culturas que desconocía. Autores como Rivers, Radcliffe-Brown o Evans-Pritchard demuestran que esas culturas de los Otros son tan valiosas y racionales como la europea, sólo que son diferentes.

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El trabajo sobre el terreno no sólo es recomendable en el caso de los antropólogos. También es una condición básica en el oficio de reportero. En este sentido a Malinowski se le puede considerar el fundador del reportaje antropológico, que a partir de él tomará cuerpo y se propagará por doquier.

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Otro problema en las relaciones entre Nosotros y Ellos –los Otros– radica en que todas las civilizaciones son muy propensas al narcisismo, y cuanto más poderosa es una, con mayor fuerza se manifestará esa propensión. Esta tendencia empuja a las civilizaciones a entrar en conflicto con otras, hace aflorar en ellas la arrogancia y el ansia de dominio, cosas que invariablemente van unidas al desprecio por el Otro. En la China antigua, esa arrogancia adquiría una forma más sutil: de compasión por todo aquel que había tenido la desgracia de nacer no chino. El narcisismo en cuestión siempre ha estado –y sigue estando– camuflado por todo tipo de ardides retóricos; las más de las veces, de pueblo elegido o llamado a cumplir una misión salvadora, o las dos fórmulas juntas.

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La experiencia humana demuestra que en un primer momento el hombre, por un reflejo, reacciona ante el Otro con desconfianza, recelo, aprensión y a veces incluso con hostilidad. Todos nosotros, miembros del género humano, a lo largo de la historia nos hemos asestado demasiados golpes, nos hemos infligido demasiado dolor, para que las cosas sean de otra manera. De ahí que civilizaciones enteras se distinguieran por su sentimiento de excepcionalidad y su ostracismo frente al Otro. A los no griegos, los griegos los llamaban bárbaros, es decir, seres que emitían balbuceos incomprensibles; y como no había manera de entenderlos, más valía mantenerlos a distancia. A distancia y en inferioridad. Para separarse de los Otros, los romanos levantaban sus limes, grandes redes de fronteras fortificadas. A los que llegaban de ultramar los chinos los llamaban Yang Kui, o sea, monstruos marinos, y también intentaban mantenerlos a raya.

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De manera que, pese a un mapamundi totalmente nuevo, el cometido de observar, examinar, interpretar y describir la filosofía y la existencia, el pensamiento y las condiciones de vida de tres cuartas partes de la humanidad, sigue –igual que en el siglo XIX– en manos de un reducido grupo de especialistas: antropólogos, etnógrafos, viajeros, periodistas…

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El Extraño, el Otro, en su encarnación tercermundista (es decir, el individuo más numeroso de nuestro planeta) sigue siendo tratado como un objeto de investigación; no se ha convertido todavía en nuestro partenaire, corresponsable del destino de la tierra que habitamos.

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Para mí, el mundo siempre ha sido una enorme torre de Babel, sólo que en esa torre Dios no sólo mezcló las lenguas, sino también las culturas y las costumbres, las pasiones y los intereses, y la pobló con sujetos ambivalentes que aunaban en su ser al Yo y al no-Yo, al de casa y al de fuera, a uno mismo y al Otro.

Fuente: R. K., Encuentro con el otro
Traducción de Agata Orzeszek.
Editorial Anagrama, Barcelona, 2007.
Selección de Mariano Flores Castro

1 comentario

Archivado bajo Antropología, Arte, Cultura, Diversidad cultural, Letras del mundo

Una respuesta a “Encuentro con el Otro

  1. Guadalupe Montoya

    Excelente artículo. Nos obliga a una reflexión de ida y vuelta. Pienso, como mexicana, en la relación con los estadounidenses: algunos de ellos tan cerrados y narcisistas. También me cuestiono con respecto a mi trato con los indígenas: no sé, no encuentro cómo relacionarme con ellos sin caer en falsas poses.

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