La pintura rajastaní

por Margo Glantz

Desmond Peter Lazaro nació en Inglaterra; completó sus estudios en la Universidad de Baroda, en Gujarat, y se trasladó luego a Jaipur, donde radica. Escribió sobre la tradición de pintura pichhvai en el Rajastán, donde nos ilustra sobre los materiales, los métodos y el simbolismo de esas pinturas.
En hindi pichhvai significa detrás. Esta pintura tiene un gran parentesco con la miniatura, son enormes telas de muchos metros de altura: podrían describirse como una miniatura agigantada: se agranda el marco y se aumenta el número de figuras, colocadas en series. Los artistas proceden obedeciendo un orden estricto: empiezan por la periferia de la imagen y gradualmente se dirigen hacia el centro: se comienza por el cielo, los paisajes y árboles, las figuras, sus rostros, y, finalmente, la joyería y la decoración.


Para el dibujo se utilizan diversos instrumentos, un compás ayuda a delinear la estructura geométrica del lienzo y determina sus varias líneas de cruce. Se esboza la figura con un pincel y tinta china; los pinceles son muy diversos y de distintos tamaños; unos están hechos con pelo de mangosta para rellenar con color, los más gruesos; para delinear, los más delgados (la mangosta es un animal que siempre me ha intrigado, parece mítico pero no lo es, existe de verdad).
También se fabrican en el taller los de pelo de ardilla para los dibujos más delicados e intrincados. Los pigmentos minerales se muelen en un mortero: hay una gran variedad de colores, por ejemplo, blanco de cal, blanco de titanio, blanco de zinc, amarillo cromo, amarillo limón, ocre, ámbar, siena, ultramarino, lapizlázuli… Las pinturas se ejecutan teniendo en cuenta tradiciones védicas, la de la rasa, fluido vital relacionado con los cinco elementos primordiales, agua, tierra, fuego, aire y éter. Este fluido vital nos conecta con la alquimia hindú y sus operaciones, y determina el uso de las materias primas que dan origen a los colores: el mercurio (semen de Shiva) y el azufre, otro de los materiales usados por el alquimista hindú, fusionados con el cinabrio, color dominante en las pinturas, simboliza el flujo esencial de la vida y también el matrimonio: las mujeres casadas deben llevar pintada de rojo la raya que divide el inicio de sus cabellos sobre la frente. Los otros colores se hacían de pétalos de flores o de piedras duras, también de orina de vaca para el amarillo: las excrecencias como color.
Las pinturas pichhvai son expresiones visuales de devoción; colocadas detrás del dios durante los oraciones cotidianas de Shrinathji –uno de los avatares de Krishna– y a la vez escenografías, y yantira, un apoyo para que el devoto pueda identificarse con la deidad mientras la contempla, nos explica el sabio vendedor, sentados frente a los artesanos que harán una demostración en vivo en cuanto termine el discurso.
Los artistas pintan sentados en el suelo con las piernas cruzadas, en posición de flor de loto, dirigidos por su maestro –el guru. Se trata de una tradición gremial a punto de perderse como efecto de la modernización, con el resultado de que el aprendizaje, iniciado desde la infancia en el taller de familia se diluye para sustituir las viejas técnicas con prácticas nuevas y colores elaborados de manera artificial.
Sin embargo, las pinturas pichhvai siguen ligadas inextricablemente a la cultura y la religión hindúes: pintadas para los devotos y no para los extranjeros, se enraizan en la más antigua y noble tradición. En cambio, la miniatura rajastaní, aristocrática y antigua, dependía totalmente de sus mecenas, los numerosos señores feudales de cada una de las entidades de la región. Este mecenazgo se traslada ahora, de manera indirecta, al turista, a través de los comerciantes: sin su presencia este arte se agotaría falto de sustento. En la actualidad y como suele suceder en las sociedades en vía de desarrollo (para decirlo suavemente) han penetrado en el mercado y en la devoción los colores confeccionados industrialmente.

Fuente: La Jornada

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