La Francia profunda: un breve reportaje

por Claudia Solís-Ogarrio

A Dédé y Liliane

Francia nunca deja de sorprender, nunca deja de conmovernos la  grandiosidad de su pensamiento  y cultura: siempre es un referente, un faro, un marcador, una piedra de toque. Sin embargo, la Francia profunda, más allá de sus castillos y casas burguesas, es reveladora de otros rostros singulares y diversos.  La historia de Francia, como nos dice Quentin Garnier,  un jóven organizador del Festival de Buxia de música vernácula de Voiron, “no es solamente la Francia de los Luises, ni la de los grandes nombres de la Revolución, la historia de l’Isle de France,  que nos enseñan de manera oficial en la escuela, es una historia centralista, pero Francia tiene muchas regiones y está hecha de muchas historias”.

Los Allobroges, los Cartujos de la Chartreuse y la Houille Blanche

La región Rhône-Alps, en el sureste del país galo, es uno de los lugares más fascinantes de Europa en los Alpes franceses. Lugar de Allobroges, una añejísima cultura que habitó en el 25 a.C la zona conocida como el Grésivaudan, entre las riberas del Isère, el Ródano, la Saona y  el maciso montañoso del Jura que comparten Francia y Suiza, es uno de los grupos cuyos testimonios arqueológicos nos confirman su importante avance en el desarrollo de la alfarería  y del cultivo de la vid, cuyas cepas, que se originaron en la época de Plinio el Sabio,  se siguen sembrando.

Enclavado en el massif de la Chartreuse, que le da su propio nombre, muy cerca de la ancestral Gracianópolis, hoy Grenoble, en lo alto de una imponente montaña, rodeado de pinos, arces, platanes y fresnos, bañado por una luz de claroscuros extraídos de la paleta de Delacroix,  se levanta  uno de los grandes monasterios franceses: el monasterio de la Grande  Chartreuse, de monjes cartujos, fundada por San Bruno en 1056,  quien llego a ser scoláster o rector de la Universidad catedralicia de Reims y también consejero del  papa Urbano II en Roma. Los eremitas cartujos, en este sobrecogedor lugar de indudable energía, en vida de soledad, quietud, oración, silencio y trabajo producen el licor de la Chartreuse.  En el aislamiento de este sobrecogedor recinto, donde no existe fisura alguna que nos permita ver el interior del inmueble, los monjes desde hace cuatrocientos años, guardan el secreto de la elaboración de este delicado digestivo de color ambarino o verdoso,  preparado con más de ciento treinta variedades de flores y plantas.  Esta bebida es una  de las más populares y apreciadas en las mesas de Francia y del mundo entero.

El hermano Jean-Jacques, uno de los dos monjes que conoce la receta secreta del licor Chartreuse.

Ubicado en  el valle del río Isère,  en la población de Lancey, hay un magnìfico museo de reciente inauguración en 2010, adosado al macizo montañoso de la Belledone. “La  Maison Bergès: Musée de la Houille Blanche”, que ocupa lo que fue la residencia familiar que habitó el ingeniero y mecenas Aristide Bergès, quien a mediados del siglo XIX inventó la hidroelectricidad. Este fue uno de los grandes avances tecnológicos de la época pues desplazó al carbón como fuente de energía. Este último mineral, de color negro, llamado  houille en francés, al ser sustituido por la hidroelectricidad, se le conoció como la houille blanche, o carbón blanco. Cécile Gouy-Gilbert, antropóloga francesa que vivió mucho años en México escribiendo su tesis sobre los Yaquis, conceptualizadora de la iniciativa museística, realizadora del discurso museográfico y directora del espacio comenta ”la investigación y conceptualización del recinto me llevó diez años. Estoy muy contenta con los resultados porque la figura y talla de Bergès como uno de los grandes genios de Francia, cobra su debida dimensión. Además  hay recursos muy novedosos, entre otros,  el uso de hologramas,  que nos permiten de manera muy creativa, resaltar las imágenes vivas del señor Bergès y su familia, quienes vivieron aquí. “

Pinceladas de l’Ardèche: el impuesto de la sal y los Montgolfier

Es uno de los pays del sureste que hechiza. Es difícil concebir en estos paisajes apacibles y meditativos en verano, el carácter volcánico que subyace en su  pueblo en  la lucha por sus derechos.  El  nativo Ardechois destaca por su reciedumbre y tesón.

Bañada por varios ríos de aguas tranquilas en verano,  hay en esta zona de colinas y montañas, no tan altas como los Alpes, pues son tierras que se aproximan a las riberas del Ródano,  varias ciudades y pueblecillos como Satillieu, Thorrenc y Le Vialot, por ejemplo, donde existen añejas casonas de piedras curtidas por los siglos,  testigos de revoluciones y conflictos internacionales.  Algunas  de ellas atesoran entre sus antiguos muros, históricos muebles como las importantes sillas de la sal, que contaban con una caja que servía de depósito para guardar este preciado producto.  Bajo las faldas amplias de las mujeres del  XVIII,  permanecía  oculto dicho receptáculo y así escapaban a la inspección de la temible y arbitraria autoridad. El famoso impuesto sobre la sal (de donde se deriva la palabra salario) fue uno de los detonantes de la Revolución de  1789. Asimismo, en esta  zona el Movimiento de Resistencia durante la ocupación alemana durante la Segunda Guerra Mundial  fue muy intenso.  En estas comarcas se luchó a brazo partido y hubo terribles hechos de violencia y saldos rojos que ponen de manifiesto la pasión del  Ardechois y el amor sobre su terruño, su raíz y la soberanía de su patria.

Hay en esta zona del sureste de Francia, lugares de veneración y peregrinaje, como el poblado de Saint Romain D’Ay,  donde hay un santuario a una virgen morena de origen mariano que data del siglo X:  Notre Dame d’Ay.  Se le rinde culto en una iglesia románica de 1050 d.C. edificada en un recodo donde el río d’Ay  forma una omega. Dicha letra griega, en el terreno místico, posee un gran significado de poderosa fuerza y energía espirituales.  Bajo la cúpula de una capilla rústica, los cantos y las plegarias poseen una acústica insólita. Para subir al campanario,  por una estrechísima escalera  de muy bajos techos,  al  tañir la campana,  ésta resuena con una musicalidad de tonos graves  muy musical cuyo eco se pierde sin lìmite entre las pendientes de las montañas y el valle al atardecer.

No se puede dejar pasar de lado la importancia de la ciudad de Annonay que fue un dinámico centro de curtido de piel.  Sin embargo, lo más relevante de esta urbe es haber sido cuna de dos célebres inventores:  Joseph y Etienne de Montgolfier. Dos hermanos provenientes de una aristocrática familia del siglo XVII, quienes inventaron el globo aéreo y cuya práctica al paso del tiempo,  ha adquirido una importancia recreativa y deportiva de gran importancia mundial.

Lugdunum, la seda  y el arte de los mosaicos

Lyon es la tercera ciudad más grande de Francia, después de París y Marsella, con una población de quinientos mil habitantes. Lyon siempre fue una metrópoli rica y pujante.  Destacó durante siglos por su  industria de la seda, que procedía originalmente de Italia,  convirtiéndose en la base de su economía a partir del siglo XV, surtiendo a la corte francesa que confeccionaban sus vestimentas y tapizaba sus muebles de castillos y palacios con exquisitas telas. La soierie lyonnaise fue muy famosa. Los tejedores de seda al paso de los años formaron un gremio que llegó a ser muy importante y poderoso en el XIX y principios del XX.

A Lyon en latín se la llamó Lugdunum. Capital de las Galias romanas, sobre las riberas del Ródano y la Saona, gozó de un gran comercio, y por ello siempre fue una urbe rica y pujante.  Lyon descansa sobre colinas y no muy lejos de  la misma, se encuentra uno de los sitios arqueológicos más interesantes junto al Ródano. Sobre un extensión de siete hectáreas, ocupando apenas una cuarta parte de uno de los barrios de la ciudad romana de Vienne, las excavaciones y descubrimientos  que vieron la luz en 1968 evidencian el grado de desarrollo de esta dinámica metrópoli  de comercio, artes y negocios que vio su esplendor del  I a.C al 50 d.C.  Columnatas de grandes edificios, mansiones con peristilos, avenidas, baños con drenaje, bodegas, tiendas, talleres de artesanos y oficinas, revelan la vida cotidiana de esta ciudad que teniendo al Ródano como medio de comunicación navegable, formó en esta región una de las urbes más pujantes del Imperio. Vale destacar dentro de la magnificencia de este sitio, los extraordinarios mosaicos que decoraron pisos y muros de los grandes edificios y que hoy se exhiben en un espléndido museo, el Musée Gallo-Romain en Saint–Romain-en-Gal/ Vienne, de diseño contemporáneo, inaugurado en 1996, obra de los arquitectos Philippe Chaix y Jean Paul Morel. Grecas en gamas de amarillo, palo de rosa y negro, y otros mosaicos multicolores representando escenas bucólicas con plantas y flores del lugar,  estampas de la vida cotidiana, personajes de dioses y  héroes diversos,  el museo es espectacular. Luminoso, con grandes espacios que permiten una circulación relajada, y una atinada museografía que no sólo resalta el esplendor de la pieza, sino que también explica claramente el origen y contexto de la misma, conservando entre otros el mandato y  el propósito de un museo, el recinto Gallo-Romain de Vienne, es uno de los espacios culturales de hoy más extraordinarios de Francia.

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Archivado bajo Arte, Cultura, Diversidad cultural, Museos del mundo, Patrimonio

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