Etnomusicología. Vivir en la periferia o la música popular contra Occidente

por José Manuel Recillas

Mientras la música comercial en Occidente parece cada día estar más segmentada en sectores específicos de mercado, y ya hasta los pre-adolescentes constituyen uno de los sectores que más dinero gasta, en las periferias de Occidente ocurre algo muy distinto y contrastante. Todo un amplio sector de artistas, en particular mujeres, y con la única excepción de un grupo en los Países Bajos, ha establecido una particular propuesta musical que escapa a los imperativos del mercado industrializado de la música plástica que puebla las frecuencias radiofónicas del mundo.
 En los Países Bajos, por ejemplo, el grupo Flairck ha escapado a la brutal comercialización internacional, y con casi 40 años de trayectoria, ha logrado fusionar la música tradicional celta con elementos de jazz, folk, flamenco, música hindú, música clásica, tango, chanson francesa y rock progresivo, entre otros muchos géneros, creando una amalgama única y casi inclasificable de música y fusión dancístico-teatral desafiante de las convenciones musicales del mercado internacional.
Pero Flairck no es el único ejemplo de un repliegue musical basado en el folk, un género musical que surgió a fines de los años sesentas tanto en Inglaterra, con la llamada Canterbury scene, que retomaba el aspecto experimental del rock y de la psicodelia para explorar los sonidos tradicionales de la música popular celta, sin concesiones hacia la industria discográfica, en ese entonces no permeada aún por el vicio de las ventas a como diese lugar.
De la música celta, que abarcó toda Europa, desde los más lejanos rincones en Gran Bretaña e Irlanda del Norte hasta Grecia e Italia, pasando por la península ibérica y el Midi francés, se gestó un extenso y vibrante movimiento underground de música que fusionaba tanto elementos del rock y rock progresivo con gaitas, flautas, arpas, violines, canto corso y bretón, acordeón, cítara y tabla, para crear un mundo musical sustentado en lo auténticamente popular.
El folk no es exactamente lo que en América Latina entendemos como música folclórica, música popular tradicional, sino un género de fusión que busca aprovechar y saquear para su beneficio elementos musicales que usualmente unifican y homogenizan en detrimento de la expresión musical pero en beneficio de los grandes conglomerados discográficos, cada día más abusivos.
Las abusivas etiquetas que engloban géneros y artistas disímbolos, como world music, o ethno/folk, son apenas un aspecto de esa necesidad occidental de apropiación y saqueo para consumo propio de los recursos de otros, sean bienes físicos, recursos naturales o culturales. Tal vez incluso una denominación menos agresiva pero permeada por criterios occidentales como músicas en rebeldía podría resultar igualmente abusiva por establecer un criterio político-relacional más que etno-musical. Y en ese mismo sentido la etno-musicología no sale muy bien librada, al surgir de un contexto europeo.
Pero más allá de estas categorizaciones, lo que más importa es cómo este movimiento musical –y utilizo este término en un sentido muy libre, pues no se trata, evidentemente, de un movimiento propiamente organizado– subvierte las reglas del mercado musical y las tendencias eurocentristas en su favor en lugar de en su detrimento.
Así, en la región más septentrional del continente europeo, asentada en Noruega, la cantante Mari Boine, nacida en el pueblo sami, conocido en Hispanoamérica como los lapones, ha aprovechado el género del folk para recuperar las tradiciones musicales de su pueblo y subvertirlo al mismo tiempo. Con una trayectoria musical de casi 20 años, en 2001 se unió en Rusia a un proyecto con la cantante siberiana Inna Zhelannaya y Sergei Sarotsin, del cual saldría el grupo que desde entonces acompaña a la rusa, y una de las más importantes cantantes de folk ruso.
Ambas cantantes se presentan constantemente en concierto pero graban sólo si hay un proyecto que lo amerite, por lo que a diferencia de lo que vemos en Occidente, pueden pasar hasta cinco años sin grabar un disco, lo que no las aleja de su público, educado en tradiciones musicales no contaminadas por el mercantilismo plástico de nuestros días. El rigor instrumental de los músicos que las acompañan ha hecho incluso que músicos como Trey Gunn o Tony Levin, ambos integrantes de King Crimson, hagan viajes a Rusia para acompañarlos y así liberarse de las presiones mercantiles del mercado discográfico europeo, y sumirse en un ambiente donde la creatividad fluye con entera libertad.
El caso de la también siberiana Pelageya Hanova es incluso más notable, pues inició su carrera siendo aún una adolescente que llamó la atención por la recuperación de canciones tradicionales siberianas y su peculiar forma de re-orquestarlas y presentarlas al público. Su jovialidad y encanto sobre el escenario se nota incluso en sus discos en estudio, donde la alegría y el gozo por cantar y bailar resultan arrolladores. Hoy en día es considerada la más importante artista siberiana, y orgullo de quienes hemos tenido la oportunidad de escuchar sus discos. Un caso distinto pero similar, es el de la cantante armenia Alla Levonyan, quien con apenas tres discos en diez años igualmente ha buscado recuperar las tradiciones musicales de su tierra natal.
En otra región más conflictiva incluso, observamos y escuchamos el mismo esfuerzo de recuperación de la memoria popular. Es el caso de Medio Oriente, donde la cantante libanesa Joulia Boutros, con una trayectoria de casi 15 años, igualmente ha recuperado canciones tradicionales, y escrito propias, con el fin de enriquecer la tradición de las canciones de cuna y populares. Del otro lado de la frontera, la cantante palestina Rim Banna ha corrido con mayor fortuna al haber sido firmada por la disquera de Peter Gabriel, Real World, y grabar hasta ahora dos discos bajo ese sello, pero con producciones desde antes.
En ambos casos, se trata de dos mujeres que en medio del caos y el conflicto, apelan por la recuperación de tradiciones musicales populares de sus pueblos, y las fusionan con ritmos jazzeados, incluso latinoamericanos en alguna ocasión, para establecer un oasis musical en medio del asedio.
Dos casos atípicos en esta enumeración provienen, ambos, de estas regiones periféricas, concretamente de Rusia. El primero es el de la jazzista azerbaiyana Aziza Mustafa Zadeh, radicada en Alemania, quien también además de componer sus propias obras, recupera la tradición musical de su pueblo y lo ofrece al público alemán. Su calidad interpretativa ha hecho que músicos como Bill Evans, Al di Meola, Stanley Clarke, y John Patitucci, entre otros, hayan decidido acompañarla en sus discos. En ella se fusionan la música tradicional azerbaiyana, el jazz y la música clásica de manera admirable y refrescante.
El otro caso es también ruso, y corresponde a la cantante moscovita Irina Bogushevskaya, quien se decidió por un género que a falta de mejor denominación algunos llaman chanson rusa mezclada con elementos de cabaret, un conglomerado que fusiona y congrega más bien géneros como el jazz y la Big Band, bossa nova, tango, bolero a la rusa, blues, swing, en una summa musical deslumbrante que recuerda a la cantante alemana Ute Lemper pero con un sello de frescura y cero pretensiones que resulta emotivo y deslumbrante.
En todos los casos, con la excepción de Flairck, resulta emocionante percibir que todas estas manifestaciones de recuperación de tradiciones musicales olvidadas por el mercantilismo de corte occidental provengan de mujeres llenas de talento, creatividad y ángel. El trabajo de todas ellas nos recuerda que no todo está perdido, y que vivir en la periferia no siempre es malo. Es una defensa contra el avasallamiento cultural y la producción en serie.

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Archivado bajo Arte, Cultura, Diversidad cultural

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