Azul

por Mónica Lavín

 

Me gusta la pintora norteamericana Joan Mitchel (1925-1992): sus grandes abstractos de los años 60 con su enjambre de colores.

Hace poco, gracias a la afortunada curaduría de la colección del Blanton Museum of Art de la Universidad de Texas en Austin, me detuve en uno de sus cuadros.

La exposición breve e intensa proponía acercarnos a la experiencia del arte por la forma, el color, los materiales.

El cuadro de Joan Mitchell ilustraba la experiencia del color. El color azul era el elegido.

Y en verdad uno sentía cómo en el centro del cuadro entre grises verdes, amarillos, negros, el azul jalaba la mirada.

Suntuoso y lumínico invitaba a hundirse en él como agua, como cielo, como ojo. Así fue como me enteré que el azul había sido el color elegido en esta exposición porque apareció tardíamente en la pintura.

Los griegos no lo usaban ni en sus túnicas ni en sus vasijas y los romanos tampoco. Lo consideraban el color de los bárbaros.

Privilegiaban el negro, el rojo, el blanco, el oro.

También tiene que ver con las técnicas de teñido de textiles con un rojo fácil de obtener que duraba mucho.

El teñido, o coloratura en latín, se hacía en rojo, lo que explica por qué colorado y rojo son sinónimos.

La verdad, yo no había reparado en la ausencia del azul en las pinturas del medioevo temprano ni en las culturas clásicas. No sabía de su connotación despectiva entre los romanos que incluso consideraban el ojo azul como un defecto físico; por el contrario lo suponía presente siempre en las representaciones pictóricas.

Los estudiosos refieren el cambio en el manto de la representación de la virgen María en la pintura como el momento de popularidad del color.

Hasta antes del siglo XII iba de luto en pardos y negros. Cuando María se vistió de celeste, los cielos también tomaron el color que les correspondía. Y así el azul, como pigmento y como color de realeza en Francia, se popularizó en Europa.

(Sobre el azul se ha escrito un libro al que se antoja hincarle el diente del francés Michel Pastourea: Azul, historia de un color).

Pienso en nuestra mirada mexicana que conoció el azul desde siempre, porque ya los mayas crearon ese tinte que lleva el nombre azul maya, cuya composición fue identificada hace muy poco.

Un color turquesa, un tanto caribeño, a caballo entre el jade y el celeste. Único, por ello tiene el nombre que lo bautiza.

El azul maya se utilizaba en los rituales de sacrificio, se embadurnaba con él a los sacrificados, por lo que se encontró en uno de los cenotes mayores, una capa azul de pintura depositada en el fondo.

Los colores son combinaciones orgánicas y minerales. El azul maya procede del índigo que se obtiene de las hojas del añil combinado con arcillas particulares (y combinadas al calor del copal) que le dan no sólo tono sino esa permanencia que nos permite verlo en máscaras y murales como los de Bonampak.

Entre la herencia mesoamericana y la evangelización española pletórica de cielos y mantos, el azul nunca nos ha faltado.

Y hemos aportado a la paleta de azules, un color único, una herencia milenaria.

Cuadro de Joan Mitchel

El cuadro de Joan Mitchell fue elegido para esa exposición por la contundencia de su azul ultramar.

No cualquier azul, dice la explicación, Joan se mudó a París un tiempo y compraba el mismo azul que habían usado Matisse y Monet.

Una fórmula que el fabricante ha conservado y que aún utilizaba el lapislázuli como sustrato mineral.

Las nomenclaturas de los azules cuentan su historia. Al ultramar (en el siglo XIX se obtuvo un azul ultramar sintético y duradero), le siguieron el cobalto, el de Prusia que descubrió un colorista alemán intentando mezclas con el rojo.

De vegetales, animales y minerales se ha hecho la policromía azulada que permanece en telas, pinturas, cerámica.

Resulta curioso que un estado de ánimo sea sinónimo de un color como sucede con la palabra en inglés blue; y que esa melancolía o desgarro colorido califique un género musical.

En nuestro español nunca nos sentimos azules, podemos ver negro, estar de un humor negro o verdes de envidia pero la melancolía no tiene color.

Sirva esta divagación coloreada para que nuestro asombro no tenga sosiego, por lo menos eso fue lo que a mí me ocurrió frente al rastro azul de la pintura en la exposición: “Overtura, nuevas maneras de ver”, en Austin, Texas.

Cometarios: http://www.monicalavin.com

Fuente: Agencia El Universal

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