Giacomo Casanova o la pasión de la libertad

La Biblioteca Nacional de Francia expone por primera vez el manuscrito original de Historia de mi vida, 3,700 páginas subastadas en 2010 por siete millones de euros.

Amante mítico de 132 mujeres y extraordinariamente galante y caballeroso, según decía él mismo; alquimista, ocultista y tramposo burlanga, para sus numerosas víctimas; hedonista pagano, ciudadano del mundo, viajero romántico y escritor hiperrealista antes de tiempo; traductor de la Ilíada y posible coautor del libreto de Don Giovanni, presidiario demasiado habitual, acosado por la Inquisición, autor mucho más estimable que estimado, Giacomo Girolamo Casanova tardó 10 largos años en redactar su autobiografía.
Trabajó en ello entre 1789 y 1798, y la terminó, sin terminarla del todo, un año antes de su muerte en Dux (hoy Duchcov, República Checa), a los 73 años. Ahora, por primera vez, la Biblioteca Nacional de Francia enseña al público ese manuscrito monumental, adquirido en 2010 por un mecenas anónimo que desembolsó siete millones de euros antes de cedérselo a la institución parisiense.
La futurista sede de la biblioteca, un gigantesco edificio de acero y cristal en forma de cuatro libros abiertos situado al este de la capital francesa, en el distrito XIII, cumple así (hasta el 19 de febrero) lo prometido el año pasado: la exposición de pequeño formato, dividida en 10 salas -–el mismo número de capítulos del libro– se titula Casanova, la pasión de la libertad y presenta a través de cuadros (destacan un Canaletto, un Tiépolo y un Mengs), joyas, grabados, mapas, objetos, ropas de época, teatro de sombras e incluso algunos videos, la azarosa y poliédrica vida de aquel artista premoderno que embelesó a mujeres, cardenales, reyes, músicos y pintores hasta convertir su nombre en una marca de seducción y un sinónimo de conquistador.
Con un centenar largo de obras, procedentes de Francia, Inglaterra e Italia, la muestra recrea algunas escenas narradas en el manuscrito, visita los lugares fetiche del impenitente nómada, se detiene en sus aficiones, amigos, rivales y mecenas, trata de atrapar sus fugas, fiestas y conquistas, y dedica un espacio a las películas (de Comencini, Fellini, Scola, Volkoff o Losey) que inspiró.
Pero la joya de la exposición es el propio manuscrito, 3,700 páginas escritas con una caligrafía tersa, limpia y clara, en francés porque esa era la lengua franca del momento, como hizo saber en el prólogo. “He escrito en francés, y no en italiano porque la lengua francesa está más extendida que la mía”.
“Poco antes de su muerte, el autor entregó su biografía a su sobrino, que le soportó una vejez bastante insoportable”, explica una de las comisarias, Corinne Le Bitouzé, otra mujer rendida al gran conquistador. En 1820, el sobrino vendió los cuadernos al editor Frederic Arnold Brockhaus, que prestaría el apellido a la gran enciclopedia alemana. El libro se publicó por primera vez en 1822. Pero la traducción alemana cercenó las partes más elocuentes. Cuando Historia de mi vida se publicó en el idioma original, tuvo tanto éxito que aparecieron muchísimas copias pirateadas. Y el libro no se publicó de nuevo hasta 1960.
La infancia veneciana en una familia de cómicos, y la juventud en Calabria, Nápoles y Roma, con las primeras aventuras y escándalos, incluida la primicia homosexual, ocupan las tres primeras salas de la muestra. Ahí está el retrato que le hizo su hermano Francesco, pintor de éxito para su disgusto; los palacios venecianos y sus primeras incursiones en la magia y la cábala, y enseguida la cárcel de los Plomos, la legendaria fuga por el techo atravesando un cuadro de Veronese, su carrera por los tejados y su primer gran amor, en Parma: la francesa Henriette. Luego Venecia otra vez, ya en plan matador, sin faltar una sensual monjita llamada M. M., y muy pronto, París, “capital de la moda, la inteligencia y la impostura”.
Aquí mantendría docenas de encuentros galantes y financieros, inventaría loterías y pendencias, vería a Voltaire y Dalambert, viviría el miedo a no gustar, el “comienzo de la muerte y el final de la vida”… Un romance de fuego con Manon Balleti, y un retrato delicioso de Jean-Marc Nattier llegado de la National Gallery, conducen a un grabado de Goya que ilustra su viaje a España.
“Fue un viaje raro, en esa época España no figuraba todavía en la ruta de los viajeros europeos”, explica la comisaria. Acosado por los torquemadas patrios, Casanova fue detenido dos veces en aquel lugar lleno de “poblachos”, un “prodigio de fealdad y de tristeza”. Los varones españoles le parecieron “feos y celosos por naturaleza”; las mujeres, sin embargo… “Son muy hermosas, arden en deseos y siempre están dispuestas a favorecer algún enredo para engañar a todos los seres que las rodean a fin de espiar sus intrigas”.
Como recordaba su traductor, Mauro Armiño, en un artículo reciente, “Casanova pasó por Ágreda, lugar de nacimiento de aquella sor María, autora de una biografía de la Virgen dictada por la Virgen misma que Casanova se había visto obligado a leer, entre carcajadas, durante su encarcelamiento en los Plomos venecianos”.
Estuvo seis semanas arrestado en Barcelona. Al irse, dictaminó: “¡Pobres españoles! La belleza de su país, la fertilidad y la riqueza son la causa de su pereza, y las minas del Perú y del Potosí son las de su pobreza, de su orgullo y de todos sus prejuicios. Para convertirse en el más floreciente de todos los reinos de la tierra, España tendría necesidad de ser conquistada, zarandeada y casi destruida, y renacería apta para ser la morada de los seres felices”.

 

Fuente: El País/Cultura

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