Carlos Monsiváis: la multitud de uno solo

por Juan Villoro

El gran cronista mexicano.

Celebridad en sí mismo y puntual cronista de su tiempo, el escritor nacido en la colonia Portales desapareció físicamente hace un año.

AHORA SABEMOS CUÁNTOS AGUJEROS se necesitan para llenar el Albert Hall”. Con estas palabras los Beatles lograron la más triste descripción de una sala de conciertos vacía. La ausencia de Carlos Monsiváis abruma de un modo similar: el omnipresente cronista de nuestros días dejó una inmensa colección de huecos.
Monsiváis participaba en tantas cosas a la vez que ya se había convertido en un fenómeno atmosférico. Su relajada manera de comentar la vida en su conjunto permitió que lo diéramos por sentado.
Las muchas misiones que cumplió no tienen sustituto por la sencilla razón de que él las inventó. Como Oscar Wilde, Woody Allen o André Malraux, construyó una personalidad especialísima que formó parte de su obra.
Personas que no lo habían leído, pero conocían por foto o caricatura, se detenían a saludarlo, atribuyéndole pasiones que no siempre tenía (“¡Arriba los Pumas!”, le dijeron en una ocasión. “¿Son ecologistas?”, me preguntó).
Misántropo en la vida privada (“los espero en mi casa para una reunión que comenzará a las 16 horas y acabará a las 16 horas”), era hipergregario en la vida pública. Llegaba a todas partes con el pelo revuelto por un viento mental y su infaltable chamarra de mezclilla. Era un testigo tan reconocible que la realidad sólo actuaba al enterarse de su llegada.
Dialogaba con numerosos desconocidos, procurando que cada intercambio fuera breve y tuviera un remate cercano a un aforismo.
Su itinerante oralidad —de una mesa redonda a otra—, lo llevó a una curiosa forma del magisterio. Odiaba dar clases pero le fascinaba dar consejos. Como buen exponente de la tradición satírica, era un moralista convencido de tener razón.
Aunque se definía como “un lugar común de la Portales”, la gente lo consultaba con un respeto digno del oráculo de Delfos (“o de un cajero automático”, diría él). No trataba de convencer con extensos argumentos; dictaba sentencia rápida e incontrovertible, al modo de un juez que sí legisla.
El mayor texto de jurisprudencia que conocía era la Biblia. Gracias a su obsesi-va relectura de la versión de Casiodoro de Reina (la “Biblia del Oso” del siglo XVI), logró una recreación paródica —o una prolongación crítica— de la leyenda cris-tiana en Nuevo Catecismo para Indios Remisos.
Esas parábolas ejemplares, escritas en un tono próximo al Monterroso de La oveja negra y demás fábulas, actualizan la lucha entre el Bien y el Mal: un santo carismático contrata a un asesor de imagen, el Diablo estudia relaciones públicas, un iluminado da una conferencia de prensa y el agua bendita se vende embotellada. Con narcisismo celestial, los portentos ocurren para que alguien los narre: “Hubo una vez, en el espacio de reserva de las dádivas de Dios, un Milagro obstinado y servicial con muchas ganas de ser tomado en cuenta y de causar conmoción y aparecer en las hagiografías”.
No hay celebridades sin cronistas. El oficio de dar fe comienza con el periodismo trascendente de los evangelistas y llega a la moderna sociedad del espectáculo.
Monsiváis se ocupó de ambos polos de ese espectro.
En sus parodias de la hagiografía cristiana se advierte que admira la fuerza expresiva de lo que critica. En cambio, fue inclemente con la jerarquía eclesiástica y sus abusos, y defendió con temple ilustrado la cultura laica (uno de sus últimos libros es, precisamente, El Estado laico y sus malquerientes).
La ironía sólo funciona si también incluye a quien la ejerce. El autor de Escenas de pudor y liviandad se burlaba gozosamente de sí mismo y solía decir que el único reconocimiento que le interesaba era el doctorado “honoris causas perdidas”.
Su enciclopedismo y su voluntad de intervención lo convirtieron en árbitro del gusto, tanto de lo culto como de lo popular. Su impronta se multiplicó en los más diversos foros. Fue un eficaz correctivo del dogmatismo de la izquierda, erudito de todas las emociones que caben entre Tin-Tan y las vanguardias poéticas, socorrido actor de reparto del cine nacional, asesor telefónico de la sociedad civil, conferencista non-stop que llegaba con un fólder donde las ponencias parecían reproducirse en forma más prolífica que sus 13 o 15 o 17 gatos.
El rango de sus intereses se mide por el título de uno de sus artículos: “Del rancho al Internet”. Monsiváis vivió como un cosmopolita que aceptaba sin remilgos el estigma con que se señala a los provincianos: “Es un infeliz: se sabe todos los estados de la república”.
El Museo Estanquillo custodia sus colecciones. Si, como sugiere Borges, ordenar una biblioteca es una forma de ejercer la crítica, reunir objetos significa comentar el mundo. Sólo una mirada movediza y capaz de leer vastas cartografías pudo reunir los grabados, las fotos, las caricaturas, las artesanías y los cachivaches que conforman esa Colección de colecciones, un panorama alterno, popular, de la vida pública de México.
La avidez monsivaíta para atesorar sólo competía con su avidez para criticar. En su columna “Por mi madre, bohemios” se propuso, al modo de Karl Kraus, ahorcar a los infames con sus propias frases.
Toda cita es, por definición, una supresión del contexto. De ahí el absurdo de que alguien, generalmente un político, se queje de ser “citado fuera de contexto”. Monsiváis desestabilizó los discursos oficiales detectando pasajes autoparódicos de las figuras públicas y aportando notas que fungían como acotaciones para cómicos involuntarios.
Su mayor búsqueda formal ocurrió en el género de la crónica, donde combinó el ensayo, el sketch teatral y el artículo de fondo con la llana narración de hechos. Hay, al menos, dos tipos de cronistas: los que se concentran en lo ocurrido para transformarlo en una historia y los que se concentran en las opiniones sobre lo ocurrido. Monsiváis es un exponente radical del segundo grupo. Su gran interlocutor es la Opinión Pública, deidad contemporánea que sustituye al coro griego. Al escribir sobre Juan Gabriel, Salvador Novo, la Manifestación del Silencio, Avándaro, Gloria Trevi, el terremoto de 1985 o la Convención de Aguascalientes en Chiapas, discute y editorializa lo que ve, e incluye declaraciones (de preferencia anónimas) para crear un relato coral.
En ocasiones, sus “informantes” operan como los heterónimos de Pessoa; son desdoblamientos de una sola voz. Aunque su tono narrativo es inconfundible, Monsiváis se sirve de múltiples testigos que suelen ser él mismo.
Los muchos acentos que imitaba al contestar el teléfono pueden ser vistos como un entrenamiento para la drama-turgia de sus crónicas, llenas de “voces sueltas”, cooperativos declarantes salidos de su pluma.
La mayor parte de su obra aún no ha sigo recogida en libros. En sentido estricto, su legado es todavía futuro.
Muchas de las extrañas cosas ocurridas en los últimos meses parecían buscar su presencia. Como el Milagro que quería ser narrado, los sucesos no se resignan a su ausencia. En cierta forma, la realidad ocurre en vano.
Llevamos doce meses sin Carlos Monsiváis. Ahora sabemos cuántos agujeros se necesitan para llenar el Zócalo.

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