Fragmentos del libro Magallanes, de Stefan Sweig

Los palacios de Venecia y los de los Fugger y Welser se construyeron casi exclusivamente con dinero ganado en la especiería índica. Pero la envidia va unida a los grandes beneficios como la herrumbre a la hoja de acero. Todo privilegio será estimado por los otros como injusticia, y allí donde sólo un pequeño grupo se enriquece en demasía, se forma inevitablemente una coalición de los perjudicados.

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Las Cruzadas no fueron solamente –como románticamente se ha interpretado– un intento puramente místico para arrebatar a los infieles la tierra donde se erige el Santo Sepulcro; esta primera coalición cristiano europea representaba asimismo el primer esfuerzo lógico y ordenado conscientemente para echar abajo aquella barrera que vedaba el mar Rojo, y franquear a Europa y a la cristiandad el comercio con Oriente. Como este golpe se frustró y, no pudiendo arrebatar Egipto a los mahometanos, pues el Islam continuaba atajando el camino de la India, se despertó el deseo de encontrar otro camino libre, independiente. El valor que dio el impulso a Colón para explorar hacia Occidente, a Bartolomé Díaz y a Vasco de Gama hacia el Sur, y a Cabot al Norte, hacia el Labrador, nació, ante todo, de la voluntad de descubrir, por fin, en beneficio del mundo occidental, una ruta marítima libre, sin pago de derechos, quebrantando así la ignominiosa prepotencia del Islam.

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En todo descubrimiento o invención hay un estímulo moral, una fuerza alada del espíritu; pero, muy en general, lo que da el empuje definitivo hacia la realización es la conciencia de unos móviles materiales. Cierto que el rey y sus consejeros se hubieran entusiasmado, en todo caso, con la atrevida idea que encerraban los propósitos de Colón y de Magallanes de buscar un mundo nuevo; pero nunca el dinero necesario para sus planes hubiera corrido el riesgo, nunca los príncipes y los especuladores hubieran armado y puesto a su disposición una flota, sin la perspectiva de poder sacar enormes réditos de la suma empleada en el viaje de descubrimiento. Detrás de los héroes de aquella edad de los descubrimientos se movían como fuerzas impulsivas los negociantes; también este primer impulso heroico hacia la conquista de un mundo partía de fuerzas muy terrenales. En el principio eran las especias…

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Como Filipo de Macedonia legaba a su hijo la invencible falange para la conquista del mundo, así legó Enrique de Portugal los mejores buques, los más adelantados de su época y los hombres de mar mejor dispuestos para la conquista del océano.

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Navigare necesse est; vivere non est necesse. Este proverbio de la gente de mar vuelve a ejercer su dominio en las almas. Y ya es sabido que donde exista una generación decidida, el mundo se transformará.

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Mientras las grandes potencias: Francia, Italia, Alemania, se despedazaban en insensatas guerras, Portugal, la cenicienta de Europa, ensanchaba sus dominios en una proporción de millares respecto al territorio estricto del reino. ¿Quién podrá atajar su vuelo? ¿Quién la aventajará? De la noche a la mañana, Portugal se convierte en la primera nación marítima del mundo y se ha asegurado con sus empresas no solamente la posesión de nuevas provincias, sino también el dominio de verdaderos mundos.

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[…] en su rumbo hacia el oeste, Magallanes había encontrado, casi en todas partes, territorios no pisados por europeos. Ninguno de los indígenas que se les habían puesto delante conocían ni de oídas a los blancos, ninguno había visto anteriormente ni siquiera un europeo.

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Desde un principio procuró Magallanes conseguir la incorporación de las nuevas provincias con el buen trato y los pactos, no por la sangre y la violencia.

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¡Estamos de vuelta! ¡Hemos cumplido lo que nadie alcanzó antes que nosotros! ¡Somos los primeros hombres de todos los tiempos que han dado la vuelta al mundo!

F.M.

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Sólo enriquece a la Humanidad quien acrecienta el saber en lo que le rodea y eleva su capacidad creadora. En este sentido, la hazaña de Magallanes supera a todas las de su tiempo y significa para nosotros una gloria singular en medio de sus glorias: la de no haber inmolado, como ocurre la mayor parte de las veces, la vida de miles y centenares de miles por su idea, sino solamente la propia vida.

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El hombre da lo mejor de sí con un ejemplo, y si hay un hecho que pruebe algo es el de Magallanes, que, contra todo olvido, traspasará los siglos para dar testimonio de que cuando una idea vuela con las alas del genio, cuando se lleva adelante denodadamente y con pasión, es más fuerte que todos los elementos de la Naturaleza; y que está destinado siempre al hombre único, a un individuo con su menguada vida fugaz, el poder convertir en realidad y en verdad perdurable lo que ha sido un deseo soñado durante las cien generaciones que le precedieron.

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