Viajes con Herodoto, de Ryszard Kapuscinski

por Lola Peiró

“…me internaba en el mundo de Herodoto… Así, mis viajes cobraron una segunda dimensión: viajé simultáneamente en el tiempo (a la Grecia antigua, a Persia, a la tierra de los escitas) y en el espacio (mi labor cotidiana en África, en Asia y en América Latina). El pasado se incorporaba al presente, confluyendo los dos tiempos en el ininterrumpido flujo de la historia” R.K.

Resulta difícil catalogar este libro que Kapuscinski escribió en su periodo de madurez, después de haberse trasegado una vida tan trabajosa. Para justificar algunas de las reflexiones que desea dejar como testimonio de su paso por la tierra, se remonta a las clases de historia recibidas en la Universidad e impartidas por su profesora Biezunska-Malowist sobre la antigüedad. Ahora recuerda a Herodoto, y no por su “Historia” tomada en sentido literal, sino por las similitudes que encuentra con las situaciones de una actualidad insertada en el siglo XX, y que comprende con más conocimiento de causa. Valora a Herodoto por sus sugerencias, por lo que dice entre líneas, por la intención del autor de dejar testimonio -tan valioso para nosotros el de aquellos principios- y por la honestidad con que plantea los hechos: a ser posible, el griego narrará aquello de lo que es testigo y si no, advertirá “que se lo dijeron en estas circunstancias”. Esto es algo de lo que Kapuscinski aprende de sus lecturas: hay que verificar los hechos e interpretarlos, también si es posible, según sus circunstancias.
Tras haber optado por el periodismo, allá por los años 50, la agencia para la que trabajaba decide enviarle al extranjero, y esto va a colmar el obsesivo deseo de “cruzar las fronteras” y enfrentarse por primera vez al ancho mundo que hay detrás. Y lleno de entusiasmo, acepta el proyecto que, aún no lo sabe, va a ser un bautismo estremecedor que le llenará de desasosiego: ha de viajar a la India, y él casi no sabe por dónde cae aquel mítico país. ¿Y la lengua?, ¿y las costumbres? ¿y los viajes en avión…? Pero hace su maleta y emprende el camino, no sin antes abrir el regalo que la directora de la agencia le ha ofrecido: un ejemplar de la “Historia” de Herodoto. He ahí el motivo de su reencuentro cuya lectura, al tiempo que vive los acontecimientos de ese convulso mundo por donde va a caminar, supone el cuerpo del libro que ahora tienen delante.
Pero no crean que van a leer una crónica de guerras, pactos y traiciones al uso; Kapuscinski, al introducirse –cuando las pausas se lo permiten– en el mundo de Heródoto, y afrontar su periodo por excelencia, las Guerras Médicas, nos va a dar una interpretación muy singular de las luchas entre persas y griegos, y seguro que nos sorprenderá con las preguntas que se hace a sí mismo y que nos muestran a un hombre preocupado más por la gente que protagoniza la historia, que por los acontecimientos históricos, que generalmente poseen esa frialdad que encierran fechas y datos. Se pregunta cómo serían las batallas de entonces –el fragor de carros, las ballestas y los gritos de dolor de los soldados; la obligación de morir o regresar vencedor; la sumisión de la esclavitud etc.– y al tiempo, se preocupa por la situación de los taxistas que le acompañan en sus viajes reales, o por comprender la situación de las personas que sufren calladamente viajes larguísimos en un autobús abarrotado a 50ºc, o las que mueren bajo las bombas y los atentados absurdos de hoy… Pero también se entusiasmará cuando llega a Persépolis en un sereno atardecer y desde la cima de la colina, queda extasiado ante tanta belleza: allí imagina la visión del orgulloso rey que lo habitó, de la tremenda impresión producida a los vasallos y plebe en general, para luego regresar a su realidad actual en donde, disfrutando de la soledad y belleza del paraje, no puede evitar el decirse a sí mismo:
“¡Cuánta fatiga, cuanto trabajo meticuloso, agotador e ímprobo metieron en ellas durante años miles y miles de hombres! ¿Cuántos cayeron fulminados mientras cargaban esas rocas gigantescas? ¿Cuántos cayeron de extenuación y de sed?” Y mientras regresa a Teherán, sigue preguntándose si no habrá sido el gran arte del pasado, obra de lo que el hombre tiene de malo y negativo.
Les aseguro que es tremendamente difícil encerrar en espacio tan corto, tanto vuelo de ideas, reflexiones, entusiasmos y desesperaciones. Tanta vitalidad, tanto deseo de ser ecuánime, sobre todo con los hombres.
En fin, nuestra suerte estriba en tener la posibilidad de emprender ese camino no solamente con Herodoto, sino también con Ryszard Kapuscinski. Y háganlo, cuantas más veces, mejor.
Buen viaje.

Fuente: http://www.euroresidentes.com/libros/novelas/viajes-con-herodoto.htm

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