Señal del conejo en el rostro

por Luis Barjau

Dejé campos de Lidia, preciosos por su oro;
dejé campos de Frigia y de Persia;
dejé a la Bactriana,
y tras haber pasado por tierra de Medos,
áspera y dura,
la Arabia entera y el Asia recostada junto al salado mar,
en la que hay tantas ciudades
y tantas fortalezas en que moraron pueblos extraños
y aun habitan los griegos,
llego por fin a esta ciudad helénica.
Eurípides

Tlacui, Códice Borgia

Con la críptica frase que titula este artículo, los antiguos tlaxcaltecas se referían a la femineidad. Referencia que no prescindía de la peregrina idea de lo femenil como menos resplandeciente. Esto sin embargo tenía un cuño mitológico sobresaliente: dos héroes se echan a una pira de fuego para hacer el sol y la luna, pero el resultado fue que ambos se transformaron en dos soles relumbrantes; así que los dioses que presenciaban dichos resultados se enojaron y arrojaron un conejo al rostro de uno de los soles, para quitarle brillo, y así fue la luna menos resplandeciente.
Para aquellos hombres, lo femenino por excelencia mostraba la señal del conejo en el rostro. Y la existencia de esas arcaicas metáforas acerca de la femineidad se comprueba porque los tlaxcaltecas creyeron que sol y luna eran esposos y que cuando se retiraban del cielo e iban a dormir para reponerse de sus fatigas, la luna llevaba en el rostro la señal del conejo con que los dioses la hicieran menos luminosa.
Ágave en griego quiere decir “admirable”. Aún es asombroso, tanto como sugerente, el haber designado con esta palabra al maguey mexicano; planta que aun así sigue siendo nombrada con vocablo extraño pues maguey es voz taína en el Caribe según algunos. En náhuatl la planta se llama metl.
Asombro y sugerencia dichos en cuanto a la designación que los europeos hicieron de la planta crecen si observamos la mitología griega.
Según  una tradición, Ágave, tía del Dios del Vino y madre de Penteo, rey de Tebas, da muerte a este su hijo, bajo influencia báquica,  porque se negaba al culto de su primo el dios. Pues ella, hija de Cadmo y de Harmonía, era hermana de Autónoe, Ino y Sémele, esta última madre de Dionisos por unión con Zeus.
Dice una segunda tradición que el padre de los dioses había dado muerte a Sémele por haber tenido una aventura con un mortal y que este hecho había sido una calumnia de las tres hermanas. Y que así el Dios del Vino al causar que Ágave matara a su propio hijo se vengaba de dicha calumnia hecha en contra de sus padres.
Una fuente antigua enseña que después de la tragedia la filicida huye a Iliria, donde casa con el rey Licoterses, a quien termina por asesinar para entronizar a su propio padre Cadmo.
Antes, Cadmo había sido rey de Tebas y le había sucedido Penteo, su nieto, muerto a manos de su propia madre, como queda dicho.
Ágave así, logra simultáneamente destronar y entronizar a su padre valiéndose de su hijo Penteo que se negó al culto de su primo Dionisos. En la obra de Eurípides en cambio, consta que Dionisos la destierra a ella y a su padre a un país extranjero que no se nombra.


La mitología nahua relacionada con el ágave muestra cómo el mismo metl (maguey) está integrado al  nombre del país mexicano. Que se expresa como el lugar de los mexica quienes a su vez se llamaron así por ser los amparados del numen Mecitli, que los hubo representado y guiado en la peregrinación desde Aztlán hasta Tenochtitlan. Mecitli viene de metl, maguey, y de citli, liebre. Así, en la toponimia de “México” constan ambas voces.
Dice Sahagún, como ya citamos (Lib.X, cap,XXIX § 12,106:610):
“Este nombre mexícatl se decía antiguamente mecitli, componiéndose de me, que es metl por el maguey, y de citli por la liebre, y así se había de decir mecícatl; y mudándose la c en x corrómpese y dícese mexícatl. Y la causa del nombre según lo cuentan los viejos es que cuando vinieron los mexicanos a estas partes traían un caudillo y señor que se llamaba Mécitl, al cual luego después que nació le llamaron citli, liebre; y porque en lugar de cuna lo criaron en una penca grande de un maguey, de allí adelante llamóse mecitli, como quien dice, hombre criado en aquella penca del maguey; y cuando ya era hombre fue sacerdote de ídolos, que hablaba personalmente con el demonio, por lo cual era tenido en mucho y muy respetado y obedecido de sus vasallos, los cuales tomando su nombre de su sacerdote se llamaron mexica, o mexícac, según lo cuentan los antiguos.”
Ágave entonces, griega o nahua, siempre está relacionada con el vino y con la religiosidad a la vez que su filología se halla inserta en el nombre del país de los mexicanos.
Si griega, es conversa al culto de Dionisos; si mexicana, es bebida y objeto de los Tzentzontotochtin o innumerables deidades de la ebriedad.
Una variedad de maguey del mundo prehispánico era el teómetl  (maguey divino), usado para la recaída de alguna enfermedad. Y teomeyollotl, expresión formada con las raíces anteriores más el añadido de yollotl, corazón, quiere decir “cosa que hace dudar”.
Una variedad especial del pulque era el teooctli, “bebida de los dioses”. El maguey así, es la madre divina de los mexicanos.
En el siguiente resumen de algunas leyendas de la creación del pulque, constan las posibilidades interpretativas arriesgadas en estas páginas, además de que se esconden muchas más, con seguridad.
Se dice en la Histoyre du mechique (y perdóneseme otra vez recurrir a una misma cita) que cuando los dioses terminaron su tarea de creación del mundo observaron un buen rato a los hombres  y dijeron entre sí:
“He aquí que el hombre estará aína triste, si no le hacemos nosotros algo para regocijarle y a fin de que tome gusto en vivir en la tierra y nos alabe y cante y dance.”

Ehécatl-Quetzalcóatl

El dios del viento Ehécatl-Quetzalcóatl escuchó atentamente lo dicho por las deidades y se preguntó dónde hallaría licor que a los hombres alegrara y fue así que volvió a su memoria la divina virgen Mayahuel. Así que voló hasta el lugar donde moraba y allí la encontró, dormida  junto con otras de su estirpe, todas guardadas por su abuela Cicimitl. La despertó y le dijo: vine por ti para llevarte al mundo. Y así convenido Ehécatl descendió llevándola sobre sus espaldas.
Al llegar a la tierra ambos se convirtieron en árbol de dos ramas, una llamada Quetzalhuéxotl (Ehécatl), la otra Xochicuahuitl (Mayahuel). Cuando la abuela se percató de lo ocurrido y no halló a la virgen, se hizo acompañar de las demás y bajó a buscarla. Encontraron el árbol en el momento en que se desgajaba, y la rama de la virgen fue reconocida por Cicimitl, quien la tomó y la rompió en pedazos: tengan, cómanlos, dijo, y las diosas comieron.
Pero no hicieron lo mismo con la rama de Ehécatl sino que se volvieron abandonándola allí. Entonces la rama recuperó su forma primigenia, la del dios-aire, quien al ver lo ocurrido se puso a reunir los huesos de la virgen, los enterró, y de ellos creció después un árbol, llamado metl. De ese árbol hacen los indios el vino que beben “y con que se embriagan”.
Sahagún refiere que unos ulmecas de Tamoanchán, Pantécatl y su esposa Mayahuel, “inventaron hacer el pulque”; ella raspando el corazón de la planta hasta obtener el aguamiel y él descubriendo las raíces que se usan para fermentarlo.
Si observamos con detenimiento “El Ciclo del Tepoztécatl” del filólogo Pablo González Casanova, (1989: 209 y ss), encontraremos que hay una atribución implícita en este mito del descubrimiento del pulque por el héroe cultural que da nombre a aquella población del Estado de Morelos:
Una doncella acostumbraba bañarse en los manantiales de Axictla o Tlatlacualoyan, ubicados al pie del monte donde hoy están las ruinas del Tepozteco. De esos baños solitarios, la virgen resultó encinta.
Como se avergonzara del hecho, no solamente se encerró hasta que hubo parido sino que quiso deshacerse de la criatura y envió a unas mujeres a ese fin. Éstas dejaron a Tepoztécatl, que así se llamó el niño, sobre un hormiguero, pero nada le pasó, antes bien las hormigas lo depositaron sobre la penca de un maguey y allí lo hallaron de nuevo en el milagro de que la planta había doblado una de sus pencas para hacerle mamar de la punta cual si fuera un pecho materno. Tras muchas peripecias el niño fue hallado  por una pareja de ancianos que ansiaban tener un hijo y así lo adoptaron. Cuando Tepoztécatl creció pidió a su padre adoptivo un arco y flechas y con él cazaba con sólo disparar al aire, de donde caían, atravesados, conejos y otros animales con que se alimentaban sus viejos y desvalidos padres.
Un día fueron a buscar a los ancianos unos enviados de Xochicálcatl, que era un gigante gerontófago, se puede decir, pues se alimentaba sólo de aquellos que por su edad ya eran inútiles para toda labor. Era el caso de la suerte del viejo padre y entonces Tepoztécatl pidió a los enviados cambiarse él mismo por su padre, a lo que accedieron. Se despidió de los viejos pidiéndoles que aguardaran hasta ver salir del rumbo de Xochicalco una columna de humo, la que si fuera negra sería de malos augurios, pero si blanca sería señal de triunfo sobre el gigante.
Una vez en el reino de Xochicálcatl sus sirvientes se dispusieron a cocinar a Tepoztécatl, pero al contacto con el agua, éste se transformaba en gallo, culebra, pescado, y al contacto con el fuego de un horno donde insistieron en cocerlo, se transformaba en venado, gavilán, conejo, coyote, lobo, tigre, con que fracasaban los cocineros. Así que tuvieron que llevárselo vivo al gigante hambriento y éste por petición de Tepoztécatl se lo tragó entero, pero eso le costó la vida porque en el vientre el héroe sacó sus navajas de pedernal y rasgó los intestinos causando terribles dolores. Destajó el vientre por fin, y emergió seguido de una columna de humo blanca como el algodón…

Agave azul

Éste es sólo un fragmento de un mito más amplio y complejo, pero basta para ilustrar la relación del héroe en cuestión con la invención del pulque. Aún plásticamente parecen confundirse las imágenes del gigante derribado, con una planta de maguey de la que brotara un chorro de pulque o saltara un conejo hasta la luna o se irguiera la propia flor de la planta, el xictli, su ombligo.
De los Tzentzontotochtin que eran los cuatrocientos dioses de la ebriedad, Fray Bernardino de Sahagún decía que eran las innumerables maneras de embriagados por el pulque; maneras, se entiende, prototípicas, que eran el resultado de la posesión de las deidades del vino.
Al pie de una figura del Códice Nuttall se lee que cuando en Tepoztlán alguien moría borracho “los otros de este pueblo hazian gran fiesta con hachas de cobre con que cortan la leña en las manos”(Apud. Robelo:526).
De aquellas deidades de la embriaguez son conocidos sólo algunos nombres con sus atributos y datos escuetos: Mayahuel fue pues la creadora del pulque, con Quetzalcóatl; este último, (aunque nadie lo haya visto así) es asimismo uno de los dichos dioses.

Ometochtli

Se dice que Ometochtli  (Dos Conejo) era dios del vino y de los jugadores. Izquitécatl el segundo de los dioses del vino. Tezcatzoncatl (Cabello de Espejo), principal dios del vino o de la embriaguez, de quien era sacerdote Ometochtli, tenía once hermanos cuyos nombres corresponden a clases de bebidas fermentadas; se le conoció también con los nombres de Tequechmecaniani “el que ahorca” y Teatlahuiani, “el que aniega”. Pantécatl  fue el marido de Mayahuel y halló las raíces que echan en la miel. Papaztac, uno de los seis inventores del pulque en Tamoanchán. Tepoztécatl, cuya hazaña resumimos.

Totoltécatl. Tlilhua, “el que tiene tinta negra”, quizá porque había inventado una variedad especial de pulque de color oscuro, según opinan algunos, y quien perfeccionó la bebida. Yiauhtécatl, de Yauhtlan. Toltécatl. Tlatecavohua. Colhuacatzíncatl, que tiene representación en la lámina 56 del Códice Magliabecciano.

Mayahuel

El maguey es la planta mexicana por excelencia. Y la secuencia de su integración filológica, como se dijo, es ésta: México, “lugar de los mexica”, que es un pueblo guiado por su dios Mecitli, “ombligo del maguey”, “liebre del maguey” y –aunque menos conocido– “nuestra abuela el maguey”. Su nombre no solamente consta como antecedente filológico del  país, también es un factor semiótico de la conformación del dios tutelar y guía de los mexicanos por el mundo, Mecitli, que después mudaríase en Huitzilopochtli. También es un mitema o segmento primordial del mito de creación de los antiguos mexicanos, en la medida en que, para la creación del sol y de la luna, esta última es perfeccionada o corregida con el golpe de un conejo que Huitzilopochtli arroja a su rostro: el conejo –o la liebre– es a su vez un factor integral del viejo dios tutelar. Es permisible asociar conejo y liebre no sólo por la obvia semejanza, o porque las cuatrocientas deidades de la embriaguez sean conejos, sino por una referencia de Mendieta a una figura arcaica de la cosmogonía indígena, en donde Citli, liebre, era un dios que dispara sus flechas al sol para evitar su curso (Apud. Robelo:115); igual que en otra fábula se contó cómo un dios avienta un conejo al rostro de un sol con que se disminuye y se vuelve luna.
Profundamente, existe en el panteón nahua una sacralización del vino. Los Tzentzontotochtin son los cuatrocientos o innumerables númenes-conejos de la ebriedad. En la fuente Histoyre du mechique se dice que Quetzalcóatl inventó el pulque. ¡Quetzalcóatl!, personaje cuya caída, con su imperio de Tula, se debió al pulque ingerido por insistencia de su alter ego, el Espejo Humeante, Tezcatlipoca. Hay muchas pruebas más de la dicha deificación.
El maguey sustenta la bebida nacional, el tequila de nuestros días. Mezcal viene de metl, maguey y de xcalli, aféresis de ixcalli, cocido hervido o cocimiento, cocimiento de maguey o maguey cocido.
En el borroso pasado de la mitología, la planta amarilidácea fue cuna y nombre de la primera deidad de los mexica.
El bohordo de la erizada planta, enhiesto a los diez años, su flor, es simultáneamente liebre que se fuga hacia el cielo, como el conejo aventado a la luna para acallar su resplandor; es, también, ombligo del mundo: cuna del dios tutelar. Es la emisión del zumo vital.
Citli, liebre, es también ombligo, xictli, aunque este último se nombra también, de segundo modo, tocic, que a su vez es tochin, conejo, tochtli.
Mexitli, “ombligo del maguey”, “liebre del maguey”, dio en femenino rostro de la luna. Curiosamente, luna se dice metztli, y aunque de hecho no se conozcan raíces de este nombre, parecería que lo habitaran metl y citli, como al propio dios tutelar. Pero esto es sólo conjetura.
El “menstruo mujeril” se dice, naturalmente, nemetzuiliztli, que incluye, como queda subrayado, metztli. Y liebre, citli, también quiere decir, como afortunadamente reveló Sahagún (X,1,17) en el siglo XVI, “abuela”. Para Molina, citli quiere decir “abuela, liebre o tía hermana de abuelo”.
Nuestra abuela, madre de los dioses según constata Robelo (:620) era Toci. Y Toci, aunque se desconozca una posible igualdad de significados, era “ombligo” según define Molina.
Robelo documentó (loc. cit) que es Toci  quien se mantiene sincréticamente subyacente a la Virgen de Guadalupe y no Tonantzin (“nuestra madre”) como afirman otros. Si esto es verdad, así como en el tequila afonda la vieja deidad Mecitli, bajo la imagen de la Virgen de Guadalupe palpita la arcaica deidad de Toci. Y a través de ambos, el quiote o bohordo erguido de entre las pencas del maguey, se proyecta, sacramente, al cielo.
Una parte de la religiosidad de los mexicanos, con un origen vegetal (como es el caso de tantas culturas de la antigüedad, incluyendo la griega), tiene su fundamento en la planta del maguey. El Baco occidental, pero de origen tracio o lidio, está asociado a la vid.
El hecho ¿fortuito? de haber designado el metl de los mexicanos con el nombre de la hermana de la madre del dios griego, tendió un puente entre las mitologías, que encontró las mismas raíces vegetales en una enigmática faceta de la religiosidad humana. El espíritu del vino, arcaico, medio oriental, continúase hasta el espirituoso destilado de ágave en tierra mexicana. Dos visiones fugaces aun para el mejor catador, entrevistas tanto en las viñas que se enredaban en el mármol funeral de Sémele, madre de Dionisos, allá en la vieja Tebas, como en la campiña mexicana donde se erizaba de pencas; un mismo genio vegetal, ubicuo, lado a lado de la mar inmensa, con guedejas de parra y ojos glaucos y falda de pencas verdes bordeadas de amarillo, hermafrodita flor, entre Baccus y Mayahuel.
Mecitli y Tepoztécatl conservan un rasgo en común que bastaría si no para igualarlos del todo, sí  para observar en el segundo una reminiscencia del primero. Ese rasgo estriba en que ambos son criados en una penca de maguey. Quizá por ello en otro pasaje del mito tepozteco, que hasta la fecha circula de boca en boca entre los campesinos de Morelos, el héroe va a la  Nueva España a colocar, con un gesto mágico, la campana de la Catedral que nadie podía subir. Acto fundador de la nueva ciudad, del mismo modo que la guía de Mecitli en la peregrinación azteca culmina con la fundación de Tenochtitlan.
El genio vegetal de Ágave, así en el mundo helénico, como en el mesoamericano, tiene una relación directa con el vino, así como una intervención protagónica en la religiosidad. Allá coadyuva a la imposición de nueva religión en la vieja Tebas; aquí es la cuna del dios tutelar de los mexica y se relaciona directamente con otras deidades o con los protocolos sagrados. En Grecia es conversa dogmática de las bacanales, con resultados trágicos y con el merecimiento del castigo de exilio permanente por calumnia a su hermana y al padre de los dioses; es también proselitista activa del ancestral sistema del patriarcalismo. No sólo es madre de una víctima del sacrificio humano, sino ejecutora simultánea.
En México es fundamento de la divinidad que guía a un pueblo hasta su destino final y raíz que integra el nombre de la propia etnia. Bajo la advocación de Mayahuel es traída a la tierra por Quetzalcóatl con quien se transmuta en el reino vegetal, y en donde se distingue en la forma del maguey; después, complementariamente con su esposo Pantécatl, crea el pulque.
Como Tepoztécatl es progenie del viento y de una virgen (¿otra vez Quetzacóatl y Mayahuel?) y perpetúa la raza humana que estaba a punto de extinguirse, se puede decir, en la figura de sus ancianos padres adoptivos; mata en Xochicálcatl la insaciabilidad humana. Para sustentar a sus protectores le bastaba flechar el cielo de donde caía un conejo atravesado, lo que en otros significados del mito era el inferior resplandor de la luna frente al sol, de modo que iguala a los astros como en el principio de la creación, es decir, antes de que Quetzalcóatl considerara necesario encontrar un licor que aligerara la pesadumbre del mundo. Asimismo se transforma en conejo para evitar la muerte por fuego. Y cuando sale del cuerpo del gigante que tasajea con sus pedernales, salta al cielo como un corazón ofrendado al sol y así el pulque (Tepoztécatl) es sangre, primero de la planta (savia), después del cuerpo humano. Agrego este dato, más que evocativo: los sacerdotes eran los únicos que tomaban teooctli  (“bebida de los dioses”, una variedad secreta de pulque) antes de sacrificar.
Para humanizarse, la deidad, ya fuera Quetzalcóatl, Mayahuel o el propio Tepoztécatl amamantado por la planta del maguey, se integra a la vegetación, se filtra en la vegetación. Así los seres humanos resultan ser infiltraciones divinas por el reino vegetal. ¿Exilio de la divinidad a través del vegetal? De allí que Ágave sea “admirable”.

Bibliografía

-Eurípides: Las diecinueve tragedias. Ed. Porrúa, México 1982.
-González Casanova, Pablo: Estudios de lingüística y filología nahuas. Edición de Ascensión H. de León Portilla, UNAM 1989.
-Histoyre du mechique, en: Angel M. Garibay K. Teogonía e historia de los mexicanos. Ed. Porrúa 1965.
-Molina, fray Alonso de: Vocabulario en lengua castellana y mexicana y mexicana y castellana. Biblioteca Porrúa, México 1977.
-Robelo, Cecilio A.: Diccionario de mitología nahua. Ed. Porrúa, México 1982.

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