Un poema épico de Indonesia: I La Galigo

La verdad es que desconocemos muchos de los grandes poemas épicos que han fijado la leyenda y la historia de antiguas civilizaciones. Cuando llega la ocasión de acercarnos a ellos, asombra comprobar su calidad poética, su imaginación y también sus coincidencias y homologaciones. Cuando Peter Brook y Jean Claude Carriere pusieron en pie la versión escénica del Mahabaratha, la actualidad de esta obra nacida de la tradición hindú se hizo visible en la propia sociedad occidental. Ahora Rhoda Graver y Robert Wilson nos traen un poema más insólito, el Sureq Galigo, procedente del sur de Sulawesi, Indonesia, quizás el más largo que se ha escrito, más de 6,000 folios y que hoy parece que sigue dando lugar a versiones orales que han modificado los textos originales. Es pues, un hecho cultural vivo y no un objeto museístico, por lo que su presencia en España, aún con pocas representaciones merece un comentario desde esta revista que se asoma al folklore, tanto desde el punto de vista historicista y documental, como su proyección cultural y social.
El espectáculo toma el título del personaje protagonista, tiene una duración de tres horas ininterrumpidas y se asemeja a una ópera exótica, música y canto original en directo, con poco texto hablado y una preponderancia de la danza, en una plasmación imagénica brillantísima y una codificación gestual muy específica. Los intérpretes son todos indonesios y por ello no se da el mestizaje, el espléndido mestizaje actoral del espectáculo de Brook, y la sensación de autenticidad es absoluta, aún tamizada por la estética peculiar de Robert Wilson, que se integra o integra según quiera verse, la forma de vida muy diferente de un país asiático prácticamente desconocido en el terreno cultural. Cuatro años han transcurrido para poner en pie este poema épico y darle sustancia teatral. En todo caso un empeño extraordinario digno de admiración.
El recibimiento de “I La Galigo” en España ha mostrado lo que tantas veces hemos detectado, la imparable decadencia cultural que es incapaz de separar y distinguir lo excepcional de lo simplemente aceptable e incluso francamente mediocre, en un juicio que como Claude Magris apuntaba en “El País”, parece aceptar que todo es intercambiable. Son curiosas las reflexiones que han escrito competentes críticos sobre el aburrimiento o el cansancio que experimentaban ante estas tres horas de ritmo lento y cadencioso, en una estética no dominada del todo por el espectador, y mucho más preocupantes cuando crean un síndrome en el público al referirse a la ausencia de descanso como medio para evitar la huída de los espectadores. Es una forma de demostrar poco respeto a éstos tanto como a los artistas e incluso al propio comentarista. La fascinación del espectáculo es total y no sólo desde el puro esteticismo formal, sino también derivada de la historia que se cuenta y de la dramaturgia que expresa una serie de conflictos que surgen de ella. Limitar “I La Galigo” a la pura belleza es ignorar todo lo ancestral que se va creando con calor y temperatura muy lejanas de la frialdad de la que se ha acusado al montaje. Creo que esta visión escénica de la epopeya indonesia es uno de los trabajos más sentidos de su director. Escenas tan geniales como la de los gemelos en el vientre de la madre alcanzan un grado de emoción que consigue eso tan difícil del soplo poético que llega a los sentidos y al propio espíritu.
Como es lógico fue necesario hacer una selección entre las escenas del caudaloso poema. En esta cosmología existen tres mundos, el superior y el subterráneo, habitados por los dioses, y el mundo medio “Reino de los seres ordinarios y de la realeza de sangre blanca descendientes de los dioses”. El espectáculo nos muestra este mundo medio desde su inicio hasta el cambio, su decadencia, su caída, y su renacimiento esta vez sin que los dioses intervengan. Un prólogo y un epílogo entre los cuales se introducen diez escenas que muestran las vicisitudes de los gemelos, Sawérigading y Wé Tenriabéng, nombres asaz difíciles. Se aman desde antes de nacer pero no podrán unirse, el incesto es un tabú, aunque sí lo harán sus hijos al final de la saga. El desarrollo de estas escenas se hace muy comprensible porque existe una vertiente de cómic exótico, como en el fondo lo son todas las leyendas, con episodios fantásticos e imaginativos, que la puesta en escena clarifica de forma magistral.

Todas las sagas tienen connotaciones homologables, incluso las que han surgido desde la imaginación de escritores como Tolkien. El Anillo, por ejemplo, como representación del poder en sus aspectos positivos y mucho más en los negativos. La tetralogía wagneriana tiene el nombre común de “El Anillo del Nibelungo”, y en esta epopeya indonesia llega a poder resucitar a los muertos. Curiosa significación la de este pequeño objeto que se mantiene a través de los siglos, incluso en la ritualidad cotidiana, como signo de intercambio de amor y fidelidad que todos los cónyuges occidentales asumen en el matrimonio religioso y en el civil.
El tema del incesto es asimismo recurrente. Wagner hace de los gemelos Sigmundo y Siglinde los personajes más bellos de la tetralogía que culminan su pasión con todo el conocimiento de su origen. El autor, muy a pesar suyo los castiga aunque de la pareja nazca el joven héroe Sigfrido que caerá en la trampa preparada por el hijo del Nibelungo. El incesto no puede ser aceptado, incluso en estas circunstancias. En Wagner se consuma y por ello tienen que desaparecer los infractores. Una de las incógnitas fundamentales de esta epopeya que siempre está de actualidad.
En “I La Galigo” los gemelos no llegan a hacer el amor y buscan otras alternativas, siendo tan importantes las del hombre como las de la mujer. Se producen otras historias dramáticas dentro de la global y una guerra destruye a casi todos los personajes aunque el anillo permite la resurrección y en cierta forma una especie de redención que cumplirán los hijos. El sueño de los padres se hace diferente y más humano y por ello los dioses tienen que partir y alejarse del futuro de éstos.
En la epopeya o el poema épico –como quiera llamarse– hay también muertes, luchas sin cuartel, invenciones de todo tipo y la presencia de un árbol en el que se deposita toda la sabiduría del mundo. Otra vez la naturaleza, coadyuvante en parte pero sufriendo la agresión que supone abatirlo. El futuro, en todas las epopeyas no puede admitir estos ataques contra la naturaleza y por ello el mundo existente tiene que cambiar. La transformación del árbol en un barco, origina igualmente la del mundo medio y la posterior conducta de los hombres.
Todo está contado en “I La Galigo” con una rica y paradójica sencillez. Desde la fijación del texto y su estructura secuencial a la utilización de los signos de la representación, los años de trabajo consiguen algo muy importante como es la consecución de un continum armónico en el que se van intercalando los episodios individuales y los colectivos en una especie de eterno retorno en lo que puede considerarse la esencia de la humanidad. En Indonesia, en la India, en los países nórdicos o en los latinos, en todo el mundo las grandes leyendas unen a su componente mítico la percepción de un humanismo que puede llegar a la utopía.
En el Mahabaratha de Brook, el final proyectaba una reconciliación de los antiguos enemigos, en un estadio después de la muerte donde se encontraba el Dharma que podríamos definir como la comprensión de lo irracional y la vuelta al estado primitivo de comprender a los otros. Incluso la obra wagneriana concluye con la posible redención por el amor que configuraría un mundo nuevo. El Sureq Galigo es, a este respecto, mucho más abierto y generoso en su visión global de la humanidad.
El conocimiento de este poema épico en su versión escénica, potenciación de la luz en esas imágenes que sólo su realizador es capaz de conseguir, armonía entre el canto, la danza y el gesto, debería estimular la multiculturalidad, entendiendo este concepto de forma muy diferente a la que muchos consideran como mezcla caprichosa que puede destruir las raíces de lo propio. Muy al contrario, su verdadero sentido parte precisamente del respeto y enriquecimiento de lo autóctono, al tiempo que se reconocen las virtudes de otras civilizaciones, encontrándose muchos puntos en común en estéticas en principio dispares. Por esta razón, espectáculos como el que comento o el último de Bartabás con sus caballos y monjes tibetanos son fundamentales para comprender este fenómeno. El Forum de las Culturas de Barcelona, finalizado entre la polémica, fijada en el número de visitantes o en las posibles especulaciones inmobiliarias, no muy aclaradas por cierto, ha tenido su punto más positivo en esta proyección de la diversidad de las culturas, de la necesidad del desarrollo sostenible y el respeto a la naturaleza, de la superación de los cotos cerrados, tanto en la política y la sociedad como en la cultura. El desprecio por lo diferente sigue siendo difícil de superar, lo que no deja de ser absolutamente lamentable.
Algunos de los grandes creadores en las diversas artes escénicas, han incidido en esta búsqueda de lo “exótico” de las claves técnicas y estéticas de otras culturas, buscado su integración, de la que han surgido obras maestras de la escena, tanto en el teatro dramático como en el ballet o la ópera. Incluso en la gastronomía, Ferrán Adriá, el chef de moda desde su ya emblemático “El Bulli”, ha expresado más de una vez su gran admiración por la cocina oriental y algunas de las exquisiteces que forman sus menús tienen algo que agradecerle.
La cultura que se abre es rica, plural y potencia además lo propio, y al tiempo, desde su autenticidad, se universaliza. A veces he puesto el ejemplo de un escritor, castellano hasta la cepa, con sus historias datadas en espacio y tiempo, Miguel Delibes que ha trascendido idiomas y civilizaciones muy diferentes.
Producir y estrenar, como así ha sido en la espléndida programación del Teatro Español de Madrid, obras como “I La Galigo”, es una apuesta franca por una cultura abierta en nada superficial o mimética que prescinde de posturas de superioridad y que bebe humildemente en fuentes ajenas. La preparación de estos espectáculos épicos no sólo supuso una labor larga de mesa y ensayos, sino que propició una serie de viajes para que los integrantes artísticos, supieran de las otras civilizaciones. En el montaje de Brook no se pretendió sustituir las raíces del teatro hindú sino ofrecer una visión en cierto aspecto mestiza. En “I La Galigo” el talento y la creatividad de sus responsables occidentales, asumió la dirección de una serie de actores, músicos y danzantes indonesios que nos ofrecieron lo mejor de su arte. Así el espectáculo trascendió este concepto y puede configurarse en un paso decisivo para esta interrelación folklórica y cultural que puede ayudar decisivamente a la comprensión de los pueblos.

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“Me gusta trabajar con una epopeya de esta escala porque la memoria de los héroes está todavía presente en la gente de la aldea. Es un mundo surrealista pero, con todo, es verdadero. Los ojos y las manos de los ejecutantes se convierten en una traducción concreta –con los colores, los sonidos, los susurros, los perfumes– del misterio y los divinos. Es sensualidad y belleza. Hay temas muy modernos en el mito pero el espectáculo está principalmente sobre la explosión de la creatividad. Son imágenes, danza y música. Las palabras son pocas: están en el canto del sacerdote de Bissu, la persona que lleva a cabo los secretos de la tradición oral de Sureq Galigo, y que dirije los acontecimientos entre el cielo y la tierra.”
Robert Wilson, director de escena.

Nota:

La UNESCO evalúa el manuscrito de “I La Galigo” a fin de determinar si es elegible para entrar en la lista de la Herencia Cultural Mundial. “I La Galigo” es un texto épico sobre la temprana vida en la Tierra de una comunidad Bugis. Fue escrito entre el siglo XIII y el XV en Indonesia en el idioma buginés.

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Archivado bajo Cultura, Diversidad cultural, Patrimonio

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