Nuevo descubrimiento

por Francisco Calvo Serraller

Mirado con reluctancia y aprensión por la mayoría de los ciudadanos de los países latinoamericanos desde casi el mismo momento de lograr su independencia, los cuales preferían afincar sus respectivas identidades en el patrimonio histórico-artístico anterior al descubrimiento de América, el llamado arte colonial posee un inmenso valor que desborda cualquier estrecha visión política. También la retórica política afectó a España, que quiso usarlo, principalmente durante el franquismo, como una trasnochada reivindicación del finiquitado Imperio y de las glorias de una raza hispánica. Ambas son visiones caducas, que es imprescindible superar, porque, a la postre, ni benefician a los que las promueven, ni, sobre todo, al conocimiento de un maravilloso y muy singular fenómeno cultural, de interés universal.
De entrada, hay dos hechos que caracterizan la exploración y conquista del continente americano y otras tierras de ultramar por parte de los españoles: el primero y más importante es el mestizaje, que, desde luego, no se limitó al simple cruce racial; el segundo, que el afán de explotación no impidió el desarrollo de una formidable política de infraestructuras locales, que, por ejemplo, apenas si existió en los territorios norteamericanos bajo dominio británico. Las razones que explican este comportamiento colonial tan desparejo son diversas y complejas, pero su raíz última quizá obedezca a una concepción del poder imperial más medieval por parte de los monarcas españoles, frente a otra imperialista propia del moderno capitalismo anglosajón. Sea como sea, lo cierto es que en los territorios ultramarinos dependientes de la corona española, entre los siglos XVI y XIX, se lleva a cabo una formidable labor constructiva y artística, que no sólo forma una parte sustancial del arte de la época moderna, sino que posee una personalidad única, al surgir del entrecruzamiento de las culturas más diversas.
Tan sólo acotando el tema al terreno de la pintura, como lo hace la exposición titulada Pintura de los Reinos. Identidades compartidas en el mundo hispánico, el resultado de lo exhibido es, se mire por donde se mire, de un interés y una calidad asombrosos. Sorprende, por tanto, que, con semejante acervo patrimonial, ninguno de sus protagonistas hayan sabido sacarle su extraordinario rendimiento potencial, empezando por lo más básico, que es explicar su auténtico sentido y su importancia, más allá de oportunistas retóricas políticas.
En el caso español, es muy elocuente la inveterada pésima gestión de lo atesorado en nuestro país de este increíble legado histórico-artístico. Hasta 1941, por ejemplo, no se crea una nueva institución del así llamado Museo de América, ni se inaugura su nueva sede física propia hasta 1965, habiéndose cobijado sus tesoros hasta entonces en el Museo Arqueológico Nacional, fundado casi un siglo antes, en 1867. Ubicado en la zona de Moncloa, muy cerca de la Ciudad Universitaria, el nuevo edificio, diseñado por los arquitectos Luis Feduchi y Luis Moya, y sus fantásticas colecciones no fueron adecuadamente dotados y promocionados. No se ha producido tampoco nunca una reflexión y un debate serios sobre cómo ordenar y distribuir sus tesoros, en los que se mezclan las obras precolombinas, el arte colonial, las artes populares e industriales, los documentos de la índole más diversa, etcétera. Por otra parte, no se ha llevado una duradera política de exposiciones temporales, ni la programación de otras muchas actividades que podrían haberlo convertido en el centro de la atención pública nacional e internacional. Con un poco de imaginación y medios, se comprende, en fin, lo que podía dar de sí una institución como ésta, hoy todavía muy poco conocida por la mayoría de los españoles, aunque debería ser uno de los cauces para que se produjera un nuevo descubrimiento de América, que sería simultáneamente también el descubrimiento de nuestro pasado y de nosotros mismos, y, por supuesto, por lo mismo, el de los pueblos americanos.

Fuente: El País/Babelia

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