El ardor, de Roberto Calasso (fragmento)

Transcribimos un adelanto de la nueva novela del autor de El loco impuro, en donde aborda la historia de la civilización védica, de la cual casi no quedan vestigios materiales, pero en cambio sobreviven, imponentes, sus palabras, su literatura.

 

Eran seres remotos, no solamente para los modernos sino incluso para sus antiguos contemporáneos. Distantes, ya no digamos como lo sería otra cultura, sino como si hubiesen sido otro cuerpo celeste. Tan distantes, que el punto desde el cual son observados casi resulta insustancial. Que esto suceda hoy o haya sucedido hace cien años, no cambia nada fundamental. Para quienes nacieron en la India, algunas palabras, algunas gesticulaciones, algunos objetos podrán parecerles familiares, como un invencible atavismo. Pero no son más que las puntas dispersas de un sueño al que se le ha ido borrando la vicisitud. Los lugares y el tiempo en los que vivieron son inciertos. El tiempo: hace más de tres mil años, pero los saltos bruscos en las fechas, entre un estudioso y otro, son notables. El área: el norte del subcontinente Indio, pero sin fronteras precisas. No dejaron objetos ni imágenes. Dejaron solamente palabras. Versos y fórmulas para escandir rituales. Meticulosos tratados que describían y explicaban esos rituales. Al centro de los cuales aparecía una planta embriagante, el soma, que todavía hoy no ha sido identificada con precisión. Ya en ese entonces se hablaba de ella como de una cosa del pasado. Aparentemente les costaba trabajo encontrarla. La India védica no tuvo una Semiramis ni una Nefertiti. Ni siquiera un Hammurabi o un Ramsés II. Ningún De Mille pudo montarla en escena. Fue la civilización en la que lo invisible prevalecía sobre lo visible. Como pocas, se expuso a ser incomprendida. Para entenderla, resulta inútil recurrir a los acontecimientos, porque no dejaron vestigios. Sólo quedan los textos: el Veda, el Saber. Compuesto por himnos, invocaciones y conjuros en verso; por fórmulas y prescripciones rituales en prosa. Los versos van engarzados a complicadas prácticas rituales. Las cuales van de la doble libación, agnhotra, que el jefe de familia se ve obligado a realizar solo, todos los días, durante casi toda su vida, hasta el sacrificio más imponente —el “sacrificio del caballo”, ashvamehda—, que implica la participación de centenares de hombres y animales. Los Arya (“los nobles”, así se llamaban a sí mismos los hombres védicos) ignoraron la historia con una insolencia que no tiene parangón en las vicisitudes de otras grandes civilizaciones. Conocemos los nombres de sus reyes sólo por las alusiones que de ello se hace en el Rig Veda y por anécdotas narradas en los Brahmana y en los Upanishad. No se preocuparon por dejar la memoria de sus conquistas. E incluso en los episodios de los que tenemos noticia no se trata tanto de empresas —bélicas o administrativas—, sino de conocimiento. Si hablaban de actos, pensaban sobre todo en actos rituales.
No nos maravilla que no hayan fundado —ni que hayan intentado fundar jamás— un imperio. Prefirieron pensar en lo que era la esencia de la soberanía. La encontraron en su duplicidad, en su división entre brahmanes y kshatriya, entre sacerdotes y guerreros, auctoritas y potestas. Son las dos llaves, sin las cuales nada se abre; se reina sobre nada. Toda la historia puede ser considerada bajo el ángulo de sus relaciones, que incesantemente se transforman, se ajustan, se ocultan en las águilas bicéfalas, en las llaves de San Pedro. Siempre hay una tensión, que oscila entre la armonía y el conflicto mortal. Sobre esa diarquía y sobre sus inagotables consecuencias, la civilización védica se concentró con la más alta y sutil clarividencia. A los brahmanes les había sido concedido el culto. A los kshatriya el gobierno. Sobre este fundamento se erigía todo el resto. Pero, todo lo que sucedía en la Tierra tenía su modelo en el Cielo. También allá arriba había un rey y un sacerdote: Indra era el rey, Brihaspati el brahmán de los Deva, el capellán de los dioses. Y únicamente la alianza entre Indra y Brihaspati podía garantizar la vida sobre la Tierra. Sin embargo, entre los dos se interpuso un tercer personaje: Soma, el objeto del deseo. Otro rey y un jugo embriagante, quien se comportaría de una manera irrespetuosa y evasiva con los dos representantes de la soberanía. Indra, que había luchado por conquistar el soma, al final sería excluido por los propios dioses a los cuales se los había ofrendado. ¿Y Brihaspati, el inaccesible brahmán de voz de trueno, nacido entre las nubes? El rey Soma, “insolente por la eminente soberanía que había alcanzado”, raptó a su esposa, Tara, y se une con ella; y de su semen engendró a Buda. Cuando el hijo nació, lo depositó en un lecho de hierba munja.
Brahma, entonces, le preguntó a Tara (y fue el acmé de la vergüenza): “Hija mía, dime, ¿éste es hijo de Brihaspati o de Soma?” Entonces, Tara tuvo que reconocer que era hijo del rey Soma, de lo contrario, a ninguna mujer se le creería en el futuro (pero ciertas repercusiones de la vicisitud siguieron transmitiéndose, de eón en eón). Y hubo necesidad de una feroz guerra entre los Deva y los Asura, los antidioses, para que Soma se convenciese, al final, de devolverle la esposa a Brihaspati. Dice el Rig Veda: “Tremenda es la mujer del brahmán, si es raptada; esto provoca desorden en el Cielo supremo”. Esto debería ser suficiente para los impróvidos humanos, que a veces se preguntaban por qué y en torno a qué se batían a duelo los Deva con los Asura en el Cielo, en aquellas siempre renovadas batallas. Ahora lo sabrían: por una mujer. Por la mujer más peligrosa: por la esposa del primero de los brahmanes. No existían templos, ni santuarios, ni murallas. Había reyes, pero sin reinos de límites trazados y seguros. Periódicamente se movían en carros con ruedas provistas de rayos. Esas ruedas fueron la gran novedad que aportaron: antes que ellos, en los reinos de Harappa y Mohenjo-daro sólo se conocían las ruedas compactas, sólidas, lentas. Apenas se detenían, procuraban, sobre todo, preparar fuegos y encenderlos. Tres fuegos, de los cuales uno era circular, uno cuadrado y uno en forma de media luna. Sabían cocer tabiques, pero solamente los utilizaban para construir el altar situado en el centro de su rito. Tenía la forma de un pájaro —un halcón o un águila— con las alas desplegadas. Lo llamaban el altar del fuego. La mayor parte del tiempo la pasaban en un claro de la jungla, de suave pendiente, donde se atareaban alrededor de los fuegos, murmurando fórmulas y cantando fragmentos de himnos. Era un equilibrio de vida impenetrable si antes no se pasaba por un largo aprendizaje. Su mente pululaba de imágenes. Acaso también por esto no procuraron tallar o esculpir las figuras de los dioses. Como si, al sentirse rodeado por ellos, ya no hubiesen sentido la necesidad de agregar sus representaciones. Cuando los hombres del Veda descendieron a la Sapta Sindhu, a la Tierra de los Siete Ríos, y luego a la llanura del Ganges; el territorio, en gran parte, estaba cubierto por la jungla. Se abrieron camino con el fuego, que era un dios: Agni. Dejaron que dibujara una telaraña de cicatrices. Vivían en villorrios provisionales, en cabañas apoyadas en pilastras, de paredes elaboradas con juncos y techos de paja. Seguían a los rebaños, moviéndose siempre hacia el Este. A veces permanecían un tiempo frente a inmensas masas de agua. Aquella fue la época áurea de los ritualistas. Entonces, a cierta distancia de los villorrios y a cierta distancia de unos y otros, se podían observar grupos de hombres —una veintena cada vez— que se movían entre los páramos, alrededor de fuegos perennemente encendidos, cerca de algunas chozas. Desde lejos, se escuchaba un murmullo surcado por cantos. Cada detalle de la vida y de la muerte estaba en juego, en ese ir y venir de hombres absortos. Pero no se podía pretender que eso fuese evidente a los ojos de un extranjero. De la época védica queda muy poca evidencia tangible. No subsisten edificaciones, ni restos de edificaciones, ni representaciones. Cuando mucho, algunas deterioradas piezas arqueológicas en las urnas de museos. Edificaron un Partenón de palabras: la lengua sánscrita, ya que samskrita significa perfecto.
Así dijo Daumal. ¿Realmente, por qué motivo no quisieron dejar rastros de ellos? El arrogante evemerismo occidental de siempre, de inmediato apelaría a la depauperación de los materiales en un clima tropical. Pero la razón era otra, y los ritualistas la señalaron. ¿Si el único acontecimiento imprescindible es el sacrificio, qué sucede con Agni, con el altar del fuego, una vez concluido el sacrificio? Respondieron: “Luego de completar el sacrificio, él asciende y entra en el resplandeciente (el Sol). Por eso, uno no se debe preocupar si Agni es destruido, porque él ya habita en el disco que se encuentra allá en lo alto”. Toda construcción es temporal, incluso el altar del fuego. No es algo detenido, sino un vehículo. Una vez consumado el viaje, el vehículo también puede ser destruido. Por eso, los ritualistas védicos no elaboraron la idea de templo. Si le dedicaron mucho cuidado a la construcción de un pájaro, esto fue para que él pudiese volar. Lo que quedaba en ese lugar, lo que se quedaba en la Tierra, era una envoltura inerte hecha de polvo, fango seco y tabique; a la cual se le podía dejar como si fuese un caparazón. La vegetación se encargaría de volverla a cubrir muy pronto. Mientras tanto, Agni vivía en el Sol.

Roberto Calasso. L’ardore, Adelphi, Italia, 2010, 530 pp.
Traducción de María Teresa Meneses
Fuente: Milenio

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