Acabar con el multiculturalismo, propone Alain Touraine

“Una sociedad multicultural no es posible en Europa”. Lo acaba de decir Alain Touraine en Oviedo, antes de recibir su premio Príncipe de Asturias, ese galardón a la corrección política. Cosas veredes, amigo Alain: hace 20 años, a los que decíamos esas cosas nos llamaban inmediatamente “fascistas”, como a la Merkel. Ahora también, sí, pero ya sólo desde la trinchera de la ultraizquierda oficial, donde la checa se va haciendo búnker. Bienvenido sea, en todo caso, el aldabonazo de Touraine, porque viene a poner el dedo en una llaga que en España nadie osa tocar. Metamos en ella el puño, y hasta el fondo.
¿De qué estamos hablando? Porque del multiculturalismo (“multiculti”, como dice Angela Merkel) se habla mucho últimamente, pero no está claro que todo el mundo sepa lo que dice. Multiculturalismo no es que en un sitio haya muchas culturas. No. Multiculturalismo es la doctrina según la cual las diferencias de carácter cultural deben ser afirmadas en la ordenación de la vida colectiva, de forma que cada comunidad pueda organizarse según sus propias reglas en el marco de una sola sociedad. Así, por ejemplo, los musulmanes podrían vivir en España con su poligamia, de manera legal.

Procede de EE UU

La ideología multiculti viene de América, de donde no nos llega sólo el Tea Party, sino también este otro tipo de infusiones. Fue allí, en los Estados Unidos, donde se planteó la idea de que las distintas comunidades étnicas pudieran vivir sin abandonar su particular concepción de los derechos y la vida social. A lo largo de los años setenta fue construyéndose una doctrina orientada a que las minorías negra (afroamericana), asiática o musulmana pudieran ser americanas sin renunciar a su identidad previa. Para la nueva izquierda americana, aquello representaba un nuevo horizonte: después de superar la lucha de clases, había que superar la lucha de culturas. Se acabó la supremacía blanca, anglosajona y cristiana; tras la democracia social, había que conquistar la democracia cultural.
Cuando pasó a Europa, la ideología multiculti adoptó la forma de un imperativo: respetar cuidadosamente las formas de vida de las nutridas comunidades de inmigrantes. Esto significó un sensible cambio de perspectiva. Hasta ese momento –años ochenta, más o menos–, la doctrina hegemónica había sido la del mestizaje, el melting pot, o sea, todos mezclados, conforme al antirracismo oficial. Pero fueron las propias minorías las que no querían mezclarse, y tenían sus razones: ¿a santo de qué dejar de ser lo que somos? Lo multiculti, por el contrario, ofrecía un marco mucho más acorde con sus aspiraciones: puesto que somos muchos, vivimos en este país y lo sostenemos con nuestro trabajo, exijamos que este país nos reconozca nuestra identidad particular.

Adiós al mestizaje

En España hay ejemplos muy notables de esta evolución. Aquí los artistas de la zeja, antes de que ceja hubiera, montaron una fundación que respondía al nombre de Contamíname (todavía sobrevive, abundantemente financiada con dinero oficial). Ahí estaban casi todos los nombres de la vieja izquierda caviar, haciendo propaganda incesante del mestizaje, primero, y del multiculturalismo después. Y la propaganda se convirtió en actos. El nuevo Estatuto de Cataluña, al mismo tiempo que consagra al catalán como “lengua propia”, defiende la necesidad de promover “políticas que garanticen el reconocimiento y la exigencia de derechos y deberes para las personas inmigrantes”, llegando incluso a dar espacio a formas de unión conyugal como la poligamia.

Avance islámico

Es precisamente la pujanza musulmana lo que ha llevado a constatar que, pese a las buenas palabras, el multiculturalismo nos lleva al hoyo. Hace algunos años, el veteranísimo Arnaud de Borchgrave, editor de The Washington Post y director de la United Press Internacional, lanzaba la voz de alarma: las minorías musulmanas están creando en Europa una sociedad paralela con sus propias reglas, tolerada por la sociedad oficial. Es un proceso sostenido y consciente de penetración social y cultural. El primer paso es provocar que las instituciones funcionen a favor del islam. Y una vez dentro del sistema, es decir, una vez logrado que el sistema acepte la singularidad musulmana, llegará el momento de imponer la supremacía islámica. En el consejo municipal de Amberes (Bélgica) figuran ya fundamentalistas islámicos –por supuesto, ciudadanos belgas– que se desenvuelven sin la menor cortapisa. Entre nosotros, Enrique de Diego ha estudiado intensamente el problema.
Un objetivo fundamental de los musulmanes es que la Justicia les reconozca su particular fuero. Allá por 2007, hizo mucho ruido en Alemania el caso de una ciudadana de origen marroquí que acudió a los tribunales para solicitar el divorcio de su marido, musulmán, porque éste le infligía malos tratos. El tribunal se lo denegó. La jueza Christa Datz-Winter utilizaba el Corán –sura 4, versículo 34– para fundamentar su fallo: en la cultura musulmana el marido tiene derecho a usar el castigo corporal contra una mujer desobediente y establecer la superioridad del marido sobre la esposa. Aquella sentencia venía a establecer que el musulmán, por serlo, tiene derecho a una interpretación singular de la ley. La jueza Datz-Winter fue finalmente retirada del caso, pero el punto débil del sistema quedaba al descubierto.
En un mundo así, la gente sale corriendo. En Gran Bretaña se ha producido en los últimos años un curioso fenómeno: el vuelo blanco, es decir, el movimiento masivo de familias europeas que cambian de residencia para que sus hijos no vayan a colegios con mayoría de alumnos asiáticos o africanos. Pero los asiáticos y los africanos actúan del mismo modo, de manera que el viejo sueño multiculti termina creando una multiplicidad de guetos. El viejo proyecto de inducir el mestizaje mediante la convivencia forzosa de niños de distinto origen étnico ha fracasado. El veterano laborista Jack Straw, varias veces ministro con Tony Blair, advertía: “La gente está respirando el mismo aire, pero caminando en aceras distintas”.
En Francia, el debate empezó planteándose a propósito del velo femenino islámico. Enseguida la opinión se rompió en dos: a un lado, los republicanos, que defendían la necesidad de asimilar a las minorías culturales, es decir, la renuncia de las minorías a aquellas costumbres que rompieran el orden general; al otro, los demócratas, que apostaban por caminar hacia una nueva forma de orden social donde todos cupieran sin dejar de ser lo que son. Ambas posiciones alcanzan su punto de ebullición cuando entran en contacto con la realidad: si optamos por la integración previa renuncia, al estilo republicano, será preciso ejercer una cierta violencia, aunque sólo sea administrativa, porque se está obligando a alguien a dejar de ser lo que es; pero si optamos por la sociedad multicultural, al estilo demócrata, tendremos que ser capaces de imaginar un nuevo marco de derechos y deberes aceptado por todos, y eso nos llevará a su vez a emplear métodos que nos permitan obligar a todos por igual, de manera que el conflicto se multiplica. El problema no es inventar un orden, sino mantenerlo.

Nuevo paradigma

“Es necesario priorizar el orden”, acaba de decir Alain Touraine. Ya decía Goethe que prefería la injusticia al desorden: la injusticia, si hay orden, se puede rectificar, pero el desorden sólo genera caos y, por tanto, injusticia. Con esto Touraine se pasa a nuestra orilla. Bienvenido a la derecha, monsieur Touraine, pero ya podía usted haber llegado antes. En todo caso, nunca es tarde si la dicha es diestra. Y ahora, la cuestión es: ¿qué hacemos? “Hay que respetar los derechos –dice Touraine–. Derechos para todos”. Bien, pero ¿sus derechos o los nuestros? Porque, al final, toda la cuestión reside en saber quién tiene derecho a definir los derechos.
Poco a poco, en Europa se va dibujando sólo una vía: que las minorías se integren en el marco de principios y leyes que ha fijado la mayoría. ¿Por qué no? Disponemos de una política de libertad de cultos que permite la práctica de cualesquiera religiones, siempre que no ordenen cosas contrarias a la ley común. Pero, ojo, eso implica la necesidad de que nosotros sepamos dónde hay que integrar a la gente, cuál es el marco de principios que define nuestra identidad. No se trata sólo de un ordenamiento legal, sino también de una identidad cultural, de una tradición, lo cual incluye, por cierto, una religión.
No todos estarán de acuerdo, como es natural (eso también forma parte de nuestra manera de ser). Pero la definición y la afirmación de nuestra identidad colectiva, como españoles y como europeos, se ha convertido hoy en un instrumento de primera importancia para guiar racionalmente la integración de quienes vienen de fuera. Hemos de definir y proteger nuestro propio espacio. Y podremos llamar al otro para que se integre en él, pero sin que deje de ser nuestro. De lo contrario, no veremos integración alguna, sino, propiamente hablando, una desintegración. Es lo que estamos viviendo ya.

Fuente: http://www.intereconomia.com/noticias-gaceta

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1 comentario

Archivado bajo Cultura

Una respuesta a “Acabar con el multiculturalismo, propone Alain Touraine

  1. Alberto Chepe

    El autor de este artículo demuestra gran ignorancia en sus interpretaciones acerca del multiculturalismo. Al menos en lo que respecta a las mayores victimas de la marginación, es decir los grupos etnicos; el anhelo multiculturalista no pugna por una diferenciación de derechos que conlleve privilegios para algunos; NO, se pide igualdad INCLUSIVA y respeto a sus diferencias. Por otro lado es obvio que las autoridades deben priorizar los derechos universales básicos como la vida ante tradiciones arcaicas que lastiman y vulneran a los demás; pero en torno a esta situación y a la existentencia (hay que decirlo) de grupos fundamentalistas que tampoco quieren convivir con los demás, se ha formado un falso debate que no toca los temas de fondo… el odio irracional y la busqueda del poder y los recursos.

    Dr. Alberto Chepe.

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