Breve historia de la desigualdad de género

Fragmentos de dos conferencias dictadas

por Alejandro Carrillo Castro

 

Venus de Tursac (Dordoña)


El contenido ideológico de los libros que les dan base y que consideran sagrados las tres religiones monoteístas patriarcales de occidente es en esencia idéntico. Los tres contienen la misma explicación sobre el origen de la humanidad, que se dice surgida de un nacimiento abiertamente antinatural, pues en vez de que el primer hombre, Adán, hubiera nacido de una madre, de una mujer, el Dios de los patriarcas decidió que fuera precisamente al revés. Eva, la primera mujer, nace según la Biblia del cuerpo del hombre, del padre Adán, para dejar claramente establecida desde entonces la preferencia divina con respecto al varón, en cuanto a la creación de la especie humana.
Por su parte, la filosofía llamada “occidental” y que ha servido de marco en los últimos dos mil quinientos años a quienes residen en las llamadas “ciudades-estado” de la Grecia y Roma clásicas, actividad cultural de la cual estuvieron excluidas las mujeres hasta muy recientemente, está basada en propuestas ideológicas surgidas primordialmente en los siglos V y VI a.C., también en el área que circunda el mar Mediterráneo. Uno de sus más connotados pensadores, Aristóteles de Estagira, elevó a la categoría de verdad científica una idea muy similar a la del dogma religioso judeo-cristiano-islámico, que otorga a la mujer, frente al hombre, un papel secundario en la concepción de los hijos, señalando que sólo el semen masculino es el que transmite la característica humana por excelencia: el alma. El semen femenino, la catamenia —a decir de Aristóteles— carece de esta condición naturalmente superior y es tan sólo un caldo de cultivo que sirve para nutrir la célula privilegiada, ya no por Dios sino por la naturaleza, que es, otra vez, el semen o semilla masculina. Dicha afirmación fue considerada, en este aspecto, como el summum de la “ciencia” occidental a lo largo de casi 2000 años.

Los griegos, como se sabe, eran politeístas. Pero sus conceptos religiosos eran similares a los judeo-cristianos e islámicos en lo referente al origen subordinado de la mujer, a la cual se le atribuía también haber nacido de un padre y no de una madre. Sólo que, en este caso, se trataba de un parto en el ámbito divino, en el cual Atenea, la diosa de la sabiduría, no nació “del oscuro seno de una madre”, al decir de Esquilo, sino “del cerebro luminoso de su padre, Zeus”, a quien los romanos denominarían Deus, de allí el nombre de Deus-Pater o Júpiter, del sánscrito: Dyaus-Pitar. También los griegos postulaban el mito de que otro hijo de Zeus, Dionisos, había nacido, no de su madre, sino del muslo de su padre.
Esta versión antropogónica-patriarcal del occidente fue apoyada por un cúmulo de artistas desde la Grecia clásica, Esquilo entre ellos, quien en La Orestiada hace decir a Apolo que “no es la mujer la que procrea a los hijos, sino el varón, quien los engendra con su semen”, la semilla masculina que, como decía Aristóteles, transmitía a los hijos “el alma o esencia divina”.
Homero propuso en La Odisea, como el modelo ideal de esposa a la reina Penélope, por haber esperado fielmente veinte años, “teje que teje”, el retorno de su marido Ulises, en contraparte con lo que, según La Iliada, hizo la reina Clitemnestra, quien no bien su esposo Agamenón se había embarcado rumbo a Troya con su hermano Menelao, invitó a su palacio a Egisto, pariente de su esposo, para convertirlo en su amante, en “el Sancho” real, y coronar con magníficos “cuernos” a su viajero marido. Haberle asignado a Penélope la función de tejedora no es casual. En el antiguo Egipto —y es obvio que Homero debía saberlo— se utilizaba la misma palabra —mr(y)t— para designar a una mujer esclava o prisionera de guerra que a una mujer que “tejía”. Poner a Penélope “a tejer” significaba haber logrado que se convirtiera en esclava o “prisionera” de su marido, al que debía obediencia y fidelidad, aunque éste se hubiera ausentado de la casa la friolera de veinte años, como en el caso de Ulises.
A lo anterior deben sumarse los mil años del Imperio Romano, que impuso en buena parte del orbe su proverbial derecho, el cual estableció, ahora como dogma jurídico, que son los padres, los Patricios, los únicos que tienen el derecho a heredar el patrimonio familiar a sus hijos, así como a ejercer la patria potestad sobre sus esposas y demás descendencia. No resulta una casualidad que en la India existiera también el equivalente a lo que en Roma era la clase social de los Patricios, constituida por la casta sacerdotal de los Brahmanes, o sea, los representantes de Brahma, el dios Padre o dios Creador.
Pero regresemos a la Roma antigua. Quizá ninguna definición de la ideología patriarcal que permea todo el derecho romano resulte más clara que las palabras de Catón, “el viejo”, a finales del periodo de la República, cuando en defensa de la Ley Oppia señaló: “Nuestros padres han querido que las mujeres estén bajo el Poder de sus padres, de sus hermanos, de sus esposos. Recordemos todas las leyes por medio de las cuales nuestros padres encadenaron la libertad de las mujeres, por medio de las cuales las han sujetado al poder del hombre. En el momento en que nosotros dejemos que se vuelvan nuestros iguales se tornarán en nuestros superiores”. Y así fue que el modelo religioso judeo-cristiano-islámico, reforzado a su vez por la filosofía griega y el derecho romano, se fue convirtiendo en norma en el mundo occidental, esto es, se volvió …lo normal.
Cabe preguntarse ¿cómo es que todo esto llegó a ocurrir así? ¿Se debe acaso a que efectivamente los dioses, Dios o la Naturaleza, otorgaron a los hombres una capacidad biológica superior a las mujeres, que los hizo más inteligentes o mejor dotados que sus contrapartes femeninas? Porque si esto fuese así, todo esfuerzo por corregir este designio divino o natural no tendría ningún sentido y deberíamos entonces aceptar resignadamente que tal es la voluntad divina y que, por lo tanto, nada puede hacerse, ya que … biología es destino.
Yo pienso, al igual que la gran mayoría, que esta afirmación no es cierta y que los roles de género que actualmente se conocen y se aceptan en el mundo occidental no son mandatos de los dioses, de una Diosa o Dios, o de la naturaleza, sino que se trata, en muy buena medida, de creaciones históricas de los propios seres humanos y, por lo tanto, relativas y modificables también históricamente. Si bien nadie podría negar que “biología es diferencia”, de ello no debe concluirse que “diferencia biológica” significa necesariamente desigualdad de derechos y de oportunidades de desarrollo individual y colectivo.
¿Cómo fue entonces que los actuales roles de género que el llamado mundo occidental asigna a la mujer y al hombre se fueron estableciendo a lo largo de la historia, hasta llegar a su consagración, como hoy los conocemos, en la Biblia Judeo-Cristiana, en el Corán, en la filosofía griega y en los mandatos del derecho romano?
Numerosos estudios e investigaciones realizadas desde el siglo XIX y sobre todo a finales del XX, han demostrado que los roles de género han cambiado mucho a lo largo del tiempo y que no en todas partes ni en todas las épocas han sido los mismos. En algunas sociedades antiguas, por ejemplo, la mujer tenía asignado un rol de género más igualitario, y en ocasiones aún más importante que el conferido hoy día a los varones. Este cambio en los roles de género no es fácil de ser advertido en el análisis de los esqueletos humanos o en los pedazos de cerámica que se descubren en los sítios por los que pasaban los clanes primitivos, o en las ruinas arquitectónicas de las primeras sociedades urbanas, que son el material que acostumbran estudiar los arqueólogos y los antropólogos. Pero sí se puede indagar y deducir del estudio de los mitos, las leyendas y las religiones que, como lo plantearan Bachofen, Frazer, Freud, Jung, Fromm y, más recientemente, Robert Graves y Joseph Campbell, entre otros, constituyen el testimonio o el espejo en el que se reflejan las condiciones materiales y sociales de las épocas anteriores a la historia escrita y que constituye ya un nuevo campo de estudio, el de la arqueomitología.
En esta nueva área de las investigaciones sociales, orientada al estudio de los mitos y las religiones se cuenta ya con indicios de cómo pudo haberse producido el cambio del modelo matriarcal al patriarcal. La mitología griega ofrece dos ejemplos de explicación del cambio de un paradigma o modelo cultural al otro. El primero se encuentra en la clásica obra de Hesiodo, La Teogonía, que, como su nombre lo indica, narra el origen de las deidades griegas. En ella, como dice Apostolos N. Athanassakis, “se registra el proceso evolutivo que va del dominio femenino al masculino”; que empieza con Gaia o Gea, “una matriarca suprema” que no necesita de ningún dios masculino para crear a sus hijos; y termina con Zeus, un “patriarca supremo”, que tampoco necesita de ninguna diosa femenina para generar a sus hijos.
Que este cambio del modelo matriarcal al patriarcal entre los griegos tuvo que haber sido gradual dan testimonio los relatos religioso-mitológicos en los que se habla ya de que había sido un dios masculino el que tuvo a su cargo la creación del primer hombre (como en el caso de Prometeo, que lo crea artesanalmente en un torno de alfarero a partir del barro; o del dios egipcio Khnemu; o de Yahvéh, el dios patriarcal de los hebreos, en el caso de Adán), pero se señalaba también que esta creación masculina requería, para perfeccionarse, de la participación de una mujer. En el caso del hombre de barro creado por Prometeo era la diosa Atenea, que se encargaba de insuflar “el alma” o proporcionar el “soplo vital” a esta creación demiúrgica o artesanal de tipo masculino, pues sin su coparticipación, esta nueva criatura estaría todavía incompleta. Lo mismo creían los egipcios con relación al nacimiento de sus faraones, que para venir al mundo debían recibir primero el “soplo vital” de la diosa Hator; y otro tanto ocurría con el mito griego del escultor o demiurgo llamado Pigmalión, quien con un martillo y un cincel esculpió en piedra la estatua de la bella Galatea, la cual sólo pudo adquirir vida humana hasta que recibió la transmisión del “alma” o soplo vital de una mujer, en este caso de la diosa Afrodita.
Es curioso que en el idioma griego que utilizaba Homero, “mujer” se decía precisamente damar, que significa domada o sujeta a sumisión. Quizá Shakespeare quiso hacer alusión a este hecho cultural cuando escribió La Doma de la Fiera, también conocida como La Fierecilla Domada, algo similar a lo que Homero refiere en La Odisea con respecto a Penélope, que fue domada por Ulises para convertirla en una esposa fiel y sumisa, al grado casi heroico en que Homero lo relata. El apelativo Mi Dama o Madame vendría entonces a significar algo así como mi domada o mi doméstica.
De esta manera, paulatinamente, se habría producido el cambio de un modelo o paradigma cultural a otro, cuyo principio o arché sería totalmente opuesto al anterior, en el que el papel social —rol de género— asignado al varón sería mucho más importante que el asignado cultural y socialmente a la mujer. En el nuevo modelo patriarcal se prohibiría a las mujeres ejercer su anterior derecho a casarse o mantener relaciones sexuales con dos o más hombres, como específicamente lo estableció el edicto del rey Urukagina en el tercer milenio antes de Cristo, en la Mesopotamia, bajo la pena de ser desfiguradas del rostro o lapidadas, norma y sanción que pasarían posteriormente al Código de Hammurabi en el 1700 a.C. —como lo recuerda la Biblia en el caso de la mujer adúltera, cuya lapidación logró frustrar Jesús—, norma y sanción que, como sabemos, aún subsisten en algunas legislaciones civiles y religiosas de nuestros días.
La nueva concepción cultural, basada ya no en las antiguas relaciones de sangre del derecho materno sino en las nuevas relaciones jurídico-políticas del derecho paterno o patriarcal, fue la que finalmente permitió la gran revolución que consiguió llevar al cabo Clístenes, tambien en Atenas, en el año 505 a.C., al cambiar la forma de ejercer el voto ciudadano, que antes de él se hacía con base en la pertenencia a los clanes o gentes consanguíneos (genos entre los griegos), cuyos integrantes compartían un mismo origen de sangre, sustituyéndola por la residencia en el distrito político o deme que le correspondiese a cada ciudadano, de acuerdo con la división territorial de la ciudad que jurídicamente había aprobado la asamblea ateniense.
Al elegir a los representantes políticos por distrito electoral o deme y no con base en su pertenencia a los clanes y a las tribus consanguíneas, se dio origen al sistema que hoy llamamos “democracia”, Así, los que jurídicamente se concebían como hipotéticos “hijos del padre” se convertirían también jurídicamente en los hipotéticos “hijos de la polis”, en los “hijos de la ciudad”, en los “ciudadanos”, concepto que llevaría finalmente al perfeccionamiento, con Hobbes, del concepto de “Estado”, de “Estado de Derecho”, trascendente creación cultural de los seres humanos, a la cual este tratadista comparaba con un ”monstruo artificial” y al que por lo mismo denominó “Leviatán”.
[…] los hombres acordaron que la mujer no volviera a tener control sobre la función reproductiva de su propio vientre y buscaron garantizarse que dicho control pasara exclusivamente a manos del hombre, ya fuese como padre en la familia; como legislador, policía o juez en el Estado; o como sacerdote en el ámbito religioso. Sólo así se podría asegurar que el padre contaba con los hijos que consideraba necesarios para auxiliarlo en el trabajo familiar; el Estado, con los policías y soldados que lo hicieran fuerte y próspero; y las iglesias, con los fieles y los misioneros que les dieran universalidad y permanencia en la historia.
Se afirma que una ilustración o imagen dice más que mil palabras. Dos cartones publicados en los diarios de México ilustran de manera puntual lo señalado anteriormente, al poner en boca de prelados de la Iglesia católica supuestas frases como las siguientes:
—¿Decidir sobre su propio cuerpo? ¿Y quién les dijo a las mujeres que su cuerpo les pertenece?
—Ser tratados como animales de granja (ser domesticadas) …ese papel ya lo tenemos reservado para las mujeres.
—Tú eres la tentación… por eso te violan.
—La paternidad de los violadores es sagrada, así que… cuidadito con abortar.

Las mujeres y los hombres del presente y el futuro debemos explorar fórmulas más equilibradas en un nuevo modelo que evite los extremos aquí relatados, que procure no volver a incurrir en los conocidos tropiezos del pasado y que permita que mujer y varón sean iguales en su dignidad y complementarios en sus diferencias.

Xalapa, Ver., julio de 2004 — México, D.F., agosto de 2010

El Dr. Alejandro Carrillo Castro es un experto en materia de equidad de género. Entre muchos otros cargos en los ámbitos público y privado, ha sido Cónsul General de México en Chicago, Ill.; Representante permanente de México ante la OEA; Presidente de la Comisión de Ayuda a Refugiados (COMAR). Actualmente es profesor en la Facultad de Derecho de la UNAM, miembro del Patronato de nuestra máxima casa de estudios, y Director General de la Fundación Miguel Alemán. Ha publicado siete libros y ha sido condecorado dos veces con la Medalla de la Legión de Honor de Francia, una en grado de Caballero y otra en la de Comendador.

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