Los criptojudíos y la Inquisición

Dos etapas bien diferenciadas delimitan la historia del judaísmo español. Una es la convivencia pacífica de las tres religiones –cristiana, musulmana, mosaica– y la otra, la intolerancia religiosa con la implantación de la Inquisición y la expulsión de los judíos de la península. La presencia de los sefaradíes, sin embargo, es anterior a la era visigótica. Su existencia se adaptó a la política que emplearon los monarcas en los diversos reinos y en tiempos diferentes. Vivían en barrios separados llamados juderías o aljamas y desarrollaban la actividad de un pueblo industrioso: en su mayoría eran artesanos, pequeños comerciantes; otros cultivaban viñas y además algunas familias eran integrantes de la aristocracia vinculada a la Corte.
A partir del siglo XIV, siendo mayor su incorporación social, comienzan a producirse cambios, ya que aparecen tensiones, tanto en el orden religioso como en el político y social, que culminan con las persecuciones que estallan en el año 1391. Se producen verdaderas masacres en Castilla, Aragón, Navarra, y desaparecen importantes juderías como las de Barcelona y Mallorca.
Una de las consecuencias más significativas fue el surgimiento de un fenómeno socio-cultural muy particular, el criptojudaísmo. El terror llevó a los judíos a convertirse al catolicismo masivamente; como no eran sinceros, continuaban profesando en secreto su fe. Esta doble actitud hacia lo religioso produjo algunos cambios en lo social. Cambiados sus apellidos, los conversos accedieron a elevados cargos de carrera o eclesiásticos, o se enlazaron a través del matrimonio con altos linajes de la nobleza en Castilla y Aragón.
Pero estos cristianos nuevos, sospechosos de prácticas judías secretas, fueron despertando recelo y pronto fueron objeto de controles que junto a factores de orden político culminaron con la decisión de los Reyes Católicos de implantar la Inquisición, caracterizada por la intolerancia religiosa y la violencia de sus métodos.
El Consejo de la Suprema y General Inquisición extendió todo su poder en toda España y Portugal, con su secuela de procesos, persecuciones y castigos. Finalmente, en el año 1492, después de la toma de Granada, último baluarte de los moros, los Reyes Católicos firman el decreto de expulsión de todos los judíos que habitaban sus reinos. Ante la opción del destierro o la conversión, muchos partieron y otros permanecieron; estos últimos –convertidos– se incorporaron a la sociedad española en todos los estratos sociales. Años más tarde, idéntica medida era tomada con los moros.
En cuanto a los métodos, los tribunales del Santo Oficio actuaban a través de una red de inquisidores, fiscales y funcionarios, engranajes de una perfecta organización de vigilancia. Aún a distancia, por medio de familiares y comisionarios, el castigo llegaba a los herejes. Para instruir al pueblo se publicaban edictos que señalaban indicios que debían denunciarse de inmediato. Para reconocer la adhesión secreta al judaísmo fueron señalados 36 puntos, desde el cumplimiento de festividades y ayunos hasta los ritos con los difuntos. Los sumarios y procesos, las actuaciones y las sentencias, estaban sujetos al más absoluto secreto y era denominado por ellos “Archivos Secretos”. Sólo transcendían al pueblo los autos de fe.
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Los documentos hallados sobre las actuaciones en México permiten reconstruir la doble vida que llevaban los criptojudíos mexicanos.
La familia Carvajal llegó a la Nueva España con Don Luis de Carvajal el viejo, cuyas funciones de pacificador y gobernador de un extenso territorio fueron importantes desde el punto de vista histórico. Salvo éste y su sobrino Fray Gaspar de Carvajal, toda esta familia era criptojudía. Don Luis de Carvajal el mozo, otro sobrino del gobernador, uno de los primeros místicos mexicanos, se destacaba por su fervor religioso, sus poemas y su conocimiento de las sagradas escrituras. Se producen intrigas contra el gobernador, se desatan denuncias y en mayo de 1589 los funcionarios de Santo Oficio apresan a Don Luis de Carvajal el mozo, su madre y hermanas.
En la soledad de la prisión, una mañana Luis pudo ver a través de un orificio de la puerta a los inquisidores que llevaban a su madre a la cámara de tormento y sin poder moverse, lívido, oyó “aquel día de mayor amargura y aflicción que todos los pasados, los dolorosísimos gemidos de su querida madre cuando era atormentada.

Goya, Aquellos polvos

También los reos encerrados en las prisiones secretas y privados de toda comunicación exterior eran sometidos a una sutil vigilancia. Un espía acompañó a Don Luis en su celda para ganarse su confianza. En las conversaciones mantenidas con el supuesto amigo, Luis fue implicando en sus confidencias a gran número de judíos secretos. Estos datos y el contenido de la autobiografía de Luis fueron entregados a los inquisidores, lo que comprometió a su familia y a los denunciados.  Inútiles fueron los ruegos por su madre y sus hermanas, cuando Luis tuvo la certidumbre de la deslealtad.
El 8 de diciembre de 1596 cuando la Plaza Mayor de México hervía de gente y se lucía el tablado —los doseles de terciopelo negro, los almohadones, las alfombras, y las armas reales de seda y oro— se celebró uno de los más solemnes autos de fe.  Una procesión de sesenta y ocho penitenciarios, entre los que se contaba Don Luis de Carvajal el mozo, la anciana Doña Francisca, sus hijas Doña Isabel Rodríguez de Andrade, Doña Catalina de León y de la Cueva y Doña Leonor de Carvajal, fueron condenados a muerte en la hoguera.
Seymour Liebman, autor de varios trabajos sobre la Inquisición en México, arroja luz sobre los subterráneos métodos de los “negados” para comunicarse y sobrevivir, y cómo aquellas costumbres son determinantes de algunos rasgos culturales actuales.

El comerciante Álvarez de Arellano estaba encargado de encontrar posibles maridos para las jóvenes judías mexicanas entre las comunidades de Pisa, Livorno, Ferrara y Ámsterdam.  Los lugares de entierro más comunes eran la catedral, las iglesias y el convento de Nuestra Señora del Carmen.   En la zona de Yucatán algunos panaderos conservan aún hoy el hábito de arrojar al fuego un trozo de masa con la cual han de preparar el pan; ignoran que esa costumbre proviene del pasado en que familias criptojudías cumplían el precepto llamado “jala” por el cual se separa un trozo de pan en la bendición tradicional.
También desde México, muchos fugitivos llegaron nada menos que a las islas Filipinas, que estando bajo la jurisdicción del Santo Oficio mexicano no se ocupó en los primeros tiempos de ellas.  El principal motivo de atracción lo constituyó la intervención en empresas mercantiles, no sólo a través del comercio de especias, sino, en este caso, la posibilidad que ofrecía la proximidad de uno de los centros mercantiles más importantes del Sudeste de Asia que entregaba sedas, porcelanas o marfiles a cambio de la preciada plata novohispana.
Instalados y funcionando los dos primeros tribunales en Lima y México, las autoridades reclamaban la instalación de un tercero para un mayor control.
El virrey Francisco de Toledo, en una carta fechada en 1577, señalaba los inconvenientes que ocasionaban los traslados a raíz de las enormes distancias.  Por su parte, el inquisidor Antonio Ordóñez, dos años después, expresaba la misma opinión, solicitando el establecimiento de dos tribunales del Santo Oficio, en particular, para controlar la entrada de extranjeros y judaizantes, señalando que “están todas las provincias muy pobladas y llenas de gente y a la opinión de ricas acuden todas las naciones y por esos puertos gran cantidad de extranjeros y portugueses, a los que creemos, los extranjeros inficionados de errores que hay en sus tierras y los portugueses que son todos judíos y como la gente va creciendo y los nacidos acá es gente fácil y ocasionada para novedades, tenemos alguna sospecha no venga a sembrarse en estas provincias alguna mala doctrina, que se podría temer por la libertad de la tierra”.
La tortura fue empleada para obtener la confesión y el testimonio que involucrara a otros sospechosos.
Las penas iban desde azotes, vergüenza, destierro, galera, prisión, uso del sambenito, cárcel perpetua hasta muerte en la hoguera o estrangulamiento como “gracia” si se lograba la conversión a último momento. Los acusados privados de sus derechos de defensa y sometidos a juicios que se extendían largos años, soportaban el castigo de la confiscación de bienes, con lo cual la familia del mismo sólo esperaba el desamparo y la ruina total.
La introducción de los Estatutos de Limpieza de Sangre dividió a España en una lucha de clases. Por medio de estos estatutos debía demostrarse que no se descendía de judío, moro o penitenciado por la Inquisición, pero todos ellos formaban parte de esa sociedad. Se impusieron en la nobleza órdenes militares y religiosas, colegios mayores, gremios, cofradías y todo modo de vida, de manera tal que los excluía de empleos, cargos y posición social. Por medio de la censura y quema de extensos índices de obras y escritos, incluyendo la Biblia en romance por considerarla herética, la vigilancia llegó a las bibliotecas privadas, las universidades y aduanas. Posteriormente la persecución de los temidos tribunales alcanzó a alumbrados, luteranos y protestantes, aumentando en tiempos de la Contrarreforma para declinar en el período borbónico. Superstición, brujería, magia, prácticas ocultas, también fueron consideradas herejías.
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Auto da Fe del 8 de diciembre de 1596.
Francisco Rodríguez, portugués, mozo soltero, natural de San Vicente de Abeorou en el reino de Portugal, por sospechoso y encubridor en la guarda y observancia de la Ley de Moisés y por fautor de herejes.
Cien azotes y destierro de México por dos años precisos.
Auto de Fe del 8 de diciembre de 1596 – Relajados en persona (Muerte en la hoguera).

Doña Francisca de Carvajal, viuda, mujer que fue de Francisco Rodríguez de Matos, natural de Benavente en los Reinos de Castilla, que fue quemada en estatua y huesos, de casta y generación de judíos, fue reconciliada por este Santo Oficio en año noventa por la guarda de la Ley de Moisés, relapsa en ella, impenitente ficta simulada, confitente, fue condenada a auto, coroza y hábito con insignias de fuego y relajada en persona y entregada a la justicia y brazo seglar y con confiscación de bienes.

Los autos de fe, junto con los Estatutos de Limpieza de Sangre, la vigilancia a través de comisarios y familiares y la quema de libros, fueron algunos de los métodos que para combatir la herejía utilizó la Santa Inquisición.

Hebraístas, filósofos, intelectuales y humanistas sufrieron procesos o anatemas: entre los más destacados se encuentra el famosos y prolongado proceso contra Don Bartolomé de Carranza, arzobispo de Toledo, la censura a la obra de Santa Teresa y la persecución a Fray Luis de León y sus cinco años de encierro en la cárcel de Valladolid.

Desde su retiro en Brujas, ciudad de mercaderes conversos, Juan Luis Vives, cuya familia sufrió múltiples procesos, en la última carta a Erasmo dice: “Vivimos en tiempos difíciles, en los que no podemos hablar ni callar sin peligro…”

Luego de la expulsión de España, los judíos se dispersaron en corrientes bien definidas. Una de ellas, la que se instaló en el Imperio Otomano y el Asia Menor, fue acogida con benevolencia. Otra, la asentada en Portugal, no corrió igual suerte. Más de treinta mil familias se refugiaron en el país lusitano, no sólo por su proximidad, sino también por las promesas de sus monarcas Don Juan II y Manuel; les ofrecían amparo y protección a su fe. Pero esos acuerdos no fueron respetados y los judíos fueron sometidos a conversiones forzosas.

Fuente: http://www.angelfire.com /Editado por el Correo

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Archivado bajo Antropología, Cultura, Diversidad cultural, Religiones

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