Aportes culturales de moros y judíos en la historia de España

El Correo de las Culturas del Mundo celebra las tres décadas de Los 1,001 años de la lengua española, de Antonio Alatorre.

“La historia de la expansión del Islam es, sin duda, una de las más animadas y positivas que existen. Para verla así, basta que abandonemos la visión estereotipada del “cristiano” que, muy valiente, pero también privilegiadamente socorrido por Santiago, se enfrenta al moro cruel y salvaje y lo subyuga (visión estereotipada que se perpetúa en las ingenuas danzas y representaciones de moros y cristianos, existentes todavía en el folklore festivo de España, Portugal e Hispanoamérica), y nos acerquemos al punto de vista, no de algún musulmán fanático que siga deplorando hoy la pérdida de “la perla del Islam”, España, en manos de los “perros cristianos”, sino de los muchos historiadores modernos que, con toda la imparcialidad que su oficio les impone, acaban fascinados por el dinamismo de esa expansión, y por la humanidad, la tolerancia, el amor al trabajo y a los placeres de la vida, de la cultura y el arte que mostraron los mahometanos en todos los países en que estuvieron. Esto se aplica particularmente a España. Un Cervantes, un Góngora, un Lope de Vega, sin dejar por supuesto de ser cristianos y españoles, vieron siempre a los moros con un cariño que jamás se tuvo para los godos. Y este cariño se refería a cosas muy concretas de la civilización islámica, que, si había sido la fecundadora de la ciencia y la filosofía medievales, también había mostrado un tenaz gusto por las cosas buenas de la vida, la rica comida, los trajes hermosos, la música, las diversiones. Para todo ello, así lo “útil” como lo “placentero” —en la medida en que puedan separarse las dos cosas—, disponían esos grandes escritores de palabras venidas del árabe; y palabras tales, que su solo sonido ya los dejaba cautivados. Así Góngora, al evocar en uno de los pasajes más bellos de las Soledades el fastuoso espectáculo de la cacería con halcones, coloca visiblemente en sus versos, como otras tantas joyas, los nombres de las aves de presa, y la mayoría de esos nombres proceden del árabe —pues los árabes, que le enseñaron a Europa el álgebra y la química, le enseñaron también el refinado y frívolo arte de la cetrería. Las palabras alfaneque, tagarote, baharí, borní, alferraz, sacre, neblí y otras (como también alcahaz, la jaula en que se encerraba a esas temibles aves, y alcándara, la percha en que dormían) llegaron al español desde el árabe.
“A unos amigos italianos que se interesaban por las peculiaridades de la lengua española les dirá Juan de Valdés en la primera mitad del siglo XVI:
“Para aquellas cosas que avemos (sic) tomado de los moros no tenemos otros vocablos con que nombrarlas sino los arábigos que ellos mesmos con las mesmas cosas nos introdujeron”. Y también: “Aunque para muchas cosas de las que nombramos con vocablos arábigos tenemos vocablos latinos, el uso nos ha hecho tener por mejores los arábigos que los latinos, y de aquí es que dezimos antes alhombra que tapete, y tenemos por mejor vocablo alcrebite que piedra sufre, y azeite que olio”. No fue él quien primero observó esa peculiaridad del español (compartida por el portugués) frente a las demás lenguas romances. Y, desde luego, no fue el último. Existen catálogos especiales de arabismos, y excelentes estudios históricos y etimológicos sobre ellos.
“En verdad, una buena manera de comprender la historia de la España árabe es verla en su imagen lingüística, estudiando la significación de los cuatro mil arabismos que existen en nuestra lengua.

“Para entender mejor el fenómeno lingüístico será útil un ligero marco de acontecimientos históricos. En los primeros tiempos, la península fue un emirato sujeto al califa de Damasco, pero ya Abderramán I (755-788) rompió esos lazos de sujeción, y Abderramán III (912-961) pasó de emir a califa y fijó su capital en Córdoba. Las campañas de Almanzor (977-1002), “genio político y militar”, consolidaron el dominio de los moros en el norte, de Barcelona a Santiago de Compostela, pero marcaron también el fin de tres siglos de expansión y de predominio militar. En 1031 el califato se fragmentó en varios reinos pequeños (llamados taifas, o sea facciones), algunos de los cuales, a causa del alto grado de cultura a que llegaron, han sido comparados con las grandes ciudades italianas del Renacimiento. La unidad política fue restaurada, un tanto violentamente, por dos oleadas de musulmanes del norte de África, los almorávides o ‘devotos‘ (1086-1147) y los almohades o ‘unitarios‘ (11471269) que, movidos al principio por el fanatismo religioso, acabaron por contagiarse del amor a la filosofía, la ciencia, el arte y la poesía que había brillado en los reinos de taifas.

(Observación marginal: si los moros de España y Portugal hubieran sido verdaderos fanáticos, ciertamente habrían destruido, con la misma furia con que hoy se destruyen en muchas partes los plantíos de amapola y de coca, los viñedos que desde tiempos antiguos había en la península; no sólo no lo hicieron, sino que se aficionaron al vino, pese a la prohibición de Mahoma.)

“Desde el punto de vista cultural, el fin del califato coincide prácticamente con el comienzo de los dos siglos más esplendorosos de la España árabe. En esta época florecen lbn-Hazm, poeta de El collar de la paloma, el filósofo y científico Avempace, el poeta Ben Qusmán, el gran Averroes y su amigo Ibn-Tofail y el pensador Ibn-Arabi. En esta época florece también, arrimada a los modelos árabes, la gran cultura hispanohebrea, que se enorgullece de nombres igualmente universales: los poetas y filósofos Ibn-Gabirol (el Avicebrón de los escolásticos) y Yehudá Halevi, el sabio Abraham ben Ezra y el filósofo Maimónides. Este último no escribió en hebreo, sino en árabe, su obra más importante, la Guía de descarriados. También el moralista judío Ibn-Pakuda escribió en árabe, y Yehudá Halevi tenía, además de su nombre hebreo, un nombre árabe, Abul Hasán. Otro judío, que al bautizarse en 1106 pasó a llamarse Pedro Alfonso, escribió en árabe una colección de cuentos orientales que, traducida al latín con el título de Disciplina clericalis, cautivó durante siglos a los lectores europeos. (Disciplina clericalis no significa ‘disciplina clerical‘, sino ‘colección de textos destinada a los amigos de las letras‘.) Decir que la literatura hispano árabe de los siglos X-XII se medía con la de cualquier otra nación europea —en todas las cuales se escribían más o menos las mismas cosas, y en su mayor parte en latín— no es verdadero elogio. El verdadero elogio es decir que la literatura hispanoárabe se medía gallardamente con la de Bagdad, la de El Cairo, la de cualquier otra provincia del vasto mundo islámico. Esos siglos de oro españoles son siglos de oro de la cultura árabe.

“El numeroso vocabulario español de origen árabe procede sobre todo de la gran época de expansión y florecimiento, de los largos siglos en que todas las grandes ciudades cristianas —Tarragona, Zaragoza, Toledo, Mérida, Córdoba, Sevilla—, ricas y populosas desde los tiempos romanos, vivieron, cada vez más ricas y populosas bajo el dominio islámico. Procede de esos siglos en que España se hizo la maestra de Europa; en que el estudiante Gerberto, futuro papa Silvestre II, venía desde Francia hasta Córdoba para asomarse a ciencias que sólo los musulmanes dominaban; en que un rey de León y Castilla acuñaba monedas con inscripciones en árabe; en que toda Europa admiraba la armonía y el buen vivir de los moros; en que los condes y grandes de los incipientes reinos cristianos del norte trataban de imitar sus usanzas, tal como poco después, en Sicilia (el otro centro de difusión europea de la cultura musulmana), Federico, futuro emperador, estuvo viviendo “más como árabe que como alemán”; en que circulaban por Europa, en traducciones latinas, las obras de sabios hispano árabes como Averroes, decisivas para el desarrollo del pensamiento filosófico y científico, y hasta fantasías religioso-morales como la muy musulmana Escala de Mahoma, que le dio a Dante el marco escatológico de su Divina Commedia.

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Archivado bajo Arte, Cultura, Diversidad cultural, Letras del mundo, Libros, Patrimonio

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