Comunicación e identidad. Notas sobre la dimensión social de conflicto en el caso catalán.

por J. M. Figueres

En los territorios en los cuales existe un conflicto entre un Estado de ámbito general y su propia aspiración de carácter nacional se produce casi siempre una situación de dualidad entre las manifestaciones públicas de los elementos de carácter identitario, es decir, los específicos y característicos de estas zonas y los caracteres identitarios de carácter general del Estado. A menudo se intenta estudiar desde ópticas muy variadas . Por ejemplo se prohibirá a los catalanes estudiar en su lengua o se tratará de los turcos prohibiendo la ropa tradicional de vivos colores a los kurdos o versará sobre la enseñanza de la historia en las colonias francesas como muy  bien explica Ferro en su famoso estudio sobre cómo se explica ésta a los niños del mundo. En definitiva se tratará de borrar las diferencias para mostrar una dimensión única del poder dominante.


En especial caracterizan a la identidad los factores propios, especialmente los de carácter étnico, así como los derivados de las relaciones grupales desde la religión al comportamiento en costumbres, lengua, etc. En el caso catalán los elementos que caracterizan la identidad devienen como señala el antropólogo Claudi Esteva Fabregat en su trabajo sobre la identidad catalana contemporánea, publicado recientemente en México cuando escribe:
«El hecho diferencial de la identidad lo definimos, pues, en el mismo individuo humano, en la diferente imagen que cada uno tiene de sí mismo como singularidad única. Si uno es, como individuo, diferente de otro, también es con otros una identidad. Somos nombrados diferentes cuando nos distinguimos como catalanes en comparación con andaluces o con franceses, y así sucesivamente, en la percepción que tenemos de nosotros mismos; también solemos definirnos como una identidad étnica o nacional en los casos de presentación con gente que inicialmente nos es extraña por desconocimiento primero de su origen. Así, cuando la misma imagen corporal nos define como una particularidad de género, edad o profesión, estamos representando una identidad, pero, generalmente, cuando acudimos a la comunicación con otros individuos utilizamos un lenguaje que suele ser el atributo más importante de identidad en las ocasiones de la expresión verbal y en sus matices.»
Efectivamente, entendemos la identidad como un episodio de presentación de imágenes y en éstas, seguimos a Esteva, la forma de la comunicación es prácticamente definitiva. En este caso encontramos desde la propia lengua con todas sus peculiaridades (refranes, frases hechas, giros, expresiones y sentidos bien diversos e incluso antagónicos en el uso) hasta lo llamado folklórico. No es sólo expresión pública de espectáculo sino encarnación de una actividad seguida públicamente con naturalidad en los días festivos o pertinentes con expresiones como el baile de diablos con pirotécnica, sardanas o castellers y un largo etcétera. No cabe duda que se presenta un conflicto, pues, entre el poder y el grupo. En un ejemplo puntual, la imagen de la identidad en el exterior lo expresa el citado catedrático de la UB y ahora en México como docente:
«…cualquier muestra de identidad nacional catalana que suponga iniciativas destinadas a producir reconocimiento internacional de dicha identidad, es resentido como transgresión de la norma por la centralidad estatal; tiende a conducir, por lo mismo, a reclamos de lealtad y a provocar respuestas gubernamentales que incluyen tanto amenazas y anuncios de represalias a la entidad periférica, como movilizaciones de carácter solidario por parte de comunidades autónomas fieles a la identidad patriótica española, en este caso a la idea del pensamiento estatal único.»
Esto explica el conflicto con las selecciones deportivas o las delegaciones catalanas en el exterior o simplemente los símbolos que acompañan a los presidentes catalanes en su presencia internacional. Uno de los forjadores de la moderna Generalitat, Jordi Pujol, en el evento del “Fòrum de les cultures” sintetizó  perfectamente esta dualidad de poderes             —español/catalán— y de concepciones —visión centralista/visión periférica— cuando expresaba los temores ante el conflicto permanente citando a Manuel Castells y John Naisbitt. Hacía referencia a la presencia de una dualidad mundial: frente al global lifestyle el cultural nationalism y los dos se complementarían pero que el riesgo es cada vez mayor y apuntaba a la fragilidad por “los siglos de política tendientes a borrar la identidad catalana” y la presión de la cultura mundial dominante se fija:
«¿Por qué es más grande el riesgo?: Por la fuerte presión cultural, lingüística, mediática del Estado español que apunta tendencialmente a hacer de la identidad catalana una cosa residual. Esto siempre es así, poco o mucho, y hemos de ser conscientes que incluso objetivamente, es decir, simplemente, por la fuerza de los hechos esta presión existe, incluso, a veces, de manera no intencionada. Pero es cierto que últimamente asistimos a una reaparición de lo que he llamado el “lenguaje imperial”».
Apuesta por vivir la globalización desde la identidad: «El valor más grande que tenemos es que seamos capaces de vivir nuestra identidad de forma abierta, receptora y transmisora a la vez. Dicho de otra manera: sin una identidad fuerte no podemos aportar nada positivo al proceso de universalización» o sea no solamente las declaraciones vacuas de intenciones sino las realizaciones.
En otra conferencia pública sobre la identidad, esta vez por el líder de la oposición al catalanismo de Convergencia, o sea Carod-Rovira, propone  una visión más allá de la visión etnicista y como forma de avanzar ante retos como la gran immigración, uno de cada siete habitantes ha llegado en los últimos quince años.
«¿Quiénes son los catalanes? Un grupo más en el mosaico diverso del que es nuestro país (…) No podemos abonar la idea de una Cataluña mosaico, con el discurso ingenuo de la multiculturalidad, como si, al fin, apareciese como normal que sólo una parte de Cataluña fuese catalana, al lado de otra que es española, magrebina, argentina, senegalesa, en partes iguales, en una suerte de feria de la diversidad permanente, en la cual la identidad catalana o sería una cosa de minorías, exótica, aborigen, o bien no existiría como tal, no tendría personalidad propia ni carácter diferenciado porque sólo sería la suma de identidades que se manifestasen en Cataluña (…).  Para mí ser catalán no es una manera de ser español; es una manera de ser. No hablo tampoco como si fuese una simple variante o modalidad de la otra; hablo de los que lo viven, de los que son, y se sienten de identidades compartidas, simultáneas, seguro que con una intensidad que puede ser distinta según el lugar, la función, la circunstancia o la generación. La identidad de hoy no se puede basar en un pasado que nos es diferente por el origen territorial y cultural, por una historia distinta, sino en todo aquello que compartimos como comunidad de futuro. Un horizonte de igualdad de oportunidades, de libertad, de prosperidad, de convivencia. Una identidad como la nuestra, en construcción casi permanente, ha de pretender sumar y no restar, unir y no dividir, incluir y no excluir, integrar y no discriminar. Y la identidad nueva nacional que yo propongo es una identidad integradora, con valor democrático: lo hace con una dirección inequívoca y clara.»
En contextos conflictos la vinculación a una identidad para unos es cuestión de supervivencia, adoptar la lengua más conocida –el castellano- y para otros una decisión de personalidad propia. En este mismo coloquio Carod defiende que asumir la identidad catalana no es como herencia del pasado sino como elección democrática, libre y consciente, como derecho. Defendiendo una nueva hegemonía social basada en la voluntad individual de sumas más que en consideraciones, que también defiende en otros ámbitos, como derechos históricos, valores compartidos como lengua, historia, tradición. Propone un pacto social más que una asunción de valores étnicos.
El conflicto es real y va más allá de las intenciones platónicas. En el coloquio sobre la identidad y desde una perspectiva filosófica Antoni Abad en «Identitat cultural comuna espanyola?» arranca con la cita de la sentencia de la suprema corte del Canadá (1989): «The accommodation of differences is the essence of true equality». Se cuestiona los criterios constitucionales que aluden a símbolos y aspectos identitarios; seguramente la lengua es el factor más polémico, cuando éstos son simplemente impuestos y la identidad denominada “común” española es simplemente la de una de las partes.
Por esta razón se pretende desde instancias políticas romper pautas en los medios de comunicación como puede ser la denominada “crosta nacionalista” en expresión del diputado socialista Joan Ferran.  Uno de los autores más influyentes de la sociolingüística moderna Joshua Fishman, que creció en un ambiente familiar de militancia hacia la protección del yidish, compara los holocaustos de su cultura (el nazi y el comunista) con el similar que produjo la modernización democrática occidental donde, en nombre de la libertad del mercado, los derechos del individuo, etc. se limitó esta lengua y cultura. O sea, no son simplemente las acciones de censura, represión, como hizo con las lenguas y culturas no castellanas el franquismo sino también las acciones que el mercado y el respeto a los derechos del individuo se producen.
Volviendo al tema central sobre la identidad y el poder político, los medios de comunicación se configuran por la lengua. En Cataluña se produce un consumo que se orienta en estas líneas, permeables también puesto que periódicos como La Vanguardia son rompedores de la frontera lingüística y devienen en contenidos fieles defensores de los valores identitarios considerados tradicionales. Por una parte, se encontraría Avui-El Punt-El Periódico-premsa local y por otra El País, Abc, El Mundo, La Razón. Para la prensa digital tanto en catalán como en castellano existen varias decenas de cabeceras que se consumen  por estos públicos fieles a un consumo según la lengua. Las encuestas que ahora conocemos con precisión gracias a la creación del instituto que dirige el profesor Colomer, son indicadoras de esta tendencia lingüística. Otro bloque de receptores se centra en el consumo mixto al margen de la lengua y, adquiriendo productos en relación con su ideología u otros valores más allá de la lengua. El ejemplo de La Vanguardia es pues paradigmático. En relación con la televisión el zapping es ya un fenómeno ampliamente asumido, primando el interés por los contenidos más allá de la lengua aunque siempre queda algún sector de desconocedores de la lengua catalana que se ven forzados a optar solamente por las privadas y públicas cadenas españolas, rechazando la visualización de las públicas y privadas catalanas aunque el proceso de aprendizaje por la escuela es tan alto, otra cosa es el uso social, que prácticamente toda la población culta conoce la lengua.
La política tiene en el debate identitario un elemento central para su ideal. Para unos será fundamental al ser consubstancial con su ser y para otros tendrá que ser promocionada una para substituir a las “menores” o “secundarias”. Lo expresa muy bien Josep Fontana en su trabajo «La construcció històrica de la identitat», cuando alude a la  «estupidez de la lucha identitaria», frase pronunciada en un acto, un congreso del PSC, en un discurso de Josep Borrell y le responde contundentemente:
«[Josep Borrell] olvida que esta lucha sólo acostumbra a producirse cuando hay alguien que estúpidamente coarta una identidad para imponerle otra, no por predicar el internacionalismo. Que si los perdedores le parecen estúpidos, otros pensamos que los vencedores tienen una responsabilidad criminal por el hecho de que no habrán dudado en verter sangre para oponerse a aquello que, muy a menudo, no era más que la reivindicación de derechos que se supone tendrían que ser universalmente reconocidos. Una especie de lucha que, en la gran mayoría de los casos, ha empezado siendo por la defensa de la propia personalidad cultural  que se transforma en lucha por el poder cuando desde el Estado-nación se niega hasta este derecho elemental. Nosotros, de esto, tenemos una experiencia de siglos.
Si bien España es Estado y todavía no es para todos sus habitantes la única nación, Cataluña no es un Estado pero sí una nación para muchos de sus habitantes. En este marco de separación, uno de los analistas más lúcidos sobre los cambios que se producen, Manuel Castells, afirma  en este punto de la identidad bajo la mutación constante de la sociedad global:
«La construcción nacional, de la misma forma que hemos observado en la edad moderna, se hizo a partir de la construcción del Estado nación, generalmente sobre la base del Estado mas no sobre la base de la nación. En la mayor parte de casos, fue el Estado el que creó la nación y no al revés. Hoy en día ¿qué observamos? Pues la separación entre el Estado y la nación. Lo que observamos cuando hablamos de valores es que los valores nacionales y los del Estado son diferentes. Los del Estado son instrumentales y, superando el marco del Estado nación, son valores para gestionar la globalización, las redes globales de gestión, mientras que por otra parte, se afirman como valores identitarios. Las naciones excluidas del proceso de generar su propio estado —Catalunya, Escocia, Quebec— pero también las que generaron una nación fuerte –Francia–en este momento se sienten perdidas en la globalización, que se percibe como una pérdida de autonomía por parte del poder del Estado y ahora como una invasión de extranjeros en una cultura que se resiste a asimilar. (…) En el caso de España –y sin entrar en polémicas, simplemente de un modo analítico–, cuando el presidente Aznar plantea la idea de un proyecto de España como país importante en el mundo y al mismo tiempo rechaza explícitamente la idea de sociedad multicultural al invocar el principio de una nación española unicultural, trata manifiestamente de construir una nación sobre la base de una unidad cultural y nacional que no existe en España en estos momentos y que, a más, ni siquiera está reconocida en la constitución española.
Es decir, frente a los fundamentalismos que nos pueden llevar, según Castells, a unas comunas totalitarias y el mundo sin libertad real de los aparatos de poder occidentales surge la identidad de resistencia de las identidades nacionales como esperanza para que los miembros de una sociedad puedan identificarse.
No obstante la presencia de la historia, de la lengua, de la tradición con todo su corpus (folklore, etc.) deviene consubstancial con la identidad. Se llega al punto que la catedrática de lengua y civilización hispánicas de la universidad de Toulouse, Antònia Pallach en su estudio La identitat catalana es en realidad una historia social de la lengua, la cultura y, claro está, una historia de la sociedad catalana del último siglo. El caso de Esteva es similar. Para Marie-Carmen Garcia en su trabajo L’identité catalane, con la historia, el tema central es la política, diferente en partidos, sistemas, tradición, etc. en Cataluña que para el resto de España. Es en el fondo la aplicación de la concepción de Josep Fontana, la lucha entre identidades es plenamente vigente. Sea en la cultura, y las recientes memorias de Albert Manent son muy ilustrativas de cómo no se hacía simplemente cultura escribiendo, editando, aunque fuera en el silencio de las casas particulares en los negros años cuarenta, sino de preservar la identidad perseguida .
Todos estos elementos aparecen en los medios de comunicación. La recopilación que anualmente efectúa el profesor Cardús para la Fundació Centre Documentació Política nos acerca a los grandes temas de polémica y siempre aspectos identitarios aparecen en escena. Así y en solamente tres años al azar: «El Born: la història com a mirall del present» (sobre las ruinas del XVIII en este escenario) o «L’any de Verdaguer i Gaudí» para 2002. «A cops de llengua: el català com a pretex» o «Les seleccions catalanes i Fresno» para 2004; «Polèmica per la presència d’escriptors catalans en llengua castellana a Frankfurt» o «El retorn dels Papers de Salamanca» (2005). Los símbolos, sean selecciones deportivas, papeles históricos o la propia lengua, deviene con los aspectos fundamentales de una sociedad —monumentos, enseñanza de la historia, etc.— uno de los aspectos fundamentales en la construcción de una identidad. Siempre están en evolución y dependiendo de los contextos generales, así como de la propia percepción de los habitantes de la zona en cuestión. Sencillamente la identidad también se forja en los medios y más en contextos donde la oralidad interpersonal en el análisis de la comunicación va desapareciendo para dejar paso a la relación con la información con los medios de comunicación. No es de extrañar, pues, que aspectos como identidad cultural aparezcan en los estudios sobre televisión de un modo cada vez mayor en demostración de la implicación que tienen en el mundo occidental y estudiarla en un enfoque interdisciplinario favorecerá que pueda surgir una mayor comprensión de la realidad social, tarea de todo investigador preocupado por entender el mundo actual.

Josep M. Figueres*
josepmaria.figueres@uab.cat
Facultat de Ciències de la Comunicació
Ed. I  desp. 019
Universitat Autònoma de Barcelona
08193 Bellaterra (Cerdanyola del Vallès)

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