El desafío de la preservación del patrimonio

por Eusebio Leal Spengler, historiador de La Habana

Les confieso que fuimos formados como intelectuales puros, como expertos que, desde nuestros gabinetes o laboratorios, nos ocuparíamos preferentemente de los museos, monumentos y sitios arqueológicos… La vida, sin embargo, nos llevó a considerar –y hoy lo afirmamos resueltamente– que en nuestros países, poseedores de un vasto legado patrimonial, es imposible actuar en los campos de la preservación si ello no conlleva una vocación de desarrollo social y comunitario.
En este sentido, me enorgullece pensar que ya Simón Bolívar, discípulo de los insignes humanistas hispanoamericanos Andrés Bello y Simón Rodríguez, supo prescindir de las diferencias entre el humanismo doctrinal y las urgencias más intensas del conjunto de naciones que se gestaban en el continente. Esto se palpa en la palabra viva del Libertador, en sus textos y proyectos: ese sentido realista que no margina ni aparta lo excepcional de la vida cotidiana y que es hoy nuestra suprema aspiración.
Luchar por el patrimonio tangible o impalpable nos lleva ante el dilema de lo activo o lo contemplativo. Nos atrevemos a decir que el camino de la verdad consiste en identificar lo uno y lo otro, sin negar la excepción, lo extraordinario… Se trata de asumir el patrimonio en su totalidad y como bien activo que puede contribuir a su propia sustentabilidad, sin que esto signifique privatizarlo o someterlo al espolio de la especulación y el lucro.
En el orden estrictamente personal, me hallo comprometido con la obra de restauración de un Centro Histórico, para la cual hace ya bastante tiempo dibujamos un esquema de trabajo que nos impuso la renuncia a las cosas elaboradas o preconcebidas desde arriba. Nos hemos comprometido con un empeño de desarrollo cultural basado en el compromiso social con la comunidad que habita en la Habana Vieja, pues no podemos ignorar el concepto latino del papel participativo del pueblo.
Si bien se ha aceptado que el turismo es un fenómeno portador de las complejidades de la globalización, nos hemos atrevido a levantar las banderas de la singularidad y a conducir el proceso de renovación social y urbano creando mecanismos de sustentación propios enteramente originales.
Esta autonomía económica, llamémosle así, permite dar continuidad a la obra de rehabilitación aún en medio de una dificilísima coyuntura económica; obra que no sólo comprende la recuperación de los edificios, sino que implica y va dirigida principalmente a los habitantes de La Habana Vieja y de la ciudad toda.

Las nuevas circunstancias locales, nacionales y mundiales exigen una mayor eficiencia en el aprovechamiento de los recursos, una mejor organización dirigida a multiplicar y promover nuevas energías que garanticen la sostenibilidad de los procesos.
Para alcanzar esta premisa, es necesario desarrollar una estrategia local fundamentada en la diversidad de la base económica y en la multiplicidad de las fuentes de financiamiento que, basadas en funciones compatibles con el Centro Histórico, sean más independientes de modas y tendencias que provocan fluctuaciones en el mercado. Ello posibilitaría una recuperación estable y creciente del patrimonio asentada principalmente en los recursos que, con una explotación eficiente, el territorio puede producir y atraer hacia sí.
Se requiere potenciar un procedimiento económico-financiero capaz de negociar ágilmente y bajo las condiciones previstas por el Plan; se requiere fomentar la recuperación edilicia y urbana, sobre todo de aquellos proyectos que generen suficiente ganancia como para asegurar una parte de la subvención necesaria al sistema del hábitat.
Por otra parte, al fin de lograr un eficaz proceso de rehabilitación urbana –incluido el mantenimiento posterior– es imprescindible una rehabilitación social y económica de los residentes. La mejoría de las condiciones del hábitat debe ir indisolublemente unida a una reactivación económica local que posibilite a los vecinos incrementar sus ingresos y disponibilidad de recursos como base fundamental para su participación en el rescate del Centro Histórico. Se trata entonces de crear una base económico-social local, autosustentable en el tiempo, vinculada al carácter cultural del territorio, al rescate de sus tradiciones y al proceso de recuperación de sus valores con la consiguiente generación de empleos.
Hallar pues un mecanismo propio que, sin desestimar la cooperación internacional, nos diese las aportaciones suficientes para la restauración y puesta en valor de la Habana Vieja, ha sido –y es– nuestra delicada y ardua tarea.
La nación otorgó amplias facultades a nuestra oficina: un alto grado de autonomía en su gestión, personalidad jurídica, derecho a poseer patrimonio y a generar e invertir capital para la restauración. Le permitió el cobro de un impuesto a la gestión de las empresas y entidades públicas y privadas; le cedió terrenos y edificios en el área delimitada…
A estas iniciativas, que podríamos denominar esenciales, sucedieron otras como la creación de empresas constructivas cuyos fondos pudieron ser situados por nuestra propia entidad. Se constituyó un grupo multidisciplinario de estudio para la redacción de un plan maestro; se pudo realizar el censo de población y viviendas, y se consideró insdispensable asistir, con igual ímpetu, al desarrollo social y comunitario.
Nuestra experiencia de abrir los museos a las escuelas de educación primaria rompió con prejuicios francamente elitistas. La creación de aulas en ellos –las llamadas aulas-museos– significó una revolución cuya consecuencia inmediata ha sido consagrar el principio de apropiación de los bienes culturales, en primerísimo lugar, para la infancia.

Hasta hoy hemos tenido resultados alentadores, por lo que seguiremos con las manos extendidas, haciendo verdad el mandato bíblico de “Pedid y se os dará”. Pero puedo asegurarles que lucharemos rabiosamente por aumentar nuestros propios medios, conscientes de que el patrimonio no debe ser una loza pesada sobre las espaldas de los pueblos pobres. Igualmente, nos negamos a aceptar que –para preservarlo– deba ser vendido o privatizado, arrebatando no solamente el cuerpo, sino también el alma de nuestras naciones.

EPÍLOGO

Hemos logrado salirnos de la trampa y hoy –al establecer no ya una comparación, sino una valoración de la situación por la que atraviesan las ciudades históricas en Iberoamérica– podemos afirmar que es posible trazar una estrategia capaz de impedir que algo tan amado por nuestros pueblos sucumba a la vulgarización o pase a ser mera vitrina de curiosidades pintorescas. Entre ellas, claro está, habría un espacio para nosotros mismos.
Vayamos a la raíz, asumiendo el ancestral proverbio oriental: “El árbol más grande y frondoso vive de lo que tiene debajo”.
http://www.cnmh.inah.gob.mx/ponencias/690.html

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