Chipre, una larga historia

La historia de Chipre es una de las más antiguas del mundo. Desde los tiempos más remotos su significación histórica ha sobrepasado su pequeño tamaño (9,251 km2). Su posición estratégica en el cruce de Europa, Asia y África –en la esquina noreste del Mediterráneo, a 300 km al norte de Egipto, 90 km al oeste de Siria, a 60 km al sur de Turquía y a 360 km al sureste de Grecia– y sus considerables recursos de cobre y madera, hicieron de la isla una deseable adquisición territorial. A pesar de ello, Chipre ha desarrollado y mantenido por siglos su propia cultura.
Las primeras señales de civilización encontradas en investigaciones y excavaciones arqueológicas se remontan a 11 000 años, en el noveno milenio a.C.  Sin embargo, el descubrimiento del cobre en Chipre en el tercer milenio a. C.  trajo riqueza a la isla y atrajo el comercio de sus vecinos. Aproximadamente en el año 1200 a.C. inició un proceso que tuvo gran impacto en la identidad nacional de la isla. Posteriormente, con la llegada y el establecimiento de los griegos micénicos y los aqueos entre los siglos XIII y XI a.C., se introdujo la lengua y la cultura griegas, las cuales se han preservado por los griegos chipriotas hasta estos días. Chipre entonces tenía diez ciudades-reino, el culto a Afrodita floreció, y los fenicios se asentaron en Kition en el siglo IX a.C.
El siglo posterior fue un periodo de gran prosperidad pero, mientras se fue incrementando, Chipre fue presa de varios conquistadores. Los reinos chipriotas fueron gobernados por una sucesión de culturas extranjeras: tras los asirios llegaron los egipcios y después los persas. El rey Evágoras de Salamina unificó a Chipre e hizo de la isla uno de los centros políticos y culturales más importantes del mundo griego.
A finales del siglo IV a.C. Chipre fue parte del reino de Alejandro Magno. Tras las rivalidades entre los generales de Alejandro Magno por la sucesión, la isla formó parte del estado Helénico de Ptolomeo de Egipto y después del mundo griego alejandrino. Los ptolomeos abolieron las ciudades-reino y unificaron a Chipre convirtiéndose la ciudad de Pafos en su capital.

El periodo Helenístico terminó en el año 30 a.C., entonces Chipre se volvió parte del Imperio Romano. Durante las misiones de los apóstoles Pablo y Barnabas, el procónsul Sergius Paulus se convirtió al cristianismo, y Chipre se volvió el primer país gobernado por un cristiano.
Después de la separación del Imperio romano, en el año 330 d.C. Chipre formó parte del Imperio Romano Oriental, posteriormente llamado Imperio Bizantino, el cual tuvo como religión oficial el cristianismo, situación que duró hasta el siglo XII de nuestra era. Sin embargo, después de una invasión árabe en 647, la isla fue durante tres siglos constantemente atacada por árabes y piratas hasta el año de 965, cuando el emperador Nicephoros Phocas expulsó a los árabes de Asia Menor y Chipre.
Tras una disputa entre Isaac Comneus, gobernador bizantino y después emperador autoproclamado de Chipre, y el Rey Ricardo Corazón de León, la isla pasó a ser propiedad del rey francés. Un año más tarde, Ricardo vendió la isla por 100 000 dinares a los Caballeros Templarios, quienes la vendieron al mismo precio a Guy de Lusignan, rey depuesto de Jerusalén. Chipre fue gobernado bajo el sistema feudal. La Iglesia Católica oficialmente reemplazó a la Griega Ortodoxa, la cual, bajo severa opresión, trató de sobrevivir. La ciudad de Famagusta fue entonces una de las más ricas en el Oriente Cercano. La era de la dinastía Lusignana finalizó cuando la reina Caterina Cornaro cedió Chipre a Venecia en 1489, quien vio en Chipre el último bastión contra los otomanos en el este mediterráneo.
En 1570 las tropas otomanas atacaron Chipre, capturaron Nicosia, masacraron a veinte mil personas y montaron sitio en Famagusta durante un año. Después de una valiente defensa por el comandante veneciano Marco Antonio Bragadino, Famagusta cayó en manos de Lala Mustafá Pashá, primer gobernador otomano de Chipre.  Inicialmente le fue otorgada cierta autonomía a la Iglesia Griega Ortodoxa, el sistema feudal fue abolido y se les permitió a los siervos liberados comprar sus propias tierras; sin embargo, les fueron aplicados altos impuestos. En muchas instancias, los griegos y turcos chipriotas lucharon juntos contra la opresión del gobierno otomano, ya que en su debilitamiento, éste se había vuelto más corrupto. A pesar de los tres siglos de dominio otomano, la minoría musulmana había adquirido la identidad chipriota. Hoy día sus descendientes, junto con los de los entonces musulmanes conversos (en su mayoría de origen latino), forman la mayor parte de la comunidad turca chipriota.
Bajo la Convención de Chipre de 1878, los turcos otomanos cedieron la administración de la isla a Gran Bretaña a cambio de que se garantizara la protección del Imperio Otomano contra una posible agresión rusa. Tras la coalición del Imperio Otomano con Alemania durante la Primera Guerra Mundial, Gran Bretaña anexó a Chipre bajo su gobierno en 1914. En 1923 bajo el Tratado de Lausana, Turquía cedió todos los derechos de Chipre, por lo que en 1925 fue declarada colonia de la corona británica. En 1940 hubo un enlistamiento masivo de voluntarios chipriotas a las fuerzas armadas británicas durante la Segunda Guerra Mundial. Las esperanzas que se tenían sobre la autodeterminación en el período de la posguerra fueron frustradas por los británicos, que consideraban a la isla vitalmente estratégica, especialmente después de la debacle de Suez en 1956. Aplicando la política de “divide y vencerás”, Gran Bretaña reavivó el interés de Turquía sobre Chipre. Ankara no aprobaría una isla griega tan cerca de su frontera sur. Por ello, Gran Bretaña usó a los turcos chipriotas, que constituían el 18 por ciento de la población, como contrapeso en su lucha contra los griegos chipriotas y deliberadamente involucraron a Turquía, que por primera vez empezó a pensar en la idea de dividir la isla.
En 1955 los griegos chipriotas iniciaron la lucha por la liberación contra el poder de la colonia británica, la cual terminó en 1959 con los acuerdos de Zurich-Londres, negociados y firmados por Gran Bretaña, Grecia y Turquía como representantes de los griegos y turcos chipriotas. De esta forma la isla ganó su independencia en 1960. Los acuerdos establecieron y garantizaron dicha independencia y soberanía, y la Constitución proveyó el gobierno democrático del Estado y el bienestar del pueblo chipriota.
Sin embargo, cabe resaltar que las comunidades griegas y turcas de Chipre no tuvieron un papel fundamental en su planeación como nación ni en la planeación de la Constitución para al nuevo Estado. Ambos, los acuerdos y la constitución de la naciente república fueron impuestas sobre el pueblo de Chipre. De hecho, nunca les fue dada la oportunidad de votar por estos documentos a las personas que más pudieron haber sido afectadas por estos ellos. Como resultado, el destino de la nueva república fue puesto en peligro; ya que ciertas provisiones en los acuerdos y en la Constitución, en vez de promover la paz y respeto por la soberanía de la nueva república, promovieron el conflicto doméstico y la intervención extranjera. La constitución por sí misma enfatizó las diferencias entre los griegos y turcos chipriotas, frustrando la integración y promoviendo las tendencias divisorias entre las dos comunidades.
Los griegos chipriotas estaban decididos a fortalecer la unidad del Estado, pero el  liderazgo turco chipriota, a causa de las fuertes presiones de Turquía, buscó la segregación étnica y la separación geográfica. Esto condujo a un breve periodo de enfrentamientos intercomunitarios entre 1963 y 1967, además de ataques aéreos y atentados de invasión por Turquía. Los turcos chipriotas dejaron de participar en el gobierno, la legislatura y el servicio civil. Las Naciones Unidas patrocinaron diálogos intercomunitarios sostenidos entre 1968 y 1974 para alcanzar algún acuerdo. Pero en julio de 1974 la junta militar que gobernaba Grecia montó un golpe para derrocar al gobierno democráticamente electo de Chipre. El 20 de julio, Turquía, usando el golpe como pretexto, invadió Chipre, supuestamente para restaurar el orden constitucional. En lugar de ello, tomó casi el 36.2% del territorio de la isla en el norte, un acto universalmente condenado como un grave atentado a la ley internacional y a la Carta de las Naciones Unidas.
La invasión y la ocupación tuvieron consecuencias desastrosas.  Alrededor de 200, 000 griegos chipriotas que vivían en el norte —casi un cuarto de la población de Chipre—, fueron expulsados por la fuerza del territorio ocupado, donde constituían el 80% de la población. Estas personas todavía están privadas del derecho de regresar a sus hogares y propiedades. Los otros 20,000 griegochipriotas que permanecían en las áreas ocupadas fueron gradualmente forzados a abandonar sus hogares por medio de la intimidación y la conculcación de sus derechos humanos. Hoy día se encuentran alrededor de 500 personas que permanecieron en este territorio (griegos chipriotas y maronitas). Alrededor de quince mil griegos chipriotas, civiles y militares, desaparecieron durante y después de la invasión; muchos fueron arrestados y otros habían sido vistos en prisiones en Turquía y Chipre antes de su desaparición. Turquía también ha promovido algunos cambios demográficos en el territorio ocupado a través de la implantación de colonizadores de Anatolia. Desde la invasión, 160,000 turcos de Turquía han sido ilegalmente llevados a las áreas ocupadas. Esto ha afectado negativamente las condiciones de vida de los turcos chipriotas. La pobreza y el desempleo han forzado a más de cincuenta y cinco mil personas a emigrar. Actualmente se estima que los turcos chipriotas sólo conforman un 11% de la población nativa. Cuarenta y tres mil soldados turcos, equipados con armas de avanzada tecnología y apoyados por la fuerza aérea y naval turca, todavía están en las áreas ocupadas. De acuerdo con un Informe del Secretario General de la ONU (diciembre de 1995), las áreas ocupadas son “unas de las más densamente militarizadas del mundo.”
A pesar de que el esfuerzo de las Naciones Unidas no ha tenido éxito en resolver el problema, los griegos chipriotas no creen que ha sido el final del camino. El problema de Chipre tiene como punto de partida la intervención y ocupación extranjera, ya que las relaciones entre las dos comunidades durante siglos habían sido pacíficas y amigables. Para llegar a una solución viable a este problema y superar la prueba del tiempo, ésta debe ser justa, además de ser percibida como tal por la gente que tenga que vivir con ello. Tal solución, por lo tanto, debe ser democrática, justa, factible, financieramente viable, y compatible con los principios de la Unión Europea, las leyes y normas democráticas, la Convención de Derechos Humanos y las resoluciones clave de las Naciones Unidas. Además, se debe involucrar el compromiso de otros actores importantes que por razones históricas han sido parte del problema y deben convertirse en parte de la solución.

Fuente: Cyprus Diary 2010, Press & Information Office
Traducción de Laura Quiroz Castillo. Editado por el Correo.

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