Homenaje a Eusebio Dávalos Hurtado, hombre de instituciones

por Leonel Durán Solís


Como sabemos
, el Dr. Eusebio Dávalos Hurtado nace en 1909 en la ciudad de México en una época en la que a sus habitantes todavía no se les llama “chilangos”, y es una bella ciudad aún apacible, si bien México y el mundo están en las vísperas de grandes transformaciones, y en nuestro país circulan dos libros trascendentes: Los grandes problemas nacionales de Andrés Molina Enríquez (investigador del Museo Nacional), y el libro que revolucionará a los mexicanos: La sucesión presidencial de Francisco I. Madero.
En el aviso de los 59 años de su fecunda vida sucedieron grandes acontecimientos en México y en todo el planeta que dieron originen a extensas y profundas transformaciones en todos los ámbitos de lo que llamamos la vida, sobre todo en las mentalidades, las miradas hacia las sociedades, los estados nacionales y en el diseño de grandes proyectos alimentados por las utopías, de los cuales es testigo y actor don Eusebio Dávalos Hurtado en su corto periodo de vida.
No es necesario hacer referencia a los numerosos acontecimientos por los que en esos años atravesó nuestro país. Uno de los más relevantes es el que se llevó a cabo a partir de 1921 al crearse la Secretaría de Educación Pública cuyo aliento de renovación fecundó a todos los sectores de nuestra sociedad en todos los niveles. En esta etapa México es un país que está rehaciéndose: los hombres que provienen del siglo XIX sientan las bases de las transformaciones institucionales para todo el siglo XX.

Recordemos que en 1933 el joven Eusebio Dávalos ingresa a la Escuela Nacional de Medicina Homeopática, que México está en la cima de su revolución social  y de un nacionalismo que se manifiesta de múltiples formas. Es la etapa en que se gradúa como Médico Homeópata Cirujano y Partero. Tiene 28 años de edad. No obstante, su vocación de médico y su pensamiento científico lo conducen a ingresar a la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas para estudiar la disciplina de antropología física, estudios que continúan al fundarse  la Escuela Nacional de Antropología e Historia en el Instituto Nacional de Antropología e Historia, donde se gradúa como antropólogo físico en 1944,  a los 34 años de edad. Más aún, su afán de conocimiento lo lleva a París en  1945–1946, al Museo del Hombre, para trabajar bajo la dirección del prestigiado antropólogo y creador del mencionado museo Paul Rivet. Decisión afortunada que nos va a beneficiar a todos en años posteriores.
Don Eusebio Dávalos Hurtado es un hombre de instituciones. En ese sentido, dos son las más importantes en su vida: durante 24 años se  relaciona de diversas maneras con ésa magna institución que es el Instituto Politécnico Nacional, en la que fue  estudiante, médico, catedrático, subdirector y director de la tan afamada Escuela de Medicina y Homeopatía.

La otra gran y extraordinaria institución es el Instituto Nacional de Antropología e Historia, a la cual también va a ligarse durante 24 años. Como es sabido, la organización del Instituto Politécnico Nacional (IPN) es el resultado del gran movimiento social, la Revolución Mexicana, de la profunda renovación dirigida por Lázaro Cárdenas en un nuevo proyecto de reconstrucción del país. El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) también es producto de un pensamiento social y acciones semejantes, pero sus raíces históricas son más profundas propiciadas desde 1825, con el primer presidente de la República del México independiente, General Guadalupe Victoria, que funda el Museo Nacional de nuestro país, bajo la sobresaliente visión de Lucas Alamán; también es cierto que la aspiración por conocer los antecedentes de nuestro origen como nación se nutren o tienen antecedentes coloniales particularmente del siglo XVIII, se fortalecen en la segunda mitad del Siglo XIX y se acrecientan en el siglo XX.  El INAH es producto de una historia más que centenaria.
A su regreso de Francia se desarrolla la culminación de la trayectoria del Dr. Dávalos como antropólogo y creador de instituciones. Es nombrado Secretario de la ENAH, posteriormente director del Museo Nacional de Antropología y sus últimos 14 años de vida director general del Instituto Nacional de Antropología e Historia. Creo que ha sido el director de mayor duración de nuestro instituto, de una manera excepcional. Respecto a esta alta responsabilidad hay que hacer referencia a sus múltiples actividades y esfuerzos para modernizar y hacer avanzar al INAH y llevarlo a los niveles de una institución verdaderamente nacional. En estos años son numerosas sus participaciones en congresos, conferencias, comisiones, consejos técnicos y aún en consejos de otras dependencias como el INI y el Patronato de Artes e Industrias Populares, así como a su pertenencia a numerosas sociedades científicas de México y el extranjero.
¿Cómo explicar la trascendencia de los hechos llevados a cabo por él durante su compleja gestión como director general? Desde luego destacan sus cualidades como organizador, su perseverancia, tenacidad, porfía y empeño para alcanzar las metas. Ello fue posible porque sabía que él era depositario de una sólida herencia histórica institucional de hombres esclarecidos que lo precedieron, y bajo esa perspectiva supo rodearse de personas afines de diferentes disciplinas académicas y administrativas; con ellas construyó el equipo humano necesario, sólido y convencido que trabajaba en consonancia en un proyecto de nación en el que la antropología en sus diferentes disciplinas y la historia se convirtieran en variables importantes y comprometidas en el proyecto de país al que todos aspiraban. Y creo que lo lograron y son un buen ejemplo para preguntarnos si también nosotros estamos en el mismo sendero.
De su obra trascendente quisiera resaltar el impulso extraordinario que esos hombres y mujeres encabezados por Eusebio Dávalos dieron a los museos del INAH. Desde luego, el más conocido es el referido al Museo Nacional de Antropología, a los museos regionales en distintos estados de la República y a la fundación del Museo Nacional de las Culturas, en el edificio del antiguo Museo Nacional en la calle de Moneda, y qué mejor para hablarnos del origen del Museo Nacional de las Culturas que las palabras de la Dra. Beatriz Barba Ahuatzin. Me refiero al “Encuentro y Diálogo de Museógrafos Mexicanos: Alfonso Soto Soria, Mario Vázquez, Íker Larrauri y Jorge Angulo”, que organizamos en  2005, en el que la Dra. Barba presentó una ponencia de la cual extraigo algunos párrafos . En ellos la doctora emérita nos comentó que:

“La Secretaría de Educación Pública convino con la Secretaria de Hacienda en cederle el local de Moneda No. 13  a cambio del dinero suficiente para construir un nuevo Museo de Antropología en el Bosque de Chapultepec. También, que antes de la inauguración, en 1964, el Dr. Eusebio Dávalos platicó con Julio César Olivé y le dijo que sería una lástima que este edificio tan bello, tan lleno de historia y de suculentos detalles arquitectónicos se viera colmado de máquinas de escribir, ventanillas improvisadas, oficinas separadas con materiales poco pertinentes, restos de papelería y todas las cosas que caracterizan a las oficinas públicas, lo que le haría perder su señorío y su paz interior, además de que ya había adquirido vocación de museo, pues la gente seguía llegando a ver el Calendario Azteca y las maravillas que se contemplaban desde la entrada y que ya no estaban ahí. Los mexicanos conocíamos poco el resto del mundo y el INAH sintió la necesidad de mostrarles, en forma sistemática y científica, otros pueblos, otras costumbres y otras razas; en fin, las diferentes maneras de ser hombre. El doctor Dávalos creía que se podía emplear la gran casona de Moneda 13 para un Museo del Hombre al estilo del Trocadero de París. Antes, había hablado con el maestro Wigberto Jiménez Moreno, y le propuso hacer un museo del mundo latino: Roma, su expansión; España, toda su historia, y la América Latina. Eso no le gustó al Doctor Dávalos y por ello llamó a Olivé para insistir en la presentación de todas las culturas del hombre: la evolución, grupos cazadores y recolectores, las primeras altas culturas, los pueblos del mundo y nuestros primitivos contemporáneos. Parecía puramente un sueño, porque no había objetos ni dinero; la Secretaría de Educación Pública ya no daría más, después del gasto enorme que había hecho en Chapultepec, en Tepotzotlán, en el Museo de Arte Moderno y en otras fastuosas instituciones culturales de esa época. Por sus instrucciones nuestro muy estimado compañero Mario Vázquez nos entregó los materiales internacionales sobrantes, los que juntamos con otros que ya había, y empezamos nuestra labor, mucho más angustiosa que romántica. La maestra Amalia Cardós, jefa de la bodega del viejo museo, nos entregó solemnemente objetos japoneses, algunas piezas peruanas y las dos grandes y maravillosas salas de Indios de Norteamérica y Oceanía, que se tenían gracias a la labor del doctor Daniel F. Rubín de la Borbolla y del maestro Miguel Covarrubias. Hernán Navarrete, un veracruzano amante de las artes populares extranjeras, nos donó una fantástica colección de arte africano donde predominaban las máscaras. El museo del Castillo nos entregó piezas de porcelana china de dinastías tardías y acuarelas dañadas. Poquito aquí y de allá, obsequios, préstamos y así se fue juntando un acervo más o menos interesante para montar unas cuatro o cinco salas. Hacer de todo ello un Museo del Hombre al estilo de París, era pedir que un pajar se convirtiera en la tesorería de un reino. Sin embargo, esa metáfora acabó siendo posible gracias a una gran cantidad de personas e instituciones que apoyaron con trabajo, objetos, estímulo y recomendaciones.  Esas fueron las primeras semanas de trabajo del Museo de las Culturas; sus primeras intenciones; los meses de octubre y noviembre de 1964. No teníamos nada, el edificio era de Hacienda.
Para definir la estrategia nos reunimos Julio César Olivé, Barbro Dahlgren, Jorge Canseco, Francisco González Rul, Yólotl González y yo, como responsables de los guiones científicos; los hermanos José y Constantino Lameiras, Jorge Angulo y de vez en cuando Eduardo Pareyón, como encargados de la museografía; todos los trabajadores manuales que no se fueron a Chapultepec, se convirtieron en pintores, dibujantes y carpinteros. Esa fue la figura primigenia del Museo Nacional de las Culturas; ese fue  el perfil de los primeros días.
Se nos avisó que el licenciado Justo Sierra III, de la Secretaría de Hacienda,  nos visitaría para que le enseñáramos los locales que habríamos de entregar. Las instrucciones que recibimos eran de ocupar  todas las vitrinas y dar la impresión de que el museo ya estaba montado, pues se pensaba que era muy comprometido para Hacienda desmantelar una institución que aumentaba el acervo cultural al servicio del pueblo.
No había mandones ni mandados, todos nos pusimos batas de trabajo y durante tres o cuatro días, con sus noches, barrimos, enceramos pisos, retocamos la vitrinas abandonadas y las llenamos con los materiales que fueran, con los que se vieran bien, con los que dieran la impresión de tener sentido: un penacho masai de león junto a un escudo japonés de samurai, porque los dos eran emblemas de guerra. Un kimono junto a tres vasijas nazcas porque hablaban de actividades femeninas. Un plato y un florero Ching junto a un penacho de guacamaya brasileño porque nos permitía hablar del colorido cultural. Tres máscaras africanas junto a la bruja de Bali para evocar el temor a los espíritus de la selva. Era un hermoso museo de nada. Cuando lo vimos casi deseábamos que así se quedara.
El licenciado Justo Sierra llegó a las 10 de la mañana y pidió que le enseñáramos los espacios, pero al ir abriendo las puertas se encontraba con las salas montadas, limpias, muy aceptables, a las cuales sólo les faltaban cédulas. Pensábamos que sonreiría, que haría bromas y que nos pondría una fecha de entrega, pero por el contrario, se enojó mucho y nos dijo con voz indignada que éramos “culturalmente alevosos porque no podía desmontar un museo, no lo haría nunca por la tradición de su familia”. Nos recordó que su abuelo, en la época porfiriana, había procurado el desarrollo de los museos en toda la República y él no haría lo contrario.  Era un hombre alto, de pelo blanquísimo, de aire digno, modales finos, robusto y sanguíneo. Todo él se dio media vuelta y salió dando grandes zancadas mostrando su profundo enojo. En el portón se encontró con el doctor Dávalos y también con voz fuerte le dijo: “Ya vi que no me van a entregar lo prometido, puso usted a dos fanáticos intransigentes al frente de todo esto y no lo puedo deshacer, pero por lo menos me dará usted la parte que ocupaba la Sala Maya y que no han tenido tiempo de arreglar”, y se hundió en Palacio por la puerta más cercana, haciendo manifiesto su enojo a cada paso. El doctor Dávalos se volvió a nosotros y nos preguntó que había pasado y contestamos: “Solamente le enseñamos el nuevo Museo del Hombre.”
El Museo de las Culturas no tuvo una museografía proyectada inicialmente, sólo pudimos utilizar las vitrinas que había dejado el Museo Nacional de Antropología al cambiarse a Chapultepec. El nuevo Secretario de la SEP, el Lic. Agustín Yáñez y el Subsecretario Mauricio Magdaleno vieron con muy buenos ojos la idea del Dr. Dávalos y nos apoyaron con las limitaciones de todo los principios sexenales. A partir de enero de 1965 se empezaron propiamente los proyectos de salas y actividades con los que se inauguró el Museo de las Culturas el 5 de diciembre.”

En este evento de Encuentro y Diálogo de Museógrafos Mexicanos, la Dra. Beatriz Barba agradeció —y nosotros nos sumamos a ese agradecimiento— a toda esa enorme pléyade de gente maravillosa que nos acompañó mañana, tarde y noche hasta sacar adelante una institución que sólo contaba inicialmente con los sueños de un director del Instituto Nacional de Antropología e Historia y un grupo de soñadores.
Para mí, hay tres hechos fundamentales relacionados con el Museo Nacional de las Culturas: la visión de Eusebio Dávalos Hurtado, el obstinado esfuerzo  de los trabajadores del museo y sus diferentes directores —entre los cuales se encuentra la etnóloga Julieta Gil Elorduy  aquí presente— y el empeño del actual director general del INAH Alfonso de Maria y Campos, que está llevando a cabo la renovación del recinto para convertirlo en un museo del siglo XXI. Y en el que su renovación arquitectónica y museográfica deberá ser acompañada de un nuevo concepto del Museo Nacional de las Culturas como pórtico a la diversidad cultural del mundo, desde el pasado hasta el presente, que estimule la tolerancia, el respeto y el diálogo creativo entre los pueblos. Es una institución única en Latinoamérica y México por su vocación universal y el patrimonio de sus colecciones. Es un museo que aspira a ser un centro irradiador de ideas sobre lo extraordinario del género humano y las características que hacen a una cultura diferente y a la vez análoga a nosotros. Un museo que busca estimular la fascinación, la curiosidad y el pensamiento de sus visitantes que al poder compararse con otras formas de vivir y de pensar, convergen en un sentimiento de vínculo con el resto de la humanidad.
Las palabras que he pronunciado para ustedes constituyen el homenaje de la comunidad del Museo Nacional de las Culturas al Dr. Eusebio Dávalos Hurtado, gran personaje de nuestra historia, que quedaría incompleto si no mencionara yo los nombres de Concepción Murillo Alvirez, su esposa, y el de sus hijas: Eréndira, Maya, Cecilia, Luz del Carmen y Josefina, a quienes saludo con mi mayor afecto.

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