La marcha turca

por Jean Meyer

“La question arménienne n’existe plus.”
Talat Pasha al embajador alemán, príncipe  Hohenlohe-Langenburg, 31 de agosto de 1915.

La población no musulmana en las fronteras de la Turquía actual representaba el 19.1 por ciento de los habitantes de ese territorio a principios del siglo XX y sólo el 0.2 por ciento un siglo después.
La violenta desaparición de los armenios y de los griegos otomanos es un capítulo trágico de la historia del mundo mediterráneo y del final del imperio otomano. A la dolorosa memoria de los griegos, y más aún de los armenios, se opone la amnesia oficial turca. Si bien ocurrió en 2005, en Estambul, un extraordinario y primer Coloquio sobre los armenios otomanos, la discusión del genocidio sigue siendo un tabú. Por ello, el libro del historiador turco Taner Akçam merece toda la atención y debe ser saludado como una hazaña admirable. Está dedicado a la memoria de Hazhi Halit, “piadoso musulmán turco quien salvó de la deportación y de la muerte a una familia armenia” de ocho personas, que escondió durante seis meses y puso su propia vida en peligro. En efecto, la ley preveía que el culpable de esconder armenios sería ahorcado frente al zaguán de su casa, la cual entregarían a las llamas.
En su dedicatoria T. A. añade: “su gesto valiente sigue mostrando el camino de una relación diferente entre Turquía y Armenia”.
El autor nació en 1953 en la provincia de Ardahan, al noreste de Turquía, provincia alguna vez poblada por numerosos armenios. Como joven radical, director de un periódico estudiantil, fue condenado a nueve años de cárcel; adoptado por Amnistía Internacional como preso de conciencia, se le concedió asilo político en Alemania. En Hannover, se doctoró en historia en 1995 sobre el tema del genocidio, el libro reseñado es una versión revisada y ampliada de su tesis. Actualmente es profesor en el Center for Holocaust and Genocide Studies de la Universidad de Minnesota. En 2004, en Londres, publicó From Empire to Republic: Turkish Nationalism and the Armenian Genocide. Ambos libros descansan en una enorme cantidad de fuentes secundarias, en la prensa, pero sobre todo en los archivos otomanos, turcos (que no es lo mismo), alemanes, austrohúngaros, franceses, ingleses, italianos, americanos, etcétera. El resultado es impresionante.

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Armenios de Kesaria una hora antes de ser asesinados frente a la cárcel.

En el presente libro, Taner Akçam no repite la historia completa del genocidio que escribió anteriormente, sino de las decisiones y acciones de una parte de la clase política otomana que tuvieron como resultado el genocidio armenio. Los movimientos insurgentes de los cristianos de los Balcanes en el último cuarto del siglo XIX fueron decisivos para crear “la cuestión armenia” que antes no existía en el imperio. La guerra ruso-turca, la independencia de Bulgaria, cierto despertar nacionalista entre los armenios provocaron una represión sangrienta, puesto que se estima que  en 1894-1896 las tropas otomanas habían masacrado entre 100,000 y 200,000 armenios. En los 15 años siguientes, la radicalización de los extremistas (y minoritarios) armenios se acompañó de atentados siempre seguidos de masacres; todas las intervenciones extranjeras para proteger a los armenios fracasaron, lo que dio al poder la convicción de que gozaba de impunidad.
Entre los turcos, en especial entre los que vivían en “la Turquía de Europa”, a saber los Balcanes, nació un nacionalismo que cuajó en el “Movimiento Joven Turco”, dirigido por un Comité de Unión y Progreso. Se trataba de un nacionalismo moderno, “científico” que se apoyaba en las tesis racistas de Gobineau y de los alemanes darwinistas para denostar a las numerosas minorías cristianas. Radicales y violentos, llegaron al poder por la vía revolucionaria y militar en 1908, y su victoria fue bien recibida, entre otros, por los armenios, hasta que en 1909 empezó alrededor de Adana una gran matanza de armenios. El golpe de Estado de los jóvenes turcos fue motivado, entre otros factores, por la ocupación de la provincia otomana de Bosnia-Herzegovina por Viena, y la incapacidad del sultán para resistir la presión generalizada de los cristianos en los Balcanes.

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Armenios masacrados por el gobierno de los Jóvenes Turcos.

Con dicha anexión empezó el éxodo de los turcos de Bosnia, Bulgaria, Rumelia, Tracia hacia Anatolia (la Turquía actual), acompañada de una hostilidad redoblada contra los millones de griegos y armenios presentes en esta región desde toda la eternidad. En 1910 el Comité de Unión y Progreso (CUP, en adelante) discutió en Salónica la solución de la cuestión de Macedonia, “por la deportación o la masacre” (p. 76). Claramente el CUP tenía ya un programa de “turquización” que llevaría a sus dirigentes a decidir, en 1915, “una completa y fundamental eliminación de esta preocupación”, a saber, la presencia armenia (carta de Talat Pasha al gran visir, 26 de mayo de 1915).

El capítulo III explica cómo el nacionalismo joven turco dio bases ideológicas y legitimidad al genocidio por venir. Las “lecciones de la historia” pesaron mucho: entre 1855 y 1866, a partir de la guerra de Crimea, un millón de turcos había salido de los territorios antiguamente otomanos, y cientos de miles salieron de los Balcanes después de los levantamientos de Serbia, Bulgaria, de la guerra con Rusia en 1877-1878, de la insurrección de Creta, huyendo de masacres, venganzas y represión; las guerras balcánicas de 1912-1913 expulsaron otros 420,000. Entre 1878 y 1904, 850,000 refugiados fueron instalados en las seis provincias del noreste de Anatolia, una región con mayoría demográfica armenia. El movimiento recrudeció a partir de 1912. En 1911 el CUP fundó una Organización Especial, bajo el mando de Enver Pasha, que desempeñaría un papel esencial en el genocidio.
Con las guerras de 1912-1913, empezó a deportar a los griegos de las provincias europeas; entre 1914 y 1918, 1’500,000 griegos fueron deportados y la mitad pereció (p. 106). La venganza era un poderoso motor y la “lección de la historia” era que había que anticipar un levantamiento de los griegos y armenios de Anatolia.

El juego de los imperialismos agravó el sentimiento de que la patria estaba amenazada de muerte. A partir de 1912 todo el mundo sabía que Moscú quería Estambul/Constantinopla, llamada “Zargrad”, la Ciudad del Zar, y los estrechos y también Transcaucasia; a los estrategas rusos les interesaban los kurdos y los armenios en esta última región, para manipularlos contra el poder otomano. En cuanto a Europa preparaba si no el reparto territorial del imperio, su división en “zonas de influencia”, y la “cuestión armenia” actualizada por las matanzas de 1909 le sirvió para este fin. Pero los armenios no se encontraban en la periferia del imperio otomano, como los serbios, sino en el corazón de Anatolia, la patria de los turcos; la creación virtualmente evocada de un Estado nacional armenio desde Kars en el Noreste hasta el Mediterráneo cortaría a Turquía en dos. Este temor que no carecía de fundamentos –basta con ver el abortado Tratado de Sèvres de 1920– se encuentra en el origen del genocidio, un genocidio que, afirma Akçam (p. 102) permitió la creación del Estado nacional turco después de la guerra de 1914-1918.

Así, el declive y la caída del imperio otomano es la historia de la creación de muchos Estados y, de manera inevitable, el deseo de los grupos etnonacionales que habían coexistido durante siglos de tener su propio Estado llevó a la “limpieza étnica” generalizada, con su séquito de odios, de memorias agraviadas y de amnesias convenientes. Serbia, Bulgaria, Grecia, Irak, Siria, Líbano tienen en su historia una serie de expulsiones y masacres: recuerdan las que sufrieron, olvidan las que cometieron.

Los turcos tienen la misma historia y recuerdan cómo los “musulmanes” han sido deportados o masacrados por los “cristianos”; olvidan las masacres de “cristianos” y castigan como delito del fuero común y traición a la patria la sola mención del “genocidio” perpetrado contra los armenios. “Ningún armenio puede ser nuestro amigo después de lo que les hicimos” (Talat Pasha).
El sistema de representaciones que autoriza y justifica el terror y la eliminación del otro es siempre el resultado de una simplificación del pensamiento político. El vocabulario usual del discurso de exterminio es siempre sumario. Si se examinan las operaciones características del pensamiento joven turco entre 1912 y 1915 se entiende cómo desembocó en el genocidio, a través de tres operaciones: determinación de la propia identidad ante un enemigo progresivamente identificado, reducción de la política a una relación de violencia, dramatización extrema del momento histórico –la primavera de 1915–. Walter Laqueur señaló que el terrorismo –y el genocidio es el terrorismo a escala mayor– encarna el concepto de la política según Carl Schmitt, fundado sobre el dualismo amigo/enemigo.
Para Schmitt cada orden de fenómeno descansa sobre un criterio autónomo de distinción: lo estético sobre la oposición entre hermoso y feo, lo económico sobre el binomio útil/dañino, lo político sobre amigo/enemigo.
Así, las cumbres de la gran política constituyen los momentos que ofrecen una percepción clara y concreta del enemigo como tal. “Considero que la lucha de Cromwell contra la España papista es la manifestación más poderosa de una hostilidad de tal tipo.” En su discurso del 17 de septiembre de 1656, dice: “¿Por qué, en verdad, vuestro gran enemigo es el español? Es el enemigo natural, el enemigo providencial y quien lo tiene por enemigo accidental no conoce la Escritura ni las cosas de Dios quien dijo ‘pondré una enemistad entre tu posteridad y la suya’ ”. Tal teoría esencialista de la política que hace del elemento tribal el fermento de la unidad nacional, encuentra su aplicación privilegiada en el campo internacional, en la guerra, en la guerra civil. De este modo, Schmitt nos ofrece un modelo del nacionalismo extremo del cual el genocidio, en el caso que nos ocupa, el del emergente nacionalismo joven turco, no es más que una variante extrema, así como la bomba atómica no es más que una bomba extrema.
El genocidio perpetrado en 1915 –prolongado de manera intermitente hasta 1922– apareció después de dos olas de masacres cubiertas por ideologías diferentes: la de 1894-1896 por el panislamismo del sultán Abdul Hamid y la de 1909 por los mismos jóvenes-turcos pero en su periodo constitucionalista. El genocidio no cayó como un rayo en el cielo azul y para los armenios fue la realización de un presentimiento pesadillesco; los turcos se habían vuelto unas bestias pardas y las palabras que acompañaban la matanza, sean las de un Islam primario, sean las de la ideología “científica” de los organizadores lo confirmaron. Los armenios eran unos “perros” antes de ser degollados como “corderos”. Los nacionalistas turcos, que renegaban del otomanismo multinacional y multicultural, se identificaban con el lobo gris, animal tótem de la tribu primitiva turcomongola.
En 1908 muchos armenios se habían alegrado de la llegada al poder del movimiento joven turco y esperaban mucho de su discurso renovador, liberal y progresista. Cuando empezó la guerra en 1914, la modernidad del CUP se presentó bajo la forma del plan de exterminio realizado por la Organización Especial: una acción libre de toda consideración moral, el fin nacional justificando los medios. El embajador alemán Wangenheim pudo escribir a su canciller el 17 de junio de 1915: “Talat Pasha declaró que la Sublime Puerta quería aprovechar la guerra mundial para acabar radicalmente (gründlich aufzuraummen) con sus enemigos internos”, los cristianos autóctonos. En menos de diez años el joven nacionalismo turco había llegado a la conclusión de que para sobrevivir Turquía tenía que liberarse de los pueblos extranjeros. Talat Pasha explicaba: “estos diferentes bloques en el imperio turco han conspirado siempre contra Turquía; la hostilidad de estos pueblos nativos ha despojado a Turquía que ha perdido provincia tras provincia –Grecia, Rumania, Bulgaria, Bosnia Herzegovina, Egipto y Trípoli (Libia)” (p. 92).

El capítulo IV contesta a la pregunta: “¿Cómo se llegó a la decisión del genocidio?”. Como consecuencia directa de las guerras balcánicas de 1912-1913 que vieron la derrota otomana, las deportaciones y matanzas de griegos en Tracia y en Anatolia empezaron a principios de 1914. Eso fue el preludio al 1915 armenio. La lógica de esa ofensiva contra los griegos otomanos era la urgencia de turquizar a lo que quedaba del imperio. Al otoño de 1914, Estambul tomó la decisión crucial de entrar en la guerra al lado de los Imperios Centrales, de Berlín y Viena. En enero de 1915 el ejército sufrió una terrible derrota en Sarikamis que sirvió de pretexto para lanzar la mortífera acusación de la “traición armenia”, de la “puñalada trapera armenia”. Empezó una campaña de desinformación que coincidía con la gran batalla de Gallipoli que duró meses y terminó con la retirada de los ingleses; pero durante un tiempo pareció que el enemigo iba a tomar el control de los estrechos y de la capital: se preparó un plan de repliegue hacia el corazón de Anatolia para una resistencia a largo plazo confiada a la Organización Especial (OE, en adelante). En forma paralela, también se tomó la decisión de acabar con los armenios, tarea que fue encomendada también a la OE. Así que las “circunstancias”, a saber, el peligro mortal en el que se encontraba la Patria turca, tuvieron algo que ver en el momento de la decisión, más que en la decisión misma. Cuando la derrota pareció inevitable, la organización de la resistencia en el reducto anatoliano se antojó imposible mientras siguiesen en el lugar unos millones de armenios.
Shakir Pasha, jefe de la OE y gran director del genocidio, lo expresó claramente: “la existencia de armenios cerca y a lo largo de la frontera con Rusia representa una gran amenaza para el futuro del país. Es necesario hacer todo lo posible para suprimir ese peligro. Tomar tal camino puede significar ir en contra de las leyes de las naciones y de la humanidad. Estoy dispuesto a pagar el precio hasta con mi vida. Que lo logre o no, muchos me castigarán, lo sé, pero en el futuro muchos entenderán que me sacrifiqué al servicio de mi patria” (p. 129).
La tesis (¿atenuante?) de las circunstancias no explica el porqué de las medidas tomadas contra los armenios desde agosto de 1914, meses antes de la entrada en guerra; la OE recibió entonces, así como el jefe del III Ejército situado en las provincias armenias del noreste, la orden de formar “unidades especiales” con kurdos, expulsados de la Turquía de Europa, criminales, para operar en Rusia y a lo largo de la frontera, contra los armenios.
En septiembre de 1914, Gobernación ordenó considerar a todos los armenios como enemigos potenciales, y en noviembre los armenios de entre 15 y 20 años y los mayores de 45 años fueron movilizados en batallones de trabajo; sufrieron condiciones tan duras que, según las unidades, entre el 20 y el 60 por ciento murió antes de que empezara su masacre en marzo de 1915, es decir, 40-50 días antes del inicio oficial del genocidio.
Los soldados armenios (de 20 a 45 años) fueron desarmados el 25 de febrero de 1915 y su liquidación empezó poco después. La deportación de los civiles había empezado en Cilicia, en febrero de 1915, en previsión de un posible desembarque franco-inglés en esa región del Mediterráneo. La derrota de Sarikamis, en enero, fue el pretexto, y la propaganda oficial responsabilizó a los armenios del desastre. Pero el mismo Enver Pasha que lanzó esa acusación mortal, había dado las gracias al patriarca armenio por el sacrificio y el heroísmo de los soldados armenios. El 26 de febrero, un día después de ordenar el desarme de estos hombres, escribía al patriarca “su placer y sus agradecimientos a la Nación armenia, reconocida como ejemplo de lealtad absoluta para con el Gobierno Otomano” (p. 143).
El aliado alemán confirmaba la buena conducta de los soldados armenios, pero quien quiere matar su perro, dice que tiene rabia. No hubo traición a favor de los rusos en la frontera noreste: los famosos “voluntarios armenios” del ejército zarista eran todos sujetos rusos y nunca hubo más de cuatro unidades de 1,000 hombres, las cuales operaron a partir del 18 de mayo de 1915, cuando los rusos tomaron Van (p. 203).
Fue en marzo, probablemente a finales del mes, cuando el CUP en Estambul tomó la decisión, en medio del trueno de la batalla de Gallipoli: ordenó a la OE olvidarse de los rusos y emprender la liquidación de los armenios, no solamente en las seis provincias del noreste, próximas a Rusia, donde podían servir de “quinta columna”, sino en todas partes. Es de notar que el gobierno en pleno no estuvo al tanto, fuera del triunvirato cuyos dos principales dirigentes eran Talat y Enver. La decisión se tomó antes del levantamiento armenio de Van, en abril, presentado en la literatura histórica turca como LA causa de la deportación (sin masacre planificada) de los armenios. Dicho levantamiento ocurrió después de la toma de decisión y 55,000 armenios habían sido masacrados en la región por los comandos paramilitares de la OE (p. 200). Las deportaciones empezaron un mes antes pero, escribe Akçam, “el giro de la deportación estratégica hacia el genocidio coincidió con el levantamiento de Van”; las poblaciones no fueron desplazadas hacia Anatolia sino hacia el desierto de Siria (telegrama del 24 de abril, fecha simbólica del inicio del genocidio). Ese mismo día empezó en Estambul el arresto y la matanza de toda la elite armenia.
El CUP y Talat operaron según un mecanismo dual: la secretaría de Gobernación enviaba órdenes de deportación a las autoridades del Estado, pero las agencias locales del CUP y la OE recibían instrucciones para proceder a la liquidación de los deportados en camino, con la ayuda de la gendarmería y de Mehmet Kamil Pasha, comandante del III Ejército. En general había que evitar la participación del ejército. Había que destruir inmediatamente los mensajes recibidos (p. 161).
El autor publica por primera vez un documento esencial, hasta ahora citado parcialmente o sintetizado, el memorandum que Talat Pasha, secretario de Gobernación, envió al gran visir el 26 de mayo de 1915 para explicarle que las “deportaciones” eran indispensables para “acabar de manera total y absoluta con la cuestión armenia […] Después de consultar a las autoridades locales y los comandantes militares […] empezó una acción que se estima completamente en el interés del Estado […] hacia un final definitivo”.
Hubo “justos”, civiles y militares para oponerse y desobedecer; todos lo pagaron con un cese inmediato, varios con la vida (pp. 164-170, 185-186, 201): Mezhar Bey, gobernador de Ankara, Reshit Pasha de Kastamonu, Cemal Bey del distrito de Yozgat, Huseyin Nesimi, prefecto de Lice, asesinado, así como Ferit, gobernador de Basra, Nedri Nuri de Müntefak, Sabit, prefecto de Beshiri, y también el prefecto de Midyat y el de Nafra. Tahsin Bey, prefecto de Erzurum hizo lo imposible para salvar armenios y fue cesado, como Rahmi Evranos, gobernador de Izmir y Nabi Bey de Malatya. Gloria a estos justos que no aceptaron ejecutar una “deportación” (es lo que aparece en los documentos oficiales) que era una liquidación. Celal, gobernador de Alepo, transferido a Konya por su desobediencia, persistió en sus vanos esfuerzos: “Yo era como un hombre al lado de un río sin posibilidad de salvar a la gente. En lugar de agua, el río llevaba sangre y miles de niños inocentes, ancianos sin culpa, mujeres y fuertes jóvenes en camino hacia su destrucción. Los que pude alcanzar con mi mano, los salvé, los otros, se los llevó la corriente y no volvieron nunca” (p 185).
La documentación otomana rescatada por Akçam no deja la menor duda: Talat Pasha fue el coordinador general de la deportación y de la masacre (p 168) que fueron decididas colectivamente por el CUP en marzo de 1915. En algunas regiones los armenios se convirtieron al Islam para salvar la vida, pero Talat envió, el 1 de julio, un telegrama para ordenar que “deben ser deportados por más que se hayan convertido” (p. 175).
La “limpieza étnica” que significaba la muerte para los armenios debía aplicarse a todos los no turcos. El 26 de mayo de 1915 Talat Pasha giró instrucciones a todos los prefectos y gobernadores para que los armenios, kurdos, albaneses, bosnios y árabes no pasaran nunca de formar el 5 por ciento, excepcionalmente el 10 por ciento de la población provincial; eso significaba la dispersión para todos y la muerte para los armenios. Así, las grandes matanzas de 1916 en Siria, alrededor de Der Zor y en la provincia de Alepo, fueron ordenadas porque la llegada de los deportados sobrevivientes había elevado el porcentaje de armenios en Siria e Irak arriba de la ¡cifra fatídica! Las cifras eran inciertas pero para diciembre de 1917 sólo 23 por ciento de la población católica de Anatolia, especialmente defendida por los aliados de Berlín y Viena, había sobrevivido. En 1913, según el patriarcado armenio, había 2’100,000 armenios en Anatolia. Sobrevivieron 600,000, quizá, a los cuales se debe añadir, quizá, 200,000 niños y jóvenes mujeres “adoptados”. El gobierno de Estambul estimó que 800,000 armenios perdieron la vida (documento del 14 de marzo de 1919); es la cifra retomada por Mustafa Kemal “Atatürk” cuando, en privado, habló el 24 de abril de 1920 de “shameful act” (pp. 345-346).
En noviembre de 1918, a la hora del derrumbe del imperio, en el último congreso del CUP, Talat Pasha formuló lo que hasta la fecha es la “versión oficial turca” del drama: “Hubo muchos incidentes durante la deportación, pero en ninguno la Sublime Puerta actuó según una decisión predeterminada. En muchos lugares, antiguos odios hicieron erupción y condujeron a abusos que nunca pensamos realizar. Muchos funcionarios desplegaron una excesiva injusticia y violencia. En ciertos lugares, un sinnúmero de inocentes fueron asesinados. Tengo que admitirlo” (p 184).
Los armenios habrían sido víctimas de las “circunstancias”, de las condiciones propias de la guerra, de la enfermedad y de la violencia espontánea, localizada y popular. El Estado no habría tenido nada que ver, por lo tanto no se puede, no se debe hablar de “genocidio”.
El capítulo VI presenta los intentos pronto abortados de castigar a los “criminales de guerra” turcos, en particular los de los demócratas turcos del partido “Libertad y Concordia” aplastado por el CUP durante la guerra.
Uno de sus dirigentes, Damat Ferid Pasha leyó en el Congreso, para condenarla, la justificación presentada durante la guerra, por el gobierno: “Si sacamos un millón de armenios de sus casas y de sus pueblos, si los zopilotes y los chacales se deleitaron sobre sus huesos en los caminos hacia Bagdad, es que habrían cortado las líneas de comunicación de nuestro ejército, atacado a nuestras tropas por la espalda y presentaban un peligro para el Estado” (p. 269).
En consecuencia, se instruyeron 63 procesos sobre otros tantos casos concretos de masacres y en abril de 1919 fue condenado a muerte y ejecutado Kemal Bey, quien inmediatamente fue proclamado “mártir”. Lo que paró en seco los procesos fue la invasión de Izmir (Smirna) y de la costa occidental de Anatolia por el ejército de Grecia. Empezaba la “guerra de independencia” de Turquía que terminó con la victoria nacional e internacional de Kemal Atatürk en 1922, la expulsión de los griegos otomanos y de los turcos de Grecia, y la fundación de la república turca. Así desapareció la cuestión del genocidio, y en una Turquía “limpiada” de sus fuertes minorías cristianas quedó un solo pueblo no turco: los kurdos. Pero eso es otra historia que aún no acaba.
La terrible lógica simplificadora del Estado-nación está perfectamente expresada por Bekir Sami, secretario de Relaciones de la joven república cuando contestó a una nota de la república soviética de Armenia: “Cuando no quede región con una mayoría de turcos bajo la soberanía armenia, ni región con una mayoría de armenios bajo la soberanía turca, entonces habrá verdadera paz y hermandad entre los dos pueblos” (p. 331). Hasta terminar la “limpieza étnica”, pues. A principios de 2008 Turquía y Armenia siguen sin relaciones diplomáticas… Está prohibido hablar de “genocidio” y la versión oficial es que hubo matanzas por ambos lados pero que la responsabilidad es armenia. “Puesto que el gobierno y la nación turca fueron obligados a tomar medidas punitivas y a contestar, pero siempre y sin excepción sólo después de agotar su paciencia, la responsabilidad de los desastres que cayeron sobre la comunidad armenia en el seno del Imperio Turco pertenece totalmente a la propia comunidad armenia. Mientras los elementos cristianos no abusaron de la generosidad del país en el cual vivieron durante siglos en opulencia y paz, los turcos jamás les negaron sus derechos” (p. 366). Son palabras de Ismet Inönü a la firma del tratado de Lausana en noviembre de 1922, el cual proclamó una amnistía total para los crímenes políticos y militares cometidos entre el 1 de agosto de 1914 y el 20 de noviembre de 1922.

Este texto es una amplia reseña de: Taner Akçam, A Shameful Act. The Armenian Genocide and the Question of Turkish Responsibility. Nueva York: Metropolitan Books, H. Holt and Co., 2006, 483 pp. (Agradecemos al autor del presente texto su autorización expresa para reproducirlo en su integridad.)

Fuente: Revista Istor del CIDE.

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