Extranjeros en casa

por Rosa Beltrán

Para un chilango, la Pequeña Corea es esa entrada a la dimensión desconocida donde el transeúnte nunca se da cuenta de cuándo cambió el paisaje. De pronto se sabe que se está en otro lugar porque todos los que caminan junto a uno tienen los ojos rasgados. Jóvenes de portafolio, familias con niños de peinado de fuente, un viejo que otea el horizonte con gesto milenario. Uno sospecha que sigue estando en el DF porque las calles (Hamburgo, Tokio, Londres) tienen los mismos edificios de cuando era Zona Rosa. Algo, no obstante, alimenta la sospecha de que uno está en un país que, siendo el suyo, ha empezado a rechazarlo.
No es que el paisaje sea misterioso sino que se torna siniestro en virtud de la fama que antecede a sus avecindados. “Matones a sueldo, amos del negocio de mercancía ilegal, mafias cuyo punto de reunión es el Pabellón Coreano donde planean o celebran sus golpes”. Pero ésa es sólo reputación de oídas, prejuicio. El rasgo distintivo es que los cabecillas que viven aquí pero negocian en Tepito, en la Plaza de la Computación en Eje Central y en Plaza Meave se cortan la parte de arriba del dedo meñique y se saludan sin darse la mano.
Con esta advertencia en mente me interno en el restaurante Ham Ji Bak (que ostenta un letrero: “se solicita lavaloza”) del barrio coreano, dispuesta a no saludar a nadie de mano. Me limito a hacer una inclinación, a la que sólo responde un mexicano que barre… y lava loza. El dueño manda a mi mesa al mexicano, lo que no es de extrañar, sí, en cambio, que éste no tenga la menor idea del menú ni entienda coreano. Me explica que los platos se dividen en “dulces” y “picantes”. Pido una sopa y un plato de carne de algo, no picantes. Resultan picantísimos. Mi vecino, un coreano al que responde el dueño con tres inclinaciones, pide varios platos. Lo que ocurre enseguida empieza a enrarecerse como suelen hacerlo las películas de Coppola: el vecino se puso a sudar. Pronto fue todo él un sudor; sacó unas servilletas de papel del portafolios, se limpió los ríos de sudor de rostro, frente y cuello; prosiguió, sudando aún más, mientras comía, el dueño y su mujer empezaron a reír, se sentaron con él, se sirvieron un poco de cada fuente y pasaron del estado sólido al líquido justo ahí frente a mis ojos. “Los días de Bok”, leí alguna vez, “son los días más calientes del año y es la época en que se consumen más perros, en la creencia de que comiendo la carne de los perros (que no sudan) se refrescará el cuerpo del comensal. Por esta razón, los vecinos de la colonia Roma fueron a protestar a la delegación porque se estaban robando a todos los gatos de la zona y quien se los robaba eran los coreanos”.
Junto a la estética que hace mechas y cortes coreanos en Hamburgo 230 (donde dijeron no entenderme) y la panadería que sólo vende a locales, se encuentra un centro de video donde el cine gore convive con cintas en las que jóvenes coreanas se desnudan sólo en apariencia; de hecho, están cubiertas por un ropaje denso que las hace impenetrables: todas hablan sólo en coreano. Lo mismo que el súper con un fregadero a la entrada (donde el infaltable empleado mexicano lava los trastes) o la tienda de productos orientales Nul Bom Market que tiene una barra con el Hanin, diario para clientes coreanos. No hay letreros en español y los dueños, serios como tardes nubladas no responden a las preguntas de los clientes hechas en español ni se muestran dispuestos a explicar para qué sirven las salsas, las bolsas con productos comestibles secos, o los cortes del reino animal de sus refrigeradores. Hay que conformarse entonces con saber que algunos de los dueños de esos rostros descienden de los ciento cincuenta coreanos que llegaron durante el porfiriato; que de los 30 mil coreanos que se calculan en el país sólo 15 mil aparecen registrados y que de 1910 a 1945 cuando los japoneses se apropiaron del territorio coreano les impusieron nombres japoneses y les prohibieron el uso de la lengua coreana. Paradojas de la globalización: Corea, uno de los países líderes en materia de comunicación, ha dado en nuestro país una migración silenciosa.
Salvo una excepción. Sung Hi Lee ha sido una joven más que pródiga en información. No sólo quiso hablarme de cuándo nació (1970) y cuánto mide (1.63) sino de las razones que la hicieron abandonar su país y dedicarse, según ella, a las “artes aplicadas”. Hoy sé que desde que posó en Playboy la llaman “La famosa perla oriental” y sé que por el alcoholismo de su padre pasó una adolescencia atroz y estuvo al borde del suicidio. También aprendí que cuando cantaba en una sala de fiestas y alegraba la vista de los presentes (no con su voz sino con su propensión a sentirse acalorada y quitarse la ropa) fue descubierta por quien hoy es su agente. Ella me dejó ver, por ejemplo, que cuando bebe leche se repasa con la lengua los bigotes, que usa bikinis con tacones y cuando se desviste se pone moñitos con coletas. No vive en la Pequeña Corea sino en un lugar más amplio. La zona ciberespacial donde todo migrante es escuchado en una sola y misma lengua.

Sung-Hi-Lee-9

Fuente: Suplemento Laberinto de Milenio diario.

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