Museo Nacional de las Culturas/Propuesta para un nuevo marco conceptual

por Leonel Durán Solís

En varias décadas, ni el marco conceptual ni el discurso museográfico del Museo Nacional de las Culturas han sido sometidos a una revisión profunda que permitiría establecer nuevos paradigmas y reorientar los contenidos de sus exposiciones. El proceso de renovación integral por el que atraviesa esta institución hace propicia la ocasión para realizar un ejercicio teórico de esa naturaleza.
Desde su fundación, el museo se ha visto guiado por la racionalización que exigía la pedagogía pragmática del Estado educador, en la que se identifican generalizaciones y aun errores, dado que no se basa en la racionalidad de un conjunto de propuestas de orden museológico que expliquen la unidad y la diversidad de la cultura en el mundo. El enfoque de las exposiciones permanentes ha sido el de la separación arbitraria por países, si bien, como en el caso de la sala de África Subsahariana, se abarcó un buen número de naciones y pueblos de aquel continente. Esa forma de racionalización cierra caminos al intelecto, en tanto que la racionalidad los abre, los profundiza y amplía el conocimiento.
Un enfoque de esta naturaleza precisa partir de conceptos básicos claros y de una autocrítica seria. El pensamiento antropológico, histórico y pedagógico han evolucionado considerablemente desde la fundación del museo. Por ello, lo que se requiere es un nuevo cotejo de ideas pasadas y presentes, donde sea posible reconocer que durante largo tiempo el Occidente europeo se creyó dueño de la racionalidad, ignorando o acotando la de los otros pueblos de otras latitudes. Ese tiempo se ha agotado y ahora toca diseñar el papel que en pleno siglo XXI desempeñará la racionalidad y la creatividad multipolar que impera actualmente en nuestro mundo. Sin negar los importantes logros culturales de Occidente, hoy confirmamos que en toda sociedad hay racionalidad y que nadie puede reclamar para sí su monopolio.
Es deseable, por tanto, que las propuestas que en adelante se formulen, eviten en lo posible la traducción idiosincrásica, la interpretación ideológica (desde México o desde el Occidente en general), y la repetición automática de la visión eurocéntrica sobre las civilizaciones y las culturas esparcidas por todo el planeta. Para lograr este cometido, necesitamos una nueva generación de teorías abiertas, críticas, reflexivas y creativas que reformulen la idea de cultura a la luz de la pluralidad que la caracteriza.  A fin de cuentas, la misión educativa del museo consiste en armar a cada uno de sus visitantes con las herramientas que le permitan alcanzar la lucidez, un don más bien raro en el ámbito de la mundialización que ignora las identidades.
Es indispensable indagar a fondo lo que significa hoy en día “conocer a los otros” para que las mentes de las nuevas generaciones alcancen esa lucidez tan deseada y una férrea independencia intelectual frente al Estado y la sociedad mediatizada, pues son señales inequívocas de toda democracia efectiva. Cierto, los museos orientan y educan en alguna medida, aun si están plagados de errores y distorsiones. Pero el museo del futuro educará identificando y corrigiendo dichos errores, las cegueras, las construcciones idealizadas para crear la ilusión de que la historia humana sólo puede ser contada de una manera, lineal y parcial, unilateral y consecuentemente pobre. ¿Cómo lo hará? Situando sus contenidos en el contexto y en la complejidad planetaria de lo humano, reformando el pensamiento sobre el hombre y su destino, y articulando saberes que se hallan dispersos.
En su proceso de renovación integral, el MNC se convertirá en una institución libre de ideas fijas y de veredictos inapelables sobre la historia de la condición humana, derivados casi siempre de la compartimentación de las disciplinas que le dan sustento académico.
La racionalidad propicia el diálogo entre ideas y realidades diferentes, mientras que la racionalización lo obstaculiza, puesto que ésta es una forma de justificar la historia a la luz de las mentalidades que venían dominando el discurso desde los poderes político, intelectual y económico. La “visión de los vencidos” (León-Portila dixit) y su pasión memoriosa son indispensables para completar el panorama de las culturas y civilizaciones habidas y presentes. Nadie es insensible a una verdad demostrada sin prejuicios ni ornamentos artificiosos y eso es lo que busca en esta etapa el Museo Nacional de las Culturas: ofrecer verdades, no versiones (a modo) de esas verdades.
Es indispensable apelar a los principios que hacen de un conocimiento algo pertinente, si lo que se busca es inculcar la capacidad crítica entre los diversos públicos visitantes de hoy y de mañana. Por eso se aspira a que el museo provea de informaciones y elementos indisolublemente ligados y contextualizados, para que así adquieran sentidos amplios, analíticos y autocríticos, racional y afectivamente creativos. Pero el contexto no basta para explicar los productos y modalidades de cada cultura; se requiere además tomar en cuenta tres vertientes adicionales ya apuntadas por Edgar Morin en su libro Los siete saberes necesarios para la educación del futuro:

a) Lo global     b) Lo multidimensional     c) Lo complejo

Ello a fin de generar la curiosidad de la que nace todo genuino conocimiento no condicionado a alguna mnemotecnia o a la simple repetición de catálogos o guías Murdock, de nociones y paradigmas tomados acríticamente de las disciplinas antropológicas y del sistema educativo, cualquiera que éste sea.
La museología del futuro se ancla en conjuntos articulados y coherentes, no en islas cognitivas a la deriva, por más que éstas puedan estar bien justificadas en la que las partes y las totalidades deben dialogar, retroalimentándose y complementándose de una manera compleja y transversal, si bien su exposición debe ser sencilla y asequible a los grandes y pequeños públicos.
La nueva museología del MNC evitará la simplificación excesiva con fines didácticos, pues ello empobrece, a final de cuentas, el proceso cognitivo. Es por esto que se requiere desarrollar al máximo la aptitud natural de la inteligencia de las personas, mediante recursos museográficos alternativos, ingeniosos, innovadores y que despierten en el visitante una “sed” de conocimiento crítico en varios niveles y más allá de lo ofrecido de cajón. “¿Qué se yo del mundo” o de una cultura en especial?”. “¿Hasta dónde se puede conocer?” “¿Qué me interesa saber?” “¿Me sería útil indagar más sobre esta cultura o aquélla?” Son preguntas que deberían hacerse los visitantes al museo y que pueden ser contestadas por distintos medios interdisciplinarios. Pero a la gente hay que darle, al menos, respuestas precisas sobre cuatro nociones básicas, de las que depende la pertinencia de los conocimientos emitidos: (E. Morin)

– El contexto de las informaciones y los elementos.
– Lo global, entendido como un sistema que expresa al mundo entero reflejado en los particulares y viceversa.
– La multidimensionalidad, o sea, las diversas aristas del ser humano; biológico, psíquico, afectivo y social.
– Lo complejo de la condición humana en acción y pensamiento. La textura.

En relación con lo anterior, el museo debe apelar a las aptitudes naturales de la mente, a su capacidad para formular preguntas y responderlas. Se trata pues de pasar de la opinión de algunos académicos a una verdadera episteme. Es aquí donde entra en juego la inteligencia general de los individuos, en contraposición a la inteligencia selectiva y especializada de los académicos que sólo racionalizan.
El contenido (la oferta epistemológica) del museo dejará así de ser un archipiélago inconexo de objetos, datos, fechas y referencias más o menos útiles destinados a escolares y público en general, para transformarse en un conjunto de aproximaciones contextualizadas respecto a dichos objetos y a sus significados globales para el género humano, tanto en su relación con el cosmos como en la que guardan con la naturaleza, la específica región geográfico-cultural, el tejido social de las localidades en que se inscriben y, finalmente, el individuo, sus emociones y anhelos. Por eso la pertinencia será uno de los criterios para decidir sobre las ofertas culturales que deba o pueda poner en juego este museo, independientemente de sus fortalezas y debilidades. Se abandona así el axioma según el cual el saber sólo se adquiere fragmentando, dividiendo el saber en compartimentos estancos, creando separaciones ancladas en taxonomías supuestamente útiles.
En “la era planetaria” en que nos toca vivir, el museo debe orientar a los niños y jóvenes sobre cuál es su lugar en el cosmos, su lugar en el planeta Tierra, en su país, en su grupo social y su identidad personal, para así poder integrar la noción de Humanidad a la de individuo.
De poco nos serviría aprender el significado del bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución mexicana si no se entendiera primero cuál ha sido nuestra situación en el mundo de entonces y en el de ahora, dónde está España, quiénes éramos cuando llegaron los españoles a la conquista. De igual manera, de nada sirve que un niño sepa distinguir entre una pirámide y un obelisco si no tiene una visión del contexto social en que se desarrolló la antigua cultura egipcia.
Por supuesto, no se trata de echar por la borda el conocimiento de las partes y adoptar ciegamente el conocimiento del todo, sino de conjugar ambos de manera que se propicie la comprensión, la reflexión y, de ser posible, un atisbo al futuro.
Ni la antropología ni la historia cubren el espectro entero de la experiencia humana sobre la Tierra; se precisa la concurrencia de otras disciplinas para abarcar todo el volumen de sus complejidades y contextos, sus mínimos matices y sutilezas, significados que aisladamente no pueden identificarse ni aprehenderse. El museo del futuro exige una gran religación de los conocimientos resultantes de las ciencias naturales y las ciencias humanas, incluyendo la literatura, la poesía y las artes, entre otros contenidos culturales.
Por todo lo anteriormente expuesto, el Museo Nacional de las Culturas se propone precisamente dejar de “monografiar” culturas por países, para proponer, en todo caso, un método crítico racional de aprehensión de conocimientos sobre las materias de su interés: antropología, historia, arqueología, etnografía, etc. Pero tenemos que aceptar que los conocimientos de estas disciplinas se hallan actualmente divididos, inconexos, fragmentados como las piezas de un rompecabezas. Entonces, será necesario encontrar la manera de integrarlos, religarlos, para que se entienda que el ser humano no sólo se distingue por ser un homo sapiens, sino que también es un homo ludens, un homo imaginarius. Nuevamente, la gran contradicción paradójica es que el conocimiento de las partes crece en razón directa del desconocimiento del todo y este hecho evidencia las debilidades de la educación en general y del museo en particular.
El ser humano es a la vez físico, biológico, psíquico, cultural, emocional, social e histórico (E.M.); por lo tanto, sus acciones y experiencias deben ser analizadas y explicadas considerando todos esos elementos que determinan y trastocan el transcurso de su existencia sobre el planeta. Esa es la condición humana, es decir, lo que debería ser la materia prima conceptual del Museo Nacional de las Culturas. Anudar, reunir y conjugar los saberes de las ciencias naturales y humanas es uno de los objetivos de la museología que aquí se propone, partiendo de la plena aceptación de nuestra parte cósmica, nuestra parte zoológica y nuestra parte humana.
Si es cierto que llevamos en nosotros a toda la humanidad, no lo es menos que somos parte del cosmos y de la naturaleza, que diariamente es devastada por la ambición irracional de los incontrolables consorcios transnacionales. Por eso es importante que el museo pueda mostrar la importancia capital de la relación hombre-natura y cultura-natura.
En el inicio del tercer milenio de nuestra era, se están trazando las nuevas coordenadas para los museos con vocación antropológica. Éstos educarán en la medida en que demuestren que hay una unidad y, a la vez, una diversidad compleja en el seno del género humano. Las dimensiones del hombre son innumerables, pero los recursos para demostrar este hecho son limitados, lo cual indica la necesidad de echar mano de la imaginación creativa para idear nuevas formas de transmisión del conocimiento, sobre todo entre los niños, los jóvenes y los profesores.
En su nueva etapa de renovación, las exposiciones del museo se organizarán conforme a la multidimensionalidad de las culturas que vayan a representarse en su momento. Es tiempo de escudriñar en esa condición múltiple para re-aprehender las cualidades que nos hacen humanos e insistir en su propagación como elementos contra la barbarie, el racismo, la xenofobia, la discriminación, la soberbia etnocentrista y tantos otros vicios de conducta entre los individuos y entre los pueblos del mundo.
El hombre construye su ser por y en la cultura, nunca fuera de ella. Pero el término “cultura” no debe identificarse sólo con las bellas artes. El museo del futuro está obligado a fortalecer el concepto amplio de esa palabra. Ello alude a tareas específicas a realizar desde la perspectiva de una museología que tome en cuenta la tríada individuo, sociedad y especie, donde ninguno de estos elementos puede prevalecer sobre los otros dos.
El género humano es el único que pone en peligro su propia casa planetaria, y la promoción de los valores globales de la cultura puede frenar esta tendencia autodestructiva. La adopción de una ciudadanía terrestre, opuesta al etnocentrismo, ayudará a alcanzar este noble propósito. Por ello, las exposiciones del Museo atenderán también a un nuevo enfoque en el cual se hable de la problemática ecológica como un tema eminentemente cultural, antes tratado sólo como parte aleatoria o secundaria de las problemáticas antropológicas.
El museo insistirá en la noción de que cada cultura es producto de desarrollos biológicos comunes a todo ser humano, que también es consecuencia de un conjunto de elementos la espiritualidad, el arte, sistemas de pensamiento complejos, habilidades manuales, congregaciones urbanas, tecnologías para el dominio de la naturaleza y para la comunicación entre semejantes y “diferentes”, mitos y religiones, ritos funerarios y costumbres locales, ideologías, mentalidades, modos de producción e intercambio, estilos de socialización, mantenimiento de las memorias ancestrales, etc. Éstas son las variables que deben atenderse de manera integral cuando se prepare una exposición. Los contenidos del museo no deben bajar al nivel de niños y jóvenes, sino tratar de elevar a éstos a un nivel superior mediante su propio esfuerzo intelectual y su curiosidad aguijoneada por propuestas museográficas y recursos tecnológicos atractivos. Y aquí no se hace referencia sólo a los apoyos lúdicos o los servicios educativos, sino a toda una revisión de las certezas y convenciones adoptadas acríticamente.
Las ciencias nos ofrecen certezas, pero el campo de la incertidumbre —atrayente y repelente a un mismo tiempo— es mucho más vasto y es necesario aceptarlo como una condición para emprender nuevas navegaciones hacia lo ignoto. Este es el terreno fértil en que habrá de sembrar el Museo en su nuevo marco conceptual, con miras a incrementar su influjo sobre la sociedad a la que sirve.
En un esfuerzo por alentar la comprensión, la tolerancia, la armonía y el aprecio entre todos los pueblos y culturas del mundo, el MNC adoptará lo que se ha dado en llamar la “simbiosofía”  (E. Morin) o el arte de vivir juntos sobre el planeta en que nos tocó vivir. Se suma así a una reforma planetaria de las mentalidades, que intenta impulsar una nueva ética entre los seres humanos: la ética de los hombres ante sí mismos, independientemente de los criterios políticos o económicos predominantes.
Si la palabra incomprensión es el tema de actualidad por antonomasia, habrá que indagar por qué ésta se pavonea en el mundo. Guerras, segregaciones, migraciones obligadas y otros hechos ominosos pueblan el planeta. El museo del futuro no podrá cerrar los ojos ante estas realidades. ¿Cómo se produjeron? ¿Qué hechos históricos las precedieron? ¿Qué se prevé para el futuro sobre esas circunstancias? El MNC intentará responder a estas interrogantes con una visión holística y multifactorial, no con las viejas y cómodas respuestas que se utilizaron antaño que, aun siendo funcionales en algunos casos, carecen de la calidad racional que se exige hoy de la ciencia y la tecnología, lamentablemente dedicadas a las partes y no al todo.
El concepto de “comprensión” constituye el medio y el fin para lograr una comunicación humana eficiente y constructiva. Y éste es el punto clave en la renovación del MNC. Comprensión de los acontecimientos humanos desde su origen hasta la actualidad. Comprensión de las causas y los efectos de las decisiones tomadas tanto por los grandes como por los pequeños pobladores del planeta. Comprensión mutua entre los seres humanos, que somos hiper y super-vivientes de una larguísima historia, contada y por contarse. El Museo habrá de esforzarse por ilustrar el principio unidad-diversidad de la humana condición. Sólo de esta manera se logrará impulsar la comprensión desde el conocimiento de las contradicciones humanas.
Cultura universal y culturas particulares, todo depende desde dónde se quiera contar la historia (historias) del hombre y entenderla a cabalidad. Lo cierto es que el museo del futuro defenderá la unidad de la especie humana tanto como su diversidad y múltiples avatares. He aquí el universo cognitivo bajo el cual se desarrolla el drama humano que nos toca expresar en tanto museo: documentar, investigar, testificar, explicar, conceptuar, enseñar, para así seguir avanzando hacia la Humanidad solidaria del futuro, ya no fragmentada en saberes aislados, sino dueña de una inteligencia alerta a los cambios inminentes.  La educación es el medio ideal y permanente; la racionalidad y el disfrute de la cultura, los vehículos para alcanzar ese fin.
En resumen, se abandonará la visión unilateral y fragmentada del ser humano. En adelante, el museo difundirá el conocimiento tanto del homo sapiens como del homo ludens, del homo empiricus y del homo imaginarius, del homo prosaicus y del homo poeticus, y aun del homo demens. Esta es la complejidad de las dimensiones humanas a las que el museo debe responder con propuestas viables e imaginativas, de manera que la mundialización sea comprendida por el mayor número de personas posible. Y tal es también la reforma del pensamiento que debe preceder a cualquier exposición organizada por esta institución.
Referencias:

• Documentos emanados del Grupo de Reflexión interno del Museo.
• Grupo de reflexión del Centro de Estudios sobre la Diversidad Cultural.

• Trabajos de la UNESCO:

• Conferencia Mundial sobre las Políticas Culturales, México 1982.
• Pérez de Cuéllar, Javier.  Nuestra Diversidad Creativa.  Informe de la Comisión Mundial de Cultura  y Desarrollo,  México 1992.
• Arizpe, Lourdes (Directora de Investigación).  Informe Mundial sobre
la Cultura,  Madrid 1999.
• Delors, Jacques.  Informe a la UNESCO de la Comisión Internacional sobre la Educación para el siglo XXI, presidida por Jacques Delors,  México 1997.
• Morin, Edgar.  Los siete saberes necesarios para la educación del futuro,  México 2001.

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Archivado bajo Antropología, Cultura, Diversidad cultural, Museología, Museos del mundo, Patrimonio

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