Los cromagnones no hacían picnics

por Pedro Miguel

Qué fuerte: siempre dormir en la dureza irregular del suelo o en la aspereza de un lecho entre las ramas, despertar en el sobresalto por la cercanía de un felino hambriento o bien con el hambre propia sin apaciguar, carecer de remedio para el dolor de muelas y las infecciones, darse de garrotazos con el prójimo enemigo en defensa del territorio, morir a los 30 años, y ya anciano, fatigar leguas y leguas en pos de unas nueces amargas o verse en la necesidad de emboscar a un megaterio malhumorado. El Paraíso Terrenal hubo de ser obligadamente espantoso para todos los bichos que lo habitaban, pero casi todos ellos tenían a su favor que no se daban cuenta. Nuestros ancestros, en cambio, fueron desarrollando la anomalía de la conciencia, el tumor de la imaginación y el virus de la esperanza, enfermaron de incomodidad y se dieron a la tarea de destruir su entorno. No a la manera de las termitas y los castores, que realizan sus construcciones mínimas o portentosas porque así se los manda el organismo, sino en forma deliberada. Algo de eso tienen ya los changos de diversas clases que fabrican herramientas no tan simples con una definida malicia previa: este palito doblado así me permitirá hurgar más hondo en el hormiguero, lograr que sus habitantes salgan despavoridas y darme un banquete. Los primeros humanos o protohumanos fueron mucho más lejos en la complejidad del cálculo y, gracias a eso, hoy tenemos fábricas en las que por un extremo metes a un cerdo y por el otro obtienes salchichas ya empacadas para su distribución y venta.
cromagnon
El primero que se construyó y habitó una choza debió haber tenido una vivencia placentera mucho más intensa que la que experimentamos hoy en día al internarnos en un spa. Y alrededor de la vivienda primitiva el suelo fue aplanado, posteriormente cubierto de piedras, y muchos milenios después, sellado con asfalto o concreto para emplazar una división permanente entre los pies humanos y los humores no siempre nobles de la naturaleza. No hace mucho, platicando con Ramón Álvarez Larrauri, elogiábamos el Google earth porque permite darse cuenta, en forma contundente y gráfica, de nuestra irremediable condición de plaga planetaria: conforme el zoom deja atrás la visión global y se concentra en regiones pobladas, aparecen las costras grises y expansivas de las ciudades, síntoma inequívoco de un planeta enfermo de vida inteligente. Alrededor, las zonas verdes están, también, gravemente alteradas de una manera casi increíble: son contadísimos los puntos del territorio francés –por citar un caso– que no estén marcados por la retícula de las parcelas cultivables. Me temo que El Vaticano no es ya el único Estado sin campo.

Plaga hemos de ser, pues; pero, en lo personal, y sin asomo de ironía, les agradezco a los australopitecos, a los ergaster, a los erectus, a los cepranensis, a los neanderthales, a los cromagnones y a los demás que corresponda, el habernos orientado por una ruta de escape del picnic infernal y perpetuo en el que vivieron inmersos, y no puedo dejar de simpatizar con Voltaire cuando respondió con expresiones vitriólicas a las críticas que Rousseau formulaba al desarrollo civilizatorio y a sus elogios a lo que el suizo consideraba “formas naturales” de vida: “Nunca se había empeñado tanto espíritu en el afán de volvernos animales. Dan ganas de caminar en cuatro patas cuando se lee vuestra obra. Sin embargo, como hace más de sesenta años que perdí ese hábito, siento que, desgraciadamente, me es imposible retomarlo.”

Ciertamente, el sarcasmo de Voltaire no sólo es inaceptable para los cánones actuales de corrección política, sino que tenía mucho de brillante artificio verbal y no poco de crueldad frente al pensamiento opaco, pero más profundo, de Rousseau. Pero esa polémica del Siglo de las Luces sigue resonando hoy en día y me dan ganas de citarla cuando alguien propone ir a convivir con la naturaleza y poner entre paréntesis, aunque sea de manera muy parcial y breve, unas decenas de miles de años de vida sedentaria, urbana y tecnológica. Órale pues. Ya los habitantes de las ciudades medievales y renacentistas, agobiados por el hacinamiento y las miasmas, procuraban escaparse, así fuera a ratitos a lo que entonces era realmente campo. El multicitado Fray Luis de León da cuenta de ello:

“¡Qué descansada vida /
la del que huye el mundanal ruïdo /
y sigue la escondida /
senda por donde han ido /
los pocos sabios que en el mundo han sido! […]
Despiértenme las aves /
con su cantar süave no aprendido, /
no los cuidados graves /
de que es siempre seguido /
quien al ajeno arbitrio está atenido”.

Dicen por ahí que “los primeros datos de campamentos organizados se registran en Estados Unidos; el señor Frederick Williams Gunn (1861) realizaba para sus alumnos programas de verano, lo que constituyó la primera experiencia”. En otro sitio afirman que “la primera manifestación de carácter deportivo que tuvo el ‘camping’ surgió en Inglaterra, en 1901, con el nombre de Asociation of Cycle: estuvo a cargo de Mr. Holding. En 1906 la institución pudo llevar a cabo su primer campamento de ‘camping’ ciclista. Un año más tarde, Baden Powell, influenciado por lo visto y leído, realiza el primer campamento de muchachos, lo que da origen a lo que más adelante se conocerá como ‘scoutismo’”.

Otra  manera de sentir emociones fuertes es la salvajada de la cacería actual, repudiada por los exploradores y por campistas pacíficos pero que, en esencia, viene siendo una expresión más de ese afán por rencontrarse con Natura y espetarle: “Mami, ya regresé”. O las excursiones de pesca. En todos esos casos, salvo los motivados por afanes abiertamente suicidas, uno remolca, por medio de un motor de combustión interna que traga combustibles fósiles, su burbuja de vida artificial y de tecnología: desde cerillos hasta asadores portátiles de gas butano, pasando por linternas con pilas contaminantes, tiendas de campaña que tardarán un millón de años en biodegradarse e inodoros móviles provistos de un líquido azul y venenosísimo que desintegra los excrementos en sus moléculas fundamentales.

No habría que darle muchas vueltas. Hace unas decenas de miles de años, cuando construimos los primeros asentamientos urbanos (Çatal Hüyük, Jericó, Damasco, Numeria, o bien los restos recientemente descubiertos que reposan en el fondo del Golfo de Cambray), salimos corriendo de las garras de la naturaleza y no tenemos la menor intención de volver a ellas. Tal vez logremos algún día equilibrar nuestro impulso depredador, hasta ahora insaciable, con una manera de no arruinar mucho, ni demasiado rápido, lo que queda del equilibrio temporal del planeta, un equilibrio que puede parecer idílico siempre y cuando se le vea en postales, o bien de cerca pero a ratitos. El entusiasmo de ir a pernoctar al bosque o a la selva nació, por supuesto, en las grandes ciudades; los primeros humanos y sus ancestros empeñaron muchos esfuerzos en irle robando a Natura pequeños espacios para la cultura, que es el hábitat irremediable de los humanos, y no se les habría ocurrido poner en práctica el disparate contrario.

Fuente: navegaciones@yahoo.comhttp://navegaciones.blogspot.com

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