Palabras en el VII Congreso Centramericano de Antropología

Andrés Fábregas Puig

Universidad Intercultural de Chiapas

Después de seis congresos nos reunimos por primera vez en Chiapas, en la ciudad de San Cristóbal, para celebrar el séptimo congreso centroamericano de antropología. Nuestra disciplina ha tenido una presencia destacada en la vida de nuestros países y ha contribuido  no sólo a mostrar la variedad cultural que nos caracteriza sino a explicarla y situarla en el centro de nuestra vida contemporánea. Formamos parte de las “antropologías del Sur” —que nos dice Estefan Krotz— si por ello queremos entender las que se elaboran desde la perspectiva contracolonial. En efecto, nuestra búsqueda por un mundo mejor parte de las trayectorias de nuestros países y no de visiones sobre  mundos que nos sean ajenos. No hemos cruzado el mar para explicar la condición primitiva y sentenciarla a desaparecer porque nada tiene que ofrecer ante el embate de la modernidad homogeneizadora. Nos hemos quedado en medio de nuestras sociedades, insistiendo en que la mayor riqueza que portamos está en la variedad de nuestras culturas y que es, precisamente eso, lo que fortalece nuestros procesos nacionales. Somos antropologías elaboradas y crecidas en medio de las turbulencias de nuestras historias, afirmadas en las vidas cotidianas de las que formamos parte. Nos conciernen las reflexiones que elaboramos. No son solamente discursos académicos para comprender la Cultura y sus enlaces con la Sociedad, sino visiones de nosotros mismos, de nuestro lugar en el concierto americano, de los destinos posibles y de nuestras potencialidades como comunidades humanas. Creo no equivocarme si digo que desde la antropología hemos tejido los enlaces vitales de Nuestra América. Por eso es tan significativo que hoy de nuevo estemos congregados, ahora en tierras del Sur de México, en la parte en que el país fortalece sus entrañables lazos con todos los pueblos de Centroamérica y converge con la savia de América Latina, que es nuestra propia savia.
La complejidad alcanzada por nuestras antropologías en años de intenso trabajo, es un patrimonio que a todos nos pertenece. De alguna manera, dentro de una u otra coyuntura, juntos hemos insistido en que la fortaleza mayor de las antropologías que hacemos es su identificación con nuestras realidades, reconocidas fuentes de la reflexión que elaboramos. Me parece que hay que seguir insistiendo en la vocación de contribuir a descubrir los destinos de Nuestra América y no soltarnos de la mano ante el guiño de la globalización que, en mucho, esconde el nuevo rostro del colonialismo. No se trata de rechazar las interrelaciones que a diario se demanda a nuestras naciones, sino de probar con la argumentación antropológica en la mano, que nuestra articulación con el mundo se debe hacer desde lo que somos y desde los términos que  nuestras historias claramente señalan.
Los antropólogos que trabajamos y vivimos en Chiapas nos sentimos alentados porque se escogió nuestra casa para darles hospedaje a las voces de las antropologías de Centroamérica. Representa la celebración de este Congreso un compromiso de contribuir a fortalecer los enlaces entre nuestros pueblos y trabajar sin desmayo porque el espíritu de nuestros mundos siga siendo el faro de nuestra preocupación. Nuestra raíz está en la infinidad de mundos locales que a diario se elaboran en esta América que es nuestra Casa Grande.             Nos hermanan las palabras y los ancestrales orígenes que conforman el sustrato de nuestra vida actual. Por eso, nuestros destinos se entrecruzan, entre uno y otro pueblo, como lo testimonia nuestro homenajeado, Otto Shumann, presencia enraizada en nuestros comunes quehaceres antropológicos. Celebramos que en tierra chiapaneca, nos hemos reunido en centroamericana congregación, para expresarle a Otto nuestro profundo agradecimiento por su infatigable trabajo que ha contribuido tanto al conocimiento y al enriquecimiento de los idiomas que se hablan a lo largo y a lo ancho de nuestras naciones.
El solo hecho de reunirnos contribuye a crear y recrear una solidaridad que atraviesa las fronteras y traslada el sentimiento de fraternidad a cada uno de nuestros terruños. Pero hay más: la reunión de nuestras voces, de tantas reflexiones, no solo demuestra el poderoso impulso de la variedad cultural que respalda a las Antropologías del Sur, sino nuestra capacidad común para construir una ciencia articulada a nuestras realidades. Hago votos para que no perdamos el camino.
El Gobierno del Estado de Chiapas ha declarado a 2009 como el Año del Poeta Jaime Sabines y ha instaurado la Cátedra Jaime Sabines. Eso nos congratula. Si algo nos ha hermanado al Sur de México y a Centroamérica, y nos sigue hermanando, es la variedad de la palabra, de la que Sabines hizo uso magistral. El poeta escribió:

La primera lluvia del año moja las calles,
Abre el aire, humedece mi sangre.
¡Me siento tan a gusto y tan triste, Tarumba,
Viendo caer el agua desde quien sabe,
Sobre tantos y tanto!
Ayúdame a mirar sin llorar,
Ayúdame a llover yo mismo sobre mi corazón
Para que crezca como la planta del chayote,
O como la hierbabuena
¡Amo tanto la luz adolescente
De esta mañana
Y su tierra de humedad!
¡Ayúdame, Tarumba, a no morirme,
A que el viento no desate mis hojas
Ni me arranque de esta tierra alegre!

San Cristóbal, Las Casas, Chiapas. A 17 de febrero de 2009.

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