El miedo a los bárbaros

por Javier Rodríguez Marcos

Sin dejar de ser una referencia en la teoría literaria (suya es una antológica Introducción a la literatura fantástica), Todorov se ha convertido en uno de los pensadores más influyentes de Europa. El 24 de octubre recogió en Oviedo el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales, en recompensa a una labor cuya vitalidad él atribuye “a la energía del exiliado”.
En estos días aparecerá en España su nuevo libro, El miedo a los bárbaros (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores). Ya desde el subtítulo –Más allá del choque de civilizaciones, en clara alusión a Huntington–, Todorov sostiene que el maniqueísmo es el mayor enemigo del pensamiento.
En su análisis, el autor de El nuevo desorden mundial divide el planeta en cuatro tipos de países. Por un lado, los “países del apetito”, ajenos durante siglos al reparto de las riquezas pero decididos ahora a beneficiarse de la globalización; “Japón”, afirma Todorov, “abrió esa vía”. Le siguieron China e India. Brasil va por el mismo camino. También Rusia, que “convierte en ventaja su derrota en la guerra fría: su desarrollo ya no sufrirá frenos ideológicos”.
En la otra orilla estarían los “países de la indecisión”, es decir, aquéllos cuya empobrecida población se ve empujada a emigrar. Su riqueza natural podría, no obstante, instalarlos en el primer grupo si antes no han caído en el tercero, el de los “países del resentimiento”, de población mayoritariamente musulmana y cuya actitud, apunta Todorov, es “consecuencia de una humillación, real o imaginaria, que supuestamente le han infligido los países más ricos y poderosos”. Entretanto, estos últimos (Occidente) se han convertido en los “países del miedo”: temen la fuerza económica de unos, la inmigración que llega de los otros y los “ataques físicos” del resto.
Lejos de todo idealismo, el pensador franco-búlgaro es claro: “Los países occidentales tienen pleno derecho a defenderse contra toda agresión”. Eso sí, avisa: una reacción desproporcionada produce efectos contrarios a los deseados. Es lo que pasa en Irak y en Afganistán.
Todorov lo recordó recientemente en Madrid después de preguntar él a un grupo de periodistas si en España los ciudadanos se oponen a la intervención en Afganistán.
“A mí me cuesta ver la legitimidad de esa intervención”, afirmó. “Entiendo sus nobles fines, pero los medios que se utilizan los han vuelto imposibles”. El ensayista impartió en el CaixaForum madrileño una conferencia titulada “La memoria, un remedio contra el mal”, que partía, una vez más, desmontando un tópico.
Frente al lugar común que afirma que recordar el mal pasado nos protege contra su retorno futuro, Todorov sostiene que tal protección no existirá mientras sólo nos identifiquemos con las víctimas. Es, dice, el caso de Israel: “Es precisamente el hecho de haber sido víctimas lo que impide a muchos israelíes ver a los palestinos como tales. No se aprende nada de los errores ajenos”.
Para el autor de Memoria del mal, tentación del bien (Península), la memoria “no es ni buena ni mala”, todo depende de su uso. Por eso defiende “el examen de la razón” y “la prueba del debate” frente a dos tendencias a su juicio igualmente peligrosas: la sacralización de la memoria (que aísla el recuerdo hasta convertirlo en inservible como lección para el presente) y su banalización (que asimila “abusivamente” el presente al pasado). La primera ve a Adolf Hitler como un monstruo inexplicable e irrepetible. La segunda lo ve en cada esquina bajo el nombre de Milosevic o de Sadam Husein.
Preguntado por el futuro, Todorov advierte de que no puede expresar más que deseos. ¿La crisis? “Ha demostrado que el desarrollo económico tiene que ser un medio para una sociedad mejor, no el fin último”. ¿Europa? “Nunca existirán los Estados Unidos de Europa. La identidad europea ha de ser una forma de vivir la pluralidad, no una herencia cultural inmóvil”.
Por eso se detiene en casos concretos: el Ministerio de Identidad creado en Francia, las caricaturas de Mahoma o el discurso de Benedicto XVI. De eso se ocupa El miedo a los bárbaros, un ensayo que defiende que “la ley ha de prevalecer sobre las costumbres” -en Europa, recuerda, “el velo convive con el tanga, pero en Francia ambos están prohibidos en la escuela”-, pero que insiste en criticar el reduccionismo que identifica islam e islamismo, islamismo y terrorismo.
Tzvetan Todorov, de nuevo, es claro. No hay que camuflar los conflictos políticos y sociales como guerras de religión o choque de civilizaciones: “El miedo a los bárbaros es lo que amenaza con convertirnos en bárbaros”.

Fuente: El País/Editado por el Correo

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