Torneo de sombras: aventureros, militares, espías, políticos, comerciantes…

Juego abierto

por Georgina Higueras

Cuando la emergencia de China es un fenómeno irrefrenable; cuando Rusia, aupada en el petróleo y las materias primas, resurge de las cenizas de la Unión Soviética e India suelta el lastre de su proteccionismo para hacerse la reina de la tecnología de la información, cuando la hegemonía de la hiperpotencia estadounidense se ve desafiada constantemente, Asia Central vuelve a convertirse en el escenario del Gran Juego, término acuñado por Rudyard Kipling en Kim. Situado en el corazón de Asia Central, Afganistán reaparece de nuevo como la encrucijada en la que se debaten los intereses de Oriente y Occidente. El Estado al que la codicia de sus vecinos y el atraso de su población no han dejado estructurar un país cuyo pecado más imperdonable es estar habitado por pueblos indómitos que no gustan de doblar la cerviz ante los potentados que se reparten el poder en sus tierras.
No es de extrañar que Karl Meyer y Shareen Blair Brysac decidieran escribir su trepidante crónica tras contemplar las cobrizas montañas afganas desde el paso de Jyber. Adentrarse por el desfiladero paquistaní que aboca al legendario paso supone experimentar el peso de la historia y no se puede explicar lo que hoy ocurre en las zonas tribales de Pakistán y Afganistán sin mirar al pasado. Ningún periodista sale indemne del contacto con el rompecabezas pastún, la etnia guerrera por antonomasia cuyas tierras quedaron divididas por la Línea Durand y cuyas gentes pagaron injustamente el precio de la creación de Pakistán (1947) al quedarse atrapadas entre dos países. Conocedores de que el lector actual está más interesado en las experiencias que en los entresijos del poder, los autores recurren con frecuencia a los diarios personales -tan de moda entonces- de muchos de los que jugaron un papel decisivo en el enfrentamiento entre Rusia y Gran Bretaña por el dominio de una zona que consideraron clave para la consolidación de su poder futuro. En un relato ágil, ameno y equilibrado, desentrañan las gestas, las ambiciones y las mezquindades de exploradores, militares, espías, políticos, comerciantes o médicos.
En la más pura tradición anglosajona del periodismo narrativo, Torneo de sombras se acerca con un meticuloso respeto a los hechos y las personas que hicieron la historia y se detiene en detalles de la vida cotidiana para aproximar la realidad. Así, se refiere al comercio de las tan preciadas pashminas, los chales que se elaboraban en Cachemira con la lana de la capra hircus, una cabra que habita en Tíbet y en la región hermana de Ladakh, cuyos dirigentes protegían el monopolio de la lana con la pena de muerte.
Con maestría, los autores investigan y se adentran por los recovecos del temor británico a un avance ruso sobre India, la joya de la corona del imperio; por la obsesión que llevó a muchos a ver en el zar a un nuevo Gengis Kan, cuyas hordas amenazaban no sólo Asia Central sino la misma Europa. Una pugna por la que Afganistán pagó el alto precio de dos guerras y la pérdida de un tercio del territorio pastún. De su traicionado emir, Sher Ali, se compadecen los autores: “En tres ocasiones en tres años buscó la amistad y la ayuda británicas, evitando una forma de vasallaje que él insistía correctamente que su pueblo no aceptaría jamás. Se le imputó lo que hicieron sus acosadores vecinos, se le difamó como malvado y lunático por el pecado de defender el derecho de su país a que lo dejaran en paz”.
Meyer y Blair Brysac ponen rostro a una serie de exploradores que, guiados por el afán de aventuras, la búsqueda de la fama o la imperiosa necesidad de “rellenar los grandes blancos” que tenían los mapas de entonces, realizaron hazañas casi inhumanas para franquear algunas de las montañas más altas del planeta. La pasión de estos hombres no tenía freno: desobedecieron órdenes, se aprovecharon de la lentitud de los correos, se arriesgaron solos y huyeron hacia delante ante los obstáculos sin tener en cuenta su propia vida. También aparecen muchos de los centenares de indios, tibetanos, gurkas o afganos casi desconocidos que fueron sus infatigables guías, intérpretes, porteadores o medidores paso a paso de la distancia que recorrían para después cartografiarla.
El libro, con el aliento de una apasionante novela de aventuras, destaca el papel que jugaron la Royal Geographical Society (RGS) y la Sociedad Geográfica Imperial Rusa para apoyar a sus respectivos exploradores y acrecentar la rivalidad existente entre Londres y San Petersburgo. E incluso se permite destacar el machismo imperante en la época que impedía a las mujeres ser miembros de la RGS, pese a que la reina Victoria era la patrona de ésta.
Gobernada por manchúes, una dinastía extranjera, China, anquilosada y empeñada en aislarse de los vientos que soplaban en su contra, asistía sin saber cómo hacerle frente al desgajamiento de su imperio. “Como guardián de la India no puedo quedarme mirando cómo la influencia rusa se impone en Lhasa, y he intervenido para impedirlo”, contestó el virrey Curzon al explorador sueco Sven Hedin cuando éste acusó a Gran Bretaña de “crueldad imperialista” por haber invadido Tíbet en 1903. Esa región precisamente fue la que marcó el comienzo de la penetración de los intereses norteamericanos en la zona. El explorador y diplomático William Woodville Rockhill (1854-1914), casi desenterrado del olvido por los autores, fue el primer estadounidense y uno de los primeros occidentales que se adentró por las tierras tibetanas y vivió en sus monasterios.

Recursos naturales

Lo que el libro pone de manifiesto, más allá de las peripecias de la tropa de aventureros que lo pueblan y de la explicación de los designios superiores a los que servían, es que el “gran juego” sigue aún abierto, aunque ni las estrategias ni los contendientes sean los mismos. La nueva batalla nace de la urgencia por apoderarse de los grandes yacimientos de petróleo y gas de Asia Central.
En el siglo XIX, fue un torneo entre dos imperios: el ruso y el británico, este último sustituido hoy en día por Estados Unidos, receloso de las potencias emergentes que pugnan por su trozo del pastel de oro negro. Sedientas de combustible para las locomotoras de alta velocidad de sus desarrollos, China e India compiten por extender su influencia por los Tanes (Kazajistán, Uzbekistán, Turkmenistán, Kirguizistán y Tayikistán), los tres primeros por sus enormes reservas de hidrocarburos y los dos restantes, al igual que Afganistán, por su estratégica situación.
Sin embargo, mientras Afganistán se desangra, las antiguas repúblicas soviéticas gozan de su nueva libertad y se dejan cortejar por unos y otros para afianzarla, ante el desconfiado acecho del viejo patrón y el engatusamiento del comandante de las barras y las estrellas.

Fuente: http://www.elpais.com.es/Babelia/Editado por el Correo

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