Regalos de Oriente a Occidente

De niños, aprendimos que los Reyes Magos trajeron regalos del Lejano Oriente. Pero por lo visto olvidamos luego la lección. Las civilizaciones nunca nacen repentinamente, sino que son producto de largos procesos de intercambio de influencias. Por eso, sin las aportaciones surgidas de la sabiduría oriental, la civilización occidental no existiría y nuestra cultura sería muy distinta de lo que es.
Cuando Salvador de Madariaga, siendo ya octogenario, recibió un doctorado honoris causa de la Universidad de Oxford, afirmó que se trataba de un caso de precocidad inusual. Lo mismo puede decirse del famoso «ascenso de Occidente» y el celebrado «milagro europeo». Lo verdaderamente milagroso fue que no se hubiera producido mucho tiempo antes. A nosotros, los occidentales –como gallego de procedencia, cuyos ancestros paternos habitaron el rincón más extremo del oeste del continente europeo, lo puedo decir sin temor a ser parcial– nos gusta vanagloriarnos por el supuesto hecho de que nuestros antepasados han forjado el pasado y el presente de Europa y, por lo tanto, del mundo entero.
Episodios fundamentales. Sin embargo, los occidentales somos en cierto sentido el residuo de la historia de Eurasia y el extremo que habitamos es el sumidero en el cual han ido a parar sus impulsos. Solemos presentar como episodios fundamentales la expansión de la cristiandad latina en la Edad Media, el Renacimiento, la revolución científica, la Ilustración, la Revolución Francesa y la industrialización. No cabe duda de que todos esos procesos históricos comenzaron en Europa occidental y se extendieron hacia el este. Bajo una óptica global, empero, durante más tiempo y con aún más fuerza transformante, ésta ha sido el receptor de mayores transmisiones culturales provenientes siempre del Oriente. La llegada de la agricultura y de las ciencias metalúrgicas, las lenguas indoeuropeas, los colonizadores fenicios, judíos y griegos o las migraciones de los pueblos de la estepa representaron movimientos que se ejercieron en un mismo sentido, del este hacia el oeste.
Los grandes movimientos intelectuales y espirituales trazaron la misma trayectoria. El cristianismo, que en el mundo de hoy se identifica estrechamente con la civilización occidental, empezó en el Oriente Medio, como una versión radical y diferente del judaísmo. Aún antes, la civilización clásica de la Grecia de los siglos V y IV antes de Cristo se formó en las islas más orientales del Mediterráneo y en las orillas de la franja de Levante, que hoy son parte de Turquía. El monte de Helikon, como se suele decir, tuvo su fachada oriental.
Intercambio de ideas. Aunque no disponemos de pruebas suficientes para reconstruir todos los intercambios de ideas que cruzaban Eurasia en aquel entonces, es evidente que muchas de las ideas relacionadas con la lógica, matemáticas, epistemología y política que consideramos aportaciones de los griegos antiguos formaban parte de una cultura común a varias civilizaciones euroasiáticas, concretamente las de China e India. La tradición empírica –base de la ciencia supuestamente occidental– nació en China, según mostró ya en los años cincuenta el investigador Joseph Needham, varios siglos antes de que se hiciera común entre los grandes sabios de Atenas.
Si nos fijamos en la tecnología –campo especializado de los trabajos de Needham–, hay dos conclusiones ineludibles. Los chinos llevaron a los europeos occidentales una ventaja de entre 100 y 1300 años en el desarrollo de técnicas que hoy consideramos importantes. Y en muchos casos, luego se las prestaron. Lo más curioso es que casi todas las tecnologías que jugaron un papel de máxima importancia para establecer la hegemonía mundial de las potencias occidentales en el siglo XIX fueron de origen chino.

El papel –la base casi hasta nuestros días de toda comunicación duradera a larga distancia– se inventó en China y vino a conocerse en Europa sólo tras el encuentro de chinos y árabes en la batalla de Talas en 751. La imprenta llevaba varios siglos de uso en China antes de que apareciera por primera vez en Europa en los talleres de Gutenberg en 1449. La primera descripción europea de la brújula se escribió en 1170, pero era muy conocida en China desde siglos atrás; otras tecnologías marítimas que fueron fundamentales para los viajes europeos de exploración y conquista del mundo, como el timón y el mamparo, fueron inventos chinos. El dinero impreso, punto de partida en muchos sentidos del capitalismo, lo mencionó por primera vez en Occidente Marco Polo. El alto horno para hierro de alta calidad, sin el cual la revolución industrial hubiera sido impensable, se inventó también en China y llegó a Europa en el siglo XIV.

Mientras tanto, la tradición civilizada en Occidente superó la crisis de la Edad Media gracias, en parte, a los textos científicos de origen griego que sobrevivieron en versiones árabes y siríacas. El Renacimiento -ese episodio occidentalísimo de la Historia- aprovechó, como ya sabemos por los estudios realizados por Lisa Jardine y sus colegas, muchas aportaciones del Islam y sobre todo del Imperio Turco.
Leibniz, una de las grandes figuras de la revolución científica, se inspiró leyendo reportajes sobre la sabiduría china escritos por misioneros jesuitas. Sus sucesores de la Ilustración saquearon las mismas fuentes, y cuantas más pudieron hallar, para poder aprovecharse de los logros de chinos, japoneses, hindúes y persas. Voltaire, por cierto, inició un debate con Montesquieu sobre la utilidad de los modelos políticos chino y japonés para construir una mejor sociedad europea, y es de ese debate del que hemos heredado los conceptos de «despotismo oriental» y «despotismo benévolo». Voltaire terminó pensando que los mejores patrones de conducta se ofrecían en el contexto hindú y que los brahmanes eran los grandes sabios del mundo. Poco después, sir William Jones realizó el descubrimiento de las relaciones entre las lenguas indoeuropeas estudiando sánscrito, convencido de que «ese idioma es más expresivo que el latín y más sutil que el griego».
Tradiciones humanistas. Por supuesto, otras influencias se ejercieron de manera paralela en campos como la horología, la astronomía y la tecnología militar, en los cuales los occidentales eran grandes especialistas. En el siglo XIX, cuando el balance mundial de poder y riqueza se alteró a favor de los países occidentales, los regalos de los Reyes Magos de Oriente eran mucho más modestos que antes. Pero basta recordar la influencia del budismo y del hinduismo en el pensamiento de Schopenhauer, o la difusión de los más antiguos textos de la India gracias a las traducciones de Max Müller, para darse cuenta del hecho de que Oriente seguía contribuyendo al desarrollo del pensamiento occidental.Confucio
Por eso, ante lo que parece hoy en perspectiva global el fracaso de un cierto modelo de civilización occidental, con guerras atroces, una ciencia bárbara y deshumanizadora y un capitalismo impío, se produce de nuevo un descubrimiento del encanto y la utilidad de las tradiciones humanistas orientales. Robert Oppenheimer, el jefe del equipo que desarrolló la bomba atómica, se refugió en el misticismo oriental. Desde los físicos postmodernos a los aficionados a la moto practican el Zen. En los campus de universidades norteamericanas el budismo —y no el temido fundamentalismo evangélico— es la religión que suscita más interés y logra más crecimiento. Es en el Oriente, a fin de cuentas, donde aparece cada día un nuevo sol.

Fuente: http://www.abc.es

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Archivado bajo Antropología, Arte, Cultura, Diversidad cultural, Libros, Tecnología y cultura

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