Del hombre y la bestia

por George Steiner

Me imagino que el proceso requirió cientos de miles de años. No sabemos dónde ni cómo tuvo lugar. Como bajo una luz matinal que avanza poco a poco, los homínidos prehistóricos llegaron sin duda a verse, a considerarse, diferentes de los animales. O, en una revolución de la conciencia mucho mayor que ninguna que haya habido después, como animales de una raza especial. Las incitaciones a este reconocimiento -sensoriales, cerebrales, tal vez sociales, si bien de una manera vacilante, fluida- surgirían tanto pragmáticamente como del interior de los recovecos de la psiquis, que iban madurando. Si supiéramos cómo explorar a suficiente profundidad el magma nocturnal de lo que llamamos «el yo», podríamos detectar huellas de ese «big bang». Quizá persista algo de ruido de fondo en los bordes, fundamentales pero irrecuperables, donde se viene abajo la racionalidad humana o en el escondido prólogo a los sueños. El símil cosmológico, no obstante, es engañoso. No hubo ningún estallido repentino, ninguna expansión de fantástica rapidez. El desarrollo debió de tener lugar a través de minúsculas fases marcadas por innumerables regresiones, por una atracción gravitacional hacia atrás, acaso por una compulsiva reversión a los perdidos consuelos de la animalidad […].
Herramientas mortales. Es posible conjeturar algunos de los fundamentales encuentros con el orden natural, con la fauna que abarrotaba la Tierra, a menudo con fuerzas físicas mucho mayores que las del hombre «embrionario», encuentros que desencadenaron el paso a la singularidad. Erectos, dotados de visión estereoscópica, con su pulgar oponible, capaces de producir herramientas de eficacia creciente, los bípedos que somos empezaron a matar con más frecuencia que a ser matados, a devorar de manera más rutinaria que a ser devorados. Algunos antropólogos adscriben la transición determinante -acaso habría que decir «transgresión»- al dominio del fuego. Capaz de encender y mantener el fuego a voluntad, los hombres y mujeres protohistóricos entran en un ámbito de planificación, de previsión, en el que no se admite ni siquiera a los animales más prudentes. Las criaturas de Prometeo podían ahora guisar su comida, mantenerse calientes durante el invierno y tener luz después de ocultarse el sol. Otros paradigmas, los modelos marxistas entre ellos, asocian la conversión del hombre en «el hombre» al cultivo y almacenamiento colectivos de alimentos. Estas destrezas de supervivencia sí parecen necesitar, aunque sea en un nivel transitorio y rudimentario, de un grado cada vez mayor de organización social. (Sin embargo, precisamente en este aspecto a las hormigas y a las abejas les va bastante mejor que al Homo sapiens.) En lo esencial, el hombre solitario aún no es totalmente humano, como dice Rousseau. La antigua sabiduría mantenía que era o un dios o una bestia.
Mitos. Casi de forma universal -hay enigmáticas excepciones-, los mitos de la creación y la antropología filosófica trazan la línea que separa al hombre del animal en relación con el lenguaje. El hombre es el «animal parlante» (zoon phonanta). Pájaros, ballenas, primates e insectos han desarrollado medios de comunicación, algunos de los cuales parecen ser altamente sutiles (la danza semiótica de las abejas, las canciones de las ballenas). Pero solamente el hombre habla de una manera innovadora e integral. Los orígenes de esta decisiva singularidad han propiciado especulaciones teológicas, epistemológicas, poéticas, sociológicas, desde la remota antigüedad. Hoy, la enjundia del argumento y de la conjetura ha pasado a la anatomía comparada (la evolución de la laringe), la teoría de la información, la neurofisiología y el diagrama del córtex cerebral humano. Los simulacros informáticos, los modelos basados en la electroquímica de las sinapsis cerebrales, las gramáticas generativas y transformacionales han dado lugar a teorías extremadamente ingeniosas. ¿Es injusto señalar que se han obtenido escasos conocimientos fundamentales? Con harta frecuencia, estos algoritmos positivistas dan por sentadas cosas que hay que demostrar.
La clásica convicción de que el habla humana fue otorgada e inspirada por Dios por lo menos es sincera (Hamann la expone de un modo majestuoso). El carácter innato que postulan las gramáticas generativas carece de toda base neurofisiológica y deja de lado el problema de la génesis. La interrogante de si existe conceptualización sin lenguaje o anterior al lenguaje sigue sin resolverse. Un punto en común es el del reconocimiento de que las capacidades del lenguaje para clasificar la realidad, abstraerla o metaforizarla -si es que hay un lenguaje «exterior»- constituyen no sólo la esencia humana sino su primordial delimitación respecto de la animalidad. (Una vez más, el caso del sordomudo encarna lo que es quizás un quid enigmático.) Hablamos, luego pensamos; pensamos, luego hablamos: un dinámico círculo vicioso que nos define.
La palabra, el «verbo» que existía en el principio, aun despojada de sus implicaciones teológicas y místicas, inició la humanidad. También marcó el adiós del hombre a sus competidores animales, compagnons y, por así decirlo, contemporáneos. El tiempo de los hombres y las mujeres sería distinto del de los animales. Somos incapaces de concebir nuestra condición interna ni externa, el conocimiento ni la imaginación, la historia ni la sociedad, el recuerdo ni el futuro sin lenguaje(s). Este carácter axiomáticamente indispensable nos inclina a olvidar las funciones primarias que no requieren discurso. Ya he señalado las ambiguas relaciones entre el habla y la sexualidad. El hambre y la sed tienen sus mudos imperativos. Al igual que el odio. Los gritos de batalla no necesitan sintaxis alguna. Pero sobre todo somos más que cualquier animal, o, dicho con más exactitud, somos diferentes de cualquier otro animal, hasta de los primates, con los que tenemos en común más de un noventa por ciento de nuestro genoma, porque somos capaces de articular y conceptualizar este hallazgo. Los animales no pueden responder. Sólo unos cuantos místicos -Sigfrido cuando escucha el aviso de los pájaros, san Francisco cuando predica a los peces- pueden cruzar la línea divisoria para adentrarse en el lenguaje que no es lenguaje de los animales. A él mismo y a los demás hombres, solamente el hombre les habla.
Miedo. La intuición y la reflexión han asociado durante mucho tiempo esta singularidad con el miedo humano a la muerte. Las dotes lingüísticas de los hombres y mujeres les otorgan la capacidad de conceptualizar y verbalizar su propia mortalidad. En relación con esto, se ha sostenido que los animales no poseen este conocimiento previo de su propia desaparición, que viven en un presente permanente. Pero ¿es así? No es sólo a los elefantes a los que tanto la fábula como el testimonio directo atribuyen una cierta previsión de su propia muerte, previsión señalada por una discreta retirada en soledad. Todo el que esté familiarizado con algunas especies domésticas, en especial los perros, habrá observado pautas de conducta, modulaciones de actitud que indican claramente una anticipación de la muerte. Entre los mamíferos hay incluso fenómenos que parecen ser reflejo de un duelo y de visitas a los restos de sus difuntos. De nuevo, los elefantes son un excelente ejemplo.
El olor de la muerte. Para corresponder, la mitología y el folclore hacen de los animales los anunciadores de nuestro propio fallecimiento. Si la muerte tiene su olor, los animales lo detectan tempranamente. Las lechuzas ululan, los cuervos graznan, los lobos aúllan alrededor de las moradas de los sentenciados. Los caballos de Aquiles conocen este inminente destino. Los gatos, tan queridos desde hace mucho, se apartan del aroma de la fatal debilidad y su pelo se eriza ante la muerte.
Creo que la diferencia está en otra parte. En Después de Babel he tratado de demostrar que la vitalidad, el avance de la conciencia humana y de la historia social guardan íntima relación con la gramática de los subjuntivos, los optativos y los contrafactuales. Nuestra capacidad semántica para trascender, para negar los brutales imperativos de nuestra condición orgánica, para discutir con la muerte, depende del «absurdo» inductivo, de la brujería de los futuros verbales. En virtud de unas licencias gramaticales cuyas infundadas pretensiones raras veces nos detenemos a considerar, los hombres y las mujeres pueden describir el día de su propia muerte, pueden conversar sobre él. Pueden programar objetivos sociales, analizar configuraciones científicas con una perspectiva de milenios. Es esta sintaxis del futuro lo que parece humano por antonomasia. Lo que nos singulariza ontológicamente. Es evidente que los animales anticipan el peligro inmediato. Pueden percibir terremotos horas antes de que destruyan nuestras ciudades. A mis perros les hace temblar un trueno mucho antes de que sea perceptible por el oído humano. Los animales emprenden el vuelo, exhiben su camuflaje, cavan zanjas, almacenan comida. Pero no hay nada que haga pensar que se imaginen «más allá de sí mismos», que puedan acceder mental o simbólicamente al mañana. Sus gramáticas son las del pasado y el presente: esto podría ser una buena descripción del instinto.

Fuente: http://www.abc.es/las artes y las letras

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1 comentario

Archivado bajo Antropología, Cultura, Diversidad cultural, Letras del mundo

Una respuesta a “Del hombre y la bestia

  1. Marta Ferreyra

    Muy interesante. Nos obliga a movernos del centro y a cuestionar -de verdad- ese lugar. El big bang que nos separa de la naturaleza. Suelo preguntarme también cuál fue el proceso (el big bang) que separó al hombre de la mujer dando lugar a nuestras actuales, aunque ya muy antiguas, sociedades patriarcales.

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